| Inteligencia
Emocional - Espa�ol...Ingl�s Copia
del 1995 libro "Inteligencia Emocional" de
Daniel Goleman
Tengo aqu� una copia
libro que hizo famoso a Daniel Goleman y en el que
present� la idea de inteligencia emocional al mundo. El
libro fue publicado en 1995 y ahora sabemos que hay
muchos problemas con lo que escribi� Goleman. M�s
adelante voy a escribir sobre estos problemas y mis
cr�ticas de Goleman y el libro. Hasta entonces, puedes
leer mi pagina en ingl�s sobre Goleman y traducirlo a
espa�ol con Google, si deseas. Aqui hay un poco de mi cr�tica en espa�ol.
S. Hein
Argentina
Enero, 2006
EL DESAF�O DE
ARIST�TELES
Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy
sencillo.
Pero enfadarse con la persona adecuada, en el
grado exacto, en el momento oportuno. Con el
prop�sito justo y del modo correcto, eso,
ciertamente, no resulta tan sencillo.
Arist�teles, �tica a
Nic�maco.
Era una bochornosa tarde de agosto en la ciudad de
Nueva York. Uno de esos d�as asfixiantes que hacen que
la gente se sienta nerviosa y malhumorada. En el camino
de regreso a mi hotel, tom� un autob�s en la avenida
Madison y, apenas sub� al veh�culo, me impresion� la
c�lida bienvenida del conductor, un hombre de raza negra
de mediana edad en cuyo rostro se esbozaba una sonrisa
entusiasta, que me obsequi� con un amistoso ��Hola!
�C�mo est�?�, un saludo con el que recib�a a todos
los viajeros que sub�an al autob�s mientras �ste iba
serpenteando por entre el denso tr�fico del centro de la
ciudad. Pero, aunque todos los pasajeros eran recibidos
con id�ntica amabilidad, el sofocante clima del d�a
parec�a afectarles hasta el punto de que muy pocos le
devolv�an el saludo.
No obstante, a medida que el autob�s reptaba pesadamente
a trav�s del laberinto urbano, iba teniendo lugar una
lenta y m�gica transformaci�n. El conductor inici�, en
voz alta, un di�logo consigo mismo, dirigido a todos los
viajeros, en el que iba comentando generosamente las
escenas que desfilaban ante nuestros ojos: rebajas en
esos grandes almacenes, una hermosa exposici�n en aquel
museo y qu� decir de la pel�cula reci�n estrenada en
el cine de la manzana siguiente. La evidente
satisfacci�n que le produc�a hablarnos de las
m�ltiples alternativas que ofrec�a la ciudad era
contagiosa, y cada vez que un pasajero llegaba al final
de su trayecto y descend�a del veh�culo, parec�a
haberse sacudido de encima el halo de irritaci�n con el
que subiera y, cuando el conductor le desped�a con un
��Hasta la vista! �Que tenga un buen d�a!�, todos
respond�an con una abierta sonrisa.
El recuerdo de aquel encuentro ha permanecido conmigo
durante casi veinte a�os. Aquel d�a acababa de
doctorarme en psicolog�a, pero la psicolog�a de
entonces prestaba poca o ninguna atenci�n a la forma en
que tienen lugar estas transformaciones.
La ciencia psicol�gica sab�a muy poco si es que
sab�a algo sobre los mecanismos de la emoci�n. Y,
a pesar de todo, no cabe la menor duda de que el
conductor de aquel autob�s era el epicentro de una
contagiosa oleada de buenos sentimientos que, a traves de
sus pasajeros, se extend�a por toda la ciudad. Aquel
conductor era un conciliador nato, una especie de mago
que ten�a el poder de conjurar el nerviosismo y el mal
humor que atenazaban a sus pasajeros, ablandando y
abriendo un poco sus corazones.
Veamos ahora el marcado contraste que nos ofrecen algunas
noticias recogidas en los peri�dicos de la �ltima
semana:
En una escuela local, un ni�o de nueve a�os, aquejado
de un acceso de violencia porque unos compa�eros de
tercer curso le hab�an llamado �mocoso�, verti�
pintura sobre pupitres, ordenadores e impresoras y
destruy� un autom�vil que se hallaba estacionado en el
aparcamiento.
Ocho j�venes resultan heridos a causa de un incidente
ocurrido cuando una multitud de adolescentes se api�aban
en la puerta de entrada de un club de rap de Manhattan.
El incidente, que se inici� con una serie de empujones,
llev� a uno de los implicados a disparar sobre la
multitud con un rev�lver de calibre 38. El periodista
subraya el aumento alarmante de estas reacciones
desproporcionadas ante situaciones nimias que se
interpretan como faltas de respeto.
Seg�n un informe, el cincuenta y siete por ciento de los
asesinatos de menores de doce a�os fueron cometidos por
sus padres o padrastros. En casi la mitad de los casos,
los padres trataron de justificar su conducta aduciendo
que �lo �nico que deseaban era castigar al peque�o�.
Cuya falta, la mayor�a de las veces, hab�a consistido
en una �infracci�n� tan grave como ponerse delante del
televisor, gritar o ensuciar los pa�ales.
Un joven alem�n es juzgado por provocar un incendio
que termin� con la vida de cinco mujeres y ni�as de
origen turco mientras �stas dorm�an. El joven,
integrante de un grupo neonazi, trat� de disculpar su
conducta aludiendo a su inestabilidad laboral, a sus
problemas con el alcohol y a su creencia de que los
culpables de su mala fortuna eran los extranjeros. Y, con
un hilo de voz apenas audible, concluy� su declaraci�n
diciendo �Me arrepentir� toda la vida. Estoy
profundamente avergonzado de lo que hicimos�.
A diario, los peri�dicos nos acosan con noticias que
hablan del aumento de la inseguridad y de la degradaci�n
de la vida ciudadana. Fruto de una irrupci�n
descontrolada de los impulsos.
Pero este tipo de noticias simplemente nos devuelve la
imagen ampliada de la creciente p�rdida de control sobre
las emociones que tiene lugar en nuestras vidas y en las
vidas de quienes nos rodean. Nadie permanece a salvo de
esta marea err�tica de arrebatos y arrepentimientos que,
de una manera u otra, acaba salpicando toda nuestra vida.
En la �ltima d�cada hemos asistido a un bombardeo
constante de este tipo de noticias que constituye el fiel
reflejo de nuestro grado de torpeza emocional, de nuestra
desesperaci�n y de la insensatez de nuestra familia, de
nuestra comunidad y, en suma, de toda nuestra sociedad.
Estos a�os constituyen la apretada cr�nica de la rabia
y la desesperaci�n galopantes que bullen en la callada
soledad de unos ni�os cuya madre trabajadora los deja
con la televisi�n como �nica ni�era, en el sufrimiento
de los ni�os abandonados, descuidados o que han sido
v�ctimas de abusos sexuales y en la mezquina intimidad
de la violencia conyugal. Este malestar emocional
tambi�n es el causante del alarmante incremento de la
depresi�n en todo el mundo y de las secuelas que lo deja
tras de s� la inquietante oleada de la violencia:
escolares armados, accidentes automovil�sticos que
terminan a tiros, parados resentidos que masacran a sus
antiguos compa�eros de trabajo, etc�tera. Abuso
emocional, heridas de bala y estr�s postraum�tico son
expresiones que han llegado a formar parte del l�xico
familiar de la �ltima d�cada, al igual que el moderno
cambio de eslogan desde el jovial ��Que tenga un buen
d�a!� a la suspicacia del ��Hazme tener un buen
d�a!�.
Este libro constituye una gu�a para dar sentido a lo
aparentemente absurdo. En mi trabajo como psic�logo y
en la �ltima d�cada como periodista del New
York Times, he tenido la oportunidad de asistir a la
evoluci�n de nuestra comprensi�n cient�fica del
dominio de lo irracional. Desde esta privilegiada
posici�n he podido constatar la existencia de dos
tendencias contrapuestas, una que refleja la creciente
calamidad de nuestra vida emocional y la otra que nos
parece brindarnos algunas soluciones sumamente
esperanzadoras.
�POR QU� ESTA INVESTIGACION AHORA?
A pesar de la abundancia de malas noticias, durante la
�ltima d�cada hemos asistido a una eclosi�n sin
precedentes de investigaciones cient�ficas sobre la
emoci�n, uno de cuyos ejemplos m�s elocuentes ha sido
el poder llegar a vislumbrar el funcionamiento del
cerebro gracias a la innovadora tecnolog�a del esc�ner
cerebral. Estos nuevos medios tecnol�gicos han desvelado
por vez primera en la historia humana uno de los
misterios m�s profundos: el funcionamiento exacto de esa
intrincada masa de c�lulas mientras estamos pensando,
sintiendo, imaginando o so�ando.
Este aporte de datos neurobiol�gicos nos permite
comprender con mayor claridad que nunca la manera en que
los centros emocionales del cerebro nos incitan a la
rabia o al llanto, el modo en que sus regiones m�s
arcaicas nos arrastran a la guerra o al amor y la forma
en que podemos canalizarlas hacia el bien o hacia el mal.
Esta comprensi�n desconocida hasta hace muy
poco de la actividad emocional y de sus
deficiencias pone a nuestro alcance nuevas soluciones
para remediar la crisis emocional colectiva.
Para escribir este libro he tenido que aguardar a que la
cosecha de la ciencia fuera lo suficientemente
fruct�fera. Este conocimiento ha tardado tanto en llegar
porque, durante muchos a�os, la investigaci�n ha
soslayado el papel desempe�ado por los sentimientos en
la vida mental, dejando que las emociones fueran
convirti�ndose en el gran continente inexplorado de la
psicolog�a cient�fica. Y todo este vac�o ha propiciado
la aparici�n de un torrente de libros de autoayuda
llenos de consejos bien intencionados, aunque basados, en
el mejor de los casos, en opiniones cl�nicas con muy
poco fundamento cient�fico, si es que poseen alguno.
Pero hoy en d�a la ciencia se halla, por fin, en
condiciones de hablar con autoridad de las cuestiones
m�s apremiantes y contradictorias relativas a los
aspectos m�s irracionales del psiquismo y de
cartografiar, con cierta precisi�n, el coraz�n del ser
humano.
Esta tarea constituye un aut�ntico desaf�o para quienes
suscriben una visi�n estrecha de la inteligencia y
aseguran que el CI (CI: coeficiente o cociente
intelectual) es un dato gen�tico que no puede ser
modificado por la experiencia vital y que el destino de
nuestras vidas se halla, en buena medida, determinado por
esta
aptitud. Pero este argumento pasa por alto una
cuesti�n decisiva: �qu� cambios podemos llevar a cabo
para que a nuestros hijos les vaya bien en la vida?
�Qu� factores entran en juego, por ejemplo, cuando
personas con un elevado CI no saben qu� hacer mientras
que otras, con un modesto, o incluso con un bajo CI, lo
hacen sorprendentemente bien? Mi tesis es que esta
diferencia radica con mucha frecuencia en el conjunto de
habilidades que hemos dado en llamar inteligencia
emocional, habilidades entre las que destacan el
autocontrol, el entusiasmo, la perseverancia y la
capacidad para motivarse a uno mismo. Y todas estas
capacidades, como podremos comprobar, pueden ense�arse a
los ni�os, brind�ndoles as� la oportunidad de sacar el
mejor rendimiento posible al potencial intelectual que
les haya correspondido en la loter�a gen�tica.
M�s all� de esta posibilidad puede entreverse un
ineludible imperativo moral. Vivimos en una �poca en la
que el entramado de nuestra sociedad parece descomponerse
aceleradamente, una �poca en la que el ego�smo, la
violencia y la mezquindad espiritual parecen socavar la
bondad de nuestra vida colectiva. De ah� la importancia
de la inteligencia emocional, porque constituye el
v�nculo entre los sentimientos, el car�cter y los
impulsos morales. Adem�s, existe la creciente evidencia
de que las actitudes �ticas fundamentales que adoptamos
en la vida se asientan en las capacidades emocionales
subyacentes. Hay que tener en cuenta que el impulso es el
veh�culo de la emoci�n y que la semilla de todo impulso
es un sentimiento expansivo que busca expresarse en la
acci�n. Podr�amos decir que quienes se hallan a merced
de sus impulsos quienes carecen de
autocontrol adolecen de una deficiencia moral
porque la capacidad de controlar los impulsos constituye
el fundamento mismo de la voluntad y del car�cter.
Por el mismo motivo, la ra�z del altruismo radica en la
empat�a, en la habilidad para comprender las emociones
de los dem�s y es por ello por lo que la falta de
sensibilidad hacia las necesidades o la desesperaci�n
ajenas es una muestra patente de falta de consideraci�n.
Y si existen dos actitudes morales que nuestro tiempo
necesita con urgencia son el autocontrol y el altruismo.
NUESTRO VIAJE
El presente libro constituye una gu�a para conocer todas
esas visiones cient�ficas sobre la emoci�n, un viaje
cuyo objetivo es proporcionarnos una mejor comprensi�n
de una de las facetas m�s desconcertantes de nuestra
vida y del mundo que nos rodea.
La meta de nuestro viaje consiste en llegar a comprender
el significado y el modo de dotar de
inteligencia a la emoci�n, una comprensi�n que, en s�
misma, puede servirnos de gran ayuda, porque el hecho de
tomar conciencia del dominio de los sentimientos puede
tener un efecto similar al que provoca un observador en
el mundo de la f�sica cu�ntica, es decir, transformar
el objeto de observaci�n.
Nuestro viaje se inicia en la primera parte con una
revisi�n de los descubrimientos m�s recientes sobre la
arquitectura emocional del cerebro que nos explica una de
las coyunturas m�s desconcertantes de nuestra vida,
aqu�lla en que nuestra raz�n se ve desbordada por el
sentimiento. Llegar a comprender la interacci�n de las
diferentes estructuras cerebrales que gobiernan nuestras
iras y nuestros temores o nuestras pasiones y
nuestras alegr�as puede ense�arnos mucho sobre la
forma en que aprendemos los h�bitos emocionales que
socavan nuestras mejores intenciones, as� como tambi�n
puede mostrarnos el mejor camino para llegar a dominar
los impulsos emocionales m�s destructivos y frustrantes.
Y, lo que es a�n m�s importante, todos estos datos
neurol�gicos dejan una puerta abierta a la posibilidad
de modelar los h�bitos emocionales de nuestros hijos.
En la segunda parte, la siguiente parada importante de
nuestro recorrido, examinaremos el papel que desempe�an
los datos neurol�gicos en esa aptitud vital b�sica que
denominamos inteligencia emoc ional, esa disposici�n que
nos permite, por ejemplo, tomar las riendas de nuestros
impulsos emocionales, comprender los sentimientos m�s
profundos de nuestros semejantes, manejar amablemente
nuestras relaciones o desarrollar lo que Arist�teles
denominara la infrecuente capacidad de �enfadarse con la
persona adecuada, en el grado exacto, en el momento
oportuno, con el prop�sito justo y del modo correcto�.
(Aquellos lectores que no se sientan atra�dos por los
detalles neurol�gicos tal vez quieran comenzar el libro
directamente por este cap�tulo).
Este modelo ampliado de lo que significa �ser
inteligente� otorga a las emociones un papel central en
el conjunto de aptitudes necesarias para vivir. En la
tercera parte examinamos algunas de las diferencias
fundamentales originadas por este tipo de aptitudes:
c�mo pueden ayudarnos, por ejemplo, a cuidar nuestras
relaciones m�s preciadas o c�mo, por el contrario, su
ausencia puede llegar a destruirlas; c�mo las fuerzas
econ�micas que modelan nuestra vida laboral est�n
poniendo un �nfasis sin precedentes en estimular la
inteligencia emocional para alcanzar el �xito laboral;
c�mo las emociones t�xicas pueden llegar a ser tan
peligrosas para nuestra salud f�sica como fumar
varios paquetes de tabaco al d�a y c�mo, por �ltimo,
el equilibrio emocional contribuye, por el contrario, a
proteger nuestra salud y nuestro bienestar.
La herencia gen�tica nos ha dotado de un bagaje
emocional que determina nuestro temperamento, pero los
circuitos cerebrales implicados en la actividad emocional
son tan extraordinariamente maleables que no podemos
afirmar que el car�cter determine nuestro destino. Como
muestra la cuarta parte de nuestro libro, las lecciones
emocionales que aprendimos en casa y en la escuela
durante la ni�ez modelan estos circuitos emocionales
torn�ndonos m�s aptos o m�s ineptos en el
manejo de los principios que rigen la inteligencia
emocional. En este sentido, la infancia y la adolescencia
constituyen una aut�ntica oportunidad para asimilar los
h�bitos emocionales fundamentales que gobernar�n el
resto de nuestras vidas.
La quinta parte explora cu�l es la suerte que aguarda a
aquellas personas que, en su camino hacia la madurez, no
logran controlar su mundo emocional y de qu� modo las
deficiencias de la inteligencia emocional aumentan el
abanico de posibles riesgos, riesgos que van desde la
depresi�n hasta una vida llena de violencia, pasando por
los trastornos alimentarios y el abuso de las drogas.
Esta parte tambi�n documenta extensamente los esfuerzos
realizados en este sentido por ciertas escuelas pioneras
que se dedican a ense�ar a los ni�os las habilidades
emocionales y sociales necesarias para mantener
encarriladas sus vidas.
El conjunto de datos m�s inquietantes de todo el libro
tal vez sea el que nos habla de la investigaci�n llevada
a cabo entre padres y profesores y que demuestra el
aumento de la tendencia en la presente generaci�n
infantil al aislamiento, la depresi�n, la ira, la falta
de disciplina, el nerviosismo, la ansiedad, la
impulsividad y la agresividad, un aumento, en suma, de
los problemas emocionales.
Si existe una soluci�n, �sta debe pasar necesariamente,
en mi opini�n, por la forma en que preparamos a nuestros
j�venes para la vida. En la actualidad dejamos al azar
la educaci�n emocional de nuestros hijos con
consecuencias m�s que desastrosas. Como ya he dicho, una
posible soluci�n consistir�a en forjar una nueva
visi�n acerca del papel que deben desempe�ar las
escuelas en la educaci�n integral del estudiante,
reconciliando en las aulas a la mente y al coraz�n.
Nuestro viaje concluye con una visita a algunas escuelas
innovadoras que tratan de ense�ar a los ni�os los
principios fundamentales de la inteligencia emocional.
Quisiera imaginar que, alg�n d�a, la educaci�n
incluir� en su programa de estudios la ense�anza de
habilidades tan esencialmente humanas como el
autoconocimiento, el autocontrol, la empat�a y el arte
de escuchar, resolver conflictos y colaborar con los
dem�s.
En su �tica a Nic�maco. Arist�teles realiza una
indagaci�n filos�fica sobre la virtud, el car�cter y
la felicidad, desafi�ndonos a gobernar inteligentemente
nuestra vida emocional. Nuestras pasiones pueden abocar
al fracaso con suma facilidad y. de hecho, as� ocurre en
multitud de ocasiones; pero cuando se hallan bien
adiestradas, nos proporcionan sabidur�a y sirven de
gu�a a nuestros pensamientos, valores y supervivencia.
Pero, como dijo Arist�teles, el problema no radica en
las emociones en s� sino en su conveniencia y en la
oportunidad de su expresi�n. La cuesti�n esencial es:
�de qu� modo podremos aportar m�s inteligencia a
nuestras emociones, m�s civismo a nuestras calles y m�s
afecto a nuestra vida social?
Chapter 1
PARTE I
EL CEREBRO EMOCIONAL
1. �PARA QU� SIRVEN LAS EMOCIONES?
S�lo se puede ver
correctamente con el coraz�n; lo
esencial permanece invisible para el ojo.
Antoine de
Saint-Exup�ry, El principito
Ahora, los �ltimos momentos de las vidas de Gary y
Mary Jane Chauncey, un matrimonio completamente entregado
a Andrea, su hija de once a�os, a quien una par�lisis
cerebral termin� confinando a una silla de ruedas. Los
Chauncey viajaban en el tren anfibio que se precipit� a
un r�o de la regi�n pantanosa de Louisiana despu�s de
que una barcaza chocara contra el puente del ferrocarril
y lo semidestruyera. Pensando exclusivamente en su hija
Andrea, el matrimonio hizo todo lo posible por salvarla
mientras el tren iba sumergi�ndose en el agua y se las
arreglaron, de alg�n modo, para sacarla a trav�s de una
ventanilla y ponerla a salvo en manos del equipo de
rescate. Instantes despu�s, el vag�n termin�
sumergi�ndose en las profundidades y ambos perecieron.
La historia de Andrea, la historia de unos padres cuyo
postrero acto de hero�smo fue el de garantizar la
supervivencia de su hija, refleja unos instantes de un
valor casi �pico. No cabe la menor duda de que este tipo
de episodios se habr� repetido en innumerables ocasiones
a lo largo de la prehistoria y la historia de la
humanidad, por no mencionar las veces que habr� ocurrido
algo similar en el dilatado curso de la evoluci�n. Desde
el punto de vista de la biolog�a evolucionista, la
autoinmolaci�n parental est� al servicio del ��xito
reproductivo� que supone transmitir los genes a las
generaciones futuras, pero considerado desde la
perspectiva de unos padres que deben tomar una decisi�n
desesperada en una situaci�n limite, no existe m�s
motivaci�n que el amor.
Este ejemplar acto de hero�smo parental, que nos permite
comprender el poder y el objetivo de las emociones,
constituye un testimonio claro del papel desempe�ado por
el amor altruista y por cualquier otra emoci�n que
sintamos en la vida de los seres humanos. De hecho,
nuestros sentimientos, nuestras aspiraciones y nuestros
anhelos m�s profundos constituyen puntos de referencia
ineludibles y nuestra especie debe gran parte de su
existencia a la decisiva influencia de las emociones en
los asuntos humanos. El poder de las emociones es
extraordinario, s�lo un amor poderoso la urgencia
por salvar al hijo amado, por ejemplo puede llevar
a unos padres a ir m�s all� de su propio instinto de
supervivencia individual. Desde el punto de vista del
intelecto, se trata de un sacrificio indiscutiblemente
irracional pero, visto desde el coraz�n, constituye la
�nica elecci�n posible.
Cuando los sociobi�logos buscan una explicaci�n al
relevante papel que la evoluci�n ha asignado a las
emociones en el psiquismo humano, no dudan en destacar la
preponderancia del coraz�n sobre la cabeza en los
momentos realmente cruciales. Son las emociones
afirman las que nos permiten afrontar
situaciones demasiado dif�ciles el riesgo, las
p�rdidas irreparables, la persistencia en el logro de un
objetivo a pesar de las frustraciones, la relaci�n de
pareja, la creaci�n de una familia, etc�tera como
para ser resueltas exclusivamente con el intelecto. Cada
emoci�n nos predispone de un modo diferente a la
acci�n; cada una de ellas nos se�ala una direcci�n
que, en el pasado, permiti� resolver adecuadamente los
innumerables desaf�os a que se ha visto sometida la
existencia humana. En este sentido, nuestro bagaje
emocional tiene un extraordinario valor de supervivencia
y esta importancia se ve confirmada por el hecho de que
las emociones han terminado integr�ndose en el sistema
nervioso en forma de tendencias innatas y autom�ticas de
nuestro coraz�n.
Cualquier concepci�n de la naturaleza humana que soslaye
el poder de las emociones pecar� de una lamentable
miop�a. De hecho, a la luz de las recientes pruebas que
nos ofrece la ciencia sobre el papel desempe�ado por las
emociones en nuestra vida, hasta el mismo t�rmino homo
sapiens la especie pensante resulta un tanto
equivoco. Todos sabemos por experiencia propia que
nuestras decisiones y nuestras acciones dependen tanto
y a veces m�s de nuestros sentimientos como
de nuestros pensamientos. Hemos sobrevalorado la
importancia de los aspectos puramente racionales (de todo
lo que mide el CI) para la existencia humana pero, para
bien o para mal, en aquellos momentos en que nos vemos
arrastrados por las emociones, nuestra inteligencia se ve
francamente desbordada.
CUANDO LA PASION DESBORDA A LA RAZON
Fue una terrible tragedia. Matilda Crabtree, una ni�a de
catorce a�os, quer�a gastar una broma a sus padres y se
ocult� dentro de un armario para asustarles cuando
�stos, despu�s de visitar a unos amigos, volvieran a
casa pasada la medianoche.
Pero Bobby Crabtree y su esposa cre�an que Matilda iba a
pasar la noche en casa de una amiga. Por ello cuando, al
regresar a su hogar, oyeron ruidos. Crabtree no dud� en
coger su pistola, dirigirse al dormitorio de Matilda para
averiguar lo que ocurr�a y dispararle a bocajarro en el
cuello apenas �sta sali� gritando por sorpresa del
interior del armario. Doce horas m�s tarde, Matilda
Crabtree fallec�a. El miedo que nos lleva a proteger del
peligro a nuestra familia constituye uno de los legados
emocionales con que nos ha dotado la evoluci�n. El miedo
fue precisamente el que empuj� a Bobby Crabtree a coger
su pistola y buscar al intruso que cre�a que merodeaba
por su casa. Pero aquel mismo miedo fue tambi�n el que
le llev� a disparar antes de que pudiera percatarse de
cu�l era el blanco, antes incluso de que pudiera
reconocer la voz de su propia hija. Seg�n afirman los
bi�logos evolucionistas, este tipo de reacciones
autom�ticas ha terminado inscribi�ndose en nuestro
sistema nervioso porque sirvi� para garantizar la vida
durante un periodo largo y decisivo de la prehistoria
humana y, m�s importante todav�a, porque cumpli� con
la principal tarea de la evoluci�n, perpetuar las mismas
predisposiciones gen�ticas en la progenie. Sin embargo,
a la vista de la tragedia ocurrida en el hogar de los
Crabtree, todo esto no deja de ser una triste iron�a.
Pero, si bien las emociones han sido sabias referencias a
lo largo del proceso evolutivo, las nuevas realidades que
nos presenta la civilizaci�n moderna surgen a una
velocidad tal que deja atr�s al lento paso de la
evoluci�n. Las primeras leyes y c�digos �ticos -el
c�digo de Hammurabi, los diez mandamientos del Antiguo
Testamento o los edictos del emperador Ashoka deben
considerarse como intentos de refrenar, someter y
domesticar la vida emocional puesto que, como ya
explicaba Freud en El malestar de la cultura, la sociedad
se ha visto obligada a imponer normas externas destinadas
a contener la desbordante marea de los excesos
emocionales que brotan del interior del individuo.
No obstante, a pesar de todas las limitaciones impuestas
por la sociedad, la raz�n se ve desbordada de tanto en
tanto por la pasi�n, un imponderable de la naturaleza
humana cuyo origen se asienta en la arquitectura misma de
nuestra vida mental. El dise�o biol�gico de los
circuitos nerviosos emocionales b�sicos con el que
nacemos no lleva cinco ni cincuenta, sino cincuenta mil
generaciones demostrando su eficacia. Las lentas y
deliberadas fuerzas evolutivas que han ido modelando
nuestra vida emocional han tardado cerca de un mill�n de
a�os en llevar a cabo su cometido, y de �stos, los
�ltimos diez mil a pesar de haber asistido a una
vertiginosa explosi�n demogr�fica que ha elevado la
poblaci�n humana desde cinco hasta cinco mil millones de
personas han tenido una escasa repercusi�n en las
pautas biol�gicas que determinan nuestra vida emocional.
Para bien o para mal, nuestras valoraciones y nuestras
reacciones ante cualquier encuentro interpersonal no son
el fruto exclusivo de un juicio exclusivamente racional o
de nuestra historia personal, sino que tambi�n parecen
arraigarse en nuestro remoto pasado ancestral. Y ello
implica necesariamente la presencia de ciertas tendencias
que, en algunas ocasiones como ocurri�, por
ejemplo, en el lamentable incidente acaecido en el hogar
de los Crabtree, pueden resultar ciertamente
tr�gicas. Con demasiada frecuencia, en suma, nos vemos
obligados a afrontar los retos que nos presenta el mundo
postmoderno con recursos emocionales adaptados a las
necesidades del pleistoceno. �ste, precisamente, es el
tema fundamental sobre el que versa nuestro libro.
Impulsos para la acci�n
Un d�a de comienzos de primavera, yo me hallaba
atravesando un puerto de monta�a de una carretera de
Colorado cuando, de pronto, mi veh�culo se vio atrapado
en una ventisca. La cegadora blancura del remolino de
nieve era tal que, por m�s que entornara la mirada, no
pod�a ver absolutamente nada. Disminu� entonces la
velocidad mientras la ansiedad se apoderaba de mi cuerpo
y pod�a escuchar con claridad los latidos de mi
coraz�n.
Pero la ansiedad termin� convirti�ndose en miedo y
entonces detuve mi coche a un lado de la calzada
dispuesto a esperar a que amainase la tormenta. Media
hora m�s tarde dej� de nevar, la visibilidad volvi� y
pude proseguir mi viaje. Unos pocos centenares de metros
m�s abajo, sin embargo, me vi obligado a detenerme de
nuevo porque dos veh�culos que hab�an colisionado
bloqueaban la carretera mientras el equipo de una
ambulancia auxiliaba a uno de los pasajeros. De haber
seguido adelante en medio de la tormenta, es muy probable
que yo tambi�n hubiera chocado con ellos.
Tal vez aquel d�a el miedo me salvara la vida. Como
un conejo paralizado de terror ante las huellas de un
zorro o como un protomamifero ocult�ndose de la
mirada de un dinosaurio me vi arrastrado por un
estado interior que me oblig� a detenerme, prestar
atenci�n y tomar conciencia de la proximidad del
peligro.
Todas las emociones son, en esencia, impulsos que nos
llevan a actuar, programas de reacci�n autom�tica con
los que nos ha dotado la evoluci�n. La misma ra�z
etimol�gica de la palabra emoci�n proviene del verbo
latino movere (que significa �moverse�) m�s el prefijo
�e-�, significando algo as� como �movimiento hacia�
y sugiriendo, de ese modo, que en toda emoci�n hay
impl�cita una tendencia a la acci�n. Basta con observar
a los ni�os o a los animales para darnos cuenta de que
las emociones conducen a la acci�n; es s�lo en el mundo
�civilizado� de los adultos en donde nos encontramos
con esa extra�a anomal�a del reino animal en la que las
emociones los impulsos b�sicos que nos incitan a
actuar parecen hallarse divorciadas de las
reacciones.
La distinta impronta biol�gica propia de cada emoci�n
evidencia que cada una de ellas desempe�a un papel
�nico en nuestro repertorio emocional (v�ase el
ap�ndice A para mayores detalles sobre las emociones
�b�sicas�). La aparici�n de nuevos m�todos para
profundizar en el estudio del cuerpo y del cerebro
confirma cada vez con mayor detalle la forma en que cada
emoci�n predispone al cuerpo a un tipo diferente de
respuesta.
El enojo aumenta el flujo sangu�neo a las manos,
haciendo m�s f�cil empu�ar un arma o golpear a un
enemigo; tambi�n aumenta el ritmo cardiaco y la tasa de
hormonas que, como la adrenalina, generan la cantidad de
energ�a necesaria para acometer acciones vigorosas.
En el caso del miedo, la sangre se retira del rostro (lo
que explica la palidez y la sensaci�n de �quedarse
fr�o�) y fluye a la musculatura esquel�tica larga
como las piernas, por ejemplo- favoreciendo as� la
huida. Al mismo tiempo, el cuerpo parece paralizarse,
aunque s�lo sea un instante, para calibrar, tal vez, si
el hecho de ocultarse pudiera ser una respuesta m�s
adecuada. Las conexiones nerviosas de los centros
emocionales del cerebro desencadenan tambi�n una
respuesta hormonal que pone al cuerpo en estado de alerta
general, sumi�ndolo en la inquietud y predisponi�ndolo
para la acci�n, mientras la atenci�n se fija en la
amenaza inmediata con el fin de evaluar la respuesta m�s
apropiada.
Uno de los principales cambios biol�gicos producidos por
la felicidad consiste en el aumento en la actividad de un
centro cerebral que se encarga de inhibir los
sentimientos negativos y de aquietar los estados que
generan preocupaci�n, al mismo tiempo que aumenta el
caudal de energ�a disponible. En este caso no hay un
cambio fisiol�gico especial salvo, quiz�s, una
sensaci�n de tranquilidad que hace que el cuerpo se
recupere m�s r�pidamente de la excitaci�n biol�gica
provocada por las emociones perturbadoras. Esta
condici�n proporciona al cuerpo un reposo, un entusiasmo
y una disponibilidad para afrontar cualquier tarea que se
est� llevando a cabo y fomentar tambi�n, de este modo,
la consecuci�n de una amplia variedad de objetivos.
El amor, los sentimientos de ternura y la satisfacci�n
sexual activan el sistema nervioso parasimp�tico (el
opuesto fisiol�gico de la respuesta de �lucha-o-huida�
propia del miedo y de la ira).
La pauta de reacci�n parasimp�tica ligada a la
�respuesta de relajaci�n� engloba un amplio
conjunto de reacciones que implican a todo el cuerpo y
que dan lugar a un estado de calma y satisfacci�n que
favorece la convivencia.
El arqueo de las cejas que aparece en los momentos de
sorpresa aumenta el campo visual y permite que penetre
m�s luz en la retina, lo cual nos proporciona m�s
informaci�n sobre el acontecimiento inesperado,
facilitando as� el descubrimiento de lo que realmente
ocurre y permitiendo elaborar, en consecuencia, el plan
de acci�n m�s adecuado.
El gesto que expresa desagrado parece ser universal y
transmite el mensaje de que algo resulta literal o
metaf�ricamente repulsivo para el gusto o para el
olfato. La expresi�n facial de disgusto ladeando
el labio superior y frunciendo ligeramente la nariz
sugiere, como observaba Darwin, un intento primordial de
cerrar las fosas nasales para evitar un olor nauseabundo
o para expulsar un alimento t�xico.
La principal funci�n de la tristeza consiste en
ayudarnos a asimilar una p�rdida irreparable (como la
muerte de un ser querido o un gran desenga�o). La
tristeza provoca la disminuci�n de la energ�a y del
entusiasmo por las actividades vitales
especialmente las diversiones y los placeres
y, cuanto m�s se profundiza y se acerca a la depresi�n,
m�s se enlentece el metabolismo corporal. Este encierro
introspectivo nos brinda as� la oportunidad de llorar
una p�rdida o una esperanza frustrada, sopesar sus
consecuencias y planificar, cuando la energ�a retorna,
un nuevo comienzo. Esta disminuci�n de la energ�a debe
haber mantenido tristes y apesadumbrados a los primitivos
seres humanos en las proximidades de su h�bitat, donde
m�s seguros se encontraban.
Estas predisposiciones biol�gicas a la acci�n son
modeladas posteriormente por nuestras experiencias
vitales y por el medio cultural en que nos ha tocado
vivir. La p�rdi da de un ser querido. por ejemplo,
provoca universalmente tristeza y aflicci�n, pero la
forma en que expresamos esa aflicci�n -el tipo de
emociones que expresamos o que guardamos en la
intimidad es moldeada por nuestra cultura, como
tambi�n lo es, por ejemplo, el tipo concreto de personas
que entran en la categor�a de �seres queridos� y que,
por tanto, deben ser llorados.
El largo per�odo evolutivo durante el cual fueron
molde�ndose estas respuestas fue, sin duda, el m�s
crudo que ha experimentado la especie humana desde la
aurora de la historia. Fue un tiempo en el que muy pocos
ni�os lograban sobrevivir a la infancia, un tiempo en el
que menos adultos todav�a llegaban a cumplir los treinta
a�os, un tiempo en el que los depredadores pod�an
atacar en cualquier momento, un tiempo, en suma, en el
que la supervivencia o la muerte por inanici�n
depend�an del umbral impuesto por la alternancia entre
sequ�as e inundaciones. Con la invenci�n de la
agricultura, no obstante, las probabilidades de
supervivencia aumentaron radicalmente aun en las
sociedades humanas m�s rudimentarias. En los �ltimos
diez mil a�os, estos avances se han consolidado y
difundido por todo el mundo al mismo tiempo que las
brutales presiones que pesaban sobre la especie humana
han disminuido considerablemente.
Estas mismas presiones son las que terminaron
convirtiendo a nuestras respuestas emocionales en un
eficaz instrumento de supervivencia pero, en la medida en
que han ido desapareciendo, nuestro repertorio emocional
ha ido quedando obsoleto. Si bien, en un pasado remoto,
un ataque de rabia pod�a suponer la diferencia entre la
vida y la muerte, la facilidad con la que, hoy en d�a,
un ni�o de trece a�os puede acceder a una amplia gama
de armas de fuego ha terminado convirtiendo a la rabia en
una reacci�n frecuentemente desastrosa.
Nuestras dos mentes
Una amiga estuvo habl�ndome de su divorcio, un doloroso
proceso de separaci�n. Su marido se hab�a enamorado de
una compa�era de trabajo y un buen d�a le anunci� que
quer�a irse a vivir con ella. A aquel momento siguieron
meses de amargos altercados con respecto al hogar
conyugal, el dinero y la custodia de los hijos. Ahora,
pocos meses m�s tarde, me hablaba de su autonom�a y de
su felicidad. �Ya no pienso en �l dec�a, con los
ojos humedecidos por las l�grimas eso es algo que
ha dejado de preocuparme.� El instante en que sus ojos
se humedecieron pod�a perfectamente haber pasado
inadvertido para m�, pero la comprensi�n emp�tica (un
acto de la mente emocional) de sus ojos h�medos me
permiti�, m�s all� de las palabras (un acto de la
mente racional), percatarme claramente de su evidente
tristeza como si estuviera leyendo un libro abierto.
En un sentido muy real, todos nosotros tenemos dos
mentes, una mente que piensa y otra mente que siente, y
estas dos formas fundamentales de conocimiento
interact�an para construir nuestra vida mental. Una de
ellas es la mente racional, la modalidad de comprensi�n
de la que solemos ser conscientes, m�s despierta, m�s
pensativa, m�s capaz de ponderar y de reflexionar. El
otro tipo de conocimiento, m�s impulsivo y m�s poderoso
aunque a veces il�gico, es la mente
emocional (v�ase el ap�ndice B para una descripci�n
m�s detallada de los rasgos caracter�sticos de la mente
emocional).
La dicotom�a entre lo emocional y lo racional se asemeja
a la distinci�n popular existente entre el �coraz�n�
y la �cabeza�. Saber que algo es cierto �en nuestro
coraz�n� pertenece a un orden de convicci�n distinto
de alg�n modo, un tipo de certeza m�s
profundo que pensarlo con la mente racional. Existe
una proporcionalidad constante entre el control emocional
y el control racional sobre la mente ya que, cuanto m�s
intenso es el sentimiento, m�s dominante llega a ser la
mente emocional.., y m�s ineficaz, en consecuencia, la
mente racional. �sta es una configuraci�n que parece
derivarse de la ventaja evolutiva que supuso disponer,
durante incontables ocasiones, de emociones e intuiciones
que guiaran nuestras respuestas inmediatas frente a
aquellas situaciones que pon�an en peligro nuestra vida,
situaciones en las que detenernos a pensar en la
reacci�n m�s adecuada pod�a tener consecuencias
francamente desastrosas.
La mayor parte del tiempo, estas dos mentes la
mente emocional y la mente racional operan en
estrecha colaboraci�n, entrelazando sus distintas formas
de conocimiento para guiarnos adecuadamente a trav�s del
mundo. Habitualmente existe un equilibrio entre la mente
emocional y la mente racional, un equilibrio en el que la
emoci�n alimenta y da forma a las operaciones de la
mente racional y la mente racional ajusta y a veces
censura las entradas procedentes de las emociones. En
todo caso, sin embargo, la mente emocional y la mente
racional constituyen, como veremos, dos facultades
relativamente independientes que reflejan el
funcionamiento de circuitos cerebrales distintos aunque
interrelacionados. En much�simas ocasiones, pues, estas
dos mentes est�n exquisitamente coordinadas porque los
sentimientos son esenciales para el pensamiento y lo
mismo ocurre a la inversa.
Pero, cuando aparecen las pasiones, el equilibrio se
rompe y la mente emocional desborda y secuestra a la
mente racional.
Erasmo, el humanista del siglo XVI, describi�
ir�nicamente del siguiente modo esta tensi�n perenne
entre la raz�n y la emoci�n:
�J�piter confiere mucha m�s pasi�n que raz�n, en una
proporci�n aproximada de veinticuatro a uno. El ha
erigido dos irritables tiranos para oponerse al poder
solitario de la raz�n: la ira y la lujuria. La vida
ordinaria del hombre evidencia claramente la impotencia
de la raz�n para oponerse a las fuerzas combinadas de
estos dos tiranos. Ante ela, la raz�n hace lo �nico que
puede, repetir f�rmulas virtuosas, mientras que las
otras dos se desga�itan, de un modo cada vez m�s
ruidoso y agresivo, exhortando a la raz�n a seguirlas
hasta que finalmente �sta, agotada, se rinde y se
entrega.�
EL DESARROLLO DEL CEREBRO
Para comprender mejor el gran poder de las emociones
sobre la mente pensante y la causa del frecuente
conflicto existente entre los sentimientos y la
raz�n consideraremos ahora la forma en que ha
evolucionado el cerebro. El cerebro del ser humano, ese
kilo y pico de c�lulas y jugos neurales, tiene un
tama�o unas tres veces superior al de nuestros primos
evolutivos, los primates no humanos. A lo largo de
millones de a�os de evoluci�n, el cerebro ha ido
creciendo desde abajo hacia arriba, por as� decirlo, y
los centros superiores constituyen derivaciones de los
centros inferiores m�s antiguos (un desarrollo evolutivo
que se repite, por cierto, en el cerebro de cada embri�n
humano).
La regi�n m�s primitiva del cerebro, una regi�n que
compartimos con todas aquellas especies que s�lo
disponen de un rudimentario sistema nervioso, es el tallo
encef�lico, que se halla en la parte superior de la
m�dula espinal. Este cerebro rudimentario regula las
funciones vitales b�sicas, como la respiraci�n, el
metabolismo de los otros �rganos corporales y las
reacciones y movimientos autom�ticos. Mal podr�amos
decir que este cerebro primitivo piense o aprenda porque
se trata simplemente de un conjunto de reguladores
programados para mantener el funcionamiento del cuerpo y
asegurar la supervivencia del individuo. �ste es el
cerebro propio de la Edad de los Reptiles, una �poca en
la que el siseo de una serpiente era la se�al que
advert�a la inminencia de un ataque.
De este cerebro primitivo el tallo
encef�lico emergieron los centros emocionales que,
millones de a�os m�s tarde, dieron lugar al cerebro
pensante o �neoc�rtex� ese gran bulbo de
tejidos replegados sobre s� que configuran el estrato
superior del sistema nervioso. El hecho de que el cerebro
emocional sea muy anterior al racional y que �ste sea
una derivaci�n de aqu�l, revela con claridad las
aut�nticas relaciones existentes entre el pensamiento y
el sentimiento.
La ra�z m�s primitiva de nuestra vida emocional radica
en el sentido del olfato o, m�s precisamente, en el
l�bulo olfatorio, ese conglomerado celular que se ocupa
de registrar y analizar los olores. En aquellos tiempos
remotos el olfato fue un �rgano sensorial clave para la
supervivencia, porque cada entidad viva, ya sea alimento,
veneno, pareja sexual, predador o presa, posee una
identificaci�n molecular caracter�stica que puede ser
transportada por el viento.
A partir del l�bulo olfatorio comenzaron a desarrollarse
los centros m�s antiguos de la vida emocional, que luego
fueron evolucionando hasta terminar recubriendo por
completo la parte superior del tallo encef�lico. En esos
estadios rudimentarios, el centro olfatorio estaba
compuesto de unos pocos estratos neuronales
especializados en analizar los olores. Un estrato celular
se encargaba de registrar el olor y de clasificarlo en
unas pocas categor�as relevantes (comestible, t�xico,
sexualmente disponible, enemigo o alimento) y un segundo
estrato enviaba respuestas reflejas a trav�s del sistema
nervioso ordenando al cuerpo las acciones que deb�a
llevar a cabo (comer, vomitar, aproximarse, escapar o
cazar).
Con la aparici�n de los primeros mam�feros emergieron
tambi�n nuevos estratos fundamentales en el cerebro
emocional. Estos estratos rodearon al tallo encef�lico a
modo de una rosquilla en cuyo hueco se aloja el tallo
encef�lico. A esta parte del cerebro que envuelve y
rodea al tallo encef�lico se le denomin� sistema
�l�mbico�, un t�rmino derivado del lat�n limbus, que
significa �anillo�. Este nuevo territorio neural
agreg� las emociones propiamente dichas al repertorio de
respuestas del cerebro.
Cuando estamos atrapados por el deseo o la rabia, cuando
el amor nos enloquece o el miedo nos hace retroceder, nos
hallamos, en realidad, bajo la influencia del sistema
l�mbico.
La evoluci�n del sistema l�mbico puso a punto dos
poderosas herramientas: el aprendizaje y la memoria, dos
avances realmente revolucionarios que permitieron ir m�s
all� de las reacciones autom�ticas predeterminadas y
afinar las respuestas para adaptarlas a las cambiantes
exigencias del medio, favoreciendo as� una toma de
decisiones mucho m�s inteligente para la supervivencia.
Por ejemplo, si un determinado alimento conduc�a a la
enfermedad, la pr�xima vez seria posible evitarlo.
Decisiones como la de saber qu�
ingerir y qu� expulsar de la boca segu�an todav�a
determinadas por el olor y las conexiones existentes
entre el bulbo olfatorio y el sistema l�mbico, pero
ahora se enfrentaban a la tarea de diferenciar y
reconocer los olores, comparar el olor presente con los
olores pasados y discriminar lo bueno de lo malo, una
tarea llevada a cabo por el �rinenc�falo� que
literalmente significa �el cerebro nasal� una
parte del circuito limbico que constituye la base
rudimentaria del neoc�rtex, el cerebro pensante.
Hace unos cien millones de a�os, el cerebro de los
mam�feros experiment� una transformaci�n radical que
supuso otro extraordinario paso adelante en el desarrollo
del intelecto, y sobre el delgado c�rtex de dos estratos
se asentaron los nuevos estratos de c�lulas cerebrales
que terminaron configurando el neoc�rtex (la regi�n que
planifica, comprende lo que se siente y coordina los
movimientos).
El neoc�rtex del Homo sapiens, mucho mayor que el de
cualquier otra especie, ha tra�do consigo todo lo que es
caracter�sticamente humano. El neoc�rtex es el asiento
del pensamiento y de los centros que integran y procesan
los datos registrados por los sentidos. Y tambi�n
agreg� al sentimiento nuestra reflexi�n sobre �l y nos
permiti� tener sentimientos sobre las ideas, el arte,
los s�mbolos y las im�genes.
A lo largo de la evoluci�n, el neoc�rtex permiti� un
ajuste fino que sin duda habr�a de suponer una enorme
ventaja en la capacidad del individuo para superar las
adversidades, haciendo m�s probable la transmisi�n a la
descendencia de los genes que conten�an la misma
configuraci�n neuronal. La supervivencia de nuestra
especie debe mucho al talento del neoc�rtex para la
estrategia, la planificaci�n a largo plazo y otras
estrategias mentales, y de �l proceden tambi�n sus
frutos m�s maduros: el arte, la civilizaci�n y la
cultura.
Este nuevo estrato cerebral permiti� comenzar a matizar
la vida emocional. Tomemos, por ejemplo, el amor. Las
estructuras l�mbicas generan sentimientos de placer y de
deseo sexual (las emociones que alimentan la pasi�n
sexual) pero la aparici�n del neoc�rtex y de sus
conexiones con el sistema limbico permiti� el
establecimiento del vinculo entre la madre y el hijo,
fundamento de la unidad familiar y del compromiso a largo
plazo de criar a los hijos que posibilita el desarrollo
del ser humano. En las especies carentes de neoc�rtex
como los reptiles, por ejemplo el afecto
materno no existe y los reci�n nacidos deben ocultarse
para evitar ser devorados por la madre. En el ser humano,
en cambio, los v�nculos protectores entre padres e hijos
permiten disponer de un proceso de maduraci�n que
perdura toda la infancia, un proceso durante el cual el
cerebro sigue desarroll�ndose.
A medida que ascendemos en la escala filogen�tica que
conduce de los reptiles al mono rhesus y, desde ah�,
hasta el ser humano, aumenta la masa neta del neoc�rtex,
un incremento que supone tambi�n una progresi�n
geom�trica en el n�mero de interconexiones neuronales.
Y adem�s hay que tener en cuenta que, cuanto mayor es el
n�mero de tales conexiones, mayor es tambi�n la
variedad de respuestas posibles. El neoc�rtex permite,
pues, un aumento de la sutileza y la complejidad de la
vida emocional como, por ejemplo, tener sentimientos
sobre nuestros sentimientos. El n�mero de
interconexiones existentes entre el sistema l�mbico y el
neoc�rtex es superior en el caso de los primates al del
resto de las especies, e infinitamente superior todav�a
en el caso de los seres humanos; un dato que explica el
motivo por el cual somos capaces de desplegar un abanico
mucho m�s amplio de reacciones y de matices
ante nuestras emociones. Mientras que el conejo o el mono
rhesus s�lo dispone de un conjunto muy restringido de
respuestas posibles ante el miedo, el neoc�rtex del ser
humano, por su parte, permite un abanico de respuestas
mucho m�s maleable, en el que cabe incluso llamar al
911. Cuanto m�s complejo es el sistema social, m�s
fundamental resulta esta flexibilidad; y no hay mundo
social m�s complejo que el del ser humano. Pero el
hecho es que estos centros superiores no gobiernan la
totalidad de la vida emocional porque, en los asuntos
decisivos del coraz�n y, m�s especialmente, en
las situaciones emocionalmente cr�ticas, bien
podr�amos decir que delegan su cometido en el sistema
limbico. Las ramificaciones nerviosas que extendieron el
alcance de la zona limbica son tantas, que el cerebro
emocional sigue desempe�ando un papel fundamental en la
arquitectura de nuestro sistema nervioso. La regi�n
emocional es el sustrato en el que creci� y se
desarroll� nuestro nuevo cerebro pensante y sigue
estando estrechamente vinculada con �l por miles de
circuitos neuronales. Esto es precisamente lo que
confiere a los centros de la emoci�n un poder
extraordinario para influir en el funcionamiento global
del cerebro (incluyendo, por cierto, a los centros del
pensamiento).
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