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Capitulo 1
IInteligencia Emocional - Espa�ol...Ingl�s

 


13. TRAUMA Y REEDUCACI�N EMOCIONAL

Som Chit, un refugiado camboyano, se qued� estupefacto cuando sus tres hijos, de seis, nueve y once a�os de edad, le pidieron que les comprara unas armas de juguete —imitaci�n de los subfusiles de asalto AK-47— para emplearlas en el juego que algunos de sus compa�eros de escuela llamaban Purdy. En este juego, Purdy, el villano, masacra con un arma de este tipo a un grupo de ni�os y seguidamente se quita la vida. A veces, sin embargo, el juego concluye de modo diferente y son los ni�os quienes acaban con Purdy.

El juego era, en realidad, una macabra representaci�n de los tr�gicos acontecimientos que asolaron la Escuela Primaria de Cleveland el 17 de febrero de 1989. Durante el recreo matinal de primero, segundo y tercer curso, Patrick Purdy —antiguo alumno de la escuela veinte a�os atr�s— comenz� a disparar indiscriminadamente desde un extremo del patio de recreo sobre los cientos de ni�os que estaban jugando en aquel momento. Durante siete interminables minutos, Purdy sembr� el patio de balas del calibre 7,22 y, finalmente, se suicid� de un tiro en la sien. Cuando la polic�a lleg� al lugar de los hechos, hab�a cinco ni�os muertos y veintinueve heridos.

En los meses siguientes, los ni�os comenzaron a jugar espont�neamente al llamado �juego de Purdy�, uno de los muchos s�ntomas que indicaban la profundidad con la que quedaron grabados aquellos dantescos siete minutos en la memoria de los peque�os. Cuando visit� la escuela, situada a un paseo en bicicleta de un barrio aleda�o a la Universidad del Pac�fico en el que hab�a pasado parte de mi infancia, hab�an transcurrido ya cinco meses desde que Purdy convirtiera un inocente recreo en una verdadera pesadilla. No obstante, aunque ya no quedaba el menor indicio del espantoso incidente —porque los agujeros de bala, las manchas de sangre y los rastros de carne, piel y cr�neo hab�an sido limpiados en seguida e incluso las paredes hab�an sido repintadas al d�a siguiente— su presencia, sin embargo, segu�a siendo todav�a muy palpable.

Pero las huellas m�s profundas del tiroteo ya no estaban en los muros del edificio de la escuela primaria sino en las mentes de los ni�os y del personal que, como pod�an, trataban de reanudar su vida cotidiana. Tal vez lo m�s sorprendente fuera la forma en que se reviv�a una y otra vez, hasta en sus m�s peque�os detalles, el recuerdo de aquellos pocos minutos. Un maestro me confes�, por ejemplo, que una oleada de p�nico hab�a recorrido la escuela el d�a que se comunic� la proximidad de la festividad de San Patricio, porque muchos ni�os creyeron que se trataba de un d�a especialmente dedicado a Patrick Purdy, el asesino

�Cada vez que o�mos el sonido de la sirena de una ambulancia —me confes� otro maestro— todo parece quedar en suspenso mientras los ni�os se paran a comprobar si se detiene aqu� o sigue su camino hasta la residencia de ancianos situada calle abajo.� Durante muchas semanas los ni�os ten�an miedo de mirarse en los espejos de los lavabos porque se hab�a extendido el rumor de que la Sangrienta Virgen Mar�a — una especie de monstruo imaginario— les espiaba desde ellos. Muchas semanas despu�s del tiroteo, una muchacha aterrada entr� en el despacho de Pat Busher, el director, gritando: ��Oigo disparos! �Oigo disparos!� pero el ruido, como pronto se descubri�, proced�a del extremo de una cadena que el viento hac�a chocar contra un poste met�lico.

Muchos ni�os se sumieron en un estado de continua alerta, como si se mantuvieran constantemente en guardia ante la posibilidad de que se repitiera la ordal�a de terror. Algunos de ellos se arremolinaban en tomo a la puerta sin atreverse a salir al patio en el que hab�a tenido lugar el incidente; otros adoptaron la costumbre de jugar en peque�os grupos, mientras uno de ellos montaba guardia; muchos, por �ltimo, siguieron evitando durante meses las zonas �malditas�, las zonas en las que hab�an muerto los cinco ni�os.

Los recuerdos persist�an tambi�n en forma de pesadillas que asaltaban a los peque�os mientras dorm�an. Algunas de �stas reviv�an directamente el incidente mientras que en otras ocasiones los ni�os se despertaban angustiados en medio de la noche, sobresaltados por todo tipo de im�genes aterradoras que les hac�an creer que ellos tampoco tardar�an en morir. Hubo ni�os que, para evitar so�ar, trataron incluso de dormir con los ojos abiertos.

Como saben los psiquiatras, todas estas reacciones forman parte de los s�ntomas que acompa�an al trastorno de estr�s postraum�tico (TEPT). Seg�n el doctor Spencer Eth, psiquiatra infantil especializado en TEPT, en el n�cleo de este tipo de trauma se halla �el recuerdo obsesivo de la acci�n violenta (un pu�etazo, una cuchilada o la detonaci�n de un arma de fuego). Estos recuerdos se agrupan en tomo a intensas experiencias perceptibles (ya sean visuales, auditivas, olfativas, etc�tera), como el olor a p�lvora, los gritos, el silencio s�bito de la v�ctima, las manchas de sangre o las sirenas de los coches de la polic�a�.

En opini�n de los neurocient�ficos, estos momentos aterradoramente v�vidos se convierten en recuerdos que quedan profundamente grabados en los circuitos emocionales de los afectados.

Todos estos s�ntomas son, de hecho, indicadores de una hiperexcitaci�n de la am�gdala que impele a los recuerdos del acontecimiento traum�tico a irrumpir de manera obsesiva en la conciencia. En este sentido, los recuerdos traum�ticos se convierten en una especie de detonante dispuesto a hacer saltar la alarma al menor indicio de que el acontecimiento temido pueda volver a repetirse. Esta exacerbada susceptibilidad es la cualidad distintiva de todo trauma emocional, incluyendo la violencia f�sica reiterada experimentada durante la infancia.

Cualquier acontecimiento traum�tico —un incendio, un accidente de autom�vil, una cat�strofe natural como, por ejemplo un terremoto o un hurac�n, una violaci�n o un asalto— puede implantar estos recuerdos en la am�gdala. Son muchas las personas que cada a�o sufren este tipo de calamidades, calamidades que, en la mayor parte de los casos, dejan una huella indeleble en su cerebro.

Los actos violentos son m�s perjudiciales que las cat�strofes naturales, como los huracanes, por ejemplo, porque las v�ctimas de la violencia gratuita sienten que han sido elegidas deliberadamente y esa creencia mina la confianza en los dem�s y en la seguridad del mundo interpersonal. En cuesti�n de un instante, el mundo interpersonal se convierte en un lugar peligroso en el que los otros constituyen una amenaza potencial.

La crueldad deja en la memoria de la v�ctima una impronta que la lleva a responder con miedo ante todo aquello que pueda recordar vagamente la agresi�n. Por ejemplo, un hombre que fue atacado por la espalda y que no pudo ver a su agresor, qued� tan afectado despu�s del incidente, que siempre trataba de caminar delante de una anciana para sentirse seguro de que no le iban a agredir de nuevo. Otra mujer que fue asaltada en un ascensor por un hombre que la condujo a punta de cuchillo hasta un piso vac�o, permaneci� horrorizada durante semanas por la idea de tener que entrar en un ascensor, en el metro o en cualquier otro espacio cerrado en el que pudiera sentirse atrapada, y en cuanto ve�a que un hombre se met�a la mano en el bolsillo de la chaqueta —como hab�a hecho su agresor— se levantaba en seguida de su asiento.

Como ha demostrado un reciente estudio realizado con supervivientes del holocausto nazi, la impronta del terror —y el pertinaz estado de hiperalerta resultante— pueden perdurar toda la vida. Cincuenta a�os despu�s de haber perecido casi de inanici�n, de haber presenciado el asesinato de sus seres m�s queridos y de haber sobrevivido al terror constante de los campos de exterminio nazi, los recuerdos obsesivos segu�an siendo particularmente v�vidos. Un tercio de los sujetos entrevistados en esta investigaci�n admiti� que a�n experimentaba una sensaci�n generalizada de miedo, y cerca de tres cuartas partes respondieron que se sent�an ansiosos ante cualquier recordatorio de la persecuci�n nazi (como un uniforme, una llamada inesperada a la puerta, el ladrido de un perro o una chimenea humeante). Medio siglo m�s tarde, el 60% de los entrevistados reconoci� que pensaba a diario en el holocausto y ocho de cada diez manifestaron sufrir frecuentes pesadillas. Como dijo un superviviente: �no seria normal si despu�s de haber sobrevivido a Auschwitz no tuviera pesadillas�.

EL TERROR CONGELADO EN LA MEMORIA

Escuchemos ahora las palabras de un veterano de Vietnam de cuarenta y ocho a�os, veinticuatro a�os despu�s de vivir un espantoso episodio en aquellas remotas tierras:

� �No puedo librarme de los recuerdos! Las im�genes me asaltan con todo lujo de detalles, provocadas por las cosas m�s insignificantes, como el ruido de una puerta que se cierra de golpe, los rasgos de una mujer oriental, la textura de una estera de bamb� o el olor a cerdo frito. Anoche no tuve problemas para conciliar el sue�o pero esta madrugada un trueno me ha despertado de nuevo paralizado por el miedo y me ha transportado a mi puesto de guardia en plena estaci�n monz�nica. Estoy seguro de que voy a morir en el pr�ximo combate. Mis manos est�n congeladas y, sin embargo, tengo el cuerpo ba�ado en sudor; siento todos los pelos de la nuca erizados y mi coraz�n y mi respiraci�n se hallan visiblemente agitados. Percibo un olor ligeramente azufrado y de repente descubro cerca de mi el cuerpo de mi compa�ero Troy sobre una plataforma de bamb� que el Vietcong ha depositado en las proximidades de nuestro campamento... El pr�ximo rel�mpago y el trueno que lo acompa�a me producen tal sobresalto que caigo al suelo.�

Este terrible recuerdo, todav�a v�vidamente presente a pesar de los veinte a�os transcurridos, sigue teniendo el poder de evocar en este excombatiente el miedo de aquel aciago d�a. El TEPT desciende peligrosamente el umbral de alarma del sistema nervioso, provocando una respuesta ante las situaciones m�s cotidianas como si se tratara de aut�nticos peligros. El circuito implicado en el secuestro emocional —que hemos descrito en el capitulo 2— desempe�a un papel esencial en la grabaci�n de este tipo de recuerdos. Y cuanto m�s brutal, estremecedor y horrendo sea el acontecimiento que desencadena el secuestro de la am�gdala, m�s indeleble ser� la huella que deje. El fundamento neurol�gico de este tipo de recuerdos parece asentarse en una alteraci�n dr�stica de la qu�mica cerebral desencadenada por un suceso aislado especialmente impresionante. Pero, aunque los descubrimientos realizados sobre el TEPT se basan en el impacto de un episodio �nico, los episodios de crueldad repetidos a lo largo de los a�os —como ocurre, por ejemplo, en el caso de los ni�os que han sufrido reiterados abusos sexuales, f�sicos o emocionales— provoca un resultado similar.

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El National Center for Post-Traumatic Stress Disorder, una red de centros de investigaci�n dependiente de los hospitales de la Administraci�n de Veteranos que re�ne a una buena cantidad de asociaciones de excombatientes de Vietnam y de otros conflictos b�licos, aquejados de TEPT, est� llevando a cabo la investigaci�n tal vez m�s exhaustiva realizada en este sentido. Casi todos nuestros conocimientos sobre el TEPT en veteranos de guerra proceden de estudios como el rese�ado pero sus conclusiones tambi�n pueden aplicarse a los ni�os que han sufrido graves traumas emocionales, como el acontecido en la Escuela Primaria de Cleveland que rese��bamos al comienzo de este cap�tulo.

Como me dijo el doctor Dennis Charney, psiquiatra de Yale y director del departamento de neurolog�a del National Center: �desde el punto de vista biol�gico, las victimas de un trauma de este tipo ya no vuelven a ser las mismas. Poco importa que haya sido el terror del combate, la tortura, los abusos repetidos en la infancia o una experiencia puntual, como hallarse atrapado en medio de un hurac�n o estar a punto de morir en un accidente de tr�fico. Cualquier situaci�n de estr�s incontrolable acarrea id�nticas secuelas biol�gicas �.

El t�rmino clave en este sentido parece ser la palabra incontrolable, puesto que si la persona siente que puede hacer algo para afrontar la situaci�n, que puede ejercer alg�n tipo de control —no importa lo peque�o que �ste sea—, reacciona emocionalmente mucho mejor que quienes se sienten completamente impotentes. Esta sensaci�n de impotencia es precisamente la que convierte a un determinado acontecimiento en algo subjetivamente abrumador. Como me comentaba el doctor John Crystal, director del Laboratorio de Psicofarmacolog�a Cl�nica: �Cuando alguien es atacado con un cuchillo, no sabe c�mo defenderse y piensa “ahora voy a morir”, es m�s susceptible al TEPT que quien tiene alguna posibilidad de afrontar la situaci�n. El desencadenante, pues, de este tipo de alteraci�n cerebral es la sensaci�n de que nuestra vida est� en peligro y no hay nada que podamos hacer al respecto�.

Decenas de investigaciones realizadas con ratas han corroborado que la sensaci�n de impotencia constituye el detonante com�n del TEPT. En esos estudios se coloc� a varias parejas de ratas en jaulas separadas que eran sometidas a descargas el�ctricas de baja intensidad (aunque ciertamente muy fuertes para una rata). S�lo una rata de cada par ten�a una palanca en su jaula que le permit�a poner fin a la descarga en ambas jaulas. El experimento, que prosigui� durante semanas, demostr� que las ratas que pod�an poner fin a las descargas no mostraban signos de estr�s, mientras que las que no ten�an esa posibilidad experimentaron cambios cerebrales permanentes. Un ni�o que haya sido tiroteado en el patio de recreo y que haya visto c�mo sus compa�eros caen al suelo ba�ados en sangre —o un maestro que se haya sentido incapaz de impedir la matanza— deben haber experimentado una extraordinaria sensaci�n de impotencia.

EL TEPT COMO DESORDEN LIMBICO

Ya han transcurrido varios meses desde que un violento terremoto la hiciera saltar de la cama y correr gritando de p�nico a trav�s de la oscuridad en busca de su hijo de cuatro a�os. Despu�s, ambos permanecieron durante horas en la fr�a noche de Los Angeles ateridos bajo un portal protector y sin comida, agua ni luz mientras el suelo temblaba bajo sus pies. Hoy en d�a, meses despu�s del incidente, la mujer parece hallarse completamente recuperada del p�nico que la atenaz� los d�as que siguieron al terremoto, cuando una puerta que se cerraba de golpe la hacia temblar de miedo. El �nico s�ntoma que perduraba era su incapacidad para conciliar el sue�o, pero ese problema s�lo se presentaba cuando su marido estaba de viaje, como ocurriera la noche del terremoto.

Los cambios que tienen lugar en el circuito limbico cuyo foco est� en la am�gdala explican los principales s�ntomas del miedo aprendido (incluyendo el miedo intenso propio del TEPT). Algunas de estas alteraciones tienen lugar en el locas ceruleus, una estructura cerebral que regula la secreci�n de dos sustancias denominadas gen�ricamente catecolaminas: la adrenalina y la noradrenalina entre cuyas funciones se cuenta la activaci�n del cuerpo para hacer frente a una situaci�n de urgencia y la grabaci�n de los recuerdos con una intensidad especial. En el caso del TEPT este mecanismo se torna hiperreactivo, insecretando dosis masivas de estos agentes qu�micos cerebrales en respuesta a situaciones que suponen poca o ninguna amenaza pero que evocan el trauma original, como ocurr�a en el caso de los ni�os de la escuela de Cleveland que se sent�an aterrorizados cuando escuchaban una sirena de ambulancia parecida a la que hab�an o�do despu�s del tiroteo.

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El locas ceruleus est� estrechamente ligado a la am�gdala y a otras estructuras limbicas, como el hipocampo y el hipot�lamo; las catecolaminas, por su parte, se difunden a trav�s de todo el c�rtex. Seg�n se cree, los s�ntomas del TEPT —entre los que se cuenta la ansiedad, el miedo, el estado de continua alerta, la alteraci�n, la rapidez de la respuesta de lucha-o-huida y la codificaci�n indeleble de los recuerdos emocionales intensos— dependen de los cambios que tienen lugar en estos circuitos—. Una investigaci�n con excombatientes de la guerra de Vietnam aquejados de TEPT ha mostrado que estas personas presentan un porcentaje de receptores de las catecolaminas un 40% inferior que quienes no presentan estos s�ntomas, dato que parece indicar que sus cerebros han sufrido una alteraci�n permanente que impide el ajuste fino de la secreci�n de catecolaminas. El TEPT tambi�n va acompa�ado de otros cambios en el circuito que conecta el sistema limbico con la pituitaria, encargada de regular la secreci�n de HCT (hormona corticotr�pica), la principal hormona segregada por el cuerpo para activar la respuesta inmediata de lucha-o-huida ante una situaci�n de emergencia.

Las alteraciones que acompa�an al TEPT producen la hipersecreci�n de esta hormona — particularmente en la am�gdala, el hipocampo y el locas ceruleus—, alertando al cuerpo para hacer frente a una urgencia que en realidad no existe.’ Como me coment� el doctor Charles Nemeroff, psiquiatra de la Universidad de Duke: �el exceso de HCT nos hace reaccionar desproporcionadamente. Por ejemplo, cuando un veterano de Vietnam afectado de TEPT, oye una falsa explosi�n procedente del tubo de escape de un autom�vil, la secreci�n de HCT provocar� las mismas sensaciones que experiment� durante el incidente traum�tico. El sujeto empieza a sudar, a sentirse asustado, tiembla, los dientes le casta�etean e incluso puede llegar a revivir la escena original. En las personas que padecen de una hipersecreci�n de HCT, la respuesta de alarma es desmesurada. Cuando, por ejemplo, damos una palmada por sorpresa cualquier persona reacciona sobresalt�ndose pero, en el caso de que la persona padezca de una hipersecreci�n de HCT, desaparece el proceso de habituaci�n y el sujeto seguir� respondiendo a las sucesivas palmadas del mismo modo que lo hizo a la primera�.

Un tercer tipo de alteraciones tambi�n vuelve hiperreactivo al sistema de opi�ceos cerebrales encargado de la secreci�n de las endorfinas que mitigan la sensaci�n de dolor. En este caso, el circuito neural implicado afecta tambi�n a la am�gdala y a una regi�n concreta del c�rtex cerebral. Los opi�ceos son agentes qu�micos cerebrales que tienen un intenso efecto sedante, como ocurre con el opio y otros narc�ticos, de los que son parientes cercanos. Cuando el nivel de endorfinas (�la morfina secretada por nuestro propio cerebro�) es elevado, la persona presenta una marcada tolerancia al dolor, un efecto que ha sido constatado por los cirujanos que tienen que operar en el campo de batalla, quienes han descubierto que los soldados gravemente heridos necesitan menos anestesia para soportar el dolor que los civiles que sufren lesiones mucho menos graves.

Algo similar parece ocurrir durante el TEPT. Los cambios endorfinicos agregan una nueva dimensi�n a los efectos neurales desencadenados por la reexposici�n al trauma, la insensibilizaci�n ante ciertos sentimientos, lo cual tal vez pudiera explicar la presencia de ciertos s�ntomas psicol�gicos �negativos� constatados en el TEPT, como la anhedonia (la incapacidad de sentir placer), la indiferencia emocional generalizada, la sensaci�n de hallarse desconectado de la vida y falto de todo inter�s por los sentimientos de los dem�s, una indiferencia que puede ser vivida por las personas pr�ximas como una falta completa de empat�a. Otro efecto posible es la disociaci�n, la cual incluye la incapacidad para recordar los minutos, las horas o incluso los d�as m�s cruciales del suceso traum�tico.

Las alteraciones neurol�gicas provocadas por el TEPT tambi�n parecen aumentar la susceptibilidad de la persona para sufrir nuevos traumas. Existen investigaciones que demuestran que los animales que se han visto expuestos a un estr�s moderado en su juventud son mucho m�s vulnerables a los cambios cerebrales inducidos por los traumas (un dato que parece sugerir la urgente necesidad de que los ni�os aquejados de TEPT reciban alg�n tipo de tratamiento). Esto tambi�n podr�a explicar por qu�, a pesar de haber estado expuestas a la misma situaci�n catastr�fica, ciertas personas desarrollan un TEPT mientras que otras no lo hacen, puesto que la am�gdala de quienes han sufrido un trauma previo se halla especialmente predispuesta y, ante la presencia de un peligro real, no tarda en alcanzar su cota m�s elevada de activaci�n.

Todas estas alteraciones neurol�gicas ofrecen ventajas a corto plazo para hacer frente a las aterradoras experiencias que las suscitan. A fin de cuentas, en condiciones de extrema dureza, permanecer completamente alerta, activado, presto a la acci�n, impasible ante el dolor, con el cuerpo dispuesto a afrontar una fuerte demanda f�sica y completamente indiferente —por el momento— a lo que, de otro modo, ser�a un acontecimiento angustioso, es una cuesti�n de supervivencia. Pero esta ventaja a corto plazo termina convirti�ndose en un verdadero inconveniente cuando las alteraciones cerebrales que acabamos de mencionar se instalan de manera permanente, como cuando un coche permanece con el acelerador continuamente apretado. El cambio en el nivel de excitabilidad de la am�gdala y otras regiones cerebrales relacionadas, provocado por la exposici�n a un trauma intenso, nos coloca al borde del colapso, una situaci�n en la que el incidente m�s inocuo puede terminar desencadenando f�cilmente un secuestro neural que aboque a una explosi�n de miedo incontrolable.

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EL REAPRENDIZAJE EMOCIONAL

Los recuerdos traum�ticos constituyen fijaciones del funcionamiento cerebral que interfieren con el aprendizaje posterior y, m�s concretamente, con el reaprendizaje de una respuesta normal ante los acontecimientos traum�ticos. En los casos de p�nico adquirido, como, por ejemplo, el TEPT, los mecanismos del aprendizaje y la memoria se desv�an de su cometido. En este caso la am�gdala tambi�n juega un papel muy importante pero, en lo que respecta a la superaci�n del miedo aprendido, es el neoc�rtex el que desempe�a el papel fundamental.

Los psic�logos denominan miedo condicionado al proceso mediante el cual la mente asocia algo que no supone ninguna amenaza a un suceso aterrador. Seg�n Charney, las secuelas producidas por el temor inducido en animales de laboratorio permanecen durante a�os. La regi�n cerebral clave que aprende, recuerda y moviliza el miedo condicionado corresponde al t�lamo, la am�gdala y el l�bulo prefrontal, el mismo circuito, en suma, implicado en el secuestro neural.

En circunstancias normales, el miedo condicionado tiende a remitir con el paso del tiempo, hecho que parece deberse al proceso de reaprendizaje natural que ocurre cuando el sujeto vuelve a enfrentarse al objeto temido en condiciones de completa seguridad. De este modo, por ejemplo, una ni�a que aprendi� a temer a los perros porque fue mordida por un pastor alem�n, ir� perdiendo gradualmente su miedo de manera natural en la medida en que tenga la oportunidad de estar con alguien que tenga un pastor alem�n con el que pueda jugar.

Pero en el caso del TEPT este tipo de reaprendizaje natural no tiene lugar. En opini�n de Charney, ello se debe a que los cambios cerebrales provocados por el TEPT son tan poderosos que cualquier reminiscencia —aun m�nima— de la situaci�n original desencadena un secuestro de la am�gdala que refuerza la respuesta de p�nico. Ello implica que no habr� ninguna ocasi�n en la que el objeto temido pueda ser afrontado con una sensaci�n de calma, porque la am�gdala no es capaz de reaprender una respuesta m�s moderada. �La extinci�n del miedo —observa Charney— parece implicar un proceso de aprendizaje activo�, algo que, por su propia naturaleza, es incompatible con el TEPT, �que provoca la persistencia anormal de los recuerdos emocionales�. Sin embargo, en presencia de las experiencias adecuadas, hasta el TEPT puede ser superado. En tal caso, los intensos recuerdos emocionales y las pautas de pensamiento y de reacci�n que �stos suscitan pueden llegar a modificarse con el tiempo. Pero, en opini�n de Charney, este reaprendizaje debe tener lugar a nivel cortical porque el miedo original grabado en la am�gdala nunca llega a desaparecer del todo y es el c�rtex prefrontal el que inhibe activamente la respuesta de p�nico regulada por la am�gdala.

Richard Davidson, psic�logo de la Universidad de Wisconsin que descubri� la funci�n reguladora de la ansiedad del l�bulo prefrontal izquierdo, se ha interesado por la cuesti�n decisiva de cu�nto tiempo se tarda en superar el �miedo aprendido�. En un experimento de laboratorio en el que se indujo a los participantes una respuesta de aversi�n ante un ruido desagradable —un paradigma del miedo aprendido que se asemeja a un TEPT de baja intensidad—. Davidson descubri� que las personas que presentan una mayor actividad del c�rtex prefrontal izquierdo superan el miedo aprendido m�s r�pidamente, lo cual sugiere la importancia del papel desempe�ado por el c�rtex en la superaci�n de la respuesta de ansiedad aprendida.

LA REEDUCACI�N DEL CEREBRO EMOCIONAL

Uno de los resultados m�s prometedores realizados sobre el TEPT procede de un estudio sobre supervivientes del holocausto nazi, el 75% de los cuales segu�an mostrando, cincuenta a�os m�s tarde, s�ntomas muy intensos de TEPT. El hecho de que el 25% restante hubiera logrado superar este tipo de s�ntomas es un dato sumamente esperanzador que supone que, de un modo u otro, los acontecimientos de su vida cotidiana les hab�an ayudado a contrarrestar de manera natural el problema. Quienes segu�an presentando este tipo de s�ntomas mostraban las alteraciones del nivel de catecolaminas cerebrales caracter�sticas del

 

TEPT, algo que no ocurr�a en quienes hab�an logrado recuperarse. Este descubrimiento, y otros similares realizados en la misma direcci�n, nos hacen concebir la esperanza de que las modificaciones cerebrales provocadas por el TEPT no sean irreversibles y que los seres humanos puedan reponerse incluso de las m�s graves lesiones emocionales o, dicho en otras palabras, que el circuito emocional puede ser reeducado. As� pues, el reaprendizaje puede ayudamos a superar traumas tan profundos como los derivados del TEPT.

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Una de las formas espont�neas de curaci�n emocional —al menos en lo que se refiere a los ni�os— es mediante juegos como el de Purdy. En ellos, la repetici�n permite que los ni�os revivan el trauma sin peligro y abre dos posibles v�as de curaci�n. Por un lado, el recuerdo se actualiza en un contexto de baja ansiedad, desensibiliz�ndolo y permitiendo el afloramiento de otro tipo de respuestas no traum�ticas, mientras que, por el otro, permite el logro de un desenlace imaginario m�s positivo. El juego de Purdy sol�a terminar con la muerte de �ste, un hecho que contrarresta la sensaci�n de impotencia experimentada durante el acontecimiento traum�tico.

Este tipo de juegos es previsible en ni�os peque�os que han sido testigos de una violencia desmedida. La primera persona que advirti� la presencia de estos juegos macabros en los ni�os traumatizados fue la doctora Lenore Terr, psiquiatra infantil de San Francisco. Terr descubri� este tipo de juegos entre los ni�os de Chowchilla, California —una poblaci�n de Central Valley, a una hora aproximada de distancia de Stockton, la ciudad en la que tuvo lugar la masacre de Purdy—, quienes, en el verano de 1973, fueron objeto de un secuestro cuando regresaban a casa en autob�s despu�s de pasar un d�a en el campo. En este caso, los secuestradores llegaron a enterrar el autob�s, y con �l a los ni�os, someti�ndoles a un suplicio que se prolong� durante veintisiete horas.

Cinco a�os despu�s del incidente, Terr descubri� que los recuerdos del secuestro todav�a perduraban en los juegos de sus v�ctimas. Las ni�as, por ejemplo, simulaban secuestros simb�licos cuando jugaban con sus mu�ecas. Una ni�a que hab�a desarrollado una extrema repugnancia al contacto con los excrementos durante el incidente, se pasaba el tiempo lavando a su mu�eca. Una segunda jugaba con su mu�eca a un juego que consist�a en realizar un viaje —sin importar ad�nde— y regresar a salvo; el juego favorito de otra ni�a, por �ltimo, consist�a en meter a la mu�eca en un agujero en el que se supon�a que terminaba asfixi�ndose.

Los adultos que han sufrido un trauma de estas caracter�sticas suelen experimentar una insensibilidad psicol�gica que bloquea todo recuerdo o sentimiento relativo al hecho, pero la mente de los ni�os tiende a reaccionar de manera diferente En opini�n de Terr, esto ocurre porque los ni�os utilizan la fantas�a, el juego y la enso�aci�n cotidiana para rememorar y reconstruir el acontecimiento. Esta evocaci�n deliberada del trauma parece impedir el bloqueo de los recuerdos intensos que luego irrumpen violentamente en forma de flashbacks. En el caso de que el trauma no sea demasiado grave —como ocurre, por ejemplo, en una visita al dentista— tal vez baste con una o dos veces, pero si, por el contrario, se trata de un trauma grave, el ni�o necesitar� reproducir la situaci�n traum�tica una y otra vez en una suerte de ceremonial mon�tono y macabro hasta que pueda desembarazarse de �l.

El arte —uno de los veh�culos a trav�s de los que se expresa el inconsciente— constituye una forma de movilizar los recuerdos estancados en la am�gdala. El cerebro emocional est� estrechamente ligado a los contenidos simb�licos y a lo que Freud denominaba �proceso primarios�, el tipo de pensamiento propio de la met�fora, el cuento, el mito y el arte, una modalidad, por cierto, utilizada con frecuencia en el tratamiento de los ni�os traumatizados. En ocasiones, la expresi�n art�stica puede despejar el camino para que los ni�os hablen de los terribles momentos vividos de un modo que ser�a imposible por otros medios.

Spencer Eth, psiquiatra infantil de Los Angeles especializado en el tratamiento de ni�os traumatizados, cuenta el caso de un ni�o de cinco a�os que fue secuestrado junto a su madre por el ex-amante de �sta. El hombre los condujo a la habitaci�n de un motel en donde oblig� al ni�o a esconderse bajo una manta mientras golpeaba a su madre hasta matarla. Comprensiblemente, el chico se mostraba muy reacio a hablar de todo lo que hab�a vivido durante aquella terrible experiencia, as� que Eth le pidi� que hiciera un dibujo sobre un tema libre.

Eth recuerda que el dibujo representaba a un piloto de coches de carreras cuyos ojos estaban desmesuradamente abiertos, un hecho que Eth interpret� como una referencia a su propia mirada furtiva hacia el asesino. La t�cnica que utiliza Eth para emprender la terapia con este tipo de ni�os consiste en pedirles que hagan un dibujo, porque en casi todos ellos aparecen referencias tangenciales a la escena traum�tica. Adem�s, el hecho de dibujar es, en s� mismo, terap�utico, y pone en marcha un proceso que puede terminar conduciendo a la superaci�n del trauma.

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EL REAPRENDIZAJE EMOCIONAL Y LA SUPERACI�N DEL TRAUMA

Irene hab�a acudido a una cita que acab� en un intento de violaci�n. Aunque hab�a podido librarse de su atacante, �ste continu� amenaz�ndola, molest�ndola en mitad de la noche con llamadas telef�nicas obscenas y siguiendo cada uno de sus pasos.

En cierta ocasi�n, cuando denunci� el hecho a la polic�a, �sta le quit� importancia aduciendo que �en realidad no hab�a pasado nada�. Pero cuando Irene acudi� a la terapia mostraba claros s�ntomas de TEPT, se negaba a mantener ninguna clase de relaciones sociales y se hallaba prisionera en su propia casa.

El caso de Irene lo cita la doctora Judith Lewis Herman, psiquiatra de Harvard que ha desarrollado un m�todo innovador para el tratamiento de los sujetos afectados por un trauma. Este proceso, en opini�n de Herman, pasa por tres fases diferentes: en primer lugar, el paciente debe recuperar cierta sensaci�n de seguridad; seguidamente debe recordar los detalles del trauma y, finalmente, debe atravesar el duelo por lo que pueda haber perdido. S�lo entonces podr� restablecer su vida normal. No es dif�cil advertir la l�gica que subyace a estos tres pasos, porque esta secuencia parece reflejar la forma en que el cerebro emocional reaprende que no hay por qu� considerar la vida como una situaci�n de alarma constante.

El primer paso —recuperar la sensaci�n de seguridad— consiste en disminuir el grado de sobreexcitaci�n emocional —el principal obst�culo para el reaprendizaje— y permitir que el sujeto pueda tranquilizarse— Normalmente, este paso se da ayudando a que el paciente comprenda que sus pesadillas, su permanente sobresalto, su hipervigilancia y su p�nico, forman parte del cuadro de s�ntomas propio del TEPT, un tipo de comprensi�n que, por si solo, proporciona cierto alivio. Esta primera fase tambi�n apunta a que el paciente recupere cierta sensaci�n de control sobre lo que le est� ocurriendo, una especie de desaprendizaje de la lecci�n de impotencia que supuso el trauma. En el caso de Irene, por ejemplo, esta sensaci�n de seguridad pasaba por movilizar a sus amigos y a su familia para formar un cord�n protector entre ella y su perseguidor que le permiti� acudir a la polic�a.

La �inseguridad� que presenta un paciente aquejado de TEPT va m�s all� del miedo que pueda suscitar una amenaza externa y tiene un origen m�s profundo basado en la sensaci�n de que carece de todo control sobre lo que le ocurre, tanto corporal como emocionalmente. Esto es algo muy comprensible, dado que el TEPT hipersensibiliza la am�gdala y rebaja el umbral de activaci�n del secuestro emocional.

La medicaci�n tambi�n contribuye a que el sujeto recupere la sensaci�n de que no se halla a merced de la alarma emocional que le embarga en forma de ansiedad, insomnio o pesadillas. Los especialistas aguardan el d�a en que se descubra una medicaci�n espec�fica que normalice los efectos del TEPT sobre la am�gdala y los neurotransmisores implicados. Por el momento, sin embargo, s�lo contamos con algunos f�rmacos que compensan parcialmente estos desequilibrios, y que suelen ser sustancias que act�an sobre la serotonina y los fi—inhibidores (como, por ejemplo el propranolol), que bloquean la activaci�n del sistema nervioso simp�tico. Los pacientes tambi�n pueden recibir un adiestramiento especial en alg�n tipo de relajaci�n que les permita aliviar su irritabilidad y su nerviosismo. La calma fisiol�gica constituye la clave para que los circuitos emocionales implicados descubran de nuevo que la vida no supone una amenaza constante y restituyan as� al paciente la sensaci�n de seguridad de que gozaba antes de experimentar el trauma.

El segundo paso del camino que conduce a la curaci�n tiene que ver con la narraci�n y reconstrucci�n de la historia traum�tica al abrigo de la seguridad recientemente recobrada, una sensaci�n que permite que el circuito emocional reencuadre los recuerdos traum�ticos y sus posibles detonantes y reaccione de un modo m�s realista ante ellos. Cuando el paciente ya es capaz de relatar los terribles pormenores del incidente se produce una aut�ntica transformaci�n, tanto en lo que ata�e al contenido emocional de los recuerdos como a sus efectos sobre el cerebro emocional. El ritmo de esta rememoraci�n verbal es un factor sumamente delicado y parece reflejar el ritmo natural de recuperaci�n del trauma de quienes no llegan a experimentar el TEPT.

En estos casos parece existir una especie de reloj interno que �alterna� —a lo largo de d�as o incluso de meses— per�odos de recuerdo del incidente con otros en los que el sujeto no parece recordar nada, permitiendo as� una dosificaci�n que favorece la asimilaci�n gradual del incidente perturbador. Esta alternancia entre el recuerdo y el olvido parece fomentar tanto la integraci�n espont�nea del trauma como el reaprendizaje de una nueva respuesta emocional. No obstante, seg�n Herman, en aquellas personas cuyo TEPT se muestra m�s refractario al tratamiento, el mismo hecho de narrar su historia puede suscitar la aparici�n de temores incontrolables, en cuyo caso el terapeuta deber�a disminuir el ritmo, tratando de mantener las reacciones del paciente dentro de unos l�mites soportables que no interrumpieran el proceso de reaprendizaje.

El terapeuta debe alentar al paciente a relatar los sucesos traum�ticos tan minuciosamente como le sea posible, como si estuviera contando una pel�cula de terror, deteni�ndose en cada detalle s�rdido, lo cual

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no s�lo incluye todos los pormenores visuales, auditivos, olfativos y t�ctiles, sino tambi�n las reacciones — miedo, rechazo, n�usea— que le produjeron estas sensaciones. El objetivo que se persigue en esta fase consiste en llegar a traducir verbalmente todas sus vivencias del acontecimiento, lo cual contribuye a la reintegraci�n de recuerdos que pudieran estar disociados y desgajados de la memoria consciente para poder recomponer as� la escena con todo lujo de detalles. Esta tentativa verbalizadora cumple con la funci�n de poner a todos los recuerdos bajo el control del neoc�rtex para que as� las reacciones suscitadas puedan comprenderse y dirigirse mejor. En este punto del proceso de recuperaci�n, el reaprendizaje emocional se logra en buena medida gracias a la vivida rememoraci�n de los sucesos traum�ticos y de las emociones que �stos suscitaron pero, en esta ocasi�n, en el contexto seguro de la consulta de un terapeuta responsable. Este abordaje terap�utico permite que el sujeto experimente directamente que el recuerdo del incidente traum�tico no tiene por qu� ir acompa�ado de un p�nico incontrolable, sino que puede ser revivido con total seguridad.

En el caso del ni�o de cinco a�os que fue testigo del espeluznante asesinato de su madre, el dibujo del personaje con los ojos desorbitadamente abiertos realizado en la consulta de Spencer Eth, fue el �ltimo que hizo. A partir de entonces, �l y su terapeuta se implicaron en diferentes juegos que les permitieron establecer un v�nculo profundo y arm�nico. Poco a poco, el ni�o comenz� a relatar la historia del asesinato, primero de un modo muy estereotipado, repitiendo una y otra vez los mismos detalles pero, con el paso del tiempo, sus palabras fueron haci�ndose cada vez m�s flexibles y fluidas, su cuerpo se fue relajando y, paralelamente, las pesadillas tambi�n fueron desapareciendo, indicadores, todos ellos, en opini�n de Eth, de un cierto �control del trauma�.

Paulatinamente, el tema de las entrevistas fue cambiando y centr�ndose cada vez menos en los miedos relacionados con el trauma y enfoc�ndose en lo que ocurr�a en los acontecimientos cotidianos del ni�o, quien estaba tratando de recuperar paulatinamente el ritmo normal de su vida en su nuevo hogar con su padre. Una vez liberado del trauma, el ni�o fue finalmente capaz de centrarse en su vida cotidiana.

Herman sostiene, asimismo, que los pacientes deben atravesar un per�odo de duelo por las p�rdidas que el trauma haya podido ocasionarles, ya se trate de una herida, de la muerte de un ser amado, de la ruptura de una relaci�n, del arrepentimiento que les ocasiona alg�n paso que no debieran haber dado o simplemente de la crisis que suscita la p�rdida de confianza en el pr�jimo. En este sentido, las quejas que acompa�an a la rememoraci�n verbal de los acontecimientos traum�ticos constituyen un claro indicador de la capacidad del paciente para superar el trauma, porque ello significa que, en vez de estar continuamente asediado por los acontecimientos del pasado, puede comenzar a mirar hacia el futuro y albergar cierta esperanza de que es posible reconstruir su vida libre del yugo del trauma. Es, pues, como s� por fin se pudiera erradicar la reactivaci�n del terror traum�tico por parte del circuito emocional. El sonido de una sirena no tiene por qu� desencadenar un ataque de p�nico y los ruidos nocturnos no deben ir necesariamente acompa�ados de una reacci�n de terror.

Ciertamente, los efectos posteriores y las recurrencias ocasionales de los s�ntomas persisten —dice Herman— pero hay signos inequ�vocos de que el trauma ya ha sido notoriamente superado.

Entre �stos cabe destacar la reducci�n de los s�ntomas fisiol�gicos hasta un nivel soportable y la capacidad de afrontar los sentimientos asociados al recuerdo del trauma. Especialmente significativo resulta el hecho de que los recuerdos traum�ticos dejan de irrumpir de manera descontrolada, que el sujeto es capaz de recordarlos a voluntad, como si se tratara de recuerdos normales y, lo que es quiz� m�s importante, que puede dejar de pensar en ellos. Todo esto implica, finalmente, la reanudaci�n de una nueva vida en la que puedan establecerse profundas relaciones basadas en la confianza y en un sistema de creencias que encuentre sentido incluso a un mundo en el que caben este tipo de injusticias. Todos �stos son, a fin de cuentas, indicadores del �xito de cualquier proceso de reeducaci�n del cerebro emocional.

LA PSICOTERAPIA COMO REAPRENDIZAJE EMOCIONAL

Afortunadamente, las tragedias que quedan grabadas a fuego son relativamente escasas en la vida de la mayor�a de la gente. Sin embargo, a pesar de ello, el mismo circuito emocional que tan profundamente inscribe los recuerdos traum�ticos, tambi�n permanece activo en los momentos menos dram�ticos. Los problemas m�s comunes de la infancia —como, por ejemplo, sentirse cr�nicamente ignorado y falto de atenci�n o afecto, el abandono, la p�rdida o el rechazo social— tal vez no lleguen a alcanzar dimensiones tan traum�ticas, pero tambi�n dejan su impronta en el cerebro emocional, ocasionando distorsiones —y tambi�n l�grimas y arrebatos de c�lera— en las relaciones que el sujeto establecer� durante el resto de su vida. Pero si el TEPT puede curarse, tambi�n pueden serlo las cicatrices emocionales que muchos de nosotros llevamos

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profundamente grabadas. Esa es, precisamente, la tarea de la psicoterapia y, en t�rminos generales, puede afirmarse que una de las principales contribuciones de la inteligencia emocional consiste en aprender a relacionamos de manera m�s inteligente con nuestro lastre emocional.

La din�mica existente entre la am�gdala y el mejor informado c�rtex prefrontal nos proporciona un modelo neuroanat�mico del modo en que la psicoterapia puede ayudamos a superar este tipo de profundas y nocivas pautas emocionales. Como propone Joseph LeDoux, el investigador del sistema nervioso que descubri� el papel que desempe�a la am�gdala como desencadenante de los arrebatos emocionales: �una vez que el sistema emocional aprende algo, parece que jam�s podr� olvidarlo, pero la psicoterapia nos ayuda a revertir esa situaci�n porque, gracias a ella, el neoc�rtex puede aprender a inhibir el funcionamiento de la am�gdala. De este modo, el sujeto puede superar la tendencia a reaccionar de manera autom�tica, aunque las emociones b�sicas provocadas por la situaci�n sigan persistiendo de manera subyacente�.

As� pues, aun despu�s de un proceso de reaprendizaje emocional —o incluso despu�s de una psicoterapia eficaz— siempre queda el vestigio de la reacci�n, del temor o de la susceptibilidad original. El c�rtex prefrontal puede moderar o refrenar el impulso a desbordarse de la am�gdala, pero no puede eliminar completamente su respuesta autom�tica. No obstante, aunque no podamos decidir cuando seremos v�ctimas de un arrebato emocional, s� que podemos ejercer cierto control sobre cuanto tiempo durar�. La pronta recuperaci�n del equilibrio tras un estallido de este tipo bien podr�a ser un �ndice de madurez emocional.

Los principales cambios que tienen lugar durante el proceso de la terapia afectan a las respuestas que el sujeto da a sus reacciones emocionales. Pero no es posible eliminar completamente la tendencia a que se produzca la reacci�n. La prueba de ello nos la proporciona una serie de investigaciones psicoterap�uticas llevadas a cabo por Lester Luborsky y sus colegas de la Universidad de Pennsylvania, que comenzaron llev�ndoles a identificar los principales problemas de relaci�n que conducen al sujeto a buscar ayuda psicoterap�utica: el deseo de ser aceptados, la necesidad de intimidad, el miedo al fracaso o la franca dependencia. A continuaci�n, los investigadores analizaron minuciosamente las respuestas t�picas (siempre autoderrotistas) que los pacientes daban a los temores y deseos que suscitaban sus relaciones, como ser demasiado exigentes (lo que repercut�a negativamente suscitando el rechazo o la indiferencia de los dem�s); o el repliegue a una actitud autodefensiva ante un supuesto desaire (lo que dejaba a la otra persona molesta por el aparente rechazo).

En este tipo de encuentros, condenados de antemano al fracaso, los pacientes se sienten comprensiblemente desbordados por todo tipo de sentimientos frustrantes (como la desesperaci�n, la tristeza, el resentimiento, el rechazo, la tensi�n. el miedo, la culpa, etc�tera), e independientemente de cu�l fuera la pauta concreta manifestada por un determinado paciente, �sta parec�a reproducirse en todas sus relaciones importantes (ya fuera con la esposa, la amante, los hijos, los padres, los jefes o los subordinados).

Sin embargo, en el curso de una terapia a largo plazo, estos pacientes deben afrontar dos tipos de cambios. Por una parte, sus reacciones emocionales ante los acontecimientos que las suscitan se hacen menos acuciantes, y hasta podr�amos decir que se vuelven m�s sosegadas, y, por la otra, su conducta comienza a ser m�s eficaz a la hora de obtener lo que realmente desean. Lo que no cambia, en modo alguno, es el miedo o el deseo subyacente y la punzada inicial de la emoci�n. Los investigadores descubrieron tambi�n que, en el caso de los pacientes que s�lo hab�an asistido a unas pocas sesiones de psicoterapia, las entrevistas mostraban la mitad de las reacciones emocionales negativas que presentaban al comienzo de la terapia y. en cambio, eran doblemente proclives, a obtener la respuesta positiva que tanto anhelaban de la otra persona. Pero recordemos tambi�n que lo que no cambiaba era la especial susceptibilidad subyacente a sus necesidades.

En t�rminos cerebrales, podemos concluir que el sistema l�mbico emite se�ales de alarma ante el menor indicio del acontecimiento temido, pero el c�rtex prefrontal y las �reas anejas son capaces de aprender un modelo de respuesta nuevo y m�s saludable. En resumen, pues, el reaprendizaje emocional —una tarea que, ciertamente, no concluye nunca— puede remodelar hasta los h�bitos emocionales m�s profundamente arraigados de nuestra infancia.


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