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Capitulo 1
IInteligencia Emocional - Espa�ol...Ingl�s


11. LA MENTE Y LA MEDICINA

— �, Qui�n le ense�� eso, doctor?
— El sufrimiento — respondi� en seguida el m�dico.

Albert Camus, La peste

 

Un ligero dolor en la ingle me oblig� a visitar al m�dico. Todo parec�a muy normal hasta que el an�lisis de orina revel� la presencia de rastros de sangre.

—Quisiera que fuera al hospital a que le hicieran una citolog�a renal —me coment� el doctor, con tono distante.

No recuerdo nada de lo que dijo a continuaci�n porque m� mente pareci� quedarse atrapada en la palabra citolog�a... �c�ncer!

S�lo tengo un recuerdo muy vago de lo que me dijo acerca del d�a y el lugar en que deb�a hacerme la prueba. Y, aunque se trataba de unas indicaciones muy sencillas, tuvo que repet�rmelas tres o cuatro veces porque mi mente parec�a resistirse a olvidar la palabra citolog�a y me sent�a como si me acabaran de atracar frente a la puerta de mi propia casa.

Pero �de d�nde proven�a una reacci�n tan desproporcionada?

El m�dico se hab�a limitado a hacer su trabajo tratando de rastrear todas las posibles ramificaciones que le permitieran emitir un buen diagn�stico. Poco importaba, en aquel momento, que la probabilidad racional de padecer c�ncer fuera m�nima, porque el reino de la enfermedad est� dominado por la emoci�n y por el miedo. Nuestra fragilidad emocional ante la enfermedad se asienta en la creencia de que somos invulnerables, una creencia que la enfermedad -especialmente la enfermedad grave— hace a�icos, destruyendo as� la seguridad e invulnerabilidad de nuestro universo privado y volvi�ndonos s�bitamente d�biles, desamparados e indefensos.

El problema estriba en que el personal sanitario se ocupa de las dolencias f�sicas pero suele descuidar las reacciones emocionales de sus pacientes. Y esta falta de atenci�n hacia la realidad emocional del enfermo soslaya la creciente evidencia que demuestra el papel fundamental que desempe�a el estado emocional en la vulnerabilidad a la enfermedad y en la prontitud del proceso de recuperaci�n. Lamentablemente, sin embargo, la atenci�n m�dica moderna no suele caracterizarse por ser emocionalmente muy inteligente.

El hecho es que la entrevista con una enfermera o con un m�dico deber�a ser una oportunidad para obtener una informaci�n tranquilizadora, amable y afectuosa y no, como suele ocurrir, una invitaci�n a la desesperanza. No es infrecuente que los profesionales cl�nicos tengan demasiada prisa o se muestren indiferentes ante la angustia de sus pacientes. A decir verdad, tambi�n hay enfermeras y m�dicos compasivos que dedican tiempo a tranquilizar, informar y medicar de la manera adecuada, pero la tendencia general parece abocarnos a un universo profesional en el que los imperativos institucionales transforman al personal sanitario en alguien demasiado indiferente a la vulnerabilidad de sus pacientes o demasiado presionado como para poder hacer algo al respecto. Y, si tenemos en cuenta la cruda realidad de un sistema sanitario cada vez m�s mediatizado por las cuestiones econ�micas, no parece que las cosas vayan a mejorar.

M�s all� de las motivaciones humanitarias de que la labor del m�dico consiste tanto en cuidar como en curar, existen otras importantes razones que nos inducen a pensar que la realidad psicol�gica y sociol�gica de los pacientes compete tambi�n al dominio de la medicina. Existen pruebas claras de que la eficacia preventiva y curativa de la medicina podr�a verse potenciada si no se limitara a la condici�n cl�nica de los pacientes sino que tuviera tambi�n en cuenta su estado emocional. Obviamente, esto no es aplicable a todos los individuos y a todas las condiciones, pero el an�lisis de los datos procedentes de miles de casos nos permite afirmar hoy, sin ning�n g�nero de dudas, las ventajas cl�nicas que conlleva una intervenci�n emocional en el tratamiento m�dico de las enfermedades graves.

Hist�ricamente hablando, la medicina moderna se ha ocupado de la curaci�n de la enfermedad (del desorden cl�nico) dejando de lado el sufrimiento (la vivencia que el paciente tiene de su enfermedad). Los

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pacientes, por su parte, se han visto obligados a compartir este punto de vista y a sumarse a una conspiraci�n silenciosa que trata de ocultar las reacciones emocionales suscitadas por la enfermedad o a desde�ar�as como algo completamente irrelevante para el curso de la misma, una actitud que se ve reforzada, asimismo, por un modelo m�dico que rechaza de pleno la idea misma de que la mente tenga alguna influencia significativa sobre el cuerpo.

No obstante, en el polo opuesto nos encontramos con una ideolog�a igualmente contraproducente, la creencia de que somos los principales art�fices de nuestras enfermedades, la creencia de que basta con afirmar que somos felices y salmodiar una retah�la de afirmaciones positivas para curarnos de las m�s graves dolencias. Pero esta panacea ret�rica que magnifica la influencia de la mente sobre la enfermedad no hace sino crear m�s confusi�n y aumentar la sensaci�n de culpabilidad del paciente, como si la enfermedad fuera el testimonio palpable de un estigma moral o de una falta de val�a espiritual.

La actitud justa est� entre ambos extremos. Tratar�, a continuaci�n, de revisar la informaci�n cient�fica disponible para poner de relieve estas contradicciones y aclarar con m�s precisi�n el peso de las emociones —y, en consecuencia, de la inteligencia emocional — en el curso de la salud y de la enfermedad.

 

�LA MENTE DEL CUERPO�: RELACI�N ENTRE LAS EMOCIONES Y LA SALUD

Un descubrimiento realizado en 1974 en el laboratorio de la Facultad de Medicina y Odontolog�a de la Universidad de Rochester nos oblig� a recomponer el mapa biol�gico que hasta aquel momento ten�amos sobre el cuerpo. El psic�logo Robert Ader descubri� que, al igual que el cerebro, el sistema inmunol�gico tambi�n es capaz de aprender, un hallazgo ciertamente sorprendente porque el conocimiento m�dico imperante por aquel entonces sosten�a que el cerebro y el sistema nervioso central eran los �nicos capaces de adaptarse a las exigencias del medio modificando su comportamiento. El hallazgo realizado por Ader inaugur� una investigaci�n que permiti� descubrir las m�ltiples v�as de comunicaci�n existentes entre el sistema nervioso y el sistema inmunol�gico, las miles de conexiones biol�gicas que mantienen estrechamente relacionados la mente, las emociones y el cuerpo.

En este experimento, Ader administr� a varias ratas blancas una medicaci�n —que iba acompa�ada de la ingesta de agua edulcorada con sacarina— que disminu�a artificialmente la cantidad de leucocitos T (destinados a combatir la enfermedad). Pero Ader descubri�, no obstante, que la mera administraci�n de agua con sacarina —sin ning�n tipo, por tanto, de medicaci�n inhibidora— segu�a provocando un descenso tal del n�mero de c�lulas que algunas ratas terminaron enfermando y muriendo. Este experimento demostr� que el sistema inmunol�gico hab�a aprendido a responder al agua con sacarina, algo que, seg�n el criterio cient�fico prevalente, carec�a de todo sentido.

Seg�n el neurocient�fico Francisco Varela, de la Escuela Polit�cnica de Paris, el sistema inmunol�gico constituye el �cerebro del cuerpo�, el que define su sensaci�n de identidad, de lo que le pertenece y lo que no le pertenece.’ Las c�lulas inmunol�gicas se desplazan por todo el cuerpo con el torrente sangu�neo, estableciendo contacto con casi todas las c�lulas del organismo y atac�ndolas cuando no las reconoce, cumpliendo as� con la funci�n de defendernos de los virus, las bacterias o el c�ncer. Pero tambi�n puede darse el caso de que las c�lulas inmunol�gicas interpreten equivocadamente el mensaje de ciertas c�lulas del cuerpo y terminen ocasionando una enfermedad autoinmune, como la alergia o el lupus, por ejemplo. Hasta el d�a en que Ader realiz� su imprevisto descubrimiento, los fisi�logos, los m�dicos y hasta los bi�logos consideraban que el cerebro (con sus diferentes ramificaciones a trav�s del cuerpo v�a sistema nervioso central) y el sistema inmunol�gico eran entidades independientes y. por tanto, incapaces de influirse mutuamente. Seg�n los conocimientos disponibles desde hac�a un siglo, no exist�a ning�n tipo de comunicaci�n entre los centros cerebrales que controlan el sabor y aquellas regiones de la m�dula �sea encargadas de la fabricaci�n de leucocitos.

En los a�os transcurridos desde entonces, el modesto descubrimiento realizado por Ader ha obligado a cambiar radicalmente nuestro criterio sobre las relaciones existentes entre el sistema inmunol�gico y el sistema nervioso central, dando origen a una nueva ciencia, la psiconeuroinmunologia (o PNI), actualmente en la vanguardia de la medicina. El mismo nombre de esta nueva ciencia da cuenta del vinculo existente entre la �mente� (psico), el sistema neuroendocrino (neuro) —que subsume el sistema nervioso y el sistema hormonal— y el t�rmino inmunolog�a, que se refiere, obviamente, al sistema inmunol�gico.

A partir de entonces, una serie de investigadores ha descubierto que los mensajeros qu�micos m�s activos, tanto en el cerebro como en el sistema inmunol�gico, se concentran en las regiones nerviosas encargadas del control de las emociones? David Felten, colega de Ader, nos ha proporcionado algunas de las pruebas m�s concluyentes a favor de la existencia de un vinculo fisiol�gico directo entre las emociones y el

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sistema inmunol�gico. Felten comenz� observando que las emociones tienen un efecto muy poderoso sobre el sistema nervioso aut�nomo (encargado, entre otras cosas, de regular la cantidad de insulina liberada en la sangre y la tensi�n arterial). Trabajando con su esposa Suzanne y otros colegas, Felten logr� determinar el lugar concreto en el que, por decirlo as�, el sistema nervioso se comunica directamente con los linfocitos y las c�lulas macr�fagas del sistema inmunol�gico. En sus observaciones realizadas con el microscopio electr�nico, Felten descubri� tambi�n la existencia de conexiones directas entre las terminaciones nerviosas del sistema nervioso aut�nomo y las c�lulas del sistema inmunol�gico. Este punto f�sico de contacto permite a las c�lulas nerviosas liberar los neurotransmisores que regulan la actividad de las c�lulas inmunol�gicas (aunque, en realidad, la comunicaci�n se establece en ambos sent idos), un hallazgo ciertamente revolucionario porque hasta la fecha nadie hab�a sospechado siquiera que las c�lulas del sistema inmunol�gico pudieran ser el blanco de mensajes procedentes del sistema nervioso.

Para determinar con mayor precisi�n la importancia de estas terminaciones nerviosas en el funcionamiento del sistema inmunol�gico, Felten dio un paso m�s all� y llev� a cabo diferentes experimentos con animales a los que extrajo algunos de los nervios de los n�dulos linf�ticos y del bazo, en donde se elaboran y almacenan las c�lulas inmunol�gicas, y luego les inocul� varios virus para tratar de verificar la respuesta de su sistema inmunol�gico. El resultado de esta investigaci�n constat� un espectacular descenso en la respuesta inmunol�gica frente al ataque v�rico. La conclusi�n de Felten es que, a falta de estas terminaciones nerviosas, el sistema inmunol�gico es incapaz de responder como debiera ante una invasi�n v�rica o bacteriana. As� pues, en resumen, el sistema nervioso no s�lo est� relacionado con el sistema inmunol�gico sino que cumple con un papel esencial para que �ste desempe�e adecuadamente su funci�n.

Otro factor fundamental en la relaci�n existente entre las emociones y el sistema inmunol�gico est� ligado a las hormonas liberadas en situaciones de estr�s. Las catecolaminas (epinefrina y norepinefrina, llamadas tambi�n adrenalina y noradrenalina), el cortisol, la prolactina y los opi�ceos naturales (como, por ejemplo, la-endorfina y la encefalina) son algunas de las hormonas liberadas en situaciones de tensi�n que tienen una gran influencia sobre las c�lulas del sistema inmunol�gico. Aunque las relaciones concretas existentes entre estas hormonas y el sistema inmunol�gico resultan muy dif�ciles de precisar, no cabe la menor duda de que su presencia entorpece el adecuado funcionamiento de las c�lulas inmunol�gicas. El estr�s, por consiguiente, disminuye la resistencia inmunol�gica, al menos de forma provisional, tal vez como una estrategia de conservaci�n de la energ�a necesaria para hacer frente a una situaci�n que parece amenazadora para la supervivencia del individuo. Pero, en el caso de que el estr�s sea intenso y prolongado, la inhibici�n puede terminar convirti�ndose en una condici�n permanente. �A partir del momento en que se hizo evidente la relaci�n entre el sistema nervioso y el sistema inmunol�gico? los microbi�logos y otros cient�ficos en general han seguido descubriendo cada vez m�s conexiones entre el cerebro, el sistema cardiovascular y el sistema inmunol�gico.

LAS EMOCIONES TOXICAS: DA TOS CLINICOS

Pero, a pesar de tales pruebas, la inmensa mayor�a de los m�dicos siguen mostr�ndose renuentes a aceptar la relevancia cl�nica de las emociones. Si bien es cierto que existen numerosas investigaciones que demuestran que el estr�s y las emociones negativas debilitan la eficacia de distintos tipos de c�lulas inmunol�gicas, no siempre queda claro que su alcance establezca alg�n tipo de diferencia cl�nica.

Pero el hecho es que cada vez son m�s los m�dicos que reconocen la incidencia de las emociones en el desarrollo de la enfermedad. El doctor Camran Nezhat, eminente cirujano ginecol�gico de la Universidad de Stanford, afirma que �cuando una mujer a quien voy a intervenir quir�rgicamente me dice que tiene miedo, postergo de inmediato la intervenci�n�, y luego prosigue diciendo �todos los cirujanos saben que la gente muy asustada no responde adecuadamente a una intervenci�n quir�rgica, ya que tienden a sangrar en exceso, son m�s propensos a las infecciones y a las complicaciones y tardan m�s tiempo en recuperarse. Es mucho mejor, por tanto, que el paciente se halle completamente sereno�.

Es evidente que el p�nico y la ansiedad aumentan la tensi�n arterial y que, en consecuencia, las venas dilatadas por la presi�n sangu�nea sangran m�s profusamente cuando son seccionadas por el bistur� del cirujano. El sangrado excesivo —record�moslo— constituye una de las principales complicaciones a las que se enfrenta toda intervenci�n quir�rgica, una complicaci�n que a veces puede terminar conduciendo hasta la misma muerte.

Pero m�s all� de estos datos anecd�ticos cada vez es mayor la informaci�n que subraya la importancia cl�nica de las emocines. Es posible que los datos m�s convincentes al respecto procedan de un metaan�lisis que revisa los resultados de 101 investigaciones llevadas a cabo con miles de personas. Este metaestudio

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confirma hasta qu� punto resultan nocivas para la salud las emociones perturbadoras � y demuestra que las personas que sufren de ansiedad cr�nica, largos episodios de melancol�a y pesimismo, tensi�n excesiva, irritaci�n constante, y escepticismo y desconfianza extrema, son doblemente propensas a contraer enfermedades como el asma, la artritis, la jaqueca, la �lcera p�ptica y las enfermedades card�acas (cada una de la cuales engloba un amplio abanico de dolencias)�. Las emociones negativas son, pues, un factor de riesgo para el desarrollo de la enfermedad, similar al tabaquismo o al colesterol en lo que concierne a las enfermedades card�acas. En resumen, pues, las emociones negativas constituyen una seria amenaza para la salud.

Habr�a que matizar, por �ltimo, que la presencia de una amplia correlaci�n estad�stica no significa, en modo alguno, que todas las personas que experimentan estos sentimientos cr�nicos terminen siendo presa de alguna de estas enfermedades, pero la evidencia del papel que desempe�an las emociones es, con mucho, m�s amplia de lo que nos sugiere este metaestudio. Si prestamos atenci�n a los datos relativos a emociones concretas, especialmente a las tres principales —la ira, la ansiedad y la depresi�n—, no cabe la menor duda de la relevancia cl�nica de las emociones, aun cuando los mecanismos biol�gicos concretos mediante los cuales act�an todav�a no hayan sido completamente elucidados.

Cuando la ira resulta suicida

Un golpe lateral en su veh�culo le llev� a emprender una frustrante y est�ril peregrinaci�n. Primero tuvo que cumplimentar tediosos formularios en la compa��a de seguros y, despu�s de demostrar que la carrocer�a de su coche hab�a resultado seriamente da�ada y que el responsable del accidente era el conductor del otro veh�culo, todav�a tuvo que pagar 800 d�lares. Despu�s de aquel incidente lleg� a sentirse tan mal que el simple hecho de coger el coche bastaba para enojarle. Finalmente se vio en la obligaci�n de vender su autom�vil. A�os m�s tarde, el mero recuerdo de aquella situaci�n bastaba para hacerle palidecer de rabia.

Este desagradable incidente forma parte de un estudio llevado a cabo en la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford sobre los efectos de la irritabilidad en los pacientes aquejados de una enfermedad cardiaca. El objeto del estudio —realizado sobre sujetos que, al igual que el hombre que acabamos de mencionar, hab�an padecido un ataque card�aco— era el de averiguar el impacto del enfado sobre la actividad cardiaca. El resultado fue sorprendente porque, en el mismo momento en que los pacientes relataban los incidentes que les hab�an hecho sentirse furiosos, la eficacia de su bombeo card�aco (denominada tambi�n, en ocasiones, �fracci�n de eyecci�n�) descendi� un 5% y, en algunos casos, hasta el 7% o incluso m�s, un indicador que los cardi�logos consideran un s�ntoma de isquemia del miocardio, un peligroso descenso en la cantidad de sangre que llega al coraz�n.

Este descenso en la eficacia del bombeo card�aco no ha sido constatado, en cambio, en presencia de otras sensaciones perturbadoras, como la ansiedad, por ejemplo, ni tampoco durante el ejercicio f�sico. El enojo, pues, parece ser una de las emociones m�s da�inas para el coraz�n. Y eso que, seg�n relataron los afectados, el recuerdo del incidente problem�tico no les enfurec�a ni la mitad de lo que lo hab�an estado cuando sucedi� el incidente, un dato que demuestra que, en el curso de la situaci�n real, su coraz�n se hallaba mucho m�s afectado.

Este descubrimiento se inserta en un conjunto de pruebas mucho m�s amplio extra�do de una docena de estudios que subrayan el efecto da�ino del enfado para el coraz�n. El antiguo punto de vista al respecto no aceptaba f�cilmente que la personalidad tipo A —la persona que siempre tiene prisa y que padece una elevada tensi�n sangu�nea— constituye un grave factor de riesgo para las enfermedades card�acas, pero los nuevos descubrimientos realizados al respecto demuestran hoy que la irritabilidad constituye un claro factor de riesgo.

Muchos de los datos de que disponemos sobre la irritabilidad proceden de la investigaci�n realizada por el doctor Redford Williams de la Universidad de Duke. Por ejemplo, Williams descubri� que los m�dicos que obtuvieron las puntuaciones m�s elevadas en un test de hostilidad realizado cuando todav�a eran estudiantes mostraban, alrededor de los cincuenta a�os, un �ndice de mortalidad siete veces mayor que quienes hab�an obtenido puntuaciones m�s bajas. La tendencia al enfado constituye, pues, un predictor mejor del �ndice de mortalidad temprana que otros factores de riesgo tales como fumar, un nivel elevado de tensi�n arterial o el �ndice de colesterol en la sangre. Por su parte, las angiograf�as —una operaci�n en la que se inserta un cat�ter en la arteria coronaria para cuantificar sus posibles lesiones— realizadas por el doctor John Barefoot, de la Universidad de Carolina del Norte, ayudaron a demostrar la existencia de una elevada correlaci�n entre los resultados del test de hostilidad y la gravedad de la lesi�n coronaria.

Con ello no estamos afirmando en modo alguno que la irritabilidad termine ocasionando una enfermedad coronaria, sino s�lo que constituye un factor de riesgo m�s que tener en cuenta.

Como me explic� Peter Kaufman, director interino del Behavioral Medicine Branch of the National Heart. Lung, and Blood lnstitute: �a�n no estamos en condiciones de afirmar rotundamente que el enfado y la

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hostilidad desempe�an un papel determinante en las primeras fases del desarrollo de una enfermedad coronar�a, si contribuyen a intensificar el problema una vez que �ste se ha manifestado o ambas cosas a la vez.� Tengamos en cuenta que cada nueva explosi�n de ira aumenta la frecuencia cardiaca y la tensi�n arterial, forzando as� al coraz�n a un sobreesfuerzo adicional que, en el caso de repetirse asiduamente, puede terminar resultando sumamente perjudicial, especialmente si consideramos tambi�n que la fuerza del flujo sangu�neo que discurre por la arteria coronaria a cada latido en estas circunstancias �puede dar lugar a microdesgarros de los vasos sangu�neos, que favorecen el desarrollo de la placa. En el caso de las personas cr�nicamente enojadas, la aceleraci�n habitual del ritmo card�aco y la elevada presi�n arterial pueden terminar consolidando, en un per�odo aproximado de treinta a�os, una placa arterial que contribuya a la aparici�n de la enfermedad coronaria�.

Como lo demuestra el estudio de los recuerdos irritantes de este tipo de enfermos, los mecanismos desencadenados por el enojo afectan directamente a la eficacia del bombeo card�aco, una situaci�n que convierte al enfado en un factor especialmente nocivo para las personas que se hallan aquejadas de una enfermedad coronaria. Un estudio realizado en la Facultad de Medicina de Stanford sobre 1.110 personas que, tras padecer un primer ataque card�aco fueron sometidas a un seguimiento de m�s de ocho anos. puso de manifiesto que la propensi�n a la agresividad y a la irritabilidad aumenta el riesgo de sufrir nuevos ataques. Este resultado fue confirmado posteriormente por otra investigaci�n realizada en la Facultad de Medicina de Yale sobre 999 personas que hab�an sufrido un ataque card�aco y que tambi�n fueron sometidas a un seguimiento, esta vez de diez a�os. El resultado de esta investigaci�n demostr� que las personas especialmente susceptibles al enfado eran tres veces m�s proclives —y cinco veces mas, en el caso de que su nivel de colesterol fuera tambi�n elevado— a experimentar un paro card�aco que las personas m�s tranquilas.

No obstante, los investigadores de Yale se�alan que la irritabilidad no es el �nico factor que aumenta el riesgo de muerte por enfermedad cardiaca, sino que tambi�n lo son las emociones negativas intensas de todo tipo que regularmente liberan hormonas estresantes en el torrente sangu�neo. Pero hay que decir que, como demuestra un estudio realizado en la Facultad de Medicina de Harvard en el que se pidi� a m�s de mil quinientas personas que hab�an sufrido un ataque al coraz�n que describieran el estado emocional en que se hallaban en las horas previas al ataque, la irritabilidad representa el caso m�s evidente de la estrecha relac i�n existente entre las emociones y las enfermedades del coraz�n. Este estudio demostr� que el enfado duplica las probabilidades de que quienes sufren una enfermedad del coraz�n experimenten un paro cardiaco, y que este incremento del riesgo perdura hasta unas dos horas despu�s de que el enfado haya desparecido.

Pero este descubrimiento no implica que debamos tratar de eliminar el enfado cuando �ste resulte apropiado, puesto que tambi�n existen pruebas de que su represi�n aumenta la agitaci�n corporal y la tensi�n arteriales Por otro lado, como hemos visto en el cap�tulo 5, el hecho de expresar el enfado contribuye a alimentarlo, haciendo m�s probable este tipo de respuesta frente a cualquier situaci�n problem�tica. En opini�n de Williams, la aparente paradoja existente entre el hecho de expresar o no el enfado carece de toda importancia, porque lo verdaderamente importante radica en la cronicidad o no de este estado de �nimo. La expresi�n ocasional de la hostilidad no resulta peligrosa para la salud; el problema surge cuando la irritabilidad se hace tan constante como para permitirnos adscribir al sujeto a un tipo de personalidad hostil, un estilo personal anclado en la desconfianza y el escepticismo y propenso a las cr�ticas sarc�sticas y humillantes, as� como a los accesos de mal humor. Pero el hecho es que la irritabilidad cr�nica no supone necesariamente una sentencia de muerte sino que, por el contrario, constituye un h�bito y que, como tal, puede ser modificado. En este sentido, resulta relevante el resultado de un programa desarrollado en la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford y dirigido a un grupo de pacientes que hab�an sufrido un ataque card�aco con la intenci�n de ayudarles a moderar las actitudes que les hac�an proclives al mal genio. Este entrenamiento en el control del enfado condujo a una disminuci�n del 44% en la incidencia de nuevos ataques card�acos en comparaci�n con aquellos otros pacientes que no se hab�an sometido a �l. Otro programa concebido por Williams arroj� resultados igualmente esperanzadores El programa de Williams, al igual que el de Stanford, tiene por objeto ense�ar los rudimentos b�sicos de la inteligencia emocional, especialmente en lo que concierne al desarrollo de la empat�a y a la atenci�n a los s�ntomas menores del enfado apenas se advierta su presencia. Este programa pide a los participantes que hagan el esfuerzo decidido de anotar los pensamientos esc�pticos u hostiles en el mismo momento en que se presenten. En el caso de que �stos persistan, el sujeto debe tratar de interrumpirlos diciendo (o pensando) ��alto!� y, a continuaci�n, debe tratar de reemplazarlos por otros m�s positivos. En el caso, por ejemplo, de que el ascensor se retrase, uno deber�a tratar de buscar una explicaci�n positiva en lugar de enojarse por la falta de cuidado de la persona a quien uno supone responsable y, por ejemplo, en lo que respecta a los encuentros interpersonales frustrantes, los pacientes deben desarrollar la capacidad de ver las cosas desde el punto de vista de la otra persona. La empat�a, en suma, constituye un aut�ntico b�lsamo para el enfado.

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Como me dijo Williams: �el ant�doto m�s adecuado contra la irritabilidad consiste en el desarrollo de una actitud m�s confiada. Todo lo que se requiere es una motivaci�n adecuada, pero cuando las personas comprenden que su irritaci�n puede conducirles r�pidamente a la tumba, se encuentran mucho m�s predispuestas a intentarlo�.

El estr�s: la ansiedad desproporcionada e inoportuna

�Me sent�a continuamente ansiosa y tensa, una situaci�n que empez� mientras estaba en el instituto y era una excelente estudiante. Entonces comenc� a preocuparme por las notas, los horarios y la relaci�n con los profesores y mis compa�eros. Mis padres me presionaban para que me esforzara todav�a m�s y para que me convirtiera en una estudiante modelo... Supongo que entonces sencillamente me derrumb� ante tanta presi�n, porque mis problemas digestivos comenzaron durante el �ltimo a�o de instituto. Desde aquella �poca he tenido que evitar el caf� y las comidas picantes. y cuando me siento inquieta o tensa, noto como si el est�mago me ardiera, y cada vez que estoy preocupada siento n�useas �.

Seg�n la experiencia cient�fica disponible, es muy posible que la ansiedad —la angustia ocasionada por las presiones de la vida— sea la emoci�n que se halle m�s relacionada con el inicio y el proceso de recuperaci�n de una enfermedad. Desde un punto de vista evolutivo, la ansiedad tal vez resultara �til cuando cumpl�a con la funci�n de predisponemos a afrontar alg�n tipo de peligro, pero en la vida moderna suele manifestarse de forma desproporcionada e inoportuna. En tal caso, la angustia no constituye tanto una respuesta de activaci�n ante un peligro real como una reacci�n ante una situaci�n cotidiana o que no es m�s que el producto de nuestra imaginaci�n. En este sentido, los ataques repetidos de ansiedad constituyen un indicador de un elevado nivel de estr�s que, en casos como el descrito en el p�rrafo anterior, son un ejemplo de la forma en que la ansiedad y el estr�s contribuyen a incrementar los problemas m�dicos.

En 1993, la revista Archives of Internal Medicine public� una extensa investigaci�n realizada por el psic�logo de Yale Bruce McEwen, en la que refer�a las consecuencias de la relaci�n existente entre el estr�s y la enfermedad, una relaci�n que compromete a la funci�n inmunol�gica hasta el punto de acelerar la met�stasis, aumentar la vulnerabilidad ante las infecciones v�ricas, incrementar la formaci�n de placa que conduce a la arteriosclerosis, acelerar la formaci�n de trombos que pueden causar un infarto de miocardio, fomentar la manifestaci�n de la diabetes de tipo I y el curso de la diabetes de tipo II, y desencadenar o agravar los ataques de asma. El estr�s tambi�n puede contribuir a la ulceraci�n del tracto gastrointestinal y a empeorar los s�ntomas de la colitis ulcerosa y la inflamaci�n intestinal. Hasta el mismo cerebro, a largo plazo, es susceptible a los efectos del estr�s sostenido, incluyendo las lesiones del hipocampo y afectando, en consecuencia, a la memoria. Seg�n McEwen: �cada vez hay m�s pruebas que demuestran que las experiencias estresantes afectan directamente al sistema nervioso�. Los estudios realizados sobre enfermedades infecciosas como la gripe, el resfriado y el herpes, proporcionan una evidencia m�dica particularmente relevante a este respecto. Continuamente nos hallamos expuestos a la acci�n de estos virus, pero nuestro sistema inmunol�gico suele mantenerlos a raya, excepto en aquellos momentos en los que el estr�s emocional mina nuestras defensas. Ciertos experimentos han demostrado que el estr�s y la ansiedad debilitan la fortaleza del sistema inmunol�gico, aunque no queda suficientemente claro si el alcance de esta merma tiene alguna relevancia cl�nica, es decir, si resulta tan decisiva como para dejar expedito el camino a la enfermedad. De hecho, la relaci�n cient�fica m�s evidente existente entre el estr�s y la ansiedad y la vulnerabilidad cl�nica procede de las investigaciones prospectivas, es decir, de aquellas investigaciones realizadas con personas sanas, en las que se registra el aumento de la ansiedad y luego se observa si se ha producido un debilitamiento del sistema inmunol�gico y la posterior manifestaci�n de la enfermedad.

Un estudio realizado por Sheldon Cohen, psic�logo de la Universidad de Carnegie-Mellon, y otros cient�ficos, en una unidad especializada en resfriados situada en Sheffield, Inglaterra, cuantific� la magnitud del estr�s que experimentaba la gente en sus vidas y luego los expuso sistem�ticamente a la acci�n del virus del resfriado. El hecho es que no todos los sujetos expuestos al virus cayeron enfermos porque un sistema inmunol�gico fuerte puede —y as� lo hace continuamente— resistirse a la acci�n del virus del resfriado. El resultado del experimento demostr� que cuanta m�s tensi�n experimenta la persona en su vida cotidiana, mayor es su predisposici�n a contraer un resfriado. S�lo el 27% de quienes presentaban un bajo nivel de estr�s contrajeron la enfermedad despu�s de haber sido expuestos a la acci�n del virus; cosa que, por el contrario, ocurri� en el 47% de quienes ten�an una vida m�s estresante. Esta parece una prueba irrefutable de que el estr�s debilita el sistema inmunol�gico. (Hay que decir tambi�n que �sta podr�a ser una de esas investigaciones que confirma lo que todo el mundo sospechaba, una hip�tesis elevada ahora a la categor�a de conclusi�n cient�fica por el rigor metodol�gico con que se ha realizado.)

Otro estudio similar, realizado, en este caso con matrimonios que durante tres meses fueron sometidos a un seguimiento para determinar los acontecimientos problem�ticos a los que estaban sujetos (como peleas

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matrimoniales, por ejemplo) demostr� fehacientemente que tres o cuatro d�as despu�s de una disputa particularmente intensa, contra�an un resfriado o una infecci�n de las v�as respiratorias. Este lapso suele ser, precisamente, el tiempo de incubaci�n de la mayor parte de los virus, sugiri�ndonos que la exposici�n a �stos mientras se hallaban preocupados y alterados les volvi� especialmente vulnerables. La misma pauta de estr�s�infecci�n es aplicable tambi�n al virus del herpes (tanto al que afecta a la zona de los labios como al genital). Despu�s de que una persona haya sido afectada por el virus, �ste permanece en el cuerpo en estado latente, manifest�ndose tan s�lo de manera ocasional. Si �ste fuera el caso, el nivel de anticuerpos en el torrente sangu�neo nos permite determinarla y pr�xima incidencia del virus. Este indicador ha permitido predecir la reactivaci�n del virus del herpes en estudiantes de medicina que deben afrontar los ex�menes finales, en mujeres reci�n separadas y en personas sometidas a la presi�n constante de tener que cuidar a un familiar aquejado de la enfermedad de Alzheimer. Otras investigaciones han demostrado que la ansiedad no s�lo provoca una disminuci�n de la respuesta inmunol�gica sino que tambi�n tiene efectos negativos sobre el sistema cardiovascular.

Mientras la irritabilidad cr�nica y los episodios repetidos de c�lera parecen aumentar el riesgo de enfermedad coronaria en los hombres, las emociones m�s letales para las mujeres son la ansiedad y el miedo. Un estudio llevado a cabo en la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford sobre m�s de mil personas que hab�an padecido un ataque al coraz�n demostr� que las mujeres que hab�an sufrido un segundo ataque presentaban un elevado �ndice de miedo y ansiedad que, en la mayor�a de los casos, adoptaba la forma de fobias paralizantes que, tras el primer ataque, las llevaba a dejar de conducir, abandonar el trabajo y encerrarse en su casa. Los efectos fisiol�gicos perniciosos que acompa�an al estr�s y la ansiedad mental — el tipo de estr�s provocado por los trabajos en que uno se halla sometido a una presi�n constante o a condiciones vitales dif�ciles (como, por ejemplo, las que aquejan a las madres que viven solas con sus hijos y tienen que arregl�rselas para trabajar y cuidar de su familia) — est�n siendo estudiados minuciosamente. Stephen Manuck, psic�logo de la Universidad de Pittsburgh, llev� a cabo un experimento en el que someti� a treinta voluntarios a condiciones de estr�s mientras controlaba la tasa en sangre de ATP (adenosintrifosfato, una sustancia secretada por los trombocitos que es capaz de provocar cambios en los vasos sangu�neos y ocasionar un ataque de apoplej�a). El experimento demostr� que cuanto m�s intenso era el estr�s mayor era el nivel de ATP, as� como el latido cardiaco y la tensi�n arterial.

Es comprensible, pues, que los riesgos para la salud aumenten en el caso de aquellos oficios cuyo desempe�o exija un esfuerzo y una eficacia extremos sin que el sujeto tenga la menor posibilidad de controlar las condiciones de trabajo (una situaci�n que hace que los conductores de autob�s, por ejemplo, presenten un elevado �ndice de hipertensi�n arterial). En un estudio llevado a cabo con 569 pacientes aquejados de c�ncer colorrectal en el que se utiliz� un grupo de control similar, quienes hab�an experimentado un deterioro manifiesto de sus condiciones laborales durante los diez a�os anteriores demostraron ser cinco veces y media m�s proclives a desarrollar c�ncer que aqu�llos otros que no se hallaban sometidos al mismo nivel de estr�s. La importancia m�dica del estr�s es tal que las t�cnicas de relajaci�n —orientadas a reducir directamente el grado de excitaci�n fisiol�gica— se est�n utilizando cl�nicamente para aliviar los s�ntomas de numerosas enfermedades cr�nicas (entre las que se incluyen, por citar s�lo unas pocas, las enfermedades cardiovasculares, ciertos tipos de diabetes, la artritis, el asma, los des�rdenes gastrointestinales y el dolor cr�nico). El aprendizaje de la relajaci�n proporciona a los pacientes la ocasi�n de controlar sus sensaciones y de evitar as� un posible empeoramiento de su condici�n debido al estr�s y la angustia emocional.

El coste m�dico de la depresi�n

A�os despu�s de haber sido sometida a una intervenci�n quir�rgica para extirparle un tumor maligno se le detect� una met�stasis en el pecho. Su m�dico ya no le habl� de curaci�n y le dijo que la quimioterapia s�lo prolongar�a —como mucho— unos pocos meses m�s su vida. Comprensiblemente, se sumi� en una profunda depresi�n y siempre que acud�a al onc�logo acababa estallando en l�grimas. Sin embargo, la �nica respuesta que recib�a del facultativo cada vez que esto ocurr�a era pedirle que abandonara la consulta.

Dejando de lado el da�o motivado por la desconsiderada actitud del onc�logo �ten�a acaso alguna relevancia cl�nica el hecho de que �ste no supiera relacionarse con el desconsuelo de su paciente? A partir del momento en que una enfermedad alcanza ese grado de virulencia no parece probable que las emociones puedan tener alg�n tipo de efecto apreciable en su desarrollo. Aunque es evidente que la cualidad de los �ltimos meses de vida de esta mujer se vio ensombrecida por la depresi�n, todav�a no est� claro el efecto de la tristeza sobre el curso del c�ncer. Pero el hecho es que hay muchas investigaciones que apuntan a la conclusi�n de que la depresi�n desempe�a un papel relevante en otras condiciones cl�nicas, especialmente en lo que concierne a la fase de empeoramiento de la enfermedad. Cada vez es mayor la evidencia de que los pacientes deprimidos que se hallan aquejados de una enfermedad grave tambi�n deber�an recibir tratamiento para su depresi�n.

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Una de las complicaciones que conlleva el tratamiento de la depresi�n es que sus s�ntomas, entre los que se incluye el letargo y la p�rdida de apetito, suelen confundirse con los s�ntomas de otras enfermedades, especialmente en el caso de que sean tratados por m�dicos que tengan poca experiencia en el diagn�stico psiqui�trico. Y esa incapacidad para diagnosticar y tratar la depresi�n que puede acompa�ar a una enfermedad grave (como ocurr�a en el caso de la mujer aquejada de c�ncer de mama) puede constituir, en si misma, un riesgo a�adido para su desarrollo.

Doce de los trece pacientes aquejados de depresi�n que formaban parte de un grupo de cien que hab�an sido sometidos a un trasplante de m�dula �sea fallecieron antes del primer a�o, mientras que 34 de los 87 restantes todav�a segu�an con vida dos a�os despu�s. Por otra parte, la probabilidad de que los pacientes aquejados de insuficiencia renal cr�nica que eran sometidos a di�lisis y a quienes se hab�a diagnosticado una depresi�n mayor falleciera en los dos a�os posteriores era mucho mayor que la de aquellos otros que no estaban deprimidos, un hecho que demuestra que la depresi�n es un mejor predictor que cualquier otro s�ntoma cl�nico. Pero la v�a que conecta la emoci�n con la condici�n m�dica no es biol�gica sino actitudinal; dicho de otro modo, los pacientes depresivos est�n menos predispuestos a colaborar con el tratamiento y pueden mentir sobre la dieta, lo cual, obviamente, les expone a un riesgo todav�a mayor.

La depresi�n tambi�n parece tener cierta incidencia sobre las enfermedades cardiacas. En un estudio realizado con 2.832 personas de mediana edad que fueron sometidas a un seguimiento de doce a�os, quienes experimentaban una sensaci�n de permanente abatimiento y desesperaci�n presentaban una tasa m�s elevada de mortalidad debida a enfermedades card�acas y en el 3% de los casos aquejados de una depresi�n mayor, esa tasa era cuatro veces superior.

La depresi�n parece suponer un riesgo m�dico especialmente grave para los supervivientes de un ataque card�aco. En una investigaci�n realizada en un hospital de Montreal, los pacientes deprimidos que fueron dados de alta despu�s de haber padecido un primer ataque al coraz�n presentaron un �ndice de mortalidad muy elevado durante los seis meses siguientes. La tasa de mortalidad de uno de cada ocho pacientes de los mas seriamente deprimidos de ese estudio era cinco veces superior a la de otros pacientes aquejados de una enfermedad similar, un factor de riesgo tan importante como las principales causas de muerte por ataque cardiaco, como la disfunci�n del ventr�culo izquierdo o la existencia de un historial previo en este sentido. Uno de los posibles mecanismos que explicar�a esta situaci�n es que la depresi�n incide directamente en la variabilidad del latido card�aco, incrementando as� el riesgo de arritmias fatales.

Tambi�n se ha constatado que la depresi�n puede obstaculizar el proceso de recuperaci�n de las fracturas de cadera. En un determinado estudio llevado a cabo con varios miles de ancianas aquejadas de este tipo de lesi�n, todas ellas fueron objeto de un diagn�stico psiqui�trico en el momento de ingresar en el hospital. Las que fueron diagnosticadas de depresi�n no s�lo permanecieron ingresadas una media de ocho d�as m�s que aqu�llas otras que padec�an lesiones similares pero que no presentaban ning�n s�ntoma de depresi�n, sino que tan s�lo un tercio de ellas logr� volver a caminar de nuevo. Por su parte, las mujeres deprimidas que, adem�s de la atenci�n m�dica correspondiente, recibieron ayuda psiqui�trica para tratar de superar su depresi�n, necesitaron menos fisioterapia para poder volver a caminar y tuvieron menos reingresos en los tres meses posteriores a que se les diera el alta que aquellas otras que no recibieron ning�n tipo de tratamiento psicol�gico.

Otro estudio demostr� que uno de cada seis pacientes cuya condici�n f�sica era tan calamitosa que se hallaban entre el 10% de personas que m�s recurr�an a los servicios m�dicos (porque estaban afectados de diversas dolencias como, por ejemplo, la diabetes y la enfermedad cardiaca) se hallaba aquejado de una depresi�n grave. Y, cuando estos pacientes recibieron atenci�n psicol�gica, el n�mero de d�as al a�o que estuvieron de baja descendi� de 79 a 51 en quienes estaban aquejados de depresi�n mayor y de 62 a 18 d�as en quienes sufr�an una depresi�n moderada.

 

LOS BENEFICIOS CLINICOS DE LOS SENTIMIENTOS POSITIVOS

No cabe duda, pues, de los efectos nocivos de la irritabilidad, la ansiedad y la depresi�n. La ansiedad y la irritabilidad cr�nicas vuelven a las personas m�s susceptibles a la acci�n de un amplio abanico de enfermedades, y aunque la depresi�n no constituya la causa directa de la enfermedad, s� que parece interferir, en cambio, en el curso de su recuperaci�n y aumentar el riesgo de mortalidad, especialmente en el caso de los pacientes aquejados de enfermedades graves.

Pero si las diversas formas de la angustia emocional cr�nica pueden llegar a ser nocivas, la gama opuesta de emociones puede ser, hasta cierto punto, tonificante. Pero con ello no estamos diciendo que las emociones positivas sean curativas ni que la risa o la felicidad puedan, por s� solas, invertir el curso de una

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enfermedad grave. Su efecto tal vez sea muy sutil pero los estudios realizados sobre miles de personas no dejan lugar a duda sobre el papel que desempe�an las emociones positivas en el conjunto de variables que afectan al curso de una enfermedad.

El coste del pesimismo y las ventajas del optimismo

El pesimismo —al igual que la depresi�n— tiene su precio, mientras el optimismo, por el contrario, supone considerables ventajas.

Un estudio evalu� el grado de optimismo o pesimismo de ciento veintid�s hombres que hab�an sufrido un primer ataque cardiaco. Ocho a�os m�s tarde, veintiuno de los veinticinco m�s pesimistas hab�an muerto, mientras que s�lo hab�an fallecido seis de los veinticinco m�s optimistas. Este estudio pone de relieve la importancia de la actitud mental que se ha revelado como un mejor predictor de supervivencia que otros factores cl�nicos (como el da�o f�sico experimentado por el coraz�n en ese primer ataque, el infarto, la tasa de colesterol o la tensi�n arterial). Otra investigaci�n demostr� que los pacientes m�s optimistas que hab�an sufrido una operaci�n de bypass arterial se recuperaban mucho antes y sufr�an menos complicaciones, tanto durante como despu�s de la intervenci�n, que los m�s pesimistas. La esperanza, al igual que su pariente cercano el optimismo, tambi�n constituye un factor curativo. En este sentido, las personas esperanzadas se muestran comprensiblemente m�s capaces de superar los retos que les presente la vida, incluyendo los problemas mentales. En un estudio realizado entre personas paralizadas por una lesi�n en la espina dorsal, las m�s esperanzadas ten�an una mayor movilidad f�sica que aqu�llas otras aquejadas de la misma incapacidad pero que se sent�an desesperanzadas. La esperanza resulta especialmente relevante en el caso de las par�lisis por lesiones de la m�dula espinal, ya que este tipo de tragedia cl�nica suele aquejar a j�venes que han sufrido un accidente automovil�stico y que tendr�n que permanecer en esta penosa condici�n durante el resto de su vida. El modo en que la persona reacciona emocionalmente ante este hecho tiene profundas consecuencias en el esfuerzo que realice para mejorar su funcionalidad f�sica y social. Existen muchas posibles explicaciones de las importantes consecuencias de una actitud pesimista u optimista sobre la salud. Una hip�tesis sostiene que el pesimismo aboca a la depresi�n y que �sta, a su vez, afecta a la resistencia del sistema inmunol�gico frente a las infecciones y los tumores. Pero �sta no es m�s que una especulaci�n que, hasta la fecha, no se ha podido comprobar. Otra teor�a afirma que la persona pesimista es incapaz de cuidarse a si misma y, en relaci�n con esto, se aducen estudios que demuestran que los pesimistas fuman y beben m�s y hacen menos ejercicio que los optimistas, es decir, que tienen h�bitos m�s perjudiciales para la salud. Tal vez un d�a descubramos que la fisiolog�a de la esperanza supone una ventaja biol�gica en la lucha del cuerpo contra la enfermedad.

Con la ayuda de mis amigos: el valor cl�nico de las relaciones interpersonales

Habr�a que a�adir, por un lado, el aislamiento a la lista de riesgos emocionales para la salud y decir, por el otro, que los v�nculos emocionales constituyen un elemento protector. Los estudios realizados a lo largo de dos d�cadas sobre m�s de treinta y siete mil sujetos han demostrado que el aislamiento social —la sensaci�n de que uno no tiene a nadie con quien compartir sus sentimientos o mantener cierta intimidad— duplica las probabilidades de contraer una enfermedad y de morir Seg�n un informe publicado en Science en 1987, el aislamiento �tiene la misma incidencia en la tasa de mortalidad que el tabaco, la tensi�n arterial elevada, el alto nivel de colesterol, la obesidad y la falta de ejercicio f�sico�. El tabaquismo multiplica por 1,6 veces el riesgo de mortalidad mientras que el aislamiento social lo duplica, convirti�ndolo as�, a todas luces, en un important�simo factor de riesgo para la salud. Los hombres, por otra parte, soportan peor el aislamiento que las mujeres. En este sentido, los hombres solitarios son de dos a tres veces m�s propensos a morir que quienes mantienen estrechos lazos con los dem�s mientras que, en lo que respecta a las mujeres solitarias, este riesgo es s�lo una vez y media superior al de las mujeres m�s sociables. Esta diferencia en el impacto que tiene la soledad sobre las mujeres y sobre los hombres puede radicar en que aqu�llas tienden a establecer relaciones emocionalmente m�s pr�ximas que �stos y que, tal vez por ello, no precisen de la misma cantidad de relaciones que los hombres.

Soledad, no obstante, no significa aislamiento. Son muchas las personas que viven retiradas o que tienen muy pocos amigos y que, en cambio, se sienten satisfechas y gozan de una salud excelente. El aislamiento que implica un riesgo cl�nico consiste en la sensaci�n subjetiva de desarraigo y de no tener a nadie a quien recurrir. Y esta situaci�n resulta terrible en la moderna sociedad urbana por el creciente aislamiento producido por la televisi�n y por el declive de los h�bitos sociales (como pertenecer a una

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asociaci�n o visitar a los amigos) y confiere un valor a�adido a grupos de autoayuda tales como Alcoh�licos An�nimos u otras comunidades similares.

El estudio que hemos mencionado anteriormente sobre cien pacientes que hab�an sufrido un trasplante de m�dula �sea tambi�n demostr� el poder del aislamiento como factor de mortalidad y. en cambio, el valor curativo de las relaciones pr�ximas El 54% de los pacientes de este estudio que sent�an que contaban con el apoyo emocional de su esposa, su familia o sus amigos, segu�an viviendo al cabo de dos a�os, cosa que s�lo ocurr�a en el 20% de quienes se sent�an emocionalmente desamparados. De modo similar, los ancianos que han sobrevivido a un ataque cardiaco y cuentan con dos o m�s personas que les proporcionan consuelo emocional tienden a vivir un a�o m�s que quienes carecen de este apoyo. Quiz�s el testimonio m�s elocuente del potencial curativo de las relaciones emocionales nos lo proporcione una investigaci�n realizada en Suecia y publicada en l993. Esta investigaci�n ofreci� a todos los hombres que habitaban en la ciudad sueca de G�teborg nacidos en 1933, un examen m�dico gratuito. Siete a�os m�s tarde se contact� nuevamente con los 752 hombres que hab�an acudido al reconocimiento y se comprob� que 41 de ellos hab�an fallecido.

Quienes hab�an declarado estar sometidos a un intenso estr�s emocional mostraron un promedio de mortalidad tres veces superior a quienes hab�an manifestado que sus vidas eran pl�cidas y tranquilas. La ansiedad emocional estaba causada por cuestiones diversas, como las dificultades financieras, la inseguridad laboral, el paro, los procesos judiciales o el divorcio. E I hecho de haber sufrido tres o m�s de estos problemas en el a�o anterior a que se efectuara el primer examen demostr� ser un predictor de la mortalidad m�s poderoso —durante el per�odo de los siete a�os siguientes— que otro tipo de indicadores cl�nicos como la tensi�n arterial elevada, la excesiva concentraci�n de triglic�ridos en la sangre o el alto nivel de colesterol.

Sin embargo, entre los hombres que afirmaron que contaban con una estrecha red de relaciones — esposa, amigos �ntimos, etc�tera— no exist�a ninguna relaci�n entre el nivel de estr�s y el �ndice de mortalidad. Contar con personas en quienes confiar y con las que poder hablar, personas que puedan ofrecernos consuelo, ayuda y consejo, nos protege del impacto letal de los traumas y los contratiempos de la vida.

La cualidad de las relaciones, as� como su frecuencia, parecen ser la clave para reducir el nivel de estr�s. Las relaciones negativas tienen un precio muy elevado; las discusiones conyugales, por ejemplo, inciden negativamente en el sistema inmunol�gico y, como demuestra un estudio realizado entre compa�eros de clase, cuanto mayor era el rechazo entre ellos, mayor era tambi�n la predisposici�n a resfriarse, a contraer la gripe y a acudir al m�dico. En opini�n de John Cacioppo, el psic�logo de la Universidad Estatal de Ohio que llev� a cabo este estudio, �las relaciones m�s importantes de nuestras vidas y las que m�s incidencia parecen tener sobre la salud son las que mantenemos con las personas con quienes convivimos cotidianamente. Las relaciones m�s significativas son las que m�s importancia tienen para nuestra salud�

El poder curativo del apoyo emocional

En Las intr�pidas aventuras de Robin Hoad, Robin advierte a un joven simpatizante: �habla libremente y rev�lanos tus cuitas El fluir de las palabras apacigua el coraz�n de quien sufre; es como abrir las compuertas cuando el embalse amenaza con desbordarse�.

Este retazo de sabidur�a popular refleja el hecho de que descubrir nuestros sentimientos constituye una excelente medicina para el coraz�n apesadumbrado. La corroboraci�n cient�fica del consejo de Robin nos la proporciona James Pennebaker, psic�logo de una Universidad Metodista del Sur, quien ha demostrado experimentalmente el efecto beneficioso que conlleva hablar de los problemas que m�s nos preocupan. El m�todo utilizado por Pennebaker es muy sencillo y consiste en pedir a la persona que dedique quince o veinte minutos cada d�a, durante cinco d�as, a escribir acerca de �la experiencia m�s traum�tica de toda su vida� o de alguna otra situaci�n presente que le resulte especialmente apremiante. Tampoco es preciso que muestre luego a nadie el contenido del escrito puesto que, si la persona lo desea, puede mantenerlo completamente en secreto.

El efecto manifiesto de esta especie de confesi�n result� sorprendente, ya que fortaleci� la funci�n inmunol�gica, provoc� un descenso significativo en la frecuencia de visitas a los centros de salud durante los seis meses posteriores, disminuy� el absentismo laboral e incluso mejor� la funci�n enzim�tica del h�gado.

Del mismo modo, aquellas personas cuyos relatos mostraban m�s sentimientos angustiosos tambi�n lograban mejorar el funcionamiento de su sistema inmunol�gico. Este estudio ha demostrado que la pauta �mas saludable� de exteriorizaci�n de los sentimientos problem�ticos comienza cargada de tristeza, ansiedad, irritabilidad o cualquier otro tipo de sentimiento implicado y, a lo largo de los d�as siguientes, prosigue estableciendo un hilo narrativo que permite dar alg�n sentido al trauma o al problema en cuesti�n.

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Es evidente que este proceso es equivalente a lo que ocurre en ciertos tipos de psicoterapia. De hecho, el resultado de la investigaci�n de Pennebaker explica tambi�n la manifiesta mejora cl�nica de aquellos pacientes que reciben un tratamiento psicoterap�utico adicional frente a quienes s�lo son objeto de tratamiento m�dico. Es muy posible que la demostraci�n m�s palpable de la incidencia cl�nica del apoyo emocional nos la proporcione un estudio realizado en la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford con mujeres aquejadas de met�stasis avanzada de c�ncer de mama. Todas las mujeres que participaban en la investigaci�n hab�an sido sometidas a alg�n tipo de tratamiento —frecuentemente quir�rgico, tras el cual hab�an experimentado una grave reca�da. Cl�nicamente hablando, era s�lo cuesti�n de tiempo que el c�ncer acabara con sus vidas. El resultado de esta investigaci�n sorprendi� a toda la comunidad m�dica, comenzando por el mismo doctor David Spiegel, el director del estudio, ya que puso de manifiesto que las pacientes que hab�an recibido apoyo psicol�gico sobrevivieron el doble de tiempo que aqu�llas otras que afrontaron a solas la enfermedad Todas las mujeres recibieron el mismo tratamiento m�dico y la �nica diferencia consist�a en que algunas de ellas acud�an, adem�s, a grupos de encuentro en los que pod�an sincerarse con otras mujeres que comprend�an perfectamente sus problemas y que estaban dispuestas a escuchar sus penas, sus miedos y su impotencia. �ste sol�a ser el �nico lugar en el que pod�an manifestar abiertamente sus emociones porque las personas con quienes conviv�an ten�an miedo a hablar del c�ncer y de la inminencia de la muerte. Las mujeres que asistieron a los grupos vivieron un promedio de diecinueve meses m�s que las otras, lo cual supone un incremento de la esperanza de vida en este tipo de pacientes superior al de cualquier tratamiento m�dico. Como me dijo el doctor Jimmie Holland, psiquiatra y director del servicio de oncolog�a del Memorial Hospital de Sloan-Kettering, un centro para el tratamiento del c�ncer situado en la ciudad de Nueva York: �todos los pacientes afectados por el c�ncer deber�an participar en este tipo de grupos�. En este sentido deber�amos tomar ejemplo de las compa��as farmac�uticas, que no dudan en invertir todos los esfuerzos necesarios para desarrollar un nuevo f�rmaco una vez que ha demostrado su eficacia para alimentar la esperanza de vida de los enfermos.

PROMOVER UNA ATENCION M�DICA EMOCIONALMENTE INTELIGENTE

El d�a en que un chequeo rutinario revel� rastros de sangre en mi orina, el m�dico me someti� a unas pruebas anal�ticas en las que se me inyect� un is�topo radioactivo. Yo estaba recostado en la camilla mientras un aparato de rayos X iba radiografiando el recorrido de la substancia radioactiva a trav�s de mis ri�ones y vejiga. Asist� a la prueba con un amigo �ntimo —tambi�n m�dico— que hab�a venido de visita y se ofreci� a acompa�arme. Mi amigo permaneci� sentado en la habitaci�n mientras el aparato de rayos X iba desplaz�ndose autom�ticamente por un carril, girando de un lado a otro y tomando im�genes desde todos los �ngulos.

El examen dur� cerca de hora y media y, cuando estaba a punto de terminar, el nefr�logo entr� apresuradamente en la habitaci�n, se present� y desapareci� de nuevo a toda prisa para estudiar las radiograf�as obtenidas.

Luego mi amigo y yo nos dirigimos a su consulta. Yo todav�a estaba algo confuso y aturdido por la prueba y carec�a de la suficiente presencia de �nimo como para consultar las dudas que me hab�an acosado durante toda la ma�ana. Pero mi compa�ero silo hizo:

Doctor —dijo—, el padre de mi amigo muri� de c�ncer de vejiga y �l est� ansioso por saber si la radiograf�a ha detectado alg�n s�ntoma de c�ncer.

Nada anormal —fue la lac�nica respuesta que nos espet� el especialista antes de precipitarse a atender a la siguiente cita.

La impotencia que experiment� para plantear una cuesti�n que tanto me interesaba se repite a diario miles de veces en los hospitales y las cl�nicas de todo el mundo. Una investigaci�n realizada sobre los pacientes que aguardan en las salas de espera revel� que cada persona tiene una media de tres preguntas que hacer al m�dico que va a visitar. No obstante, al abandonar la consulta s�lo ha logrado plantear la mitad de sus dudas. Este hecho demuestra que la medicina actual soslaya de pleno una de las principales necesidades emocionales de los pacientes, ya que las preguntas sin respuesta generan dudas, miedos e impotencia, y as� despiertan todo tipo de resistencias a emprender tratamientos que no logran comprender.

La medicina deber�a ampliar su perspectiva sobre la salud hasta llegar a englobar la realidad emocional de los pacientes.

Por ejemplo, en la rutina m�dica habitual se podr�a incluir una informaci�n detallada que permitiera al paciente adoptar con mayor conocimiento las decisiones m�s adecuadas. En la actualidad existen servicios telef�nicos informatizados que ofrecen al consultante informaci�n m�dica relativa a su caso, lo cual les permite

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contar con suficientes elementos como para comprender, en la medida de lo posible, las decisiones tomadas por sus pacientes. Tambi�n existen programas que ense�an a los pacientes a plantear las preguntas que m�s les interesen para que no se d� el caso de que abandonen la consulta con las mismas dudas con las que entraron en El per�odo que precede a una intervenci�n quir�rgica o a un an�lisis intrusivo o doloroso est� cargado de tensi�n y ansiedad para el paciente y, por tanto, constituye una oportunidad inestimable para abordar las dimensiones emocionales del problema.

Existen hospitales que han desarrollado programas preoperatorios que ayudan a los pacientes a mitigar sus temores y a asumir de buen grado las posibles molestias, ense��ndoles t�cnicas de relajaci�n, respondiendo adecuadamente a las dudas que pueda suscitarles la intervenci�n y relat�ndoles anticipadamente sus ventajas una vez se hayan restablecido Los pacientes que reciben este tipo de tratamiento emocional se recuperan de la intervenci�n quir�rgica entre dos y tres d�as antes que el resto. Para algunos pacientes la mera hospitalizaci�n puede constituir una experiencia de aislamiento y desamparo No obstante hoy en d�a existen algunos hospitales que han comenzado a ofrecer a los familiares la Posibilidad de acompa�ar al enfermo, cocinar para �l y cuidarle como si estuviera en casa, un verdadero paso adelante en la direcci�n correcta que, Parad�jicamente tan frecuente resulta en los pa�ses del Tercer Mundo. La ense�anza de la relajaci�n tambi�n puede ayudar a que el paciente aprenda a relacionarse con la angustia que le producen los s�ntomas de la enfermedad as� como con las emociones que �stos pueden llegar a provocarle, e incluso a magnificicarla. Un modelo ejemplar en este Sentido nos lo proporciona la Cl�nica para la Reducci�n del estr�s, dirigida por Ion KabatZinn sita en el Centro M�dico de la Universidad de Massachusetts, que ofrece a los pacientes un curso de diez semanas de duraci�n sobre yoga y desarrollo de la atenci�n. El objetivo de este programa apunta a que el paciente tome conciencia de sus emociones y cultive cotidianamente la relajaci�n profunda Algunos hospitales han elaborado tambi�n v�deos pedag�gicos al respecto que pueden contemplarse en las salas de estar del hospital una dieta emocional m�s provechosa para las personas con los intrascendentes culebrones de la televisiones, alicientes que la relajaci�n y el yoga tambi�n forman parte integral de un innovador programa desarrollado por el doctor Dean Ornish para el tratamiento de las enfermedades card�acas Despu�s de un a�o de participaci�n en el programa —que inclu�a una dieta baja en grasas—. los pacientes cuya condici�n cardiovascular era tan grave como para requerir un bypass lograron revertir la formaci�n de la placa arterial En opini�n de Omish el adiestramiento en las t�cnicas de relajaci�n constituye una parte fundamental de su programa que, al igual que ocurre con el programa de Kabat Zinn trata de sacar partido de lo que el doctor Herbert Benson denomina la �respuesta de relajaci�n� el opuesto fisiol�gico de la tensa excitaci�n que tanta incidencia tiene en un abanico tan amplio de condiciones cl�nicas.

Debemos destacar tambi�n, por �ltimo, la importancia m�dica que supone la presencia de una enfermera o de un doctor emotivos y atentos a sus pacientes, capaces tanto de escuchar como de hacerse o�r. Esto implica el cultivo de una �atenci�n m�dica centrada en la relaci�n� y el reconocimiento de que la relaci�n entre m�dico y paciente constituye un factor extraordinariamente significativo para el buen curso de la enfermedad. Esta relaci�n se ver�a fomentada m�s ampliamente si en la formaci�n de los futuros m�dicos se incluyera el conocimiento de algunos rudimentos b�sicos de la inteligencia emocional, especialmente la toma de conciencia de uno mismo y las habilidades de la empat�a y la escucha.

HACIA UNA MEDICINA QUE CUIDE A SUS PACIENTES

Pero estas medidas no son m�s que el principio. Para que la medicina llegue realmente a ampliar su visi�n hasta llegar a reconocer el verdadero impacto de las emociones debemos tener bien presentes las principales implicaciones de los descubrimientos cient�ficos realizados en este sentido.

.Una de las medidas preventivas m�s eficaces consiste en ayudar a que la persona gobierne mejor sus sentimientos perturbadores (como el enfado, la ansiedad, la depresi�n, el pesimismo y la soledad). Los datos que nos proporciona la investigaci�n ponen de relieve que la toxicidad de las emociones negativas cr�nicas es equiparable a la ocasionada por el tabaquismo. Es por ello por lo que ayudar a que la gente domine mejor estas emociones comporta un beneficio m�dico potencial tan importante como lograr que un fumador empedernido abandone su h�bito. Un modo de alcanzar este objetivo ser�a comenzar a tomar conciencia de los saludables efectos preventivos de la educaci�n infantil en los rudimentos b�sicos de la inteligencia emocional para que, por as� decirlo, se conviertan en h�bitos que perduren durante el resto de la vida. Otra estrategia preventiva muy beneficiosa consistir�a en ense�ar a los jubilados a controlar sus emociones, ya que el bienestar emocional es un factor determinante de la prontitud con que el anciano envejece o se mantiene en forma. Un tercer objetivo beneficiaria a lo que podr�amos denominar grupos de poblaci�n de alto riesgo, es decir a los indigentes, las madres trabajadoras, los residentes en barrios con un alto �ndice de criminalidad, etc�tera. Todos aqu�llos, en suma, que se hallan sometidos cotidianamente a una

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gran presi�n podr�an aprovecharse de las ventajas m�dicas que supone el dominio de las complicaciones emocionales provocadas por el estr�s.

Muchos pacientes podr�an beneficiarse si, adem�s del tratamiento estrictamente m�dico, recibieran tambi�n atenci�n psicol�gica. Siempre que una enfermera o un m�dico consuelan y reconfortan a un paciente angustiado se est� dando un importante paso hacia el logro de una atenci�n m�dica m�s humanizada.

Pero todav�a nos quedan muchos pasos por dar en este sentido.

Con demasiada frecuencia, en la medicina actual el cuidado emocional del paciente no es m�s que una frase vac�a. A pesar de la ingente cantidad de investigaciones que subrayan la conexi�n existente entre el cerebro emocional y el sistema inmunol�gico, y la importancia de considerar las necesidades emocionales de los pacientes todav�a hay demasiados m�dicos que siguen mostr�ndose reacios a aceptar que las emociones de sus pacientes puedan tener alguna relevancia cl�nica, y siguen rechazando estas pruebas como si tuvieran un car�cter meramente anecd�tico, trivial, �marginal� o, peor a�n, como el producto de la exageraci�n promovida por unos cuantos investigadores que s�lo buscan promocionarse.

Aunque cada d�a hay m�s pacientes que aspiran a disfrutar de una medicina m�s humana, lo cierto es que �sta se halla peligrosamente amenazada. Con esto no estoy diciendo que no haya enfermeras y m�dicos entregados que brinden a sus pacientes una atenci�n sensible y compasiva, sino que la nueva cultura m�dica depende cada vez m�s de los imperativos comerciales y est� propiciando una situaci�n en la que este tipo de atenci�n es un bien cada vez m�s escaso.

Tambi�n deber�amos considerar las ventajas econ�micas de una medicina m�s humana. Como sugieren las investigaciones que hemos citado, el tratamiento de la angustia emocional de los pacientes —que previene o retarda el brote de la enfermedad, al tiempo que acelera el proceso de recuperaci�n— supondr�a un considerable ahorro en el presupuesto destinado a gastos sanitarios. En este sentido recordemos el estudio realizado con ancianas que se hab�an fracturado la cadera llevado a cabo en la Facultad de Medicina de Monte Sina�, de la ciudad de Nueva York y en la Universidad del Noroeste, un estudio que demostraba que a las pacientes que recibieron terapia adicional contra la depresi�n se les daba de alta un promedio de dos d�as antes que al resto, lo cual supone el considerable ahorro de 97.361 d�lares por cada cien pacientes. Este tipo de atenci�n tambi�n logra que el enfermo se sienta mas satisfecho con su m�dico y con el tratamiento que se le administra. En el mercado m�dico de nuevo cu�o, en el que los pacientes tendr�n la posibilidad de elegir entre diferentes planes de salud, el grado de satisfacci�n de �ste formar� tambi�n parte integral de esta decisi�n, puesto que las experiencias desagradables pueden llevar a los pacientes a buscar atenci�n m�dica en otra parte, mientras que, por su parte, las experiencias positivas se traducen en fidelidad.

Cabe a�adir, por �ltimo, que la �tica m�dica deber�a promover este tipo de enfoque. Un editorial del Journal of the American Medical Association sobre un informe que subrayaba que la depresi�n quintuplica la posibilidad de un desenlace fatal tras haber experimentado un ataque cardiaco, destacaba que: �dada la manifiesta evidencia de que factores psicol�gicos tales como la depresi�n y el aislamiento social suponen un importante riesgo a�adido para los pacientes aquejados de una enfermedad coronaria, ser�a una grave falta de �tica dejar sin tratar este tipo de factores�.

Si los descubrimientos realizados sobre la relaci�n existente entre las emociones y la salud tienen alg�n sentido, �ste seria el de poner en evidencia la inadecuaci�n de un planteamiento que suele descuidar la forma en que se siente la gente en su lucha contra la enfermedad grave o cr�nica. Ya ha llegado el momento en que la medicina saque provecho de la relaci�n existente entre la emoci�n y la salud, de modo que lo que hoy es una excepci�n termine convirti�ndose en una regla general de la pr�ctica m�dica futura. Es as� como podremos terminar humanizando la medicina y, al mismo tiempo, potenciando la velocidad de la recuperaci�n de algunos pacientes. �La compasi�n, que no se limita a sostener la mano ajena —como escribe un paciente en una carta abierta a su cirujano—, es una medicina excelente�.


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