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Capitulo 1
IInteligencia Emocional - Espa�ol...Ingl�s

 


14. EL TEMPERAMENTO NO ES EL DESTINO

Hasta ahora hemos estado hablando de la modificaci�n de las pautas de respuesta emocional aprendidas a lo largo de la vida pero �qu� ocurre con aquellas otras respuestas que dependen de nuestra dotaci�n gen�tica? �C�mo transformar las reacciones habituales de aquellas personas que, pongamos por caso, son sumamente inestables o desesperantemente t�midas? Nos estamos refiriendo, claro est�, a aquellos estratos de la emoci�n que podr�amos calificar bajo el ep�grafe del temperamento, el trasfondo de sentimientos que configura nuestra predisposici�n b�sica, el estado de �nimo que caracteriza nuestra vida emocional.
Hasta cierto punto, cada uno de nosotros posee un temperamento innato, se mueve dentro de un espectro concreto de emociones, una caracter�stica que forma parte del bagaje con que nos ha dotado la loter�a gen�tica y cuyo peso se hace sentir a lo largo de toda la vida. Todo padre sabe que, desde el momento de su nacimiento, un ni�o es tranquilo y pl�cido o, en cambio, irritable y dif�cil. La pregunta que ahora debemos hacernos es s� la experiencia vital puede llegar a transformar este equipaje emocional determinado biol�gicamente. �El sustrato biol�gico constituye un determinante irrevocable de nuestro destino emocional o, por el contrario, los ni�os t�midos pueden terminar convirti�ndose en adultos confiados?

La respuesta m�s clara a esta cuesti�n nos la proporciona la investigaci�n llevada a cabo por Jerome Kagan, un eminente psic�logo evolutivo de la Universidad de Harvard. Seg�n Kagan existen al menos cuatro temperamentos b�sicos —t�mido, abierto, optimista y melanc�lico—, correspondientes a cuatro pautas diferentes de actividad cerebral. De hecho, cada ser humano responde con una prontitud, duraci�n e intensidad emocional distinta, y en este sentido es muy probable que existan innumerables diferencias en la dotaci�n temperamental innata, basadas en diferentes tipos constitucionales de actividad neuronal.

La obra de Kagan centra en una de estas pautas el continuo temperamental que va de la apertura a la timidez. Son varias las madres que, a lo largo de los a�os, han estado llevando a sus ni�os al Laboratorio para el Desarrollo Infantil, situado en el cuarto piso del William James Hall, de Harvard, para que tomaran parte en la investigaci�n realizada por Kagan sobre el desarrollo infantil. Ah� fue donde Kagan y sus colaboradores observaron experimentalmente por vez primera los signos de timidez que presentaba un grupo de ni�os de veinti�n meses de edad. En aquella investigaci�n Kagan descubri� que algunos ni�os eran espont�neos, movedizos y jugaban con los dem�s sin la menor vacilaci�n, mientras que otros, por el contrario, eran inseguros, retra�dos, remoloneaban, se aferraban a las faldas de sus madres y se limitaban a observar en silencio el juego de los dem�s. Unos cuatro a�os m�s tarde, cuando los ni�os estaban ya en la guarder�a, el equipo de Kagan repiti� la observaci�n y descubri� que, en todo aquel tiempo, ninguno de los ni�os expansivos se hab�a convertido en t�mido, pero que dos tercios de �stos, en cambio, segu�an si�ndolo.

Kagan descubri� que los ni�os m�s sensibles y asustadizos —del 15 al 20% de los que, seg�n sus propias palabras, son �conductualmente inhibidos� innatos— se transformaron en adultos t�midos y temerosos. Estos ni�os son reacios a todo lo que les resulte poco familiar —tanto probar una nueva comida como aproximarse a animales o lugares desconocidos— y tienden a la autocr�tica y al sentimiento de culpa. Son ni�os que se quedan ansiosamente paralizados en las situaciones sociales (ya sea en la clase, en el patio de recreo, en presencia de personas desconocidas o dondequiera, en suma, que se sientan observados), y, cuando alcanzan la madurez, tienden a permanecer aislados y tienen un miedo enfermizo a dar una charla o a acometer cualquier actividad en la que se sientan expuestos a la mirada ajena.

Tom, uno de los ni�os que participaron en el estudio de Kagan, constituye un verdadero paradigma del t�mido. En cada una de las mediciones que se realizaron a lo largo de la infancia —a los dos, a los cinco y a los siete a�os de edad—, Tom destac� como uno de los ni�os m�s t�midos. En la entrevista que tuvo lugar a los trece a�os de edad, Tom permanec�a tenso y r�gido, se mord�a los labios, retorc�a las manos y se manten�a impasible —s�lo lleg� a esbozar una sonrisa cuando la entrevista vers� sobre su amiguita—, sus respuestas eran lac�nicas y sus maneras, sumisas. Seg�n dijo, durante todo aquel tiempo hab�a sido muy t�mido y sudaba cada vez que ten�a que aproximarse a alguno de sus compa�eros. Tambi�n se hab�a sentido perturbado por multitud de miedos (miedo a que su casa se quemase, miedo a lanzarse a la piscina, miedo a estar solo en la oscuridad, etc�tera) y se vio asaltado por muchas pesadillas en las que era atacado por monstruos. Es cierto que en los �ltimos dos a�os ten�a menos verg�enza que antes, pero todav�a sufr�a alguna ansiedad cuando estaba con otros ni�os, y sus preocupac iones se centraban ahora en el rendimiento escolar, aunque era uno de los alumnos m�s aventajados. Tom era hijo de un cient�fico y planeaba estudiar ciencias porque la aparente soledad de su desempe�o se ajustaba perfectamente a su predisposici�n introvertida.

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Ralph, por el contrario, era uno de los ni�os m�s abiertos y expansivos, del estudio. Era un ni�o muy locuaz que siempre estaba relajado; a los trece a�os permanec�a c�modamente sentado, sin mostrar el menor signo de nerviosismo y hablaba con el entrevistador en un tono confiado y cordial, como si fuera uno m�s de sus compa�eros (a pesar de que la diferencia de edad entre ellos fuera de unos veinticinco a�os). Durante la infancia, s�lo hab�a sentido dos miedos pasajeros, uno de ellos a los perros (despu�s de que un gran perro saltara sobre �l a la edad de tres a�os) y el otro a volar (cuando, a los siete a�os de edad, oy� hablar de un accidente de aviaci�n). Sociable y popular, Ralph nunca se hab�a considerado un ni�o vergonzoso.

Los ni�os t�midos parecen venir a la vida con un sistema nervioso que les hace sumamente reactivos a las m�s leves tensiones y, desde el mismo momento del nacimiento, sus corazones laten m�s r�pidamente que los de los dem�s en respuesta a situaciones extra�as o ins�litas. La frecuencia cardiaca de los ni�os que, a los veinti�n meses, se mostraban m�s reacios a jugar, era m�s acelerada que la de los dem�s. Y es precisamente esa ansiedad y esa hiperexcitabilidad lo que parece subyacer a su timidez, puesto que se enfrentan a cualquier persona o situaci�n desconocida como si se tratara de una amenaza potencial. Y tal vez sea tambi�n por ello por lo que las mujeres de mediana edad que recuerdan haber sido especialmente vergonzosas en su infancia tienden a vivir con m�s miedos, preocupaciones y culpabilidad y a padecer m�s problemas relacionados con el estr�s (dolores de cabeza, col�n irritable y otros problemas digestivos) que aqu�llas otras que durante la infancia eran m�s abiertas y expresivas:

LA NEUROQUIMICA DE LA TIMIDEZ

En opini�n de Kagan, la diferencia existente entre el cauteloso Tom y el expansivo Ralph se origina en la excitabilidad de un circuito nervioso centrado en la am�gdala. Seg�n Kagan, la gente proclive, como Tom, a la timidez, tiene una predisposici�n neuroquimica innata a la hiperexcitabilidad de ese circuito y �ste es el motivo por el cual evitan las situaciones desconocidas, huyen de la incertidumbre y sufren de ansiedad. Por el contrario, quienes, como Ralph, tienen un sistema nervioso calibrado a un umbral superior de activaci�n de la am�gdala, son menos temerosos, m�s expansivos y m�s dispuestos a explorar lugares desconocidos y conocer a nuevas personas.

Uno de los indicadores m�s tempranos de este patr�n nervioso heredado es lo dif�cil e irritable que es el ni�o o lo tenso que se pone cada vez que debe enfrentarse a algo o alguien desconocido. El hecho es que uno de cada cinco ni�os reci�n nacidos cae en la categor�a de los t�midos y que dos de cada cinco lo hacen en la categor�a de los abiertos.

Gran parte de los datos presentados por Kagan proceden de observaciones realizadas con gatos, que son animales extraordinariamente t�midos. Uno de cada siete gatos caseros presenta una pauta de timidez parecida a la de los ni�os vergonzosos; son gatos que, en lugar de exhibir la legendaria curiosidad felina, huyen de las novedades, son reacios a explorar nuevos territorios y son tan retra�dos que s�lo atacan a los roedores peque�os (mientras que sus cong�neres m�s animosos no dudan en perseguir a roedores mayores). Las investigaciones realizadas directamente en el cerebro de los gatos t�midos muestran una am�gdala m�s excitable de lo normal, especialmente cuando, por ejemplo, oyen el maullido amenazador de otro gato.

En el caso de los gatos, la timidez aparece alrededor del primer mes de vida, que es el momento en el que la am�gdala se encuentra suficientemente madura para asumir el control de los circuitos nerviosos cerebrales encargados de las respuestas de aproximaci�n o huida. Un mes en el cerebro de un gatito es equiparable a ocho meses en el cerebro humano, el periodo en el que, seg�n Kagan, aparece el miedo a lo �desconocido� en los beb�s (es precisamente durante este per�odo, si la madre abandona la habitaci�n y deja al ni�o en presencia de un extra�o, el ni�o rompe a llorar). Tal vez —postula Kagan— los ni�os t�midos hereden un porcentaje cr�nicamente elevado de noradrenalina o de alg�n otro neurotransmisor cerebral que estimule la am�gdala y as� rebaje el umbral de excitabilidad que facilite la activaci�n de la am�gdala.

Uno de los s�ntomas de esta exacerbaci�n de la sensibilidad es que ante situaciones de estr�s (como, por ejemplo, olores desagradables) los chicos y chicas que vivieron una infancia t�mida muestran una frecuencia cardiaca mucho m�s elevada que la de sus compa�eros, un s�ntoma que sugiere que la noradrenalina est� activando su am�gdala y todo su sistema nervioso simp�tico. Kagan descubri� que los ni�os t�midos presentan una reactividad mayor en todas las manifestaciones del sistema nervioso simp�tico, desde la presi�n sangu�nea hasta la dilataci�n de las pupilas y los niveles de marcadores de noradrenalina en su orina.

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El silencio es tambi�n otro term�metro de la timidez. Dondequiera que el equipo de Kagan observara ni�os t�midos y ni�os abiertos en un entorno natural —ya fuera en el jard�n de infancia, con ni�os desconocidos o charlando con el entrevistador—, los ni�os t�midos hablaban menos. Un ni�o t�mido de esta edad no suele responder cuando le hablan, y pasa mucho m�s tiempo mirando c�mo juegan los dem�s. En opini�n de Kagan, el silencio vergonzoso frente a una situaci�n ins�lita o frente a lo que percibe como una amenaza constituye un signo de la actividad de los circuitos nerviosos que conectan la zona frontal, la am�gdala y las estructuras l�mbicas pr�ximas que controlan la capacidad de vocalizar (los mismos circuitos que nos hacen �colapsamos� en situaciones de estr�s).

Estos ni�os hipersensibles corren un gran riesgo de desarrollar trastornos de ansiedad —como, por ejemplo, ataques de p�nico— en una �poca tan temprana como el sexto o s�ptimo curso. En un estudio llevado a cabo sobre 754 chicos y chicas de estas edades se descubri� que 44 de ellos ya hab�an sufrido al menos un ataque de p�nico o hab�an experimentado s�ntomas similares con anterioridad. Normalmente, estos episodios de ansiedad fueron desencadenados por las situaciones conflictivas propias de la temprana adolescencia -como una primera cita o un examen importante, por ejemplo-, situaciones que la mayor�a de los ni�os aprende a manejar sin llegar a desarrollar problemas m�s serios. Pero los adolescentes temperamentalmente t�midos y normalmente temerosos de las situaciones desconocidas presentaban los s�ntomas t�picos del p�nico (palpitaciones card�acas, insuficiencia respiratoria o una sensaci�n de angustia) junto al sentimiento de que algo terrible estaba a punto de ocurrirles (como, por ejemplo, volverse locos o morir). Los investigadores creen que, aunque los episodios no eran lo bastante significativos como para merecer el diagn�stico psiqui�trico de �crisis de p�nico�, estos adolescentes corren un grave riesgo de desarrollar este tipo de problemas; de hecho, muchos de los adultos que sufren de ataques de p�nico afirman que �stos comenzaron en su pubertad. El punto de partida de los ataques de ansiedad est� estrechamente ligado a la pubertad. Las chicas que manifiestan pocos signos de pubertad no suelen presentar tales ataques pero un 8% aproximadamente de las que atraviesan la pubertad afirman haber experimentado ataques de p�nico que suelen terminar conduci�ndolas a una contracci�n cr�nica ante la vida.

NADA ME PREOCUPA: EL TEMPERAMENTO ALEGRE

En los a�os veinte, mi joven t�a June abandon� su hogar de Kansas City y se aventur� a viajar sola a Shanghai, un viaje realmente peligroso en aquellos tiempos para una mujer. En ese centro internacional del comercio y de la intriga, mi t�a conoci� a un funcionario brit�nico de la polic�a colonial que terminar�a convirti�ndose en su marido. Cuando, a comienzos de la II Guerra Mundial, los japoneses ocuparon Shanghai, mis t�os fueron internados en el campo de concentraci�n sobre el que versa la pel�cula El imperio del sol. Despu�s de sobrevivir a los terribles a�os pasados en el campo de prisioneros, mis t�os lo hab�an perdido pr�cticamente todo y fueron repatriados a la Columbia Brit�nica.

Todav�a recuerdo el primer enc uentro que tuve con mi t�a June, una mujer anciana y vital cuya vida hab�a seguido un curso extraordinario. En sus �ltimos a�os sufri� un ataque de apoplej�a que la manten�a parcialmente paralizada pero, tras un lento y arduo proceso de rehabilitaci�n, pudo volver a caminar renqueando. Recuerdo que uno de aquellos d�as me hallaba paseando con ella —ya en sus setenta a�os— cuando se rezag� y al cabo de unos instantes o� su d�bil grito pidiendo ayuda. Mi t�a se hab�a ca�do y no pod�a ponerse en pie. Yo me precipit� a ayudarla y cuando lo hice, en lugar de lamentarse, se ri� de sus apuros y su �nico comentario fue un despreocupado �bueno, al menos puedo caminar de nuevo�.

Hay personas, como mi t�a, cuyas emociones parecen gravitar de forma natural en torno al polo positivo; son personas naturalmente optimistas y despreocupadas. Hay otras, en cambio, que son malhumoradas y melanc�licas. Esta dimensi�n del temperamento —entusiasta en un extremo y melanc�lico en el otro— parece estar ligada a la actividad relativa de las �reas prefrontales derecha e izquierda, los polos superiores del cerebro emocional.

Esta es, al menos, la conclusi�n fundamental de la investigaci�n realizada por Richard Davidson, un psic�logo de la Universidad de Wisconsin que descubri� que las personas que tienen una actividad predominantemente m�s intensa en el l�bulo frontal izquierdo son temperamentalmente alegres, disfrutan del contacto con las personas y las situaciones que la vida les depara y se recuperan prontamente de los contratiempos (como ocurr�a en el caso de mi t�a June).

En cambio, aquellos otros cuya actividad preponderante radica en el l�bulo prefrontal derecho son proclives a la negatividad y a los estados de �nimo agrios, y se desconciertan con m�s facilidad ante los contratiempos. Parece, pues, como si fueran incapaces de desconectarse de sus preocupaciones y de sus depresiones.

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En uno de los experimentos t�picos realizados por Davidson, se compar� a una serie de voluntarios que presentaban una actividad prefrontal preponderantemente izquierda con otros quince sujetos que mostraban una mayor actividad en el lado derecho.

Aqu�llos con una marcada actividad frontal derecha presentaban una pauta caracter�stica de negatividad en un test de personalidad, se asemejaban al personaje caricaturizado por las pel�culas de Woody Al�en, el tipo neurast�nico que ve cat�strofes hasta en las cosas m�s nimias, el sujeto propenso a asustarse y a enfadarse, suspicaz ante un mundo pre�ado de abrumadoras dificultades y de peligros ocultos. Por su parte, aqu�llos en quienes predominaba la actividad prefrontal izquierda ve�an el mundo de un modo muy diferente a como lo hac�an los melanc�licos. Eran sociables y alegres, ten�an una gran confianza en s� mismos y se sent�an provechosamente comprometidos con la vida. Sus puntuaciones en los tests psicol�gicos suger�an un menor peligro de caer en la depresi�n o sufrir otra clase de trastornos emocionales. Davidson tambi�n descubri� que, a diferencia de lo que ocurre con quienes nunca han estado deprimidos, las personas que tienen un historial de depresi�n cl�nica presentan un menor nivel de actividad cerebral en el l�bulo frontal izquierdo y, por el contrario, una mayor activaci�n en el lado derecho, un patr�n que tambi�n se presentaba en aquellos pacientes a quienes se diagnosticaba una depresi�n por vez primera. A partir de esos datos —que, por cierto, todav�a requieren de una adecuada verificaci�n experimental— Davidson formul� la hip�tesis de que las personas que han superado una depresi�n aprenden a intensificar el nivel de actividad de su l�bulo prefrontal izquierdo.

Aunque esta investigaci�n se haya realizado sobre el 30% aproximado de personas que se sit�an en ambos extremos de esta dimensi�n, casi todo el mundo —dice Davidson— puede ser clasificado, en funci�n de sus pautas de ondas cerebrales, como tendiendo hacia uno u otro de ambos tipos, puesto que el contraste temperamental existente entre el tipo arisco y el tipo alegre se manifi esta de muchos modos diferentes. Por ejemplo, en un determinado experimento, un grupo de voluntarios contemplaba varios cortometrajes. Algunos de ellos eran divertidos —como el ba�o de un gorila o los juegos de un cachorrillo, por ejemplo— mientras que otros, por el contrario -como una pel�cula en la que se instru�a a las enfermeras sobre los desagradables pormenores caracter�sticos de la Cirug�a—, eran sumamente ingratos. Los sujetos que hab�an sido adscritos al tipo hemisferio derecho consideraron que las pel�culas divertidas no lo eran tanto, pero mostraron un disgusto y un desasosiego manifiesto en reacci�n a la sangre y al bistur�. El grupo alegre, por su parte, apenas si reaccion� ante la pel�cula m�dica, pero si que lo hizo ante las pel�culas divertidas.

As� pues, parece como si el temperamento nos predispusiera para reaccionar ante la vida con un registro emocional positivo o negativo. Al igual que ocurr�a con la dimensi�n timidez-apertura, la tendencia hacia el temperamento melanc�lico u optimista aparece tambi�n durante el primer a�o de vida, hecho que apoya fuertemente la hip�tesis de que el temperamento es un dato gen�ticamente determinado. Como sucede con la mayor parte del cerebro, durante los primeros meses de vida, los l�bulos frontales todav�a est�n madurando y su actividad no puede valorarse de un modo fiable hasta los diez meses de edad aproximadamente. Pero, en ni�os de esa edad, Davidson encontr� que el nivel de activaci�n relativa de los l�bulos prefrontales predec�a, con una correlaci�n de casi el 100%, si los ni�os llorar�an cuando su madre abandonara la habitaci�n De las muchas decenas de ni�os valorados de este modo, todos los que lloraron mostraron una preponderancia de la actividad cerebral del l�bulo derecho, mientras que en aqu�llos que no lo hicieron ocurr�a exactamente lo contrario.

Hay que a�adir, por �ltimo, que, aun en el caso de que esta dimensi�n temperamental se establezca desde el momento del nacimiento —o en alg�n momento muy pr�ximo a �l—, quienes manifiesten una pauta arisca no est�n necesariamente condenados a pasar la vida encerrados en su habitaci�n haciendo calceta. De hecho, las lecciones emocionales que recibimos en la infancia pueden tener un impacto muy profundo sobre el temperamento, ya sea amplificando o enmudeciendo una determinada predisposici�n gen�tica. La gran plasticidad del cerebro infantil determina que las experiencias que acontezcan en estos momentos tempranos tengan un impacto duradero a la hora de modelar los caminos neuronales por los que discurrir� el resto de nuestra vida. Tal vez la mejor ilustraci�n del tipo de experiencias que pueden modificar positivamente el temperamento sea la que nos proporciona la investigaci�n llevada a cabo por Kagan con ni�os t�midos.

DOMESTICAR A LA HIPEREXCITABLE AM�GDALA

Las alentadoras novedades que nos proporciona la investigaci�n llevada a cabo por Kagan es que no todos los miedos de la infancia siguen desarroll�ndose durante toda la vida, es decir, que el temperamento no es el destino y que las experiencias adecuadas pueden reeducar la hiperexcitabilidad de la am�gdala. Lo que determina la diferencia son las lecciones emocionales y las respuestas que los ni�os aprenden durante su proceso de crecimiento. Lo que cuenta al comienzo para el ni�o t�mido es c�mo le tratan sus padres, y es as� como aprenden a superar su timidez natural. Los padres que planifican experiencias gradualmente alentadoras para sus hijos les brindan la posibilidad de superar para siempre sus temores.

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Uno de cada tres ni�os que llega al mundo con todos los s�ntomas de una am�gdala hiperexcitable termina perdiendo la timidez cuando entra en la guarder�a. De la observaci�n de estos ni�os, previamente temerosos, queda claro que los padres —y especialmente las madres— desempe�an un papel important�simo en el hecho de que un ni�o innatamente t�mido se fortalezca con el correr de los a�os o siga huyendo de lo desconocido y se llene de inquietud ante cualquier dificultad. La investigaci�n realizada por el equipo de Kagan descubri� que algunas madres creen que deben proteger a sus hijos t�midos de toda perturbaci�n; otras, en cambio, consideran que es m�s importante apoyarles para que ellos mismos aprendan a afrontar estos momentos y acostumbrarles as� a los peque�os contratiempos de la vida. La sobreprotecci�n, pues, parece alentar el temor privando a los m�s j�venes de la oportunidad de aprender a superar sus miedos, mientras que, en cambio, la filosof�a de �aprender a adaptarse� parece contribuir a que los ni�os m�s temerosos desarrollen su valor.

Las observaciones realizadas en el hogar demostraron que, a los seis meses de edad, las madres protectoras que trataban de consolar a sus hijos, les cog�an y les manten�an en sus brazos cuando estaban agitados o lloraban, y lo hac�an m�s que aqu�llas otras que trataban de ayudar a que sus hijos aprendieran a dominar por si mismos estos momentos de desasosiego. La proporci�n entre las veces en que eran cogidos por sus madres cuando estaban tranquilos y cuando estaban inquietos demostr� que las madres protectoras sosten�an a sus hijos en brazos mucho m�s durante los momentos de inquietud que durante los de calma.

Al a�o de edad, la investigaci�n demostr� la existencia de otra marcada diferencia. Las madres protectoras se mostraban m�s indulgentes y ambiguas a la hora de poner l�mites a sus hijos cuando �stos estaban haciendo algo que pod�a resultar peligroso como, por ejemplo, meterse en la boca un objeto que pudieran tragarse. Las otras madres, por el contrario, eran emp�ticas, insist�an en la obediencia, impon�an l�mites claros y daban �rdenes directas que bloqueaban las acciones del ni�o.

�Pero c�mo la firmeza de una madre puede conducir a una disminuci�n de la timidez? En opini�n de Kagan, cuando un ni�o se arrastra decididamente hacia algo que le parece atractivo y su madre le interrumpe con un contundente ��ap�rtate de eso!� se produce un aprendizaje en el que el ni�o se ve obligado a hacer frente a una leve sensaci�n de incertidumbre. La repetici�n de esta situaci�n centenares de veces durante el primer a�o de vida proporciona al ni�o una serie de ensayos en peque�a escala que le ayudan a aprender a afrontar lo inesperado. Esta es, precisamente, la clase de encuentro que debe aprender a controlar el ni�o t�mido, y la forma m�s adecuada de hacerlo es en peque�as dosis. Si los padres se muestran amorosos pero no cogen en brazos al ni�o y le consuelan ante cada peque�o contratiempo, �ste terminar� aprendiendo por si mismo a controlar estas situaciones. A los dos a�os de edad, cuando volv�an a llevar los ni�os temerosos al laboratorio de Kagan, se mostraron mucho menos propensos a llorar ante el gesto serio de un extra�o o cuando un experimentador les pon�a un esfigmoman�metro en el brazo para medir su tensi�n sangu�nea.

La conclusi�n de Kagan fue la siguiente: �parece que las madres que protegen a sus hijos muy reactivos contra la frustraci�n y la ansiedad, esperando ayudar as� a la superaci�n de este problema, aumentan la incertidumbre del ni�o y terminan provocando el efecto contrario� En otras palabras, parece que la estrategia protectora priva a los ni�os de la oportunidad de aprender a calmarse a si mismos frente a lo desconocido y as� poder superar un poco m�s sus miedos. A nivel neurol�gico, esto significa que los circuitos prefrontales pierden la oportunidad de aprender respuestas alternativas ante el miedo reflejo y, en su lugar, la repetici�n simplemente fortalece la tendencia a la timidez.

Por el contrario, seg�n me dijo Kagan: �Aqu�los ni�os que hab�an logrado vencer su timidez en la guarder�a ten�an padres que ejerc�an una leve presi�n para que fueran m�s sociables. Aunque este rasgo temperamental parezca m�s dif�cil de cambiar que otros —probablemente a causa de sus fundamentos fisiol�gicos— no existe ninguna cualidad humana que sea inmutable�.

A lo largo de la infancia algunos ni�os t�midos se van abriendo en la medida en que la experiencia va moldeando su sistema nervioso. La presencia de un alto nivel de competencia social (la cooperaci�n, el buen trato con los dem�s ni�os, la empat�a, la predisposici�n a dar y compartir, la consideraci�n y la capacidad de desarrollar amistades �ntimas ) constituye uno de los predictores de que un ni�o t�mido terminar� superando esta inhibici�n natural. Estos eran los rasgos caracter�sticos de un grupo de ni�os que, a la edad de cuatro a�os, hab�an sido identificados como t�midos y que cambiaron a eso de los diez a�os de edad. Por el contrario, aquellos otros ni�os t�midos cuyo temperamento no sufri� ning�n cambio perceptible a los diez a�os de edad, eran menos diestros emocionalmente (lloraban, se alejaban cuando deb�an enfrentarse a alguna situaci�n problem�tica, se mostraban emocional mente torpes, eran miedosos, ariscos, sol�an irritarse ante la menor frustraci�n, ten�an dificultades para demorar la gratificaci�n, eran muy suspicaces a las criticas y eran desconfiados). Estas lagunas emocionales constituyen serios obst�culos en su relaci�n con los dem�s ni�os, a quienes ponen en situaci�n de tener que acercarse a ellos.

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No es dif�cil advertir el motivo por el cual los ni�os emocionalmente m�s competentes tienden a superar espont�neamente su timidez (aunque sean temperamentalmente vergonzosos) puesto que su destreza social les abre un abanico m�s amplio de experiencias positivas con los dem�s. Son ni�os que, una vez que rompen el hielo que supone, por ejemplo, dirigirse a un nuevo compa�ero son socialmente brillantes. La repetici�n de esta situaci�n a lo largo de los a�os tiende naturalmente a convertirles en personas mucho m�s seguras de s� mismas.

Estos avances hacia la apertura resultan muy alentadores porque sugieren que, en cierto modo, hasta las mismas pautas emocionales innatas pueden cambiar. Un ni�o que nace temeroso puede aprender a tranquilizarse o incluso a abrirse a lo desconocido. La timidez —o cualquier otro rasgo temperamental— forma parte de nuestro bagaje biol�gico, pero eso no significa que nos hallemos inexorablemente condicionados por los rasgos emocionales heredados. As� pues, aun dentro de las limitaciones gen�ticas disponemos de la posibilidad de cambiar. Como observan los estudiosos de la gen�tica de la conducta, nuestro comportamiento no s�lo est� determinado gen�ticamente sino que el ambiente —especialmente la experiencia y el aprendizaje— configura la forma en que una predisposici�n temperamental se manifiesta a lo largo de la vida. La capacidad emocional, pues, no constituye un dato inmutable puesto que, con el aprendizaje adecuado, puede modificarse. Las razones que explican este hecho hay que buscarlas en el modo en que madura el cerebro humano.

LA INFANCIA: UNA PUERTA ABIERTA A LA OPORTUNIDAD

En el momento del nacimiento, el cerebro del ser humano no est� completamente formado sino que sigue desarroll�ndose y es en la temprana infancia cuando este proceso de crecimiento es m�s intenso. El ni�o nace con muchas m�s neuronas de las que poseer� en su madurez y, a lo largo de un proceso conocido con el nombre de �podado�, el cerebro va perdiendo las conexiones neuronales menos frecuentadas y fortaleciendo aquellos circuitos sin�pticos m�s utilizados. De este modo, el �podado�, al eliminar las sinapsis menos utilizadas, mejora la relaci�n se�al/ruido del cerebro extirpando la causa misma del �ruido�. Este proceso es constante y r�pido, ya que las conexiones sin�pticas pueden establecerse en cuesti�n de d�as o incluso de horas. La experiencia, especialmente durante la infancia, va esculpiendo nuestro cerebro.

La demostraci�n cl�sica del impacto de la experiencia sobre el desarrollo del cerebro la proporcionaron los premios Nobel Thorsten Wiesel y David Hubel, neurocient�ficos, que demostraron la existencia de un per�odo critico, durante los primeros meses de vida de los gatos y de los monos, en el desarrollo de las sinapsis que portan las se�ales procedentes del ojo hasta el c�rtex visual, en donde son interpretadas. Si durante este per�odo se mantiene, por ejemplo, un ojo cerrado, el n�mero de sinapsis que conectan ese ojo con el c�rtex visual disminuye, mientras que las del ojo abierto se multiplican. Cuando, tras este periodo cr�tico, se destapa este ojo, el animal permanece funcionalmente ciego de este ojo, una ceguera que no se debe a ning�n defecto anat�mico sino que est� relacionada con el peque�o n�mero de sinapsis que conectan el ojo con el c�rtex visual.

En el caso de los seres humanos, el correspondiente per�odo cr�tico para el desarrollo de la visi�n se prolonga durante los seis primeros a�os de vida. Durante este tiempo, la visi�n normal estimula la formaci�n de conexiones neuronales cada vez m�s complejas entre el ojo y el c�rtex visual. El hecho de mantener cerrado un ojo durante este per�odo unas pocas semanas puede terminar produciendo un d�ficit mensurable en la capacidad visual de este ojo. Los ni�os que, por las razones que fuere, han permanecido con un ojo cerrado durante varios meses durante este per�odo, muestran una clara p�rdida en la percepci�n visual de los detalles.

Una v�vida demostraci�n del impacto de la experiencia sobre el desarrollo del cerebro procede de estudios realizados sobre ratas �ricas� y ratas �pobres�.” Las ratas �ricas� viv�an en peque�os grupos en jaulas llenas de entretenimientos para ratas (como, por ejemplo, escaleras y norias), mientras que las ratas �pobres� estaban en jaulas similares pero carentes de toda diversi�n. Al cabo de varios meses, el neoc�rtex de las ratas ricas desarroll� redes neuronales mucho m�s complejas, mientras que el n�mero de conexiones sin�pticas establecidas por las ratas pobres era comparativamente mucho menor. La diferencia era tan notable que los cerebros de las ratas ricas llegaron a ser mucho m�s pesados y no deber�a sorprendernos que se mostraran mucho m�s diestras que las ratas pobres en encontrar la salida de los laberintos con los que se trataba de determinar su inteligencia. Similares experimentos realizados con monos mostraron las mismas diferencias entre una experiencia �rica� y �pobre� y cabe esperar el mismo resultado en el caso de los seres humanos.

La psicoterapia, es decir, el reaprendizaje emocional sistem�tico, constituye un ejemplo palpable de la forma en que la experiencia puede cambiar las pautas emocionales y remodelar nuestro cerebro. La demostraci�n m�s clara de este hecho nos lo proporciona una investigaci�n realizada con personas que estaban siendo tratadas de des�rdenes obsesivo-compulsivos. Una de las compulsiones m�s comunes es la de lavarse las manos, un acto que puede llegar a repetirse tantas veces al d�a que la piel de la persona termina agriet�ndose. Los estudios realizados con esc�neres TEP [tomograf�a de emisi�n de positronesj han demostrado que la actividad de los l�bulos prefrontales de los obsesivo—compulsivos es muy superior a la normal. La mitad de los pacientes del estudio recibieron el mismo tratamiento farmacol�gico normal, fluoxetina (m�s conocido por su nombre comercial, Prozac) y la otra mitad recibieron terapia de conducta. Durante el proceso terap�utico, los sujetos fueron sistem�ticamente expuestos al objeto de su obsesi�n o compulsi�n sin que pudieran llevar a cabo su ritual (as�, por ejemplo, a los pacientes que se lavaban las manos compulsivamente se les colocaba en un lugar sucio sin que tuvieran la posibilidad de lavarse).

Al mismo tiempo se les ense�aba a cuestionar los miedos y las amenazas que les apremiaban (por ejemplo, que el hecho de no lavarse les llevar�a a contraer una enfermedad y a morir). Tras varios meses de estas sesiones, las compulsiones fueron desapareciendo gradualmente al igual que lo hicieron en el caso de aquellos otros pacientes a quienes se les hab�a administrado medicaci�n.

Pero el hallazgo m�s notable fue un esc�ner TEP que mostraba que la actividad de una regi�n clave del cerebro emocional de los pacientes sometidos a terapia de modificaci�n de conducta —el n�cleo caudado— descendi� de un modo tan significativo como ocurri� en el caso de aquellos otros tratados eficazmente con fluoxetina. �Su experiencia hab�a llegado a modificar su funcionamiento cerebral —y les hab�a liberado de los s�ntomas— tan eficazmente como la medicaci�n!

MOMENTOS CLAVE

El cerebro del ser humano necesita mucho m�s tiempo que el de cualquier otra especie para llegar a madurar completamente.

Cada regi�n del cerebro se desarrolla a una velocidad diferente a lo largo de la infancia, y el comienzo de la pubertad jalona uno de los per�odos m�s cr�ticos del proceso de �podado� cerebral. Algunas de las regiones cerebrales que maduran m�s lentamente son esenciales para la vida emocional. Mientras que las �reas sensoriales maduran durante la temprana infancia y el sistema limbico lo hace en la pubertad, los l�bulos frontales —sede del autocontrol emocional, de la comprensi�n emocional y de la respuesta emocional adecuada— siguen desarroll�ndose posteriormente durante la tard�a adolescencia hasta alg�n momento entre los diecis�is y los dieciocho a�os de edad.

Los h�bitos de control emocional que se repiten una y otra vez a lo largo de toda la infancia y la pubertad van modelando las conexiones sin�pticas. De este modo, la infancia constituye una oportunidad crucial para modelar las tendencias emocionales que el sujeto mostrar� durante el resto de su vida, y los h�bitos adquiridos en esta �poca terminan grab�ndose tan profundamente en el entramado sin�ptico b�sico de la arquitectura neuronal, que despu�s son muy dif�ciles de modificar. Dada la importancia de los l�bulos prefrontales en el control de la emoci�n, la misma oportunidad que permite el modelado sin�ptico de esta regi�n cerebral implica que las experiencias del ni�o tambi�n pueden terminar modelando conexiones duraderas en los circuitos reguladores del cerebro emocional. Como ya hemos visto, la sensibilidad de los padres a las necesidades de sus hijos, las ocasiones y la gu�a con que cuentan �stos para aprender a controlar sus propios impulsos y el ejercicio de la empat�a constituyen elementos fundamentales del desarrollo emocional. Por el mismo motivo, el descuido, el abuso, la falta de sinton�a, la brutalidad y la indiferencia pueden dejar su negativa impronta profundamente grabada en los circuitos nerviosos de la emoci�n.

Una de las lecciones emocionales m�s fundamentales, aprendida en la m�s temprana infancia y perfeccionada a lo largo del resto de la ni�ez, tiene que ver con la forma de consolarse cuando uno est� afligido. En el caso de los ni�os muy peque�os, el consuelo procede de sus cuidadores: una madre escucha el llanto de su hijo, le coge, le sostiene en sus brazos y le mece hasta que se tranquiliza. En opini�n de algunos te�ricos, esta conexi�n biol�gica ense�a al ni�o la forma de hacer esto consigo mismo. Entre los diez y los dieciocho meses existe un per�odo cr�tico durante el cual se establecen unas conexiones entre la regi�n orbitofrontal del c�rtex prefrontal y el cerebro l�mbico que constituyen una especie de interruptor de la ansiedad. Los investigadores sostienen que los ni�os que han experimentado suficientes episodios de consuelo durante este periodo disponen de una conexi�n limbico-orbitofrontal m�s s�lida que les ayuda a controlar la ansiedad y a tranquilizarse a s� mismos durante el resto de su vida.

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A decir verdad, el arte de tranquilizarse a su mismo se aprende a lo largo de los a�os y recurriendo a medios distintos a medida que la maduraci�n del cerebro le proporciona herramientas emocionales cada vez m�s sofisticadas. Recordemos que los l�bulos frontales, tan importantes para la regulaci�n de los impulsos limbicos, maduran durante la adolescencia. Otro circuito clave que sigue model�ndose a lo largo de toda la infancia se centra en el nervio vago, entre cuyas muchas funciones se cuenta la regulaci�n de la actividad cardiaca y el control de las se�ales que llegan a la am�gdala procedentes de las gl�ndulas suprarrenales, estimul�ndola a secretar catecolaminas, activadoras de la respuesta de lucha-o-huida. Un equipo de la Universidad de Washington que evalu� la influencia de los diferentes estilos de crianza descubri� que el trato con unos padres emocionalmente adecuados mejora el funcionamiento del nervio vago.

En opini�n de John Gottman, quien realiz� esta investigaci�n: �los padres modifican el tono vagal de sus hijos —una medida del nivel de activaci�n del nervio vago— mediante el adiestramiento emocional que les proporcionan (hablar sobre los sentimientos y sobre c�mo comprenderlos, no ser excesivamente cr�ticos ni reprobadores, tratar de encontrar soluciones a los problemas emocionales y ense�arles a recurrir a alternativas distintas a la pelea y el encierro en s� mismos cuando est�n enojados o tristes)�.

Cuando esta actividad se realiza adecuadamente, los ni�os est�n en mejores condiciones para controlar la actividad vagal que mantiene a la am�gdala dispuesta a activar al cuerpo con hormonas de lucha o huida, mejorando as� su conducta.

As� pues, cada una de las habilidades clave de la inteligencia emocional cuenta con un periodo cr�tico de desarrollo que perdura durante toda la infancia y que proporciona una oportunidad preciosa para inculcar en el ni�o h�bitos emocionales constructivos o, en caso contrario, dificultar la correcci�n posterior de las posibles carencias. El proceso de modelado y �podado� de los circuitos neuronales que tiene lugar durante la infancia podr�a explicar los efectos decisivos y duraderos de los traumas emocionales infantiles, la necesidad de un largo proceso psicoterap�utico para llegar a incidir sobre estas pautas y tambi�n, como ya hemos visto, la persistencia latente de esos patrones a pesar de las nuevas comprensiones y respuestas aprendidas durante la terapia.

A decir verdad, la plasticidad del cerebro perdura durante toda la vida, aunque no ciertamente del mismo modo que en la infancia. Todo aprendizaje implica un cambio cerebral, un fortalecimiento de las conexiones sin�pticas. Los cambios cerebrales observados en los pacientes con des�rdenes obsesivo-compulsivos demuestran que el esfuerzo sostenido en cualquier momento de la vida puede llegar a transformar —incluso a nivel neuronal— los h�bitos emocionales. Para mejor o para peor, lo que ocurre con el cerebro en los casos de trastorno de estr�s postraum�tico (o tambi�n, por cierto, en el caso de la terapia) es similar al efecto de todo tipo de experiencias emocionales repetidas o intensas.

En este sentido, las lecciones emocionales m�s importantes son las que los padres dan a sus hijos. Existe una gran diferencia entre los h�bitos emocionales inculcados por padres que est�n profundamente conectados con las necesidades emocionales de sus hijos y que proporcionan una educaci�n emp�tica, y aquellos otros proporcionados por padres que, por el contrario, se hallan tan absortos en si mismos que ignoran la ansiedad de sus hijos o que simplemente se limitan a gritar y a golpearles caprichosamente. En cierto sentido, la psicoterapia constituye un intento de enmendar lo que se torci� o qued� completamente soslayado durante los primeros a�os de la vida. Pero �qu� es lo que nos impide proporcionar al ni�o el cuidado y la orientaci�n necesarios para cultivar esas habilidades emocionales fundamentales?.


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