Capitulo 1
IInteligencia Emocional
- Espa�ol...Ingl�s
11. LA MENTE Y LA MEDICINA
�, Qui�n le ense�� eso, doctor?
El sufrimiento respondi� en seguida el m�dico.Albert Camus, La peste
Un ligero dolor en la ingle me oblig� a visitar al m�dico.
Todo parec�a muy normal hasta que el an�lisis de orina revel�
la presencia de rastros de sangre.
Quisiera que fuera al hospital a que le hicieran una
citolog�a renal me coment� el doctor, con tono distante.
No recuerdo nada de lo que dijo a continuaci�n porque m� mente
pareci� quedarse atrapada en la palabra citolog�a... �c�ncer!
S�lo tengo un recuerdo muy vago de lo que me dijo acerca del
d�a y el lugar en que deb�a hacerme la prueba. Y, aunque se
trataba de unas indicaciones muy sencillas, tuvo que
repet�rmelas tres o cuatro veces porque mi mente parec�a
resistirse a olvidar la palabra citolog�a y me sent�a como si
me acabaran de atracar frente a la puerta de mi propia casa.
Pero �de d�nde proven�a una reacci�n tan desproporcionada?
El m�dico se hab�a limitado a hacer su trabajo tratando de
rastrear todas las posibles ramificaciones que le permitieran
emitir un buen diagn�stico. Poco importaba, en aquel momento,
que la probabilidad racional de padecer c�ncer fuera m�nima,
porque el reino de la enfermedad est� dominado por la emoci�n y
por el miedo. Nuestra fragilidad emocional ante la enfermedad se
asienta en la creencia de que somos invulnerables, una creencia
que la enfermedad -especialmente la enfermedad grave hace
a�icos, destruyendo as� la seguridad e invulnerabilidad de
nuestro universo privado y volvi�ndonos s�bitamente d�biles,
desamparados e indefensos.
El problema estriba en que el personal sanitario se ocupa de las
dolencias f�sicas pero suele descuidar las reacciones
emocionales de sus pacientes. Y esta falta de atenci�n hacia la
realidad emocional del enfermo soslaya la creciente evidencia que
demuestra el papel fundamental que desempe�a el estado emocional
en la vulnerabilidad a la enfermedad y en la prontitud del
proceso de recuperaci�n. Lamentablemente, sin embargo, la
atenci�n m�dica moderna no suele caracterizarse por ser
emocionalmente muy inteligente.
El hecho es que la entrevista con una enfermera o con un m�dico
deber�a ser una oportunidad para obtener una informaci�n
tranquilizadora, amable y afectuosa y no, como suele ocurrir, una
invitaci�n a la desesperanza. No es infrecuente que los
profesionales cl�nicos tengan demasiada prisa o se muestren
indiferentes ante la angustia de sus pacientes. A decir verdad,
tambi�n hay enfermeras y m�dicos compasivos que dedican tiempo
a tranquilizar, informar y medicar de la manera adecuada, pero la
tendencia general parece abocarnos a un universo profesional en
el que los imperativos institucionales transforman al personal
sanitario en alguien demasiado indiferente a la vulnerabilidad de
sus pacientes o demasiado presionado como para poder hacer algo
al respecto. Y, si tenemos en cuenta la cruda realidad de un
sistema sanitario cada vez m�s mediatizado por las cuestiones
econ�micas, no parece que las cosas vayan a mejorar.
M�s all� de las motivaciones humanitarias de que la labor del
m�dico consiste tanto en cuidar como en curar, existen otras
importantes razones que nos inducen a pensar que la realidad
psicol�gica y sociol�gica de los pacientes compete tambi�n al
dominio de la medicina. Existen pruebas claras de que la eficacia
preventiva y curativa de la medicina podr�a verse potenciada si
no se limitara a la condici�n cl�nica de los pacientes sino que
tuviera tambi�n en cuenta su estado emocional. Obviamente, esto
no es aplicable a todos los individuos y a todas las condiciones,
pero el an�lisis de los datos procedentes de miles de casos nos
permite afirmar hoy, sin ning�n g�nero de dudas, las ventajas
cl�nicas que conlleva una intervenci�n emocional en el
tratamiento m�dico de las enfermedades graves.
Hist�ricamente hablando, la medicina moderna se ha ocupado de la
curaci�n de la enfermedad (del desorden cl�nico) dejando de
lado el sufrimiento (la vivencia que el paciente tiene de su
enfermedad). Los
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pacientes, por su parte, se han visto obligados a compartir este
punto de vista y a sumarse a una conspiraci�n silenciosa que
trata de ocultar las reacciones emocionales suscitadas por la
enfermedad o a desde�ar�as como algo completamente irrelevante
para el curso de la misma, una actitud que se ve reforzada,
asimismo, por un modelo m�dico que rechaza de pleno la idea
misma de que la mente tenga alguna influencia significativa sobre
el cuerpo.
No obstante, en el polo opuesto nos encontramos con una
ideolog�a igualmente contraproducente, la creencia de que somos
los principales art�fices de nuestras enfermedades, la creencia
de que basta con afirmar que somos felices y salmodiar una
retah�la de afirmaciones positivas para curarnos de las m�s
graves dolencias. Pero esta panacea ret�rica que magnifica la
influencia de la mente sobre la enfermedad no hace sino crear
m�s confusi�n y aumentar la sensaci�n de culpabilidad del
paciente, como si la enfermedad fuera el testimonio palpable de
un estigma moral o de una falta de val�a espiritual.
La actitud justa est� entre ambos extremos. Tratar�, a
continuaci�n, de revisar la informaci�n cient�fica disponible
para poner de relieve estas contradicciones y aclarar con m�s
precisi�n el peso de las emociones y, en consecuencia, de
la inteligencia emocional en el curso de la salud y de la
enfermedad.
�LA MENTE DEL CUERPO�: RELACI�N ENTRE LAS EMOCIONES
Y LA SALUD
Un descubrimiento realizado en 1974 en el laboratorio de la
Facultad de Medicina y Odontolog�a de la Universidad de
Rochester nos oblig� a recomponer el mapa biol�gico que hasta
aquel momento ten�amos sobre el cuerpo. El psic�logo Robert
Ader descubri� que, al igual que el cerebro, el sistema
inmunol�gico tambi�n es capaz de aprender, un hallazgo
ciertamente sorprendente porque el conocimiento m�dico imperante
por aquel entonces sosten�a que el cerebro y el sistema nervioso
central eran los �nicos capaces de adaptarse a las exigencias
del medio modificando su comportamiento. El hallazgo realizado
por Ader inaugur� una investigaci�n que permiti� descubrir las
m�ltiples v�as de comunicaci�n existentes entre el sistema
nervioso y el sistema inmunol�gico, las miles de conexiones
biol�gicas que mantienen estrechamente relacionados la mente,
las emociones y el cuerpo.
En este experimento, Ader administr� a varias ratas blancas una
medicaci�n que iba acompa�ada de la ingesta de agua
edulcorada con sacarina que disminu�a artificialmente la
cantidad de leucocitos T (destinados a combatir la enfermedad).
Pero Ader descubri�, no obstante, que la mera administraci�n de
agua con sacarina sin ning�n tipo, por tanto, de
medicaci�n inhibidora segu�a provocando un descenso tal
del n�mero de c�lulas que algunas ratas terminaron enfermando y
muriendo. Este experimento demostr� que el sistema inmunol�gico
hab�a aprendido a responder al agua con sacarina, algo que,
seg�n el criterio cient�fico prevalente, carec�a de todo
sentido.
Seg�n el neurocient�fico Francisco Varela, de la Escuela
Polit�cnica de Paris, el sistema inmunol�gico constituye el
�cerebro del cuerpo�, el que define su sensaci�n de identidad,
de lo que le pertenece y lo que no le pertenece. Las
c�lulas inmunol�gicas se desplazan por todo el cuerpo con el
torrente sangu�neo, estableciendo contacto con casi todas las
c�lulas del organismo y atac�ndolas cuando no las reconoce,
cumpliendo as� con la funci�n de defendernos de los virus, las
bacterias o el c�ncer. Pero tambi�n puede darse el caso de que
las c�lulas inmunol�gicas interpreten equivocadamente el
mensaje de ciertas c�lulas del cuerpo y terminen ocasionando una
enfermedad autoinmune, como la alergia o el lupus, por ejemplo.
Hasta el d�a en que Ader realiz� su imprevisto descubrimiento,
los fisi�logos, los m�dicos y hasta los bi�logos consideraban
que el cerebro (con sus diferentes ramificaciones a trav�s del
cuerpo v�a sistema nervioso central) y el sistema inmunol�gico
eran entidades independientes y. por tanto, incapaces de
influirse mutuamente. Seg�n los conocimientos disponibles desde
hac�a un siglo, no exist�a ning�n tipo de comunicaci�n entre
los centros cerebrales que controlan el sabor y aquellas regiones
de la m�dula �sea encargadas de la fabricaci�n de leucocitos.
En los a�os transcurridos desde entonces, el modesto
descubrimiento realizado por Ader ha obligado a cambiar
radicalmente nuestro criterio sobre las relaciones existentes
entre el sistema inmunol�gico y el sistema nervioso central,
dando origen a una nueva ciencia, la psiconeuroinmunologia (o
PNI), actualmente en la vanguardia de la medicina. El mismo
nombre de esta nueva ciencia da cuenta del vinculo existente
entre la �mente� (psico), el sistema neuroendocrino (neuro)
que subsume el sistema nervioso y el sistema hormonal
y el t�rmino inmunolog�a, que se refiere, obviamente, al
sistema inmunol�gico.
A partir de entonces, una serie de investigadores ha descubierto
que los mensajeros qu�micos m�s activos, tanto en el cerebro
como en el sistema inmunol�gico, se concentran en las regiones
nerviosas encargadas del control de las emociones? David Felten,
colega de Ader, nos ha proporcionado algunas de las pruebas m�s
concluyentes a favor de la existencia de un vinculo fisiol�gico
directo entre las emociones y el
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sistema inmunol�gico. Felten comenz� observando que las
emociones tienen un efecto muy poderoso sobre el sistema nervioso
aut�nomo (encargado, entre otras cosas, de regular la cantidad
de insulina liberada en la sangre y la tensi�n arterial).
Trabajando con su esposa Suzanne y otros colegas, Felten logr�
determinar el lugar concreto en el que, por decirlo as�, el
sistema nervioso se comunica directamente con los linfocitos y
las c�lulas macr�fagas del sistema inmunol�gico. En sus
observaciones realizadas con el microscopio electr�nico, Felten
descubri� tambi�n la existencia de conexiones directas entre
las terminaciones nerviosas del sistema nervioso aut�nomo y las
c�lulas del sistema inmunol�gico. Este punto f�sico de
contacto permite a las c�lulas nerviosas liberar los
neurotransmisores que regulan la actividad de las c�lulas
inmunol�gicas (aunque, en realidad, la comunicaci�n se
establece en ambos sent idos), un hallazgo ciertamente
revolucionario porque hasta la fecha nadie hab�a sospechado
siquiera que las c�lulas del sistema inmunol�gico pudieran ser
el blanco de mensajes procedentes del sistema nervioso.
Para determinar con mayor precisi�n la importancia de estas
terminaciones nerviosas en el funcionamiento del sistema
inmunol�gico, Felten dio un paso m�s all� y llev� a cabo
diferentes experimentos con animales a los que extrajo algunos de
los nervios de los n�dulos linf�ticos y del bazo, en donde se
elaboran y almacenan las c�lulas inmunol�gicas, y luego les
inocul� varios virus para tratar de verificar la respuesta de su
sistema inmunol�gico. El resultado de esta investigaci�n
constat� un espectacular descenso en la respuesta inmunol�gica
frente al ataque v�rico. La conclusi�n de Felten es que, a
falta de estas terminaciones nerviosas, el sistema inmunol�gico
es incapaz de responder como debiera ante una invasi�n v�rica o
bacteriana. As� pues, en resumen, el sistema nervioso no s�lo
est� relacionado con el sistema inmunol�gico sino que cumple
con un papel esencial para que �ste desempe�e adecuadamente su
funci�n.
Otro factor fundamental en la relaci�n existente entre las
emociones y el sistema inmunol�gico est� ligado a las hormonas
liberadas en situaciones de estr�s. Las catecolaminas
(epinefrina y norepinefrina, llamadas tambi�n adrenalina y
noradrenalina), el cortisol, la prolactina y los opi�ceos
naturales (como, por ejemplo, la-endorfina y la encefalina) son
algunas de las hormonas liberadas en situaciones de tensi�n que
tienen una gran influencia sobre las c�lulas del sistema
inmunol�gico. Aunque las relaciones concretas existentes entre
estas hormonas y el sistema inmunol�gico resultan muy dif�ciles
de precisar, no cabe la menor duda de que su presencia entorpece
el adecuado funcionamiento de las c�lulas inmunol�gicas. El
estr�s, por consiguiente, disminuye la resistencia
inmunol�gica, al menos de forma provisional, tal vez como una
estrategia de conservaci�n de la energ�a necesaria para hacer
frente a una situaci�n que parece amenazadora para la
supervivencia del individuo. Pero, en el caso de que el estr�s
sea intenso y prolongado, la inhibici�n puede terminar
convirti�ndose en una condici�n permanente. �A partir del
momento en que se hizo evidente la relaci�n entre el sistema
nervioso y el sistema inmunol�gico? los microbi�logos y otros
cient�ficos en general han seguido descubriendo cada vez m�s
conexiones entre el cerebro, el sistema cardiovascular y el
sistema inmunol�gico.
LAS EMOCIONES TOXICAS: DA TOS CLINICOS
Pero, a pesar de tales pruebas, la inmensa mayor�a de los
m�dicos siguen mostr�ndose renuentes a aceptar la relevancia
cl�nica de las emociones. Si bien es cierto que existen
numerosas investigaciones que demuestran que el estr�s y las
emociones negativas debilitan la eficacia de distintos tipos de
c�lulas inmunol�gicas, no siempre queda claro que su alcance
establezca alg�n tipo de diferencia cl�nica.
Pero el hecho es que cada vez son m�s los m�dicos que reconocen
la incidencia de las emociones en el desarrollo de la enfermedad.
El doctor Camran Nezhat, eminente cirujano ginecol�gico de la
Universidad de Stanford, afirma que �cuando una mujer a quien
voy a intervenir quir�rgicamente me dice que tiene miedo,
postergo de inmediato la intervenci�n�, y luego prosigue
diciendo �todos los cirujanos saben que la gente muy asustada no
responde adecuadamente a una intervenci�n quir�rgica, ya que
tienden a sangrar en exceso, son m�s propensos a las infecciones
y a las complicaciones y tardan m�s tiempo en recuperarse. Es
mucho mejor, por tanto, que el paciente se halle completamente
sereno�.
Es evidente que el p�nico y la ansiedad aumentan la tensi�n
arterial y que, en consecuencia, las venas dilatadas por la
presi�n sangu�nea sangran m�s profusamente cuando son
seccionadas por el bistur� del cirujano. El sangrado excesivo
record�moslo constituye una de las principales
complicaciones a las que se enfrenta toda intervenci�n
quir�rgica, una complicaci�n que a veces puede terminar
conduciendo hasta la misma muerte.
Pero m�s all� de estos datos anecd�ticos cada vez es mayor la
informaci�n que subraya la importancia cl�nica de las emocines.
Es posible que los datos m�s convincentes al respecto procedan
de un metaan�lisis que revisa los resultados de 101
investigaciones llevadas a cabo con miles de personas. Este
metaestudio
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confirma hasta qu� punto resultan nocivas para la salud las
emociones perturbadoras � y demuestra que las personas que
sufren de ansiedad cr�nica, largos episodios de melancol�a y
pesimismo, tensi�n excesiva, irritaci�n constante, y
escepticismo y desconfianza extrema, son doblemente propensas a
contraer enfermedades como el asma, la artritis, la jaqueca, la
�lcera p�ptica y las enfermedades card�acas (cada una de la
cuales engloba un amplio abanico de dolencias)�. Las emociones
negativas son, pues, un factor de riesgo para el desarrollo de la
enfermedad, similar al tabaquismo o al colesterol en lo que
concierne a las enfermedades card�acas. En resumen, pues, las
emociones negativas constituyen una seria amenaza para la salud.
Habr�a que matizar, por �ltimo, que la presencia de una amplia
correlaci�n estad�stica no significa, en modo alguno, que todas
las personas que experimentan estos sentimientos cr�nicos
terminen siendo presa de alguna de estas enfermedades, pero la
evidencia del papel que desempe�an las emociones es, con mucho,
m�s amplia de lo que nos sugiere este metaestudio. Si prestamos
atenci�n a los datos relativos a emociones concretas,
especialmente a las tres principales la ira, la ansiedad y
la depresi�n, no cabe la menor duda de la relevancia
cl�nica de las emociones, aun cuando los mecanismos biol�gicos
concretos mediante los cuales act�an todav�a no hayan sido
completamente elucidados.
Cuando la ira resulta suicida
Un golpe lateral en su veh�culo le llev� a emprender una
frustrante y est�ril peregrinaci�n. Primero tuvo que
cumplimentar tediosos formularios en la compa��a de seguros y,
despu�s de demostrar que la carrocer�a de su coche hab�a
resultado seriamente da�ada y que el responsable del accidente
era el conductor del otro veh�culo, todav�a tuvo que pagar 800
d�lares. Despu�s de aquel incidente lleg� a sentirse tan mal
que el simple hecho de coger el coche bastaba para enojarle.
Finalmente se vio en la obligaci�n de vender su autom�vil.
A�os m�s tarde, el mero recuerdo de aquella situaci�n bastaba
para hacerle palidecer de rabia.
Este desagradable incidente forma parte de un estudio llevado a
cabo en la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford
sobre los efectos de la irritabilidad en los pacientes aquejados
de una enfermedad cardiaca. El objeto del estudio realizado
sobre sujetos que, al igual que el hombre que acabamos de
mencionar, hab�an padecido un ataque card�aco era el de
averiguar el impacto del enfado sobre la actividad cardiaca. El
resultado fue sorprendente porque, en el mismo momento en que los
pacientes relataban los incidentes que les hab�an hecho sentirse
furiosos, la eficacia de su bombeo card�aco (denominada
tambi�n, en ocasiones, �fracci�n de eyecci�n�) descendi� un
5% y, en algunos casos, hasta el 7% o incluso m�s, un indicador
que los cardi�logos consideran un s�ntoma de isquemia del
miocardio, un peligroso descenso en la cantidad de sangre que
llega al coraz�n.
Este descenso en la eficacia del bombeo card�aco no ha sido
constatado, en cambio, en presencia de otras sensaciones
perturbadoras, como la ansiedad, por ejemplo, ni tampoco durante
el ejercicio f�sico. El enojo, pues, parece ser una de las
emociones m�s da�inas para el coraz�n. Y eso que, seg�n
relataron los afectados, el recuerdo del incidente problem�tico
no les enfurec�a ni la mitad de lo que lo hab�an estado cuando
sucedi� el incidente, un dato que demuestra que, en el curso de
la situaci�n real, su coraz�n se hallaba mucho m�s afectado.
Este descubrimiento se inserta en un conjunto de pruebas mucho
m�s amplio extra�do de una docena de estudios que subrayan el
efecto da�ino del enfado para el coraz�n. El antiguo punto de
vista al respecto no aceptaba f�cilmente que la personalidad
tipo A la persona que siempre tiene prisa y que padece una
elevada tensi�n sangu�nea constituye un grave factor de
riesgo para las enfermedades card�acas, pero los nuevos
descubrimientos realizados al respecto demuestran hoy que la
irritabilidad constituye un claro factor de riesgo.
Muchos de los datos de que disponemos sobre la irritabilidad
proceden de la investigaci�n realizada por el doctor Redford
Williams de la Universidad de Duke. Por ejemplo, Williams
descubri� que los m�dicos que obtuvieron las puntuaciones m�s
elevadas en un test de hostilidad realizado cuando todav�a eran
estudiantes mostraban, alrededor de los cincuenta a�os, un
�ndice de mortalidad siete veces mayor que quienes hab�an
obtenido puntuaciones m�s bajas. La tendencia al enfado
constituye, pues, un predictor mejor del �ndice de mortalidad
temprana que otros factores de riesgo tales como fumar, un nivel
elevado de tensi�n arterial o el �ndice de colesterol en la
sangre. Por su parte, las angiograf�as una operaci�n en
la que se inserta un cat�ter en la arteria coronaria para
cuantificar sus posibles lesiones realizadas por el doctor
John Barefoot, de la Universidad de Carolina del Norte, ayudaron
a demostrar la existencia de una elevada correlaci�n entre los
resultados del test de hostilidad y la gravedad de la lesi�n
coronaria.
Con ello no estamos afirmando en modo alguno que la irritabilidad
termine ocasionando una enfermedad coronaria, sino s�lo que
constituye un factor de riesgo m�s que tener en cuenta.
Como me explic� Peter Kaufman, director interino del Behavioral
Medicine Branch of the National Heart. Lung, and Blood lnstitute:
�a�n no estamos en condiciones de afirmar rotundamente que el
enfado y la
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hostilidad desempe�an un papel determinante en las primeras
fases del desarrollo de una enfermedad coronar�a, si contribuyen
a intensificar el problema una vez que �ste se ha manifestado o
ambas cosas a la vez.� Tengamos en cuenta que cada nueva
explosi�n de ira aumenta la frecuencia cardiaca y la tensi�n
arterial, forzando as� al coraz�n a un sobreesfuerzo adicional
que, en el caso de repetirse asiduamente, puede terminar
resultando sumamente perjudicial, especialmente si consideramos
tambi�n que la fuerza del flujo sangu�neo que discurre por la
arteria coronaria a cada latido en estas circunstancias �puede
dar lugar a microdesgarros de los vasos sangu�neos, que
favorecen el desarrollo de la placa. En el caso de las personas
cr�nicamente enojadas, la aceleraci�n habitual del ritmo
card�aco y la elevada presi�n arterial pueden terminar
consolidando, en un per�odo aproximado de treinta a�os, una
placa arterial que contribuya a la aparici�n de la enfermedad
coronaria�.
Como lo demuestra el estudio de los recuerdos irritantes de este
tipo de enfermos, los mecanismos desencadenados por el enojo
afectan directamente a la eficacia del bombeo card�aco, una
situaci�n que convierte al enfado en un factor especialmente
nocivo para las personas que se hallan aquejadas de una
enfermedad coronaria. Un estudio realizado en la Facultad de
Medicina de Stanford sobre 1.110 personas que, tras padecer un
primer ataque card�aco fueron sometidas a un seguimiento de m�s
de ocho anos. puso de manifiesto que la propensi�n a la
agresividad y a la irritabilidad aumenta el riesgo de sufrir
nuevos ataques. Este resultado fue confirmado posteriormente por
otra investigaci�n realizada en la Facultad de Medicina de Yale
sobre 999 personas que hab�an sufrido un ataque card�aco y que
tambi�n fueron sometidas a un seguimiento, esta vez de diez
a�os. El resultado de esta investigaci�n demostr� que las
personas especialmente susceptibles al enfado eran tres veces
m�s proclives y cinco veces mas, en el caso de que su
nivel de colesterol fuera tambi�n elevado a experimentar
un paro card�aco que las personas m�s tranquilas.
No obstante, los investigadores de Yale se�alan que la
irritabilidad no es el �nico factor que aumenta el riesgo de
muerte por enfermedad cardiaca, sino que tambi�n lo son las
emociones negativas intensas de todo tipo que regularmente
liberan hormonas estresantes en el torrente sangu�neo. Pero hay
que decir que, como demuestra un estudio realizado en la Facultad
de Medicina de Harvard en el que se pidi� a m�s de mil
quinientas personas que hab�an sufrido un ataque al coraz�n que
describieran el estado emocional en que se hallaban en las horas
previas al ataque, la irritabilidad representa el caso m�s
evidente de la estrecha relac i�n existente entre las emociones
y las enfermedades del coraz�n. Este estudio demostr� que el
enfado duplica las probabilidades de que quienes sufren una
enfermedad del coraz�n experimenten un paro cardiaco, y que este
incremento del riesgo perdura hasta unas dos horas despu�s de
que el enfado haya desparecido.
Pero este descubrimiento no implica que debamos tratar de
eliminar el enfado cuando �ste resulte apropiado, puesto que
tambi�n existen pruebas de que su represi�n aumenta la
agitaci�n corporal y la tensi�n arteriales Por otro lado, como
hemos visto en el cap�tulo 5, el hecho de expresar el enfado
contribuye a alimentarlo, haciendo m�s probable este tipo de
respuesta frente a cualquier situaci�n problem�tica. En
opini�n de Williams, la aparente paradoja existente entre el
hecho de expresar o no el enfado carece de toda importancia,
porque lo verdaderamente importante radica en la cronicidad o no
de este estado de �nimo. La expresi�n ocasional de la
hostilidad no resulta peligrosa para la salud; el problema surge
cuando la irritabilidad se hace tan constante como para
permitirnos adscribir al sujeto a un tipo de personalidad hostil,
un estilo personal anclado en la desconfianza y el escepticismo y
propenso a las cr�ticas sarc�sticas y humillantes, as� como a
los accesos de mal humor. Pero el hecho es que la irritabilidad
cr�nica no supone necesariamente una sentencia de muerte sino
que, por el contrario, constituye un h�bito y que, como tal,
puede ser modificado. En este sentido, resulta relevante el
resultado de un programa desarrollado en la Facultad de Medicina
de la Universidad de Stanford y dirigido a un grupo de pacientes
que hab�an sufrido un ataque card�aco con la intenci�n de
ayudarles a moderar las actitudes que les hac�an proclives al
mal genio. Este entrenamiento en el control del enfado condujo a
una disminuci�n del 44% en la incidencia de nuevos ataques
card�acos en comparaci�n con aquellos otros pacientes que no se
hab�an sometido a �l. Otro programa concebido por Williams
arroj� resultados igualmente esperanzadores El programa de
Williams, al igual que el de Stanford, tiene por objeto ense�ar
los rudimentos b�sicos de la inteligencia emocional,
especialmente en lo que concierne al desarrollo de la empat�a y
a la atenci�n a los s�ntomas menores del enfado apenas se
advierta su presencia. Este programa pide a los participantes que
hagan el esfuerzo decidido de anotar los pensamientos esc�pticos
u hostiles en el mismo momento en que se presenten. En el caso de
que �stos persistan, el sujeto debe tratar de interrumpirlos
diciendo (o pensando) ��alto!� y, a continuaci�n, debe tratar
de reemplazarlos por otros m�s positivos. En el caso, por
ejemplo, de que el ascensor se retrase, uno deber�a tratar de
buscar una explicaci�n positiva en lugar de enojarse por la
falta de cuidado de la persona a quien uno supone responsable y,
por ejemplo, en lo que respecta a los encuentros interpersonales
frustrantes, los pacientes deben desarrollar la capacidad de ver
las cosas desde el punto de vista de la otra persona. La
empat�a, en suma, constituye un aut�ntico b�lsamo para el
enfado.
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Como me dijo Williams: �el ant�doto m�s adecuado contra la
irritabilidad consiste en el desarrollo de una actitud m�s
confiada. Todo lo que se requiere es una motivaci�n adecuada,
pero cuando las personas comprenden que su irritaci�n puede
conducirles r�pidamente a la tumba, se encuentran mucho m�s
predispuestas a intentarlo�.
El estr�s: la ansiedad desproporcionada e inoportuna
�Me sent�a continuamente ansiosa y tensa, una situaci�n que
empez� mientras estaba en el instituto y era una excelente
estudiante. Entonces comenc� a preocuparme por las notas, los
horarios y la relaci�n con los profesores y mis compa�eros. Mis
padres me presionaban para que me esforzara todav�a m�s y para
que me convirtiera en una estudiante modelo... Supongo que
entonces sencillamente me derrumb� ante tanta presi�n, porque
mis problemas digestivos comenzaron durante el �ltimo a�o de
instituto. Desde aquella �poca he tenido que evitar el caf� y
las comidas picantes. y cuando me siento inquieta o tensa, noto
como si el est�mago me ardiera, y cada vez que estoy preocupada
siento n�useas �.
Seg�n la experiencia cient�fica disponible, es muy posible que
la ansiedad la angustia ocasionada por las presiones de la
vida sea la emoci�n que se halle m�s relacionada con el
inicio y el proceso de recuperaci�n de una enfermedad. Desde un
punto de vista evolutivo, la ansiedad tal vez resultara �til
cuando cumpl�a con la funci�n de predisponemos a afrontar
alg�n tipo de peligro, pero en la vida moderna suele
manifestarse de forma desproporcionada e inoportuna. En tal caso,
la angustia no constituye tanto una respuesta de activaci�n ante
un peligro real como una reacci�n ante una situaci�n cotidiana
o que no es m�s que el producto de nuestra imaginaci�n. En este
sentido, los ataques repetidos de ansiedad constituyen un
indicador de un elevado nivel de estr�s que, en casos como el
descrito en el p�rrafo anterior, son un ejemplo de la forma en
que la ansiedad y el estr�s contribuyen a incrementar los
problemas m�dicos.
En 1993, la revista Archives of Internal Medicine public� una
extensa investigaci�n realizada por el psic�logo de Yale Bruce
McEwen, en la que refer�a las consecuencias de la relaci�n
existente entre el estr�s y la enfermedad, una relaci�n que
compromete a la funci�n inmunol�gica hasta el punto de acelerar
la met�stasis, aumentar la vulnerabilidad ante las infecciones
v�ricas, incrementar la formaci�n de placa que conduce a la
arteriosclerosis, acelerar la formaci�n de trombos que pueden
causar un infarto de miocardio, fomentar la manifestaci�n de la
diabetes de tipo I y el curso de la diabetes de tipo II, y
desencadenar o agravar los ataques de asma. El estr�s tambi�n
puede contribuir a la ulceraci�n del tracto gastrointestinal y a
empeorar los s�ntomas de la colitis ulcerosa y la inflamaci�n
intestinal. Hasta el mismo cerebro, a largo plazo, es susceptible
a los efectos del estr�s sostenido, incluyendo las lesiones del
hipocampo y afectando, en consecuencia, a la memoria. Seg�n
McEwen: �cada vez hay m�s pruebas que demuestran que las
experiencias estresantes afectan directamente al sistema
nervioso�. Los estudios realizados sobre enfermedades
infecciosas como la gripe, el resfriado y el herpes, proporcionan
una evidencia m�dica particularmente relevante a este respecto.
Continuamente nos hallamos expuestos a la acci�n de estos virus,
pero nuestro sistema inmunol�gico suele mantenerlos a raya,
excepto en aquellos momentos en los que el estr�s emocional mina
nuestras defensas. Ciertos experimentos han demostrado que el
estr�s y la ansiedad debilitan la fortaleza del sistema
inmunol�gico, aunque no queda suficientemente claro si el
alcance de esta merma tiene alguna relevancia cl�nica, es decir,
si resulta tan decisiva como para dejar expedito el camino a la
enfermedad. De hecho, la relaci�n cient�fica m�s evidente
existente entre el estr�s y la ansiedad y la vulnerabilidad
cl�nica procede de las investigaciones prospectivas, es decir,
de aquellas investigaciones realizadas con personas sanas, en las
que se registra el aumento de la ansiedad y luego se observa si
se ha producido un debilitamiento del sistema inmunol�gico y la
posterior manifestaci�n de la enfermedad.
Un estudio realizado por Sheldon Cohen, psic�logo de la
Universidad de Carnegie-Mellon, y otros cient�ficos, en una
unidad especializada en resfriados situada en Sheffield,
Inglaterra, cuantific� la magnitud del estr�s que experimentaba
la gente en sus vidas y luego los expuso sistem�ticamente a la
acci�n del virus del resfriado. El hecho es que no todos los
sujetos expuestos al virus cayeron enfermos porque un sistema
inmunol�gico fuerte puede y as� lo hace
continuamente resistirse a la acci�n del virus del
resfriado. El resultado del experimento demostr� que cuanta m�s
tensi�n experimenta la persona en su vida cotidiana, mayor es su
predisposici�n a contraer un resfriado. S�lo el 27% de quienes
presentaban un bajo nivel de estr�s contrajeron la enfermedad
despu�s de haber sido expuestos a la acci�n del virus; cosa
que, por el contrario, ocurri� en el 47% de quienes ten�an una
vida m�s estresante. Esta parece una prueba irrefutable de que
el estr�s debilita el sistema inmunol�gico. (Hay que decir
tambi�n que �sta podr�a ser una de esas investigaciones que
confirma lo que todo el mundo sospechaba, una hip�tesis elevada
ahora a la categor�a de conclusi�n cient�fica por el rigor
metodol�gico con que se ha realizado.)
Otro estudio similar, realizado, en este caso con matrimonios que
durante tres meses fueron sometidos a un seguimiento para
determinar los acontecimientos problem�ticos a los que estaban
sujetos (como peleas
p. 114
matrimoniales, por ejemplo) demostr� fehacientemente que tres o
cuatro d�as despu�s de una disputa particularmente intensa,
contra�an un resfriado o una infecci�n de las v�as
respiratorias. Este lapso suele ser, precisamente, el tiempo de
incubaci�n de la mayor parte de los virus, sugiri�ndonos que la
exposici�n a �stos mientras se hallaban preocupados y alterados
les volvi� especialmente vulnerables. La misma pauta de
estr�s�infecci�n es aplicable tambi�n al virus del herpes
(tanto al que afecta a la zona de los labios como al genital).
Despu�s de que una persona haya sido afectada por el virus,
�ste permanece en el cuerpo en estado latente, manifest�ndose
tan s�lo de manera ocasional. Si �ste fuera el caso, el nivel
de anticuerpos en el torrente sangu�neo nos permite determinarla
y pr�xima incidencia del virus. Este indicador ha permitido
predecir la reactivaci�n del virus del herpes en estudiantes de
medicina que deben afrontar los ex�menes finales, en mujeres
reci�n separadas y en personas sometidas a la presi�n constante
de tener que cuidar a un familiar aquejado de la enfermedad de
Alzheimer. Otras investigaciones han demostrado que la ansiedad
no s�lo provoca una disminuci�n de la respuesta inmunol�gica
sino que tambi�n tiene efectos negativos sobre el sistema
cardiovascular.
Mientras la irritabilidad cr�nica y los episodios repetidos de
c�lera parecen aumentar el riesgo de enfermedad coronaria en los
hombres, las emociones m�s letales para las mujeres son la
ansiedad y el miedo. Un estudio llevado a cabo en la Facultad de
Medicina de la Universidad de Stanford sobre m�s de mil personas
que hab�an padecido un ataque al coraz�n demostr� que las
mujeres que hab�an sufrido un segundo ataque presentaban un
elevado �ndice de miedo y ansiedad que, en la mayor�a de los
casos, adoptaba la forma de fobias paralizantes que, tras el
primer ataque, las llevaba a dejar de conducir, abandonar el
trabajo y encerrarse en su casa. Los efectos fisiol�gicos
perniciosos que acompa�an al estr�s y la ansiedad mental
el tipo de estr�s provocado por los trabajos en que uno se halla
sometido a una presi�n constante o a condiciones vitales
dif�ciles (como, por ejemplo, las que aquejan a las madres que
viven solas con sus hijos y tienen que arregl�rselas para
trabajar y cuidar de su familia) est�n siendo estudiados
minuciosamente. Stephen Manuck, psic�logo de la Universidad de
Pittsburgh, llev� a cabo un experimento en el que someti� a
treinta voluntarios a condiciones de estr�s mientras controlaba
la tasa en sangre de ATP (adenosintrifosfato, una sustancia
secretada por los trombocitos que es capaz de provocar cambios en
los vasos sangu�neos y ocasionar un ataque de apoplej�a). El
experimento demostr� que cuanto m�s intenso era el estr�s
mayor era el nivel de ATP, as� como el latido cardiaco y la
tensi�n arterial.
Es comprensible, pues, que los riesgos para la salud aumenten en
el caso de aquellos oficios cuyo desempe�o exija un esfuerzo y
una eficacia extremos sin que el sujeto tenga la menor
posibilidad de controlar las condiciones de trabajo (una
situaci�n que hace que los conductores de autob�s, por ejemplo,
presenten un elevado �ndice de hipertensi�n arterial). En un
estudio llevado a cabo con 569 pacientes aquejados de c�ncer
colorrectal en el que se utiliz� un grupo de control similar,
quienes hab�an experimentado un deterioro manifiesto de sus
condiciones laborales durante los diez a�os anteriores
demostraron ser cinco veces y media m�s proclives a desarrollar
c�ncer que aqu�llos otros que no se hallaban sometidos al mismo
nivel de estr�s. La importancia m�dica del estr�s es tal que
las t�cnicas de relajaci�n orientadas a reducir
directamente el grado de excitaci�n fisiol�gica se est�n
utilizando cl�nicamente para aliviar los s�ntomas de numerosas
enfermedades cr�nicas (entre las que se incluyen, por citar
s�lo unas pocas, las enfermedades cardiovasculares, ciertos
tipos de diabetes, la artritis, el asma, los des�rdenes
gastrointestinales y el dolor cr�nico). El aprendizaje de la
relajaci�n proporciona a los pacientes la ocasi�n de controlar
sus sensaciones y de evitar as� un posible empeoramiento de su
condici�n debido al estr�s y la angustia emocional.
El coste m�dico de la depresi�n
A�os despu�s de haber sido sometida a una intervenci�n
quir�rgica para extirparle un tumor maligno se le detect� una
met�stasis en el pecho. Su m�dico ya no le habl� de curaci�n
y le dijo que la quimioterapia s�lo prolongar�a como
mucho unos pocos meses m�s su vida. Comprensiblemente, se
sumi� en una profunda depresi�n y siempre que acud�a al
onc�logo acababa estallando en l�grimas. Sin embargo, la �nica
respuesta que recib�a del facultativo cada vez que esto ocurr�a
era pedirle que abandonara la consulta.
Dejando de lado el da�o motivado por la desconsiderada actitud
del onc�logo �ten�a acaso alguna relevancia cl�nica el hecho
de que �ste no supiera relacionarse con el desconsuelo de su
paciente? A partir del momento en que una enfermedad alcanza ese
grado de virulencia no parece probable que las emociones puedan
tener alg�n tipo de efecto apreciable en su desarrollo. Aunque
es evidente que la cualidad de los �ltimos meses de vida de esta
mujer se vio ensombrecida por la depresi�n, todav�a no est�
claro el efecto de la tristeza sobre el curso del c�ncer. Pero
el hecho es que hay muchas investigaciones que apuntan a la
conclusi�n de que la depresi�n desempe�a un papel relevante en
otras condiciones cl�nicas, especialmente en lo que concierne a
la fase de empeoramiento de la enfermedad. Cada vez es mayor la
evidencia de que los pacientes deprimidos que se hallan aquejados
de una enfermedad grave tambi�n deber�an recibir tratamiento
para su depresi�n.
p. 115
Una de las complicaciones que conlleva el tratamiento de la
depresi�n es que sus s�ntomas, entre los que se incluye el
letargo y la p�rdida de apetito, suelen confundirse con los
s�ntomas de otras enfermedades, especialmente en el caso de que
sean tratados por m�dicos que tengan poca experiencia en el
diagn�stico psiqui�trico. Y esa incapacidad para diagnosticar y
tratar la depresi�n que puede acompa�ar a una enfermedad grave
(como ocurr�a en el caso de la mujer aquejada de c�ncer de
mama) puede constituir, en si misma, un riesgo a�adido para su
desarrollo.
Doce de los trece pacientes aquejados de depresi�n que formaban
parte de un grupo de cien que hab�an sido sometidos a un
trasplante de m�dula �sea fallecieron antes del primer a�o,
mientras que 34 de los 87 restantes todav�a segu�an con vida
dos a�os despu�s. Por otra parte, la probabilidad de que los
pacientes aquejados de insuficiencia renal cr�nica que eran
sometidos a di�lisis y a quienes se hab�a diagnosticado una
depresi�n mayor falleciera en los dos a�os posteriores era
mucho mayor que la de aquellos otros que no estaban deprimidos,
un hecho que demuestra que la depresi�n es un mejor predictor
que cualquier otro s�ntoma cl�nico. Pero la v�a que conecta la
emoci�n con la condici�n m�dica no es biol�gica sino
actitudinal; dicho de otro modo, los pacientes depresivos est�n
menos predispuestos a colaborar con el tratamiento y pueden
mentir sobre la dieta, lo cual, obviamente, les expone a un
riesgo todav�a mayor.
La depresi�n tambi�n parece tener cierta incidencia sobre las
enfermedades cardiacas. En un estudio realizado con 2.832
personas de mediana edad que fueron sometidas a un seguimiento de
doce a�os, quienes experimentaban una sensaci�n de permanente
abatimiento y desesperaci�n presentaban una tasa m�s elevada de
mortalidad debida a enfermedades card�acas y en el 3% de los
casos aquejados de una depresi�n mayor, esa tasa era cuatro
veces superior.
La depresi�n parece suponer un riesgo m�dico especialmente
grave para los supervivientes de un ataque card�aco. En una
investigaci�n realizada en un hospital de Montreal, los
pacientes deprimidos que fueron dados de alta despu�s de haber
padecido un primer ataque al coraz�n presentaron un �ndice de
mortalidad muy elevado durante los seis meses siguientes. La tasa
de mortalidad de uno de cada ocho pacientes de los mas seriamente
deprimidos de ese estudio era cinco veces superior a la de otros
pacientes aquejados de una enfermedad similar, un factor de
riesgo tan importante como las principales causas de muerte por
ataque cardiaco, como la disfunci�n del ventr�culo izquierdo o
la existencia de un historial previo en este sentido. Uno de los
posibles mecanismos que explicar�a esta situaci�n es que la
depresi�n incide directamente en la variabilidad del latido
card�aco, incrementando as� el riesgo de arritmias fatales.
Tambi�n se ha constatado que la depresi�n puede obstaculizar el
proceso de recuperaci�n de las fracturas de cadera. En un
determinado estudio llevado a cabo con varios miles de ancianas
aquejadas de este tipo de lesi�n, todas ellas fueron objeto de
un diagn�stico psiqui�trico en el momento de ingresar en el
hospital. Las que fueron diagnosticadas de depresi�n no s�lo
permanecieron ingresadas una media de ocho d�as m�s que
aqu�llas otras que padec�an lesiones similares pero que no
presentaban ning�n s�ntoma de depresi�n, sino que tan s�lo un
tercio de ellas logr� volver a caminar de nuevo. Por su parte,
las mujeres deprimidas que, adem�s de la atenci�n m�dica
correspondiente, recibieron ayuda psiqui�trica para tratar de
superar su depresi�n, necesitaron menos fisioterapia para poder
volver a caminar y tuvieron menos reingresos en los tres meses
posteriores a que se les diera el alta que aquellas otras que no
recibieron ning�n tipo de tratamiento psicol�gico.
Otro estudio demostr� que uno de cada seis pacientes cuya
condici�n f�sica era tan calamitosa que se hallaban entre el
10% de personas que m�s recurr�an a los servicios m�dicos
(porque estaban afectados de diversas dolencias como, por
ejemplo, la diabetes y la enfermedad cardiaca) se hallaba
aquejado de una depresi�n grave. Y, cuando estos pacientes
recibieron atenci�n psicol�gica, el n�mero de d�as al a�o
que estuvieron de baja descendi� de 79 a 51 en quienes estaban
aquejados de depresi�n mayor y de 62 a 18 d�as en quienes
sufr�an una depresi�n moderada.
LOS BENEFICIOS CLINICOS DE LOS SENTIMIENTOS POSITIVOS
No cabe duda, pues, de los efectos nocivos de la
irritabilidad, la ansiedad y la depresi�n. La ansiedad y la
irritabilidad cr�nicas vuelven a las personas m�s susceptibles
a la acci�n de un amplio abanico de enfermedades, y aunque la
depresi�n no constituya la causa directa de la enfermedad, s�
que parece interferir, en cambio, en el curso de su recuperaci�n
y aumentar el riesgo de mortalidad, especialmente en el caso de
los pacientes aquejados de enfermedades graves.
Pero si las diversas formas de la angustia emocional cr�nica
pueden llegar a ser nocivas, la gama opuesta de emociones puede
ser, hasta cierto punto, tonificante. Pero con ello no estamos
diciendo que las emociones positivas sean curativas ni que la
risa o la felicidad puedan, por s� solas, invertir el curso de
una
p. 116
enfermedad grave. Su efecto tal vez sea muy sutil pero los
estudios realizados sobre miles de personas no dejan lugar a duda
sobre el papel que desempe�an las emociones positivas en el
conjunto de variables que afectan al curso de una enfermedad.
El coste del pesimismo y las ventajas del optimismo
El pesimismo al igual que la depresi�n tiene su
precio, mientras el optimismo, por el contrario, supone
considerables ventajas.
Un estudio evalu� el grado de optimismo o pesimismo de ciento
veintid�s hombres que hab�an sufrido un primer ataque cardiaco.
Ocho a�os m�s tarde, veintiuno de los veinticinco m�s
pesimistas hab�an muerto, mientras que s�lo hab�an fallecido
seis de los veinticinco m�s optimistas. Este estudio pone de
relieve la importancia de la actitud mental que se ha revelado
como un mejor predictor de supervivencia que otros factores
cl�nicos (como el da�o f�sico experimentado por el coraz�n en
ese primer ataque, el infarto, la tasa de colesterol o la
tensi�n arterial). Otra investigaci�n demostr� que los
pacientes m�s optimistas que hab�an sufrido una operaci�n de
bypass arterial se recuperaban mucho antes y sufr�an menos
complicaciones, tanto durante como despu�s de la intervenci�n,
que los m�s pesimistas. La esperanza, al igual que su pariente
cercano el optimismo, tambi�n constituye un factor curativo. En
este sentido, las personas esperanzadas se muestran
comprensiblemente m�s capaces de superar los retos que les
presente la vida, incluyendo los problemas mentales. En un
estudio realizado entre personas paralizadas por una lesi�n en
la espina dorsal, las m�s esperanzadas ten�an una mayor
movilidad f�sica que aqu�llas otras aquejadas de la misma
incapacidad pero que se sent�an desesperanzadas. La esperanza
resulta especialmente relevante en el caso de las par�lisis por
lesiones de la m�dula espinal, ya que este tipo de tragedia
cl�nica suele aquejar a j�venes que han sufrido un accidente
automovil�stico y que tendr�n que permanecer en esta penosa
condici�n durante el resto de su vida. El modo en que la persona
reacciona emocionalmente ante este hecho tiene profundas
consecuencias en el esfuerzo que realice para mejorar su
funcionalidad f�sica y social. Existen muchas posibles
explicaciones de las importantes consecuencias de una actitud
pesimista u optimista sobre la salud. Una hip�tesis sostiene que
el pesimismo aboca a la depresi�n y que �sta, a su vez, afecta
a la resistencia del sistema inmunol�gico frente a las
infecciones y los tumores. Pero �sta no es m�s que una
especulaci�n que, hasta la fecha, no se ha podido comprobar.
Otra teor�a afirma que la persona pesimista es incapaz de
cuidarse a si misma y, en relaci�n con esto, se aducen estudios
que demuestran que los pesimistas fuman y beben m�s y hacen
menos ejercicio que los optimistas, es decir, que tienen h�bitos
m�s perjudiciales para la salud. Tal vez un d�a descubramos que
la fisiolog�a de la esperanza supone una ventaja biol�gica en
la lucha del cuerpo contra la enfermedad.
Con la ayuda de mis amigos: el valor cl�nico de las
relaciones interpersonales
Habr�a que a�adir, por un lado, el aislamiento a la lista de
riesgos emocionales para la salud y decir, por el otro, que los
v�nculos emocionales constituyen un elemento protector. Los
estudios realizados a lo largo de dos d�cadas sobre m�s de
treinta y siete mil sujetos han demostrado que el aislamiento
social la sensaci�n de que uno no tiene a nadie con quien
compartir sus sentimientos o mantener cierta intimidad
duplica las probabilidades de contraer una enfermedad y de morir
Seg�n un informe publicado en Science en 1987, el aislamiento
�tiene la misma incidencia en la tasa de mortalidad que el
tabaco, la tensi�n arterial elevada, el alto nivel de
colesterol, la obesidad y la falta de ejercicio f�sico�. El
tabaquismo multiplica por 1,6 veces el riesgo de mortalidad
mientras que el aislamiento social lo duplica, convirti�ndolo
as�, a todas luces, en un important�simo factor de riesgo para
la salud. Los hombres, por otra parte, soportan peor el
aislamiento que las mujeres. En este sentido, los hombres
solitarios son de dos a tres veces m�s propensos a morir que
quienes mantienen estrechos lazos con los dem�s mientras que, en
lo que respecta a las mujeres solitarias, este riesgo es s�lo
una vez y media superior al de las mujeres m�s sociables. Esta
diferencia en el impacto que tiene la soledad sobre las mujeres y
sobre los hombres puede radicar en que aqu�llas tienden a
establecer relaciones emocionalmente m�s pr�ximas que �stos y
que, tal vez por ello, no precisen de la misma cantidad de
relaciones que los hombres.
Soledad, no obstante, no significa aislamiento. Son muchas las
personas que viven retiradas o que tienen muy pocos amigos y que,
en cambio, se sienten satisfechas y gozan de una salud excelente.
El aislamiento que implica un riesgo cl�nico consiste en la
sensaci�n subjetiva de desarraigo y de no tener a nadie a quien
recurrir. Y esta situaci�n resulta terrible en la moderna
sociedad urbana por el creciente aislamiento producido por la
televisi�n y por el declive de los h�bitos sociales (como
pertenecer a una
p. 117
asociaci�n o visitar a los amigos) y confiere un valor a�adido
a grupos de autoayuda tales como Alcoh�licos An�nimos u otras
comunidades similares.
El estudio que hemos mencionado anteriormente sobre cien
pacientes que hab�an sufrido un trasplante de m�dula �sea
tambi�n demostr� el poder del aislamiento como factor de
mortalidad y. en cambio, el valor curativo de las relaciones
pr�ximas El 54% de los pacientes de este estudio que sent�an
que contaban con el apoyo emocional de su esposa, su familia o
sus amigos, segu�an viviendo al cabo de dos a�os, cosa que
s�lo ocurr�a en el 20% de quienes se sent�an emocionalmente
desamparados. De modo similar, los ancianos que han sobrevivido a
un ataque cardiaco y cuentan con dos o m�s personas que les
proporcionan consuelo emocional tienden a vivir un a�o m�s que
quienes carecen de este apoyo. Quiz�s el testimonio m�s
elocuente del potencial curativo de las relaciones emocionales
nos lo proporcione una investigaci�n realizada en Suecia y
publicada en l993. Esta investigaci�n ofreci� a todos los
hombres que habitaban en la ciudad sueca de G�teborg nacidos en
1933, un examen m�dico gratuito. Siete a�os m�s tarde se
contact� nuevamente con los 752 hombres que hab�an acudido al
reconocimiento y se comprob� que 41 de ellos hab�an fallecido.
Quienes hab�an declarado estar sometidos a un intenso estr�s
emocional mostraron un promedio de mortalidad tres veces superior
a quienes hab�an manifestado que sus vidas eran pl�cidas y
tranquilas. La ansiedad emocional estaba causada por cuestiones
diversas, como las dificultades financieras, la inseguridad
laboral, el paro, los procesos judiciales o el divorcio. E I
hecho de haber sufrido tres o m�s de estos problemas en el a�o
anterior a que se efectuara el primer examen demostr� ser un
predictor de la mortalidad m�s poderoso durante el
per�odo de los siete a�os siguientes que otro tipo de
indicadores cl�nicos como la tensi�n arterial elevada, la
excesiva concentraci�n de triglic�ridos en la sangre o el alto
nivel de colesterol.
Sin embargo, entre los hombres que afirmaron que contaban con una
estrecha red de relaciones esposa, amigos �ntimos,
etc�tera no exist�a ninguna relaci�n entre el nivel de
estr�s y el �ndice de mortalidad. Contar con personas en
quienes confiar y con las que poder hablar, personas que puedan
ofrecernos consuelo, ayuda y consejo, nos protege del impacto
letal de los traumas y los contratiempos de la vida.
La cualidad de las relaciones, as� como su frecuencia, parecen
ser la clave para reducir el nivel de estr�s. Las relaciones
negativas tienen un precio muy elevado; las discusiones
conyugales, por ejemplo, inciden negativamente en el sistema
inmunol�gico y, como demuestra un estudio realizado entre
compa�eros de clase, cuanto mayor era el rechazo entre ellos,
mayor era tambi�n la predisposici�n a resfriarse, a contraer la
gripe y a acudir al m�dico. En opini�n de John Cacioppo, el
psic�logo de la Universidad Estatal de Ohio que llev� a cabo
este estudio, �las relaciones m�s importantes de nuestras vidas
y las que m�s incidencia parecen tener sobre la salud son las
que mantenemos con las personas con quienes convivimos
cotidianamente. Las relaciones m�s significativas son las que
m�s importancia tienen para nuestra salud�
El poder curativo del apoyo emocional
En Las intr�pidas aventuras de Robin Hoad, Robin advierte a un
joven simpatizante: �habla libremente y rev�lanos tus cuitas El
fluir de las palabras apacigua el coraz�n de quien sufre; es
como abrir las compuertas cuando el embalse amenaza con
desbordarse�.
Este retazo de sabidur�a popular refleja el hecho de que
descubrir nuestros sentimientos constituye una excelente medicina
para el coraz�n apesadumbrado. La corroboraci�n cient�fica del
consejo de Robin nos la proporciona James Pennebaker, psic�logo
de una Universidad Metodista del Sur, quien ha demostrado
experimentalmente el efecto beneficioso que conlleva hablar de
los problemas que m�s nos preocupan. El m�todo utilizado por
Pennebaker es muy sencillo y consiste en pedir a la persona que
dedique quince o veinte minutos cada d�a, durante cinco d�as, a
escribir acerca de �la experiencia m�s traum�tica de toda su
vida� o de alguna otra situaci�n presente que le resulte
especialmente apremiante. Tampoco es preciso que muestre luego a
nadie el contenido del escrito puesto que, si la persona lo
desea, puede mantenerlo completamente en secreto.
El efecto manifiesto de esta especie de confesi�n result�
sorprendente, ya que fortaleci� la funci�n inmunol�gica,
provoc� un descenso significativo en la frecuencia de visitas a
los centros de salud durante los seis meses posteriores,
disminuy� el absentismo laboral e incluso mejor� la funci�n
enzim�tica del h�gado.
Del mismo modo, aquellas personas cuyos relatos mostraban m�s
sentimientos angustiosos tambi�n lograban mejorar el
funcionamiento de su sistema inmunol�gico. Este estudio ha
demostrado que la pauta �mas saludable� de exteriorizaci�n de
los sentimientos problem�ticos comienza cargada de tristeza,
ansiedad, irritabilidad o cualquier otro tipo de sentimiento
implicado y, a lo largo de los d�as siguientes, prosigue
estableciendo un hilo narrativo que permite dar alg�n sentido al
trauma o al problema en cuesti�n.
p. 118
Es evidente que este proceso es equivalente a lo que ocurre en
ciertos tipos de psicoterapia. De hecho, el resultado de la
investigaci�n de Pennebaker explica tambi�n la manifiesta
mejora cl�nica de aquellos pacientes que reciben un tratamiento
psicoterap�utico adicional frente a quienes s�lo son objeto de
tratamiento m�dico. Es muy posible que la demostraci�n m�s
palpable de la incidencia cl�nica del apoyo emocional nos la
proporcione un estudio realizado en la Facultad de Medicina de la
Universidad de Stanford con mujeres aquejadas de met�stasis
avanzada de c�ncer de mama. Todas las mujeres que participaban
en la investigaci�n hab�an sido sometidas a alg�n tipo de
tratamiento frecuentemente quir�rgico, tras el cual
hab�an experimentado una grave reca�da. Cl�nicamente hablando,
era s�lo cuesti�n de tiempo que el c�ncer acabara con sus
vidas. El resultado de esta investigaci�n sorprendi� a toda la
comunidad m�dica, comenzando por el mismo doctor David Spiegel,
el director del estudio, ya que puso de manifiesto que las
pacientes que hab�an recibido apoyo psicol�gico sobrevivieron
el doble de tiempo que aqu�llas otras que afrontaron a solas la
enfermedad Todas las mujeres recibieron el mismo tratamiento
m�dico y la �nica diferencia consist�a en que algunas de ellas
acud�an, adem�s, a grupos de encuentro en los que pod�an
sincerarse con otras mujeres que comprend�an perfectamente sus
problemas y que estaban dispuestas a escuchar sus penas, sus
miedos y su impotencia. �ste sol�a ser el �nico lugar en el
que pod�an manifestar abiertamente sus emociones porque las
personas con quienes conviv�an ten�an miedo a hablar del
c�ncer y de la inminencia de la muerte. Las mujeres que
asistieron a los grupos vivieron un promedio de diecinueve meses
m�s que las otras, lo cual supone un incremento de la esperanza
de vida en este tipo de pacientes superior al de cualquier
tratamiento m�dico. Como me dijo el doctor Jimmie Holland,
psiquiatra y director del servicio de oncolog�a del Memorial
Hospital de Sloan-Kettering, un centro para el tratamiento del
c�ncer situado en la ciudad de Nueva York: �todos los pacientes
afectados por el c�ncer deber�an participar en este tipo de
grupos�. En este sentido deber�amos tomar ejemplo de las
compa��as farmac�uticas, que no dudan en invertir todos los
esfuerzos necesarios para desarrollar un nuevo f�rmaco una vez
que ha demostrado su eficacia para alimentar la esperanza de vida
de los enfermos.
PROMOVER UNA ATENCION M�DICA EMOCIONALMENTE
INTELIGENTE
El d�a en que un chequeo rutinario revel� rastros de sangre
en mi orina, el m�dico me someti� a unas pruebas anal�ticas en
las que se me inyect� un is�topo radioactivo. Yo estaba
recostado en la camilla mientras un aparato de rayos X iba
radiografiando el recorrido de la substancia radioactiva a
trav�s de mis ri�ones y vejiga. Asist� a la prueba con un
amigo �ntimo tambi�n m�dico que hab�a venido de
visita y se ofreci� a acompa�arme. Mi amigo permaneci� sentado
en la habitaci�n mientras el aparato de rayos X iba
desplaz�ndose autom�ticamente por un carril, girando de un lado
a otro y tomando im�genes desde todos los �ngulos.
El examen dur� cerca de hora y media y, cuando estaba a punto de
terminar, el nefr�logo entr� apresuradamente en la habitaci�n,
se present� y desapareci� de nuevo a toda prisa para estudiar
las radiograf�as obtenidas.
Luego mi amigo y yo nos dirigimos a su consulta. Yo todav�a
estaba algo confuso y aturdido por la prueba y carec�a de la
suficiente presencia de �nimo como para consultar las dudas que
me hab�an acosado durante toda la ma�ana. Pero mi compa�ero
silo hizo:
Doctor dijo, el padre de mi amigo muri� de c�ncer
de vejiga y �l est� ansioso por saber si la radiograf�a ha
detectado alg�n s�ntoma de c�ncer.
Nada anormal fue la lac�nica respuesta que nos espet� el
especialista antes de precipitarse a atender a la siguiente cita.
La impotencia que experiment� para plantear una cuesti�n que
tanto me interesaba se repite a diario miles de veces en los
hospitales y las cl�nicas de todo el mundo. Una investigaci�n
realizada sobre los pacientes que aguardan en las salas de espera
revel� que cada persona tiene una media de tres preguntas que
hacer al m�dico que va a visitar. No obstante, al abandonar la
consulta s�lo ha logrado plantear la mitad de sus dudas. Este
hecho demuestra que la medicina actual soslaya de pleno una de
las principales necesidades emocionales de los pacientes, ya que
las preguntas sin respuesta generan dudas, miedos e impotencia, y
as� despiertan todo tipo de resistencias a emprender
tratamientos que no logran comprender.
La medicina deber�a ampliar su perspectiva sobre la salud hasta
llegar a englobar la realidad emocional de los pacientes.
Por ejemplo, en la rutina m�dica habitual se podr�a incluir una
informaci�n detallada que permitiera al paciente adoptar con
mayor conocimiento las decisiones m�s adecuadas. En la
actualidad existen servicios telef�nicos informatizados que
ofrecen al consultante informaci�n m�dica relativa a su caso,
lo cual les permite
p. 119
contar con suficientes elementos como para comprender, en la
medida de lo posible, las decisiones tomadas por sus pacientes.
Tambi�n existen programas que ense�an a los pacientes a
plantear las preguntas que m�s les interesen para que no se d�
el caso de que abandonen la consulta con las mismas dudas con las
que entraron en El per�odo que precede a una intervenci�n
quir�rgica o a un an�lisis intrusivo o doloroso est� cargado
de tensi�n y ansiedad para el paciente y, por tanto, constituye
una oportunidad inestimable para abordar las dimensiones
emocionales del problema.
Existen hospitales que han desarrollado programas preoperatorios
que ayudan a los pacientes a mitigar sus temores y a asumir de
buen grado las posibles molestias, ense��ndoles t�cnicas de
relajaci�n, respondiendo adecuadamente a las dudas que pueda
suscitarles la intervenci�n y relat�ndoles anticipadamente sus
ventajas una vez se hayan restablecido Los pacientes que reciben
este tipo de tratamiento emocional se recuperan de la
intervenci�n quir�rgica entre dos y tres d�as antes que el
resto. Para algunos pacientes la mera hospitalizaci�n puede
constituir una experiencia de aislamiento y desamparo No obstante
hoy en d�a existen algunos hospitales que han comenzado a
ofrecer a los familiares la Posibilidad de acompa�ar al enfermo,
cocinar para �l y cuidarle como si estuviera en casa, un
verdadero paso adelante en la direcci�n correcta que,
Parad�jicamente tan frecuente resulta en los pa�ses del Tercer
Mundo. La ense�anza de la relajaci�n tambi�n puede ayudar a
que el paciente aprenda a relacionarse con la angustia que le
producen los s�ntomas de la enfermedad as� como con las
emociones que �stos pueden llegar a provocarle, e incluso a
magnificicarla. Un modelo ejemplar en este Sentido nos lo
proporciona la Cl�nica para la Reducci�n del estr�s, dirigida
por Ion KabatZinn sita en el Centro M�dico de la Universidad de
Massachusetts, que ofrece a los pacientes un curso de diez
semanas de duraci�n sobre yoga y desarrollo de la atenci�n. El
objetivo de este programa apunta a que el paciente tome
conciencia de sus emociones y cultive cotidianamente la
relajaci�n profunda Algunos hospitales han elaborado tambi�n
v�deos pedag�gicos al respecto que pueden contemplarse en las
salas de estar del hospital una dieta emocional m�s provechosa
para las personas con los intrascendentes culebrones de la
televisiones, alicientes que la relajaci�n y el yoga tambi�n
forman parte integral de un innovador programa desarrollado por
el doctor Dean Ornish para el tratamiento de las enfermedades
card�acas Despu�s de un a�o de participaci�n en el programa
que inclu�a una dieta baja en grasas. los pacientes
cuya condici�n cardiovascular era tan grave como para requerir
un bypass lograron revertir la formaci�n de la placa arterial En
opini�n de Omish el adiestramiento en las t�cnicas de
relajaci�n constituye una parte fundamental de su programa que,
al igual que ocurre con el programa de Kabat Zinn trata de sacar
partido de lo que el doctor Herbert Benson denomina la
�respuesta de relajaci�n� el opuesto fisiol�gico de la tensa
excitaci�n que tanta incidencia tiene en un abanico tan amplio
de condiciones cl�nicas.
Debemos destacar tambi�n, por �ltimo, la importancia m�dica
que supone la presencia de una enfermera o de un doctor emotivos
y atentos a sus pacientes, capaces tanto de escuchar como de
hacerse o�r. Esto implica el cultivo de una �atenci�n m�dica
centrada en la relaci�n� y el reconocimiento de que la
relaci�n entre m�dico y paciente constituye un factor
extraordinariamente significativo para el buen curso de la
enfermedad. Esta relaci�n se ver�a fomentada m�s ampliamente
si en la formaci�n de los futuros m�dicos se incluyera el
conocimiento de algunos rudimentos b�sicos de la inteligencia
emocional, especialmente la toma de conciencia de uno mismo y las
habilidades de la empat�a y la escucha.
HACIA UNA MEDICINA QUE CUIDE A SUS PACIENTES
Pero estas medidas no son m�s que el principio. Para que la
medicina llegue realmente a ampliar su visi�n hasta llegar a
reconocer el verdadero impacto de las emociones debemos tener
bien presentes las principales implicaciones de los
descubrimientos cient�ficos realizados en este sentido.
.Una de las medidas preventivas m�s eficaces consiste en ayudar
a que la persona gobierne mejor sus sentimientos perturbadores
(como el enfado, la ansiedad, la depresi�n, el pesimismo y la
soledad). Los datos que nos proporciona la investigaci�n ponen
de relieve que la toxicidad de las emociones negativas cr�nicas
es equiparable a la ocasionada por el tabaquismo. Es por ello por
lo que ayudar a que la gente domine mejor estas emociones
comporta un beneficio m�dico potencial tan importante como
lograr que un fumador empedernido abandone su h�bito. Un modo de
alcanzar este objetivo ser�a comenzar a tomar conciencia de los
saludables efectos preventivos de la educaci�n infantil en los
rudimentos b�sicos de la inteligencia emocional para que, por
as� decirlo, se conviertan en h�bitos que perduren durante el
resto de la vida. Otra estrategia preventiva muy beneficiosa
consistir�a en ense�ar a los jubilados a controlar sus
emociones, ya que el bienestar emocional es un factor
determinante de la prontitud con que el anciano envejece o se
mantiene en forma. Un tercer objetivo beneficiaria a lo que
podr�amos denominar grupos de poblaci�n de alto riesgo, es
decir a los indigentes, las madres trabajadoras, los residentes
en barrios con un alto �ndice de criminalidad, etc�tera. Todos
aqu�llos, en suma, que se hallan sometidos cotidianamente a una
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gran presi�n podr�an aprovecharse de las ventajas m�dicas que
supone el dominio de las complicaciones emocionales provocadas
por el estr�s.
Muchos pacientes podr�an beneficiarse si, adem�s del
tratamiento estrictamente m�dico, recibieran tambi�n atenci�n
psicol�gica. Siempre que una enfermera o un m�dico consuelan y
reconfortan a un paciente angustiado se est� dando un importante
paso hacia el logro de una atenci�n m�dica m�s humanizada.
Pero todav�a nos quedan muchos pasos por dar en este sentido.
Con demasiada frecuencia, en la medicina actual el cuidado
emocional del paciente no es m�s que una frase vac�a. A pesar
de la ingente cantidad de investigaciones que subrayan la
conexi�n existente entre el cerebro emocional y el sistema
inmunol�gico, y la importancia de considerar las necesidades
emocionales de los pacientes todav�a hay demasiados m�dicos que
siguen mostr�ndose reacios a aceptar que las emociones de sus
pacientes puedan tener alguna relevancia cl�nica, y siguen
rechazando estas pruebas como si tuvieran un car�cter meramente
anecd�tico, trivial, �marginal� o, peor a�n, como el producto
de la exageraci�n promovida por unos cuantos investigadores que
s�lo buscan promocionarse.
Aunque cada d�a hay m�s pacientes que aspiran a disfrutar de
una medicina m�s humana, lo cierto es que �sta se halla
peligrosamente amenazada. Con esto no estoy diciendo que no haya
enfermeras y m�dicos entregados que brinden a sus pacientes una
atenci�n sensible y compasiva, sino que la nueva cultura m�dica
depende cada vez m�s de los imperativos comerciales y est�
propiciando una situaci�n en la que este tipo de atenci�n es un
bien cada vez m�s escaso.
Tambi�n deber�amos considerar las ventajas econ�micas de una
medicina m�s humana. Como sugieren las investigaciones que hemos
citado, el tratamiento de la angustia emocional de los pacientes
que previene o retarda el brote de la enfermedad, al tiempo
que acelera el proceso de recuperaci�n supondr�a un
considerable ahorro en el presupuesto destinado a gastos
sanitarios. En este sentido recordemos el estudio realizado con
ancianas que se hab�an fracturado la cadera llevado a cabo en la
Facultad de Medicina de Monte Sina�, de la ciudad de Nueva York
y en la Universidad del Noroeste, un estudio que demostraba que a
las pacientes que recibieron terapia adicional contra la
depresi�n se les daba de alta un promedio de dos d�as antes que
al resto, lo cual supone el considerable ahorro de 97.361
d�lares por cada cien pacientes. Este tipo de atenci�n tambi�n
logra que el enfermo se sienta mas satisfecho con su m�dico y
con el tratamiento que se le administra. En el mercado m�dico de
nuevo cu�o, en el que los pacientes tendr�n la posibilidad de
elegir entre diferentes planes de salud, el grado de
satisfacci�n de �ste formar� tambi�n parte integral de esta
decisi�n, puesto que las experiencias desagradables pueden
llevar a los pacientes a buscar atenci�n m�dica en otra parte,
mientras que, por su parte, las experiencias positivas se
traducen en fidelidad.
Cabe a�adir, por �ltimo, que la �tica m�dica deber�a
promover este tipo de enfoque. Un editorial del Journal of the
American Medical Association sobre un informe que subrayaba que
la depresi�n quintuplica la posibilidad de un desenlace fatal
tras haber experimentado un ataque cardiaco, destacaba que:
�dada la manifiesta evidencia de que factores psicol�gicos
tales como la depresi�n y el aislamiento social suponen un
importante riesgo a�adido para los pacientes aquejados de una
enfermedad coronaria, ser�a una grave falta de �tica dejar sin
tratar este tipo de factores�.
Si los descubrimientos realizados sobre la relaci�n existente
entre las emociones y la salud tienen alg�n sentido, �ste seria
el de poner en evidencia la inadecuaci�n de un planteamiento que
suele descuidar la forma en que se siente la gente en su lucha
contra la enfermedad grave o cr�nica. Ya ha llegado el momento
en que la medicina saque provecho de la relaci�n existente entre
la emoci�n y la salud, de modo que lo que hoy es una excepci�n
termine convirti�ndose en una regla general de la pr�ctica
m�dica futura. Es as� como podremos terminar humanizando la
medicina y, al mismo tiempo, potenciando la velocidad de la
recuperaci�n de algunos pacientes. �La compasi�n, que no se
limita a sostener la mano ajena como escribe un paciente en
una carta abierta a su cirujano, es una medicina
excelente�.