Capitulo 1
IInteligencia Emocional
- Espa�ol...Ingl�s
LA ALFABETIZACI�N EMOCIONAL
15. EL COSTE DEL ANALFABETISMO EMOCIONAL
Todo empez� como un peque�o altercado que fue adquiriendo tintes cada vez m�s dram�ticos. Ian Moore y Tyrone Sinkler, alumnos del Instituto Jefferson, de Brooklyn, se enzarzaron en una disputa con Khalil Sumpter, de quince a�os, a quien hab�an estado acosando y amenazando hasta que la situaci�n se les escap� de las manos.
Un buen d�a, Khalil, temeroso de que Ian y Tyrone fueran a propinarle una paliza, cogi� una pistola de calibre 38 y. en la entrada del instituto, a pocos metros del vigilante, les dispar� a quemarropa, acabando con su vida.
Deber�amos interpretar este incidente como un signo m�s de la urgente necesidad de aprender a dominar nuestras emociones, a dirimir pac�ficamente nuestras disputas y a establecer, en suma, mejores relaciones con nuestros semejantes. Durante mucho tiempo, los educadores han estado preocupados por las deficientes calificaciones de los escolares en matem�ticas y lenguaje, pero ahora est�n comenzando a darse cuenta de que existe una carencia mucho m�s apremiante, el analfabetismo emocional. No obstante, aunque siguen haci�ndose notables esfuerzos para mejorar el rendimiento acad�mico de los estudiantes, no parece hacerse gran cosa para solventar esta nueva y alarmante deficiencia. En palabras de un profesor de Brooklyn: �parece como si nos interesara mucho m�s su rendimiento escolar en lectura y escritura que si seguir�n con vida la pr�xima semana�.
Sin embargo, los incidentes violentos como el protagonizado por Jan y Tyrone son, por desgracia, cada vez m�s frecuentes en las escuelas de nuestro pa�s. No se trata, pues, de un incidente aislado, puesto que las estad�sticas muestran un aumento de la delincuencia infantil y juvenil en los Estados Unidos que bien se puede considerar como la punta de lanza de una tendencia mundial. En 1990 tuvo lugar el �ndice m�s elevado de arrestos juveniles relacionados con delitos violentos de las dos �ltimas d�cadas.
En este sentido, el n�mero de arrestos juveniles por violaci�n se duplic� y la proporci�n de adolescentes acusados de homicidio por arma de fuego se multiplic� por cuatro. En esas dos mismas d�cadas, la tasa de suicidios entre adolescentes se triplic� y lo mismo ocurri� con el n�mero de ni�os menores de catorce a�os que fueron violentamente asesinados. Por otra parte, cada vez son m�s y m�s j�venes las adolescentes que se quedan embarazadas. En los cinco a�os anteriores a 1993, el n�mero de partos entre las muchachas de edad comprendida entre los diez y los catorce a�os aument� de manera constante un fen�meno que ha sido bautizado con el nombre de �las ni�as que tienen ni�as�, al igual que la proporci�n de embarazos no deseados y las presiones de los compa�eros para tener las primeras relaciones sexuales. Asimismo, en las tres �ltimas d�cadas tambi�n se ha triplicado la proporci�n de enfermedades ven�reas entre adolescentes. Y, si estos datos resultan desalentadores, �qu� dir�amos entonces de las cifras que arrojan las estad�sticas referidas a los j�venes afroamericanos que viven en las ciudades, unas cifras que son dos, tres o incluso m�s veces superiores a las rese�adas? Por ejemplo, en 1990 el consumo de coca�na entre los j�venes blancos se increment� un 300% con respecto a las dos d�cadas anteriores, algo que, en el caso de los afroamericanos, se multiplic� por 13. Las enfermedades mentales constituyen la causa m�s com�n de incapacitaci�n entre los adolescentes. Los s�ntomas de la depresi�n mayor o menor afectan a m�s de la tercera parte de la juventud y, en el caso de las muchachas, esta incidencia se duplica en la pubertad. Por otra parte, la frecuencia de los trastornos de la conducta alimentaria en las adolescentes tambi�n se ha disparado. Hay que decir tambi�n, por �ltimo, que, a menos que cambie la tendencia actual, las esperanzas de poder casarse y tener una vida estable y provechosa son cada vez menores. Como vimos en el cap�tulo 9, el porcentaje de divorcios propio de las d�cadas de los setenta y los ochenta era del 50%, pero la tendencia actual es que dos de cada tres parejas terminan divorci�ndose.
EL MALESTAR EMOCIONAL
Estos datos alarmantes son el equivalente a aquel canario que los mineros llevaban consigo a los t�neles y cuya muerte les advert�a de la falta de ox�geno. Pero, m�s all� de las fr�as estad�sticas, debemos abordar la dif�cil situaci�n que atraviesan nuestros ni�os desde un nivel m�s sutil, teniendo en cuenta los
148
problemas cotidianos antes de que lleguen a estallar abiertamente. Tal vez los datos m�s reveladores en este sentido nos los proporcione una investigaci�n realizada a nivel nacional entre ni�os y adolescentes norteamericanos comprendidos entre los siete y los diecis�is a�os de edad, que compar� la situaci�n emocional de �stos a mediados de la d�cada de los setenta y a finales de la d�cada de los ochenta, y demostr� la existencia de un claro descenso en el grado de competencia emocional. Este estudio, que se basa en las valoraciones realizadas por los padres y los profesores, muestra un deterioro de la situaci�n a este respecto. Y no se trata de que exista un solo problema sino que todos los indicadores apuntan en la misma inquietante direcci�n. Estos son, en t�rminos generales, los �mbitos en los que ha habido un franco empeoramiento:
Marginaci�n o problemas sociales: tendencia al aislamiento, a la reserva y al mal humor; falta de energ�a; insatisfacci�n y dependencia.
Ansiedad y depresi�n: soledad; excesivos miedos y preocupaciones; perfeccionismo; falta de afecto; nerviosismo, tristeza y depresi�n.
Problemas de atenci�n o de razonamiento: incapacidad para prestar atenci�n y permanecer quieto; enso�aciones diurnas; impulsividad; exceso de nerviosismo que impide la concentraci�n; bajo rendimiento acad�mico; pensamientos obsesivos.
Delincuencia o agresividad: relaciones con personas problem�ticas; uso de la mentira y el enga�o; exceso de justificaci�n; desconfianza; exigir la atenci�n de los dem�s; desprecio por la propiedad ajena; desobediencia en casa y en la escuela; mostrarse testarudo y caprichoso; hablar demasiado; fastidiar a los demas y tener mal genio.
Ninguno de estos problemas, considerado aisladamente, es lo bastante poderoso como para llamar nuestra atenci�n, pero tomados en conjunto constituyen el claro indicador de la existencia de cambios muy profundos, de un nuevo tipo de veneno que emponzo�a a nuestra infancia y que afecta negativamente a su nivel de competencia emocional. Este desasosiego emocional parece ser el precio que han de pagar los j�venes por la vida moderna. Por otra parte, aunque los norteamericanos suelen considerar que sus problemas son especialmente graves, las investigaciones realizadas en otros pa�ses replican o incluso superan estos resultados. Por ejemplo, en la d�cada de los ochenta los maestros y los padres de Holanda, China y Alemania encontraron en sus chicos los mismos problemas que presentaban los ni�os americanos en 1976 y, en el caso de Australia, Francia o Thailandia, la situaci�n era todav�a peor. Por �ltimo, es muy posible que esta situaci�n haya empeorado todav�a m�s porque, en la actualidad, la espiral descendente de la competencia emocional parece haberse acelerado m�s en los Estados Unidos que en el resto de las naciones desarrolladas Y Ning�n ni�o, ya sea rico o pobre, est� libre de riesgo, porque esta problem�tica es universal y afecta a todos los grupos �tnicos, raciales y sociales. As� pues, aunque los ni�os pobres manifiesten el peor �ndice de competencia emocional, su grado de deterioro en las �ltimas d�cadas no ha sido mayor que la de los ni�os de clase media o incluso que la de los ni�os ricos, ya que todos muestran, en definitiva, el mismo grado de deterioro. El n�mero de ni�os que han recibido ayuda psicol�gica tambi�n se ha triplicado (aunque �sta tal vez sea una buena se�al que se�ale la existencia de m�s recursos en este sentido) pero, al mismo tiempo, tambi�n se ha duplicado el n�mero de ni�os que, a pesar de presentar serios problemas emocionales, no han recibido ning�n tipo de ayuda (un 9% en 1976 frente a un 18% en 1989, un signo, en este caso, negativo).
Une Bronfenbrenner, conocida psic�loga evolutiva de la Universidad de Cornell que ha llevado a cabo un estudio comparativo a escala mundial sobre el bienestar infantil, afirma: �las presiones externas son tan grandes que, a falta de un buen sistema de apoyo, hasta las familias m�s unidas est�n empezando a fragmentarse. La incertidumbre, la fragilidad y la inestabilidad de la vida cotidiana familiar afectan a todos los segmentos de nuestra sociedad, incluyendo a las personas acomodadas y con un elevado nivel cultural. Lo que est� en juego es nada menos que la pr�xima generaci�n especialmente los varones, que durante su desarrolo son especialmente vulnerables ante las fuerzas disgregadoras y los devastadores efectos del divorcio, la pobreza y el desempleo. El estatus de las familias y los ni�os estadounidenses es m�s inquietante que nunca [...] Estamos privando a milones de ni�os de sus capacidades y de sus aptitudes morales�.
Pero no se trata de un fen�meno exclusivamente norteamericano sino de una situaci�n global, puesto que el mercado mundial busca abaratar los costes laborales y termina haciendo mella sobre la familia. La nuestra es una �poca en la que las familias se ven acosadas, en la que ambos padres deben trabajar muchas horas y se ven obligados a dejar a los ni�os abandonados a su propia suerte o, como mucho, al cuidado del televisor; una �poca en la que muchos ni�os crecen en condiciones de extrema pobreza; una �poca en la que cada vez hay m�s familias con un solo responsable; una �poca, en suma, en la que la atenci�n cotidiana que reciben los m�s j�venes raya en la negligencia. Todo esto supone, aun en el caso de que los padres alberguen las mejores intenciones, el menoscabo de los peque�os, innumerables y sustanciosos intercambios familiares que van cimentando el desarrollo de las facultades emocionales.
Qu� podemos hacer, pues, si la familia ya no cumple adecuadamente con su funci�n de preparar a los hijos para la vida?
Un an�lisis m�s detenido de los mecanismos que subyacen cada uno de estos problemas concretos nos ayudar� a comprender la importancia de las habilidades sociales y emocionales, y arrojar� luz sobre las medidas preventivas o correctivas m�s eficaces para encauzar a los ni�os en una direcci�n m�s adecuada.
EL CONTROL DE LA AGRESIVIDAD
El chico duro de mi escuela primaria se llamaba Jimmy, un ni�o que estaba en cuarto curso cuando yo todav�a me hallaba en primero. Jimmy era capaz de robarte el dinero para el almuerzo, coger tu bicicleta o darte un golpe para llamar tu atenci�n; era, en suma, el cl�sico gamberro que no necesitaba la menor provocaci�n para enzarzarse en una pelea. Todos alberg�bamos una mezcla de odio y temor hacia Jimmy, trat�bamos de mantenernos a distancia de �l y, cuando se desplazaba por el patio del recreo, era como si una especie de guardaespaldas invisible mantuviera al resto de los ni�os alejados de su camino.
Es evidente que los ni�os como Jimmy tienen muchos problemas pero lo que no todo el mundo sabe es que una conducta tan agresiva constituye un claro predictor de un futuro igual de problem�tico. De hecho, cuando cumpli� los diecis�is a�os Jimmy estaba en la c�rcel condenado por atraco.
Hay muchos estudios que corroboran la persistencia de la agresividad infantil en chicos como Jimmy. Como ya hemos visto en otro lugar, los padres de los ni�os agresivos suelen alternar la indiferencia con los castigos duros y arbitrarios, una pauta que, comprensiblemente, fomenta la paranoia y la agresividad.
Pero no todos los ni�os agresivos son fanfarrones; algunos s�lo son marginados sociales que reaccionan desproporcionadamente ante las bromas o ante lo que ellos interpretan como una ofensa o una injusticia. Todos, sin embargo, comparten el mismo error de percepci�n que les lleva a ver burlas donde no las hay, a imaginar que sus compa�eros son m�s hostiles de lo que en realidad son, a tergiversar los actos m�s inocentes como si fueran verdaderas amenazas y a responder, con demasiada frecuencia, de manera agresiva, un comportamiento que no hace sino mantener a sus compa�eros m�s alejados todav�a. Los ni�os irascibles y solitarios son sumamente sensibles a las injusticias y, en consecuencia, suelen considerarse v�ctimas inocentes que nunca olvidan las m�ltiples ocasiones en que han sido reprendidos injustamente, en su opini�n por sus maestros. Son ni�os, por �ltimo, que, cuando montan en c�lera, creen que s�lo disponen de una posible forma de reaccionar, repartir golpes a diestro y siniestro.
Una investigaci�n en la que un ni�o agresivo y otro m�s pac�fico ten�an que contemplar juntos una serie de v�deos nos permite apreciar la incidencia de este sesgo perceptivo. En uno de los v�deos, a un nino se le caen los libros cuando otro tropieza con �l, lo cual provoca las risas de un grupo cercano. El ni�o entonces, visiblemente enfadado, sale corriendo y trata de atrapar a alguno de los ni�os que se han burlado de �l. La entrevista posterior revel� que, en aquel caso, los ni�os agresivos consideraban plenamente justificada una respuesta agresiva. Aun m�s elocuente si cabe es el hecho de que, en su valoraci�n del grado de agresividad de los ni�os que aparec�an discutiendo en el v�deo, los agresivos siempre consideraban que el golpeado era el m�s violento y justificaban plenamente el enfado del agresor. Esta peculiar valoraci�n da cuenta del profundo sesgo perceptivo que aqueja a los ni�os desproporcionadamente agresivos, ya que suelen actuar bas�ndose en creencias de supuesta hostilidad o amenaza, y prestan muy poca atenci�n a lo que realmente est� ocurriendo. El hecho es que, una vez asumida la existencia de una amenaza, se lanzan inmediatamente a la acci�n.
Por ejemplo, en el caso de que un chico agresivo est� jugando a las damas con otro y �ste �ltimo mueva una pieza a destiempo, el primero interpretar� el movimiento como una �trampa� deliberada sin detenerse a considerar si ha sido un simple error carente de toda mala intenci�n. De este modo, el juicio del ni�o agresivo siempre presupone la culpabilidad y no la inocencia y, en consecuencia, su reacci�n autom�tica subsiguiente suele ser violenta. Y esa percepci�n refleja de hostilidad se entremezcla con una respuesta igualmente autom�tica porque, en lugar de decirle simplemente al otro ni�o que se ha equivocado, le acusara, le gritar� o le pegar�. Y, cuantas m�s respuestas de este tipo emita el ni�o, m�s autom�tica ser� su agresividad y m�s estrecho el repertorio de posibles respuestas alternativas (como mostrarse mas amable o hacer una broma al respecto) de que dispondr�.
Estos ni�os son emocionalmente vulnerables y presentan un bajo umbral de tolerancia que les lleva a encontrar cada vez m�s motivos para sentirse ofendidos. Y el hecho es que, una vez se pone en marcha este mecanismo, pierden la capacidad de razonar, interpretan como hostiles los actos m�s inocentes y se refugian en su h�bito inveterado de comenzar a propinar golpes. Este sesgo perceptivo hacia la hostilidad ya resulta evidente en los primeros a�os de la escuela. Aunque la mayor parte de las ni�as y ni�os especialmentel estos �ltimos s�lo se muestran indisciplinados durante el per�odo de la guarder�a y el primer curso de la escuela primaria, los ni�os m�s agresivos no logran aprender el m�nimo autocontrol hasta despu�s del segundo curso.
150
Mientras otros aprenden a negociar y pactar para dirimir las disputas que aparecen en el patio de recreo, los chicos indisciplinados siguen confiando en la fuerza bruta, una conducta que, sin embargo, tiene un elevado coste social, ya que, a las dos o tres horas de producirse el primer altercado, suelen caerles antip�ticos a sus compa�eros.
Las investigaciones que han seguido a este tipo de ni�os desde la ense�anza preescolar hasta la pubertad demuestran que m�s de la mitad de los alumnos que durante el primer curso se mostraban destructivos, incapaces de mantener una relaci�n cordial con los dem�s, desobedientes con sus padres y tercos con sus maestros, comenzaron a delinquir a partir de los diez a�os de edad. Por supuesto, con ello no estamos diciendo que todos los ni�os agresivos est�n condenados a caer en la delincuencia y la violencia, pero lo cierto es que son quienes m�s probabilidades tienen de llegar a cometer delitos violentos.
Como acabamos de se�alar, la propensi�n al delito se manifiesta sorprendentemente pronto en la vida de estos ni�os. Un estudio realizado entre ni�os de unos cinco a�os de edad de una guarder�a de Montreal demostr� que, quienes manifestaban un grado m�s elevado de agresividad e indisciplina, antes de haber cumplido los catorce a�os de edad revelaron un �ndice de delincuencia mucho m�s acusado, mostrando tambi�n una tendencia tres veces superior a la de los dem�s a golpear sin motivo alguno, a robar en una tienda, a utilizar alg�n tipo de armas, a romper o robar piezas de un autom�vil y a emborracharse. As� pues, los ni�os dif�ciles y agresivos emprenden el camino que conduce a la violencia y a la delincuencia durante el primero y el segundo curso. No es infrecuente, por otra parte, que su escaso autocontrol les lleve tambi�n, desde los primeros a�os de escolarizacion, a ser malos estudiantes, estudiantes que suelen ser considerados por los dem�s y que se ven a s� mismos como �tontos�, un juicio que se ve confirmado cuando se ven obligados a asistir a clases de repaso (y que, por cierto, no hacen todos los ni�os que manifiestan igual grado de �hiperactividad� o de dificultades de aprendizaje). Los ni�os que antes de ingresar en la escuela han sufrido en su hogar un estilo educativo �coercitivo�, suelen ser m�s castigados por sus maestros, quienes se ven obligados a invertir mucho tiempo en su disciplina. La constante oposici�n a las normas de conducta del aula que estos ni�os manifiestan espont�neamente supone una p�rdida preciosa de tiempo que podr�a aprovecharse mejor. Por lo general, el fracaso acad�mico se hace evidente cuando los ni�os llegan tercer curso. As� pues, si bien estos ni�os presentan un CI m�s bajo que el de sus compa�eros, la principal raz�n que impulsa su camino hacia la delincuencia hay que buscarla en su temperamento. De hecho, en los ni�os de diez a�os, la impulsividad resulta un predictor de la tendencia posterior hacia la delincuencia tres veces m�s adecuado que el CI Al llegar al cuarto y quinto curso, estos chicos que por el momento s�lo son considerados revoltosos o �dif�ciles� son rechazados por sus compa�eros, tienen serias dificultades para hacer amigos, tienen problemas de fracaso escolar y, sinti�ndose faltos de toda amistad, gravitan en torno a otros marginados sociales. De este modo, entre el cuarto y noveno curso se aglutinan alrededor de alg�n grupo marginal y llevan una vida que desaf�a las normas, mostrando una tendencia cinco veces superior a la media a hacer novillos, beber alcohol y tomar drogas, una situaci�n que alcanza su punto culminante durante el s�ptimo y octavo curso, un per�odo en el que suelen ser seguidos, a su vez, por otros ni�os �rezagados�, que se sienten atra�dos por ellos. Estos rezagados suelen ser ni�os m�s peque�os, cuyas familias no se preocupan bastante de ellos y que vagabundean a su antojo por las calles durante el periodo de la educaci�n primaria. En la �poca en que tendr�an que pasar al instituto, la tendencia a la violencia que albergan los integrantes de estos grupos marginales suele llevarles a abandonar los estudios y a verse implicados en delitos menores, como hurtos en tiendas, robos y posesi�n de drogas. (En este punto es necesario se�alar la existencia de una marcada diferencia entre los caminos seguidos por las ni�as y los de los ni�os. Un seguimiento llevado a cabo entre las ni�as �revoltosas� de cuarto curso peque�as que ten�an constantes problemas con sus profesores, no respetaban las normas o eran impopulares entre sus compa�eros puso de manifiesto que el 40% de ellas ya hab�a dado a luz un hijo antes de concluir el instituto, una media, por cierto, tres veces superior a la del resto de compa�eras de su misma escuela. Dicho en otras palabras, las adolescentes antisociales no se vuelven violentas sino que se quedan embarazadas.)
No hay un �nico camino que conduzca a la delincuencia y a la violencia. En este sentido hay que tener en cuenta otros factores de riesgo, como el hecho de vivir en un barrio con un alto grado de delincuencia -en el que los ni�os se hallen expuestos a la invitaci�n constante al delito y a la violencia, crecer en una familia con un elevado grado de estr�s o malvivir en condiciones de extrema pobreza. Ninguno de estos factores, por s� solo, es el causante inevitable de una vida entregada a la delincuencia. As� pues, a la vista de que todos estos factores externos tienen una importancia relativa similar, debemos concluir que las fuerzas psicol�gicas internas que mueven al ni�o indisciplinado desempe�an un papel determinante a la hora de aumentar las probabilidades de que emprenda el camino que conduce a la delincuencia. Como afirma Gerald Patterson, un psic�logo que ha seguido de cerca las trayectorias de cientos de ni�os hasta llegar a la juventud, �los actos antisociales de un ni�o de cinco a�os son el prototipo de los actos que cometer� un delincuente juvenil�.
151
UNA ESCUELA PARA NI�OS INDISCIPLINADOS
Las tendencias mentales que presentan los ni�os agresivos perduran hasta que terminan teniendo problemas de uno u otro tipo. Una investigaci�n realizada sobre j�venes convictos de delitos violentos y estudiantes de instituto especialmente agresivos demostr� que ambos grupos comparten las mismas tendencias mentales. Son personas que, cuando tienen problemas con alguien, tienden autom�ticamente a considerarlo como un adversario y extraen conclusiones precipitadas sobre su hostilidad sin recabar m�s informaci�n ni buscar formas m�s pac�ficas de dirimir sus diferencias. Tampoco suelen detenerse a considerar las posibles consecuencias negativas de un desenlace violento (generalmente una pelea). Para ellos, la violencia est� plenamente justificada por creencias tales como �est� bien pegarle a alguien que te cuaja�, �si evitas las peleas todo el mundo pensar� que eres un cobarde� o �no es tan grave darle un pu�etazo a alguien�. Pero una ayuda a tiempo podr�a transformar estas actitudes e interrumpir el camino del ni�o hacia la delincuencia. Existen varios programas experimentales que han conseguido que los ni�os agresivos aprendan a dominar sus tendencias antisociales antes de que terminen desembocando en problemas m�s serios. Uno de estos programas, dise�ado en la Universidad de Duke, trabaj� con un grupo de ni�os agresivos de la escuela primaria, proclives al enojo. Las sesiones de entrenamiento duraron cuarenta minutos y se dieron dos veces por semana durante un per�odo de seis a doce semanas. Ese programa les ense�aba, por ejemplo, que eran parte de las se�ales que ellos interpretaban como hostiles eran, en realidad, neutrales e incluso amistosas. Tambi�n deb�an aprender a adoptar la perspectiva de los otros ni�os para tratar de comprender lo que pensaban de ellos en los momentos en que perd�an el control. El programa tambi�n inclu�a un adiestramiento directo en el dominio del enfado mediante una especie de psicodrama en el que deb�an representar escenas que reproduc�an situaciones que pod�an hacerles perder los estribos. Una de las habilidades clave que se les ense�aba para dominar el enfado consist�a en prestar atenci�n a sus propias sensaciones, haci�ndoles tomar conciencia, por ejemplo, del rubor o de la tensi�n muscular que acompa�an al enfado y considerarlas como una se�al de alarma que les indica cu�ndo deben detenerse a considerar el siguiente paso que dar en lugar de comenzar a repartir golpes a diestro y siniestro.
En opini�n de John Lochman, psic�logo de la Universidad de Duke que formaba parte del equipo que dise�� este programa: � Los ni�os hablan de las situaciones en que se han visto implicados recientemente, como, por ejemplo, haber sido empujados en el pasillo de entrada a la escuela, y exponen las posibles alternativas de que disponen para afrontar la situac i�n en caso de que consideren que ha sido a prop�sito. Por ejemplo, un chico me dijo que se limitaba a mirar fijamente al muchacho que le hab�a empujado, le dec�a que no volviera a repetirlo y segu�a su camino. Aquello le situaba en una posici�n de cierto dominio en la que, al tiempo que manten�a elevada su autoestima, no ten�a necesidad de iniciar ninguna pelea�.
Aqu� debemos subrayar un hecho importante, ya que la mayor�a de los muchachos agresivos se sienten muy inc�modos con la facilidad con que pierden los estribos, lo cual hace tambi�n que se muestren muy dispuestos a aprender a dominar esta situaci�n. Es evidente que, en los momentos cr�ticos, las respuestas calculadas, como seguir caminando o contar hasta diez hasta que se desvanezca el impulso a pel earse, no surgen de manera autom�tica. Por esto, la representaci�n de escenas imaginarias, como, por ejemplo, subir a un autob�s en el que otros chicos se burlan de ellos, les ofrece la posibilidad de practicar respuestas alternativas amistosas que les permitan mantener su dignidad y evitar las reacciones tales como golpear, gritar o salir corriendo.
Tres a�os despu�s de que los muchachos se hubieran sometido al entrenamiento, Lochman efectu� un estudio comparativo entre ellos y otros que presentaban un grado de agresividad similar pero que no se hab�an beneficiado de las sesiones de control del enfado y descubri� que, durante la adolescencia, los chicos que se hab�an sometido al programa se mostraban mucho m�s disciplinados en clase, albergaban sentimientos m�s positivos sobre s� mismos y estaban mucho menos predispuestos a beber alcohol y a tomar drogas. En resumen, pues, cuanto mayor habia sido el tiempo de adiestramiento en el programa, menor era el grado de agresividad que manifestaban en la adolescencia.
152
LA PREVENCI�N DE LA DEPRESI�N
Dana, de diecis�is a�os, parec�a desenvolverse sin problemas pero, de pronto, dej� de poder relacionarse con las otras muchachas y, lo que era mucho peor, no sab�a c�mo conservar a y sus novios, aunque se acostara con ellos. Taciturna y constantemente fatigada, Dana perdi� inter�s por la comida y por las diversiones. Dec�a que se sent�a desesperanzada e impotente para hacer algo que le permitiera escapar de ese estado de �nimo y que incluso hab�a llegado a pensar en el suicidio.
Esta ca�da en la depresi�n hab�a sido causada por una reiente ruptura. Seg�n dec�a, no sab�a salir con un chico sin mantener relaciones sexuales con �l aunque no le gustara y tampoco sab�a c�mo poner fin a una relaci�n por m�s insatisfactoria que �sta fuera. Por otra parte, aunque se acostara con los chicos, lo �nico que deseaba era llegar a conocerlos mejor.
Dana acababa de cambiar de instituto y se sent�a muy insegura acerca de su capacidad para entablar nuevas amistades. No obstante, se absten�a de iniciar una conversaci�n y s�lo respond�a cuando alguien le dirig�a la palabra. Se sent�a incapaz de manifestar sus verdaderos sentimientos y ni siquiera sab�a qu� decir despu�s del habitual �Hola, �qu� tal?�
Dana emprendi� entonces una terapia en un programa experimental para adolescentes deprimidos promovido por la Universidad de Columbia. El objetivo de este programa consist�a en ayudar a los j�venes a enfocar m�s adecuadamente sus relaciones, conservar las amistades, confiar en los dem�s, establecer l�mites sobre la proximidad sexual, desarrollar la capacidad de tener amigos �ntimos y expresar los propios sentimientos; una clase de capacitaci�n, en suma, de las habilidades emocionales fundamentales que, en el caso de Dana, result� tan sumamente eficaz que su depresi�n termin� desapareciendo.
Los problemas de relaci�n tanto con los padres como con los compa�eros constituyen el detonante m�s frecuente de la depresi�n entre los adolescentes. Los ni�os y los adolescentes deprimidos se muestran remisos o incapaces de hablar de su depresi�n, no suelen ser muy diestros para etiquetar adecuadamente sus sentimientos y tienden a ser irritables, impacientes, caprichosos y malhumorados, especialmente con sus padres, lo cual constituye una dificultad a�adida a la hora de que �stos les brinden la gu�a y el soporte emocional que el ni�o deprimido tanto necesita, iniciando as� un c�rculo vicioso que suele originar toda clase de disputas.
Una observaci�n minuciosa de las causas de la depresi�n juvenil se�ala la presencia de serias deficiencias en dos competencias emocionales fundamentales: la capacidad de relacionarse y la forma de interpretar los reveses y contratiempos de la vida.
Aunque la tendencia a la depresi�n tenga un origen parcialmente gen�tico, su causa principal parece radicar en los h�bitos mentales pesimistas aunque reversibles que predisponen a los ni�os a reaccionar ante los peque�os contratiempos de la vida las malas notas, las discusiones con los padres o el rechazo social sumi�ndose en la depresi�n. Y existen indicios que nos sugieren que la predisposici�n a la depresi�n cualquiera sea su causa est� extendi�ndose a gran velocidad entre los j�venes.
EL PRECIO DE LA MODERNIDAD: EL AUMENTO DE LA DEPRESI�N
Del mismo modo que el siglo XX ha estado caracterizado por ser la Era de la Ansiedad, los a�os que jalonan el final de este milenio parecen anunciar el advenimiento de una Era de la Melancol�a. Todos los datos parecen hablarnos de una epidemia de depresi�n a escala mundial, una epidemia que corre parej a a la expansi�n del estilo de vida del mundo moderno. Desde los comienzos de este siglo, cada nueva generaci�n se ha visto m�s expuesta que la precedente a sufrir depresi�n, y no nos referimos s�lo a la melancol�a sino a la insensibilidad, el abatimiento, la autocompasi�n y la desesperaci�n. Y no s�lo esto, sino que los episodios depresivos se inician a una edad cada vez m�s temprana. De este modo, la depresi�n infantil desconocida o, cuanto menos, no reconocida en el pasado est� emergiendo como un decorado cada vez m�s frecuente en el escenario del mundo actual.
Aunque las probabilidades de padecer una depresi�n se incrementan con la edad, en la actualidad el aumento m�s alarmante se produce entre los individuos m�s j�venes. La probabilidad de que una persona nacida despu�s de 1955 sufra una depresi�n mayor a lo largo de la vida es en un buen n�mero de pa�ses tres veces, al menos, superior a la de sus abuelos. El porcentaje de personas aquejadas de depresi�n en alg�n momento de su vida entre los norteamericanos nacidos antes de 1905, era s�lo de un 1% pero, despu�s de 1955, la proporci�n de personas deprimidas antes de haber cumplido los veinticuatro a�os ha aumentado hasta el 6%. Por su parte, la probabilidad de que los nacidos entre 1945 y 1954 experimenten una depresi�n antes de llegar a los treinta y cuatro a�os es diez veces superior a las de las personas nacidas entre 1905 y 1914. De este modo, a medida que ha ido transcurriendo el siglo, la irrupci�n del primer episodio de depresion tiende a ocurrir a una edad cada vez m�s temprana
153
Un estudio de alcance mundial efectuado sobre m�s de treinta y nueve mil personas mostr� la misma tendencia en pa�ses como Puerto Rico, Canad�, Italia, Alemania, Francia, Taiwan, L�bano y Nueva Zelanda. En el caso de Beirut, por ejemplo, el aumento de la proporci�n de depresiones corr�a pareja a la marcha de los acontecimientos pol�ticos, de tal manera que la tendencia se disparaba en determinados momentos de la guerra civil.En el caso de Alemania, el promedio de depresi�n era de un 4,4% para las personas nacidas antes de 1914, mientras que el porcentaje de depresiones de los nacidos en la d�cada anterior a 1944 era, a la edad de treinta y cuatro a�os, de un 14%. De este modo, las generaciones que han crecido durante per�odos de turbulencia pol�tica presentan proporciones mayores de depresi�n, aunque la tendencia general ascendente, dicho sea de paso, parece ser independiente de las circunstancias pol�ticas.
El descenso de la edad en que suele aparecer el primer brote de depresi�n tambi�n parece mostrar una tendencia uniforme a nivel mundial. Veamos ahora las razones que adujeron algunos especialistas para tratar de explicar esta situaci�n.
Seg�n el doctor Frederick Goodwin, director del Instituto Nacional de Salud Mental: �durante este tiempo, el n�cleo familiar ha experimentado una tremenda erosi�n, el n�mero de divorcios se ha duplicado, los padres dedican menos tiempo a sus hijos y se ha producido un aumento de inestabilidad laboral. En la actualidad resulta pr�cticamente imposible crecer manteniendo estrechos lazos con todos los miembros de la familia extensa. En mi opini�n, la p�rdida de una fuente s�lida de identificaci�n es la principal causa del aumento de la depresi�n�.
, director del departamento de psie Medicina de la Universidad de Pittsla hip�tesis: �con la expansi�n de la inolugar despu�s de la II Guerra Mundial que han podido seguir creciendo en un proporci�n que ha propiciado el crecimiento de la adres hacia las necesidades del desarrollo de e esto no pueda considerarse como una causa directa de la depresi�n, lo cierto es que predispone a cierta vulnerabilidad. El estr�s emocional precoz puede afectar al desarrollo neurol�gico y abocar, incluso d�cadas despu�s, a la depresi�n cuando uno se halle sometido a nuevas condiciones de tensi�n�.
En opini�n de Martin Seligman, psic�logo de la Universidad de Pennsylvania: �durante los �ltimos treinta o cuarenta a�os hemos asistido a un ascenso del individualismo y a un declive paralelo de las creencias religiosas y del sost�n proporcionado por la comunidad y por la familia, todo lo cual supone la p�rdida de una serie de recursos �tiles para amortiguar los reveses y fracasos de la vida. En la medida en que uno considere el fracaso como una situaci�n permanente y lo magnifique hasta legar a imbuir todas las facetas de la propia vida, se halar� predispuesto a dejar que un rev�s moment�neo se convierta en una fuente duradera de impotencia y desesperaci�n. Pero, si uno cuenta con una perspectiva m�s amplia como la creencia en Dios o en la vida despu�s de la muerte y, por ejemplo, pierde su trabajo, el fracaso quedar� circunscrito a una situaci�n provisional. �.
Pero, sea cual fuere su causa, la depresi�n infantil y juvenil constituye un problema verdaderamente acuciante. Las estimaciones realizadas en los Estados Unidos var�an considerablemente en lo que respecta al porcentaje de ni�os y adolescentes aquejados de depresi�n en un a�o concreto, en contraste con la vulnerabilidad mostrada a lo largo de toda la vida. Ciertos estudios epidemiol�gicos que utilizan criterios muy estrictos -como los empleados para establecer el diagn�stico m�dico de los s�ntomas de la depresi�n han descubierto que la incidencia anual de la depresi�n mayor en las ni�as y ni�os de edades comprendidas entre los diez y los trece a�os, es del orden de un 8 o un 9%, aunque existen otros estudios que hacen descender este porcentaje a la mitad (e incluso otros que la reducen a un 2%). En lo que se refiere a la adolescencia, algunos datos sugieren que este promedio casi podr�a duplicarse, ya que m�s del 16% de las chicas de entre catorce y diecis�is a�os han sufrido un brote depresivo mientras que el promedio, en el caso de los chicos, sigue siendo el mismo.
LA DEPRESION INFANTIL
Pero el descubrimiento de que los brotes benignos de depresion infantil auguran episodios m�s severos durante la vida posterior no s�lo demuestra la necesidad de tratar la depresi�n infantil sino tambi�n de prevenirla. Este hallazgo contradice la antigua opini�n de que la depresi�n infantil carece de importancia a largo plazo porque los ni�os �se desprenden naturalmente de ella� a lo largo de su proceso de crecimiento. Es evidente que todos los ni�os se entristecen alguna que otra vez y que, al igual que ocurre en la madurez, la ni�ez y la adolescencia son �pocas de decepciones ocasionales y p�rdidas m�s o menos importantes que van acompa�adas del correspondiente pesar. Pero la necesidad de prevenci�n de la que estamos hablando no se refiere tanto a esas ocasiones como a aquellos otros estados de melancol�a mucho m�s graves en los que la espiral del abatimiento hunde lentamente a los ni�os en la pesadumbre, la desesperaci�n, la irritabilidad y el repliegue en s� mismos.
154
Seg�n los datos recogidos por Maria Kovacs, psic�loga del Western Psychiatric Institute and Clinie de Pittsburgh, tres cuartas partes de los ni�os que se vieron obligados a recibir tratamiento a causa de una depresi�n grave, despu�s sufrieron reca�das. La investigaci�n realizada por Kovacs se inici� cuando los ni�os diagnosticados de depresi�n contaban ocho a�os de edad y prosigui� con un seguimiento peri�dico que, en algunos casos, se prolong� hasta los veinticuatro.
La duraci�n promedio de los episodios depresivos infantiles fue de unos once meses, aunque uno de cada seis persist�a hasta los dieciocho. Por su parte, la depresi�n moderada que, en algunos ni�os, aparec�a a los cinco a�os de edad, era menos incapacitante pero tend�a a ser m�s duradera (una media de cuatro a�os).
Kovacs tambi�n descubri� que los ni�os que sufr�an una depresi�n menor eran proclives a que �sta se agravara y desembocara en una depresi�n mayor (la denominada doble depresi�n). Y quienes desarrollaban una doble depresi�n mostraban, por su parte, una mayor tendencia a sufrir episodios recurrentes en a�os posteriores. Al llegar a la adolescencia y al comienzo de la edad adulta, los ni�os que hab�an pasado por alg�n episodio depresivo sufr�an, por t�rmino medio, depresiones o trastornos man�acodepresivos uno de cada tres a�os.
Pero el precio que tienen que pagar estos ni�os va m�s all� del sufrimiento causado por la depresi�n. En opini�n de Kovac: �los muchachos aprenden el ejercicio de las habilidades sociales en las relaciones que establecen con sus compa�eros. Si uno, por ejemplo, desea algo de lo que carece, ve c�mo otros ni�os resuelven esta situaci�n y luego trata de conseguirlo por s� mismo. Pero los ni�os deprimidos suelen terminar engrosando las filas de los marginados, de los ni�os con los que nadie quiere jugar�. La suspicacia y la tristeza que sienten estos ni�os les hace rehuir los contactos sociales o mirar hacia otro lado cuando alguien trata de establecer contacto con ellos, un signo que suele interpretarse como rechazo. El resultado final es que los ni�os deprimidos terminan siendo ignorados o rechazados. Este tipo de carencia en su bagaje interpersonal les impide sacar partido del aprendizaje natural que se produce en medio de la bulliciosa actividad del patio de recreo y as� suelen acabar arrastrando un lastre emocional y social del que deber�n desprenderse cuando salgan de la depresi�n. En suma, el hecho es que los ni�os deprimidos son m�s ineptos socialmente, tienen menos amigos, son menos elegidos como compa�eros de juego, suelen caer menos simp�ticos y, en consecuencia, tienen m�s problemas de relaci�n.
Otro precio que deben pagar estos ni�os por su depresi�n es el pobre rendimiento escolar. La depresi�n dificulta la memoria y la concentraci�n, impidi�ndoles prestar atenci�n y asimilar lo que se les ense�a. Un ni�o que no siente ilusi�n por nada encontrar� pr�cticamente imposible acopiar la energ�a suficiente para que las lecciones del profesor le estimulen de alg�n modo (por no mencionar la incapacidad de experimentar el estado de �flujo�, del que habl�bamos en el cap�tulo 6). Seg�n el estudio de Kovac, pues, los ni�os cuyos episodios depresivos son m�s prolongados obtienen peores calificaciones y suelen ir atrasados en sus estudios. En realidad, parece existir una relaci�n directa entre el per�odo de tiempo que un ni�o permanece deprimido y su rendimiento escolar, con una ca�da en picado durante el transcurso del episodio depresivo. Por su parte, este pobre rendimiento acad�mico no hace sino complicar la depresi�n porque, como afirma Kovac: �no es dif�cil comprender lo que ocurre cuando uno comienza a sentirse deprimido y le suspenden, teniendo que quedarse en casa a estudiar y sin poder salir a jugar con los dem�s�.
LAS PAUTAS DEL PENSAMIENTO DEPRESOGENO
Al igual que ocurre con los adultos, las interpretaciones pesimistas de los contratiempos de la vida parecen alimentar la desesperanza y la impotencia que yacen en el n�cleo de la depresi�n infantil. Hace mucho tiempo que se sabe que las personas que ya est�n deprimidas albergan este tipo de pensamientos, lo que resulta sorprendente es que los ni�os propensos a la melancol�a tienden a albergar esta visi�n pesimista antes de caer en la depresi�n, una circunstancia que abre la posibilidad de inocularles alg�n tipo de vacuna contra la depresi�n antes de que �sta se apodere de ellos.
Los estudios sobre las creencias que sustentan los ni�os acerca de las posibilidades que tienen de controlar lo que les sucede o de su capacidad para transformar positivamente sus vidas nos brindan una prueba evidente en este sentido. Esto es algo que podemos constatar en las valoraciones que hacen los ni�os sobre s� mismos en frases tales como �no tengo dificultades para resolver los problemas cuando �stos se presentan� o �si me esfuerzo soy capaz de sacar buenas notas�. Los ni�os que son incapaces de pensar de esta manera sienten que no pueden hacer nada para cambiar las cosas, lo cual genera una sensaci�n de impotencia que es m�s acusada en el caso de los ni�os m�s deprimidos. En un determinado estudio se someti� a observaci�n a varios alumnos de quinto y sexto curso pocos d�as despu�s de recibir sus hojas de calificaciones que, como todos recordaremos, suelen ser una de las principales fuentes de alegr�a o de desesperaci�n durante la infancia. Los investigadores descubrieron una marcada diferencia en la forma en que cada ni�o se reafirma cuando recibe una calificaci�n peor de la esperada. En este sentido, los ni�os que consideran que sus malas notas son el resultado de alg�n tipo de deficiencia personal (�soy est�pido�) se sienten m�s deprimidos que aqu�llos otros que encuentran una explicaci�n que deja abierta la posibilidad de hacer algo para transformar las cosas (�si me esfuerzo m�s podr� sacar mejores notas en matem�ticas�). Los investigadores estudiaron tambi�n a un grupo de alumnos de tercero, cuarto y quinto curso que eran objeto del rechazo de sus compa�eros y efectuaron un seguimiento de aqu�llos que segu�an siendo marginados al a�o siguiente, descubriendo que un factor decisivo en la g�nesis de la depresi�n era el modo en que estos ni�os se explicaban a s� mismos el rechazo del que eran objeto. Quienes consideraban que el rechazo se deb�a a alguna especie de defecto personal eran m�s proclives a la depresi�n, mientras que los ni�os m�s optimistas, los que sent�an que pod�an hacer algo para mejorar la situaci�n, no se sent�an especialmente deprimidos a pesar del rechazo constante de que eran objeto. Otro estudio demostr� que los ni�os que ten�an una actitud pesimista cuando estaban a punto de efectuar la dif�cil transici�n al s�ptimo curso, eran m�s proclives a la depresi�n cuando deb�an enfrentarse al nuevo nivel de exigencias de la escuela o del hogar. Pero la prueba m�s palpable de que la actitud pesimista predispone a la depresi�n nos la proporciona un seguimiento de cinco a�os de duraci�n iniciado cuando los ni�os estaban en tercer curso. El predictor m�s decisivo de la depresi�n entre los ni�os m�s peque�os result� ser una actitud pesimista ante la vida en conjunci�n con un acontecimiento traum�tico importante, como, por ejemplo el divorcio de los padres o el fallecimiento de un familiar (situaciones, en suma, que no s�lo conmueven y angustian al ni�o, sino que tambi�n suelen privarle del apoyo y el consuelo de sus padres). No obstante, a lo largo de la escuela primaria tiene lugar un cambio significativo en su forma de interpretar las causas de los acontecimientos positivos y negativos que les toca vivir, achac�ndolos, cada vez m�s, a sus propios rasgos personales (�saco buenas notas porque soy listo� o �no tengo muchos amigos porque no soy divertido�). Este cambio parece tener lugar entre el tercer y quinto curso y. cuando ocurre, quienes sustentan una actitud pesimista y atribuyen la causa de los infortunios a un defecto intr�nseco comienzan a ser presa de estados de �nimo depresivos. Y lo que es m�s importante todav�a, la misma depresi�n contribuye a reforzar las pautas de pensamiento pesimistas, de modo que, aun cuando la depresi�n desaparezca, el ni�o queda marcado con una especie de cicatriz emocional, un conjunto de creencias alimentadas por la depresi�n y consolidadas por su pensamiento (que no es buen estudiante o que es antip�tico) que le impiden escapar de su sombr�o estado de �nimo. Estas ideas fijas hacen que el ni�o sea m�s vulnerable a caer nuevamente en la depresi�n.
155
LA FORMA DE ACABAR CON LA DEPRESION
Pero existen fundadas esperanzas de que es posible ense�ar a los ni�os formas m�s eficaces de afrontar los problemas y disminuir as� el riesgo de la depresi�n infantil. En un estudio llevado a cabo en un instituto de Oreg�n, uno de cada cuatro estudiantes mostraba lo que los psic�logos denominan una �depresi�n moderada�, una depresi�n que, aunque no reviste la suficiente gravedad como para afirmar que excede el grado de insatisfacci�n natural, bien podr�a constituir la antesala de una depresi�n aut�ntica.
Setenta y cinco estudiantes aquejados de esta depresi�n moderada aprendieron, en una clase especial fuera del horario habitual lectivo, a modificar las pautas de pensamiento generalmente
A diferencia de lo que ocurre con los adultos, la medicaci�n no parece ofrecer una alternativa para el tratamiento de la depresi�n infantil que pueda sustituir a la terapia o a la educaci�n preventiva. La investigaci�n ha demostrado que, en el caso de los ni�os, los antidepresivos tric�clicos que tanto �xito han tenido en el tratamiento de los adultos no son mejores que la administraci�n de un placeho, efecto de las nuevas medicaciones antidepresivas, como por ejemplo el Prozac, todav�a no ha sido estudiado en los ni�os.
Por su parte, la desipramina, uno de los tric�clicos m�s utilizados (y m�s seguros) para el tratamiento de los adultos, est� siendo actualmente ohjeto de estudio por parte del FDA Feod and Drues Administration, como una posible causa de mortatidad infantil, asociadas a ese estado, a hacer amigos, a relacionarse mejor con sus padres y a comprometerse en aquellas actividades sociales que les resultaban m�s atractivas. El 55% de los participantes en el programa, de ocho semanas de duraci�n, logr� recuperarse de su depresi�n, algo que s�lo consigui� el 25% de los estudiantes deprimidos que no se hab�an beneficiado del programa. Un a�o m�s tarde, el 25% de los componentes del grupo de control hab�a ca�do en una depresi�n mayor frente al 14% de los alumnos que hab�an participado en el programa de prevenci�n. As� pues, aunque el programa s�lo durase ocho sesiones, redujo a la mitad el riesgo de contraer una depresi�n. El mismo tipo de conclusiones esperanzadoras nos ofrece un programa especial de frecuencia semanal dirigido a ni�os de edades comprendidas entre los diez y los trece a�os que ten�an frecuentes disputas con sus padres y que tambi�n presentaban s�ntomas de depresi�n. Durante estas sesiones extraescolares los ni�os aprend�an ciertas habilidades emocionales b�sicas, como hacer frente a los problemas, pensar antes de actuar y, tal vez lo mas importante, revisar y modificar las creencias pesimistas ligadas a la depresi�n (como, por ejemplo, tomar la firme resoluci�n de esforzarse m�s en el estudio despu�s de haber obtenido malos resultados en un examen, en vez de pensar �no soy lo suficientemente listo�).
156
En opini�n del psic�logo Martin Seligman, uno de los creadores de este programa de doce semanas de duraci�n: �en estas clases los ni�os aprenden que es posible hacer frente a estados de �nimo como la ansiedad, el abatimiento o el enfado, y que la transformaci�n de nuestros pensamientos nos permite, en cierto modo, transformar tambi�n nuestros sentimientos �. Seg�n Seligman, el hecho de hacer frente a los pensamientos depresivos disipa las tinieblas del estado de �nimo negativo y �s�lo depende del esfuerzo sostenido momento a momento el que esto termine convirti�ndose en un h�bito�.
Estas sesiones especiales tambi�n redujeron a la mitad la frecuencia de las depresiones despu�s de dos a�os de haber concluido el programa. Al cabo de un a�o, s�lo el 8% de los participantes arrojaron unos resultados en un test sobre depresi�n que los situaba en un nivel entre moderado y grave, (frente al 29% de los ni�os pertenecientes al grupo de control), mientras que, dos a�os despu�s, el 20% de los muchachos que hab�an seguido el curso mostraban algunos s�ntomas de depresi�n moderada (en comparaci�n con el 44% del grupo de control).
El aprendizaje de estas habilidades emocionales puede resultar especialmente �til en plena adolescencia. Como observa Seligman: �estos chicos suelen estar mejor preparados para afrontar la ansiedad normal que experimenta el adolescente frente al rechazo, y parecen haber aprendido esta habilidad en un per�odo especial mente cr�tico para la depresi�n que tiene lugar alrededor de los diez a�os de edad. Despu�s de aprendida, esta lecci�n parece persistir e incluso fortalecerse en el curso de los a�os posteriores, sugiriendo claramente su aplicabilidad a la vida cotidiana�.
Los especialistas en la depresi�n infantil se muestran sumamente esperanzados con la aparici�n de estos nuevos programas.
Seg�n me comentaba Kovac: �si queremos intervenir eficazmente en problemas psiqui�tricos tales como la depresi�n, tenemos que hacer algo antes de que los ni�os enfermen. La �nica solucion parece pasar por alg�n tipo de vacuna psicol�gica�.
LOS TRASTORNOS ALIMENTICIOS
En una epoca en la que estudiaba psicolog�a cl�nica a finales de los sesenta, conoc� a dos mujeres que sufr�an trastornos de la conducta alimentaria, aunque s�lo me di cuenta de ello varios a�os despu�s. Una de ellas, una brillante licenciada en matem�ticas por Harvard, era amiga m�a desde mis d�as de estudiante universitario, la otra era bibliotecaria del MIT (Massachusetts Institute ol Technology) Mi amiga matem�tica se hallaba esquel�ticamente delgada pero no pod�a comer porque, seg�n dec�a, �la comida le repugnaba�; en cambio, la bibliotecaria era gruesa y sol�a atiborarse de helados, pastel de zanahoria y todo tipo de dulces aunque despu�s como me confes� avergonzada en cierta ocasi�n sol�a ir al servicio a provocarse el v�mito.
Hoy en d�a, a la primera de ellas le diagnosticar�a una anorexia y a la otra una bulimia, pero, en aquellos a�os, los cl�nicos s�lo estaban empezando a hablar de estos problemas y ni siquiera exist�an estas etiquetas. Hilda Bruch, una pionera de este movimiento, public� su primer art�culo sobre los trastornos de la conducta alimentaria en 1969. Bruch, que se hallaba desconcertada por los casos de mujeres cuya dieta las llevaba al borde de la muerte, propuso que una de las causas de este problema radica en la incapacidad de estas mujeres para identificar y responder adecuadamente a sus demandas corporales y especialmente, por supuesto, a la sensaci�n de hambre. Desde entonces, la literatura cl�nica sobre los trastornos de la conducta alimentaria ha proliferado como las setas y ha aparecido multitud de teor�as que tratan de explicar sus posibles causas. Estas causas van desde las chicas que se quieren mantener eternamente j�venes y se sienten obligadas a luchar infatigablemente para lograr un modelo inalcanzable de belleza femenina, hasta las madres posesivas que terminan enredando a sus hijas en una trama autoritaria de culpabilidad y verguenza.
157
Pero la mayor parte de estas hip�tesis adolec�an de la gran desventaja de ser extrapolaciones hechas seg�n observaciones efectuadas durante la terapia. Desde un punto de visto cient�fico es mucho m�s aconsejable llevar a cabo investigaciones sobre grandes grupos durante varios a�os para determinar qui�nes terminan superando el problema. S�lo este tipo de investigaci�n podr� ayudarnos a determinar con exactitud las variables que favorecen la aparici�n del problema y diferenciarlas de aquellas otras condiciones que, si bien parecen relacionadas, no tienen una incidencia directa sobre �l.
Un estudio de este tipo llevado a cabo con m�s de novecientas muchachas que se hallaban entre el s�ptimo y el d�cimo curso puso de manifiesto la existencia de serias deficiencias emocionales(como, por ejemplo, la incapacidad de dominar y expresar los sentimientos desagradables). Sesenta y una chicas de d�cimo curso de un instituto de las afueras de Minneapolis presentaban ya graves s�ntomas de anorexia y bulimia. Cuanto mayor era la gravedad del trastorno, m�s desbordantes eran los sentimientos negativos con que las chicas reaccionaban a los contratiempos, dificultades y problemas que la vida les presentaba y menor era tambi�n su conciencia de sus verdaderos sentimientos.
Y la combinaci�n de estas dos tendencias emocionales con el rechazo hacia el propio cuerpo, daba como resultado la anorexia o la bulimia. Esa investigaci�n tambi�n descubri� que los padres autoritarios no desempe�an un papel decisivo en la etiolog�a de los trastornos de la conducta alimentaria. Como la misma Bruch hab�a advertido, las teor�as explicativas basadas en la percepci�n o comprensi�n a posteriori (como. por ejemplo, que los padres pueden llegar f�cilmente a ser posesivos como respuesta a sus desesperados intentos por controlar a una hija que padece un trastorno alimenticio) son probablemente inadecuadas. Las explicaciones m�s populares, como el miedo a la sexualidad, el inicio precoz de la pubertad o la baja autoestima tambi�n demostraron carecer de todo fundamento.
Esta investigaci�n demostr� que el principal desencadenante de este trastorno radica en una sociedad obsesionada por un modelo ideal de belleza antinaturalmente delgado. Mucho antes del inicio de la adolescencia, las chicas ya comienzan a conceder importancia a su peso. Por ejemplo, una ni�a de seis a�os rompi� a llorar cuando su madre le dijo que el ba�ador la hac�a parecer gorda cuando, en opini�n del pediatra que presenta el caso, el peso de la ni�a era normal para su estatura� Un estudio realizado con adolescentes descubri� que el 50% de ellas cre�an que estaban demasiado gruesas, a pesar de que la inmensa mayor�a ten�a un peso completamente normal. No obstante, el estudio de Minneapolis tambi�n demostr� que la obsesi�n por el peso no basta para explicar por qu� ciertas chicas desarrollan este tipo de problemas alimenticios.
Muchas personas obesas son incapaces de expresar la diferencia que existe entre tener miedo, estar hambriento o sentirse enfadado e interpretan confusamente todos estos sentimientos como si estuvieran relacionados con el hambre, una situaci�n que las lleva a comer compulsivamente cada vez que se sienten preocupadasi Y algo similar parece estar ocurri�ndoles a las muchachas que padecen trastornos de la conducta alimentaria. Gloria Leon, la psic�loga de la Universivad de Minnesota que llev� a cabo este estudio, observ� que: �estas muchachas manifiestan una conciencia muy pobre de sus sentimientos y de los mensajes de su cuerpo, lo cual constituye un predi ctor claro de que, en el curso de los dos a�os posteriores, desarrolar�n alguno de estos des�rdenes. La mayor�a de los ni�os aprenden a dis�inguir entre sus sensaciones y son capaces de discernir si est�n aburridos, enfadados, deprimidos o hambrientos, una habilidad que forma parte del aprendizaje emocional b�sico. Pero estas muchachas tienen dificultades para saber qu� es lo que realmente sienten. De este modo, cuando, por ejemplo, tienen un problema con su novio, no saben si est�n enfadadas, ansiosas o deprimidas, lo �nico que experimentan es una difusa tormenta emocional con la que no saben c�mo relacionarse y tratan de superarla comiendo, algo que puede legar a convertirse en un h�bito muy arraigado�.
Cuando esta forma de tranquilizarse choca con las presiones que sufren las chicas para mantenerse delgadas, queda expedito el camino para el desarrollo de alg�n tipo de trastorno alimentario.
Como observa Leon: �al comienzo, la muchacha puede empezar a comer vorazmente, pero si quiere mantenerse delgada tiene que tratar de provocarse el v�mito, tomar laxantes o realizar un intenso esfuerzo f�sico que la libre del exceso de peso. Otra de las modalidades utilizadas para controlar la confusi�n emocional puede ser la de no comer en absoluto, ya que esto parece proporcionarle un m�nimo control sobre los sentimientos angustiantes�.
Cuando estas chicas, que combinan una escasa conciencia de si mismas con una habilidad social empobrecida, se sienten alteradas, son incapaces de calmar su sensaci�n de angustia. En tal caso, los problemas con los padres o los amigos disparan el trastorno alimenticio, ya sea �ste la bulimia, la anorexia o simplemente la voracidad compulsiva. En opini�n de Leon, el tratamiento eficaz de esta clase de chicas deber�a incluir alg�n tipo de adiestramiento en las habilidades emocionales de las que carecen. Seg�n me dijo Leon: �los cl�nicos han constatado que la terapia funciona mejor cuando presta atenci�n a estas deficiencias.
158
Estas muchachas deben aprender a identificar sus sentimientos, a tranquilizarse y a orientar m�s adecuadamente sus relaciones sin abandonarse a sus irregulares h�bitos alimenticios.�
LOS SOLITARIOS Y LOS MARGINADOS
Fue un peque�o drama de la escuela primaria. Ben, un alumno de cuarto curso con muy pocos amigos, acababa de o�r decir a su companero Jason que no iban a jugar juntos durante la hora de la comida porque quer�a jugar con otro ni�o llamado Chad. Ben, entonces, se derrumb�, escondi� la cabeza entre las manos y se puso a llorar. Al cabo de un rato se dirigi� a la mesa en la que Jason y Chad estaban comiendo y dijo: �Te odio! �Por qu�? pregunt� �ste.Porque me has mentido respondi� Ben en tono acusatorio. Toda la semana has estado diciendo que hoy jugar�as conmigo y me has enga�ado.
Luego Ben se alej� visiblemente enfadado a su mesa vac�a y empez� a sollozar en silencio. Jason y Chad se dirigieron entonces hacia �l y trataron de hablarle, pero Ben se tap� los o�dos ignor�ndoles y sali� corriendo del comedor para esconderse detr�s de un contenedor de basura. Un grupo de chicas que hab�a presenciado el di�logo trat� entonces de mediar en la disputa y le dijeron que Jason quer�a jugar con �l. Pero Ben tampoco quiso escuchar�as y les respondi� que le dejaran solo. Luego sigui� alimentando su resentimiento, acompa�ado tan s�lo de su llanto.
Una situaci�n desoladora, �qu� duda cabe? La sensaci�n de sent�rse rechazado y falto de la amistad de los dem�s es algo con lo que todos debemos enfrentarnos en alg�n momento de nuestra infancia o de nuestra adolescencia. Pero lo que resulta m�s llamativo en el caso de Ben es su ineptitud para responder a todos los intentos realizados por Jason para corregir su error, una actitud que s�lo contribuy� a prolongar su malestar. Esta incapacidad para comprender ciertos mensajes clave resulta muy com�n en los ni�os impopulares. Como vimos en el capitulo 8, los ni�os socialmente rechazados suelen tener dificultades para registrar los mensajes emocionales y sociales y, en el caso de que lleguen a percibirlos, muestran un repertorio de respuestas sumamente restringido.
Uno de los riesgos principales que corren los ni�os socialmente rechazados es la posibilidad de abandonar la escuela. El promedio de abandono escolar entre los ni�os rechazados por sus compa�eros es entre dos y ocho veces superior al de los ni�os populares. Por ejemplo, un estudio puso de manifiesto que aproximadamente el 25% de los ni�os impopulares en la escuela primaria abandonan sus estudios antes de terminar el instituto, cuando el promedio general es del ~ lo cual no resulta sorprendente dada la dificultad que puede suponer permanecer treinta horas semanales en un lugar en el que no le caemos simp�tico a nadie.
Hay dos tendencias emocionales que pueden contribuir a que los ni�os terminen margin�ndose socialmente. Una de ellas, como ya hemos visto, es la propensi�n a los arrebatos de c�lera y a percibir hostilidad donde no la hay, y la otra consiste en mostrarse excesivamente t�mido, ansioso y vergonzoso. Pero tambi�n tenemos que decir que, por encima de estos factores temperamentales, los ni�os que m�s tienden a ser relegados aqu�llos cuya reiterada terquedad hace sentirse inc�modos a los dem�s son los ni�os �desconectados�.
Una de las formas en que estos ni�os se muestran �desconectados� es a trav�s de las se�ales emocionales que emiten al mundo exterior. Por ejemplo, un estudio demostr� que los ni�os con pocos amigos no sab�an emparejar una emoci�n como el disgusto o el rechazo, por ejemplo con un determinado rostro.
Cuando se pregunt� a los ni�os de una guarder�a por la forma en que hac�an nuevos amigos o evitaban las peleas, fueron nuevamente los ni�os impopulares aqu�llos con los que los dem�s no quer�an jugar quienes ofrecieron las respuestas m�s inapropiadas (la respuesta m�s habitual de estos ni�os, por ejemplo, en el caso de que desearan el mismo juguete que uno de sus compa�eros era la de empujarles o la de buscar la ayuda de un adulto). Y cuando se pidi� a varios ni�os de edad m�s avanzada que escenificaran la tristeza, el enfado o la desconfianza, fueron tambi�n los m�s impopulares quienes llevaron a cabo las representaciones menos convincentes. No resulta, pues, sorprendente que estos ni�os se sientan incapaces de hacer amigos y que su incompetencia social termine convirti�ndose en una profec�a autocumplida. En lugar de aprender nuevas estrategias de aproximaci�n a los dem�s, estos ni�os se limitan a repetir una y otra vez pautas que no funcionaron en el pasado o ensayan otras nuevas m�s torpes a�n si cabe.
Estos ni�os manifiestan un escaso criterio emocional y no se les considera una compa��a agradable ni saben qu� hacer para que los dem�s se encuentren a gusto con ellos. Por ejemplo, la observaci�n del juego de estos ni�os impopulares demostr� una mayor tendencia que el resto a hacer trampas, enfadarse y dejar de jugar cuando perd�an, o jactarse y fanfarronear cuando ocurr�a lo contrario. Est� claro que todos los ni�os quieren ganar, pero la mayor parte de ellos son capaces de refrenar sus reacciones emocionales de modo que no afecten a la relaci�n con sus compa�eros de juego.
Pero aunque los ni�os emocionalmente sordos los ni�os que tienen dificultades para registrar y responder a las emociones suelen convertirse en marginados sociales, existen muchos otros ni�os que atraviesan por per�odos transitorios de rechazo que no terminan aboc�ndoles a un horizonte tan sombr�o. En cualquier caso, el desolador estatus que acompa�a a quienes son objeto del rechazo constante durante los a�os de escuela se agudiza con el paso del tiempo, incrementando as� su grado de marginaci�n social. Hay que tener en cuenta que es en el crisol de la amistad y en el bullicio del juego en donde se forjan las habilidades emocionales y sociales que condicionan las relaciones que el ser humano sostiene a lo largo de toda su vida. Es evidente, pues, que los ni�os que son excluidos de este �mbito de aprendizaje no cuentan con las mismas posibilidades que los dem�s.
Es comprensible que los ni�os rechazados experimenten miedo y ansiedad y se sientan deprimidos y aislados De hecho, el grado de popularidad de los ni�os de tercer curso ha demostrado ser un mejor predictor de los problemas de salud mental que pueden presentar alrededor de los dieciocho a�os que cualquier otro dato, como las calificaciones escolares, el rendimiento acad�mico, el CI e incluso los resultados de los test psicol�gicos, como ya hemos visto anteriormente, los ni�os que tienen pocos amigos terminan convirti�ndose en solitarios cr�nicos que, de mayores, correr�n m�s riesgos de contraer determinadas enfermedades y de sufrir una muerte anticipada.
Como afirma el psicoanalista Harry Stack Sullivan, las relaciones tempranas que sostenemos con nuestros mejores amigos del mismo sexo nos ensenan a navegar en el mundo de las relaciones �ntimas (a dirimir las diferencias y a compartir nuestros sentimientos m�s profundos). Pero los ni�os rechazados disponen de muchas menos ocasiones que sus compa�eros para poder entablar una amistad �ntima en los a�os de la escuela primaria perdiendo as� una oportunidad crucial para su desarrollo emocional. En este sentido, tener un amigo aunque s�lo sea uno e iincluso aunque esa amistad no sea muy s�lida puede suponer, a la larga, una extraordinaria diferencia.
EL APRENDIZAJE DE LA AMISTAD
Pero existe una puerta abierta a la esperanza para los ni�os rechazados. Steven Asher, psic�logo de la Universidad de Illinois, ha dise�ado un programa de �adiestramiento para la amistad� destinado a los ni�os impopulares que ha tenido cierto �xito. La investigaci�n realizada por Asher comenz� identificando a los alumnos de tercer y cuarto curso que menos atractivos resultaban para sus compa�eros de clase. Luego organiz� seis sesiones para ense�arles el modo de inducirles a �una participaci�n m�s agradable en los juegos�, ense��ndoles a ser �m�s amistosos, divertidos y simp�ticos�. Para evitar cualquier tipo de estigmatizaci�n, Asher les dijo que iban a actuar en calidad de �consejeros� del entrenador, quien estaba tratando de averiguar las cosas que hac�an m�s atractiva la participaci�n de los ni�os en los juegos.
Los ni�os fueron entrenados a comportarse del mismo modo que Asher consideraba caracter�stico de los m�s populares. Tambi�n se les alentaba a tratar de encontrar soluciones alternativas (en lugar de recurrir exclusivamente a las peleas) si ten�an problemas con las reglas del juego; a comunicarse con los dem�s y a hacerles preguntas mientras estaban jugando; a escuchar y observar a los otros ni�os para averiguar c�mo se sent�an; a decir algo agradable cuando los dem�s hac�an algo bien; y a sonre�r y a brindar su colaboraci�n, sus propuestas y su aliento. Los ni�os deb�an poner en pr�ctica estas reglas b�sicas de cortes�a mientras jugaban con un compa�ero de clase y se les adiestraba a comentar despu�s sus experiencias durante el juego. El efecto de este cursillo de relaciones sociales fue considerablemente positivo.
Un a�o despu�s, los ni�os que hab�an participado en este entrenamiento ni�os que, record�moslo, fueron seleccionados por que eran los que menos simpat�as despertaban entre sus compa�eros gozaban de una posici�n notablemente m�s popular. Hay que decir tambi�n que ninguno de ellos destacaba por su brillantez social, pero lo cierto es que hab�an dejado de engrosar las filas de los ni�os rechazados.
A similares conclusiones ha llegado Stephen Nowicki, psic�logo de la Universidad de Emoryi. Nowicki ha concebido tambi�n un programa destinado a adiestrar a los ni�os marginados en la mejora de su capacidad para interpretar y responder adecuadamente a los sentimientos de los dem�s. Este programa comienza con la grabaci�n en video de los ni�os tratando de expresar emociones como, por ejemplo, la tristeza o la alegr�a y luego se completa con un adiestramiento que les ayuda a mejorar su expresividad. Finalmente, llevan a la pr�ctica su nueva habilidad con alg�n otro ni�o con quien deseen entablar amistad.
160
Entre el 50 y el 60% de los ni�os rechazados que han participado en este tipo de programas han logrado mejorar su grado de aceptaci�n. En la actualidad, estos programas parecen funcionar mejor con alumnos de tercer y cuarto curso que con ni�os de grados superiores, y parecen tambi�n m�s adecuados para los ni�os socialmente ineptos que para los ni�os agresivos pero, en mi opini�n, todo es cuesti�n de puesta a punto. En cualquier caso, el hecho de que casi todos los ni�os rechazados puedan volver a formar parte del c�rculo de la amistad con un m�nimo adiestramiento emocional constituye un claro signo de esperanza.
EL ALCOHOL Y LAS DROGAS: LA ADICCION COMO AUTOMEDICACl�N
Los estudiantes del campus universitario local lo llamaban �beber hasta quedarse en blanco�, es decir, ingerir dosis masivas de cerveza hasta llegar a perder el conocimiento. Una de las t�cnicas m�s utilizadas consist�a en insertar un embudo en una manguera de modo que, a trav�s de �sta, pueda verterse en menos de diez segundos una jarra entera de cerveza. Pero no debemos considerar que este procedimiento constituya una rareza aislada, porque una encuesta mostr� que aproximadamente el 40% de los estudiantes universitarios varones son capaces de ingerir un m�nimo de siete bebidas alcoh�licas de una sentada y el 11% se consideran a s� mismos �bebedores resistentes�, otra forma de denominar, en suma, al alcoholismo. En la actualidad, el 50% de universitarios varones y el 40% de las universitarias se emborrachaban al menos un par de veces al mes. Aunque en los Estados Unidos el uso de las drogas entre la ventud disminuy� durante la d�cada de los ochenta, es cada vez mayor el consumo de alcohol a edades m�s precoces. Un estudio llevado a cabo en 1993 revel� que el 33% de las estudiantes universitarias admit�an que beb�an para emborracharse, frente a un porcentaje del 10% en 1977. En t�rminos generales, uno de cada tres estudiantes bebe con la intenci�n de embriagarse. Esta situaci�n comporta, a su vez, otro tipo de riesgos, puesto que el 90% del total de violaciones denunciadas en los campus universitarios tuvieron lugar despu�s de que la v�ctima o el agresor o ambos a la vez hubieran estado bebiendo. Por �ltimo, los accidentes relacionados con el alcohol son la principal causa de mortalidad entre los j�venes de edad comprendida entre los quince y los veinticuatro a�os.
La experimentaci�n con el alcohol y las drogas parece ser un rito de pasaje para los adolescentes pero, en algunos casos, esta primera toma de contacto puede llegar a tener efectos permanentes. En este sentido podr�amos decir que el origen de la adicci�n de la mayor�a de los alcoh�licos y dem�s toxic�manos se remonta a la edad de diez a�os, aunque pocos de los que han experimentado con el alcohol y las drogas terminan convirti�ndose en alcoh�licos o toxic�manos. Por ejemplo, m�s del 90% de los alumnos que concluyen la ense�anza secundaria ya han probado el alcohol, pero s�lo el 14% de ellos llegan a transformarse en alcoh�licos. Del mismo modo, s�lo un porcentaje inferior al 5% de los millones de norteamericanos que han probado la coca�na se han convertido en adictos. �Qu� es, pues, lo que determina la diferencia entre uno y otro caso?
Quienes habitan en un barrio con un alto �ndice de delincuencia, en donde se vende crack a la vuelta de la esquina y el traficante de drogas es el ejemplo local m�s destacado del �xito econ�mico, est�n m�s expuestos al abuso de estas substancias.
Algunos pueden llegar a hacerse adictos convirti�ndose en camellos ocasionales, otros simplemente debido a su facilidad de acceso o a una subcultura miope que mitifica el uso de las drogas; un factor este �ltimo que aumenta el riesgo del abuso de drogas en cualquier entorno, incluso y quiz�s especialmente entre los muchachos m�s acomodados econ�micamente. Pero todo ello no responde a la cuesti�n de cu�les son los chicos que se hallan m�s expuestos a este tipo de trampas y presiones. �Qui�nes van a tener simplemente una experiencia ocasional y qui�nes por el contrario, son m�s propensos, a convertirlo en un h�bito permanente?
Una teor�a cient�fica al uso afirma que las personas que dependen del alcohol y de las drogas est�n utilizando esas sustancias como una especie de medicaci�n que les ayuda a mitigar su ansiedad, su enojo y su depresi�n, puesto que les permiten calmar qu�micamente la ansiedad y la insatisfacci�n que les atormentan. En un seguimiento efectuado sobre varios cientos de estudiantes de s�ptimo y octavo curso a lo largo de un par de a�os, quienes acusaron mayores niveles de angustia emocional mostraron posteriormente las tasas mas elevadas de abuso de drogas. Esto tambi�n podr�a explicar por qu� hay tantos j�venes que prueban el alcohol y las drogas sin llegar a convertirse en adictos, mientras que otros se hacen dependientes casi desde el mismo comienzo. As� pues, las personas m�s vulnerables a la adicci�n parecen encontrar en las drogas y el alcohol una especie de varita m�gica que les ayuda a sosegar las emociones que les han estado atormentando durante muchos a�os.
Como se�ala Ralph Tarter, psic�logo del Western Psychiatric Institute and Clinie, de Pittsburgh: �hay personas que parecen biol�gicamente predispuestas y cuya primera toma de contacto con la droga es tan recompensante que los dem�s no podemos ni siquiera legar a sospechar. Muchas personas que han logrado recuperarse del abuso de drogas me han confesado que, cuando la tomaron, se sintieron normales por primera vez en la vida. As� pues, al menos a corto plazo, la droga act�a como una especie de estabilizador psicol�gico�. Y en esto se basa, por supuesto, la principal tentaci�n a la que recurre el demonio de la adicci�n, ya que es capaz de provocar una sensaci�n de bienestar a corto plazo, aunque, a la larga, termine abocando al desastre permanente.
161
Tambi�n existen ciertas pautas emocionales que parecen determinar que las personas tiendan a encontrar consuelo emocional en unas substancias m�s que en otras. Hay, por ejemplo, dos caminos diferentes que conducen al alcoholismo. El primero de ellos se inicia cuando una persona que ha tenido una infancia llena de tensi�n y ansiedad descubre por lo general en la adolescencia que el alcohol le permite mitigar la sensaci�n de ansiedad.
Es frecuente que estas personas generalmente varones sean, a su vez, hijos de alcoh�licos que tambi�n recurren a la bebida para tratar de calmar su nerviosismo. Uno de los indicadores biol�gicos de esta pauta es la hiposecreci�n de GABA, uno de los neurotransmisores que regulan la ansiedad. Cuanto menor es el nivel de GABA, mayor es el �ndice de tensi�n que experimenta el individuo. Cierto estudio puso de manifiesto c�ue los hijos de padres alcoh�licos presentan un bajo nivel de GABA y, en consecuencia, son sumamente ansiosos. Pero cuando estas personas ingieren alcohol, su nivel de GABA aumenta en la misma proporci�n en que disminuye su sensaci�n de ansiedad. Los hijos de alcoh�licos, pues, beben principalmente para aliviar la tensi�n y descubren en el alcohol una sensaci�n de liberaci�n que no saben conseguir de otro modo. Este tipo de personas es asimismo muy vulnerable al abuso de sedantes combinados con el alcohol, que tambi�n potencian el descenso del nivel de ansiedad.
Un estudio neuropsicol�gico llevado a cabo con hijos de alcoh�licos que a la temprana edad de doce a�os evidenciaban ya claros s�ntomas de ansiedad (como un marcado aumento del ritmo cardiaco en respuesta al estr�s o una elevada impulsividad) demostr� que estos ni�os presentaban un pobre funcionamiento del l�bulo frontal. Esto significa que pueden confiar menos que otros chicos en aquellas �reas cerebrales que podr�an ayudarles a paliar la ansiedad o a controlar la impulsividad. Y, dado que los l�bulos prefrontales tambi�n afectan al funcionamiento de la memoria permitiendo, por ejemplo, tener bien presentes las consecuencias de las rutas de acci�n a que nos conduce una determinada decisi�n, esta carencia constituye un camino directo al alcoholismo que les lleva a tener exclusivamente en cuenta los efectos sedantes inmediatos del alcohol sobre la ansiedad y les impide sopesar adecuadamente sus efectos negativos a largo plazo.
Esta b�squeda desesperada de calma parece ser el indicador emocional de una susceptibilidad gen�tica hacia el alcoholismo.
Un estudio efectuado con 1300 parientes de alcoh�licos demostr� que los hijos de �stos que presentaban un elevado �ndice de ansiedad cr�nica, son quienes mayores riesgos tienen de abusar de la bebida. La conclusi�n de los investigadores que llevaron a cabo este estudio fue que, en estas personas, el alcoholismo constituye una forma de �automedicaci�n que les permite combatir los s�ntomas de la ansiedad�?
El otro camino emocional que conduce al alcoholismo est� ligado a un elevado nivel de agitaci�n, impulsividad y aburrimiento. Durante la infancia, esta pauta se manifiesta como un comportamiento inquieto, caprichoso y desobediente, y en la escuela primaria asume la forma de nerviosismo, hiperactividad y b�squeda de problemas, una tendencia que, como ya hemos apuntado, puede empujarles a buscar amigos problem�ticos y terminar aboc�ndoles, en ocasiones, a la delincuencia o al diagn�stico de �trastorno de personalidad antisocial�. El principal problema emocional de estas personas (sobre todo varones) es la agitaci�n; su principal debilidad, la impulsividad descontrolada y su reacci�n habitual ante el aburrimiento, la b�squeda compulsiva del riesgo y la excitaci�n. Los adultos que presentan esta pauta de conducta que posiblemente est� ligada a ciertas deficiencias en dos tipos de neurotransmisores, la serotonina y el MAO (monoaminooxidasal) son incapaces de soportar la monoton�a y est�n dispuestos a probarlo todo, descubriendo que el alcohol puede calmar f�cilmente su agitaci�n. De este modo, su elevado nivel de impulsividad combinado con su aversi�n al aburrimiento les convierte en claros candidatos al abuso de una lista casi interminable de todo tipo de drogas. Pero, aunque el alcohol pueda aliviar provisionalmente la depresi�n, sus efectos metab�licos no tardan en empeorar la situaci�n. Por esto, quienes consumen alcohol lo hacen m�s para calmar la ansiedad que la depresi�n. Existen otras drogas completamente diferentes que apaciguan al menos temporalmente las sensaciones que aquejan a las personas deprimidas.
Por ejemplo, la infelicidad cr�nica coloca a las personas en una situaci�n de grave riesgo de adicci�n a estimulantes tales como la coca�na, porque esta sustancia constituye un ant�doto directo contra la depresi�n. Un estudio mostr� que m�s de la mitad de los pacientes que estaban siendo tratados cl�nicamente de su adicci�n a la coca�na podr�an haber sido diagnosticados de depresi�n grave antes de que comenzaran a habituarse y que, a mayor gravedad de la depresi�n previa, m�s arraigado estaba el h�bito.
162
La irritabilidad cr�nica, por su parte, puede conducir a otro tipo de vulnerabilidad. Un estudio demostr� que la pauta emocional m�s caracter�stica de los cuatrocientos pacientes que estaban siendo tratados de su adicci�n a la hero�na y otros opi�ceos, era su dificultad para controlar la ira y su predisposici�n al enojo. Algunos de estos pacientes confirmaron que los opi�ceos les hab�an permitido sentirse normales y relajados por primera vez en su vida.
Como han demostrado durante d�cadas Alcoh�licos An�nimos y otros programas de recuperaci�n, aunque la predisposici�n al abuso de las drogas se origine, en muchos casos, en un determinado funcionamiento cerebral, los sentimientos que impulsan a las personas a �automedicarse� es con el uso de la bebida o las drogas pueden resolverse sin tener que recurrir a ning�n tipo de sustancias. La capacidad de mitigar la ansiedad, de superar la depres i�n o de calmar la irritaci�n, por ejemplo, contribuye a eliminar el impulso de consumir todo tipo de drogas.
La ense�anza de estas habilidades emocionales b�sicas constituye un elemento fundamental en los programas de tratamiento contra las toxicoman�as. Pero seria mucho mejor, �qu� duda cabe?, que estas habilidades se aprendieran en una fase m�s temprana de la vida, antes de que el h�bito arraigase.
NO MAS CRUZADAS UN CAMINO PREVENTIVO COMUN
En las dos �ltimas d�cadas se han declarado diversas �cruzadas�: contra los embarazos juveniles, contra el fracaso escolar, contra las drogas y, m�s recientemente, contra la violencia. No obstante, el problema con este tipo de campa�as es que llegan demasiado tarde, cuando la situaci�n ya ha alcanzado proporciones end�micas y ha arraigado firmemente en las vidas de los j�venes.
En este sentido equivalen a una intervenci�n en momentos de crisis, a tratar de resolver los problemas cl�nicos enviando ambulancias para recoger a los enfermos en lugar de proporcionarles una vacuna que pueda impedir que contraigan la enfermedad.
Pero no necesitamos tanto este tipo de campa�as, sino que debemos centrar todos nuestros esfuerzos en la prevenci�n, ofreciendo a los ni�os la oportunidad de desarrollar las capacidades que les permitan afrontar la vida y aumentar as� la posibilidad de escapar de todos esos destinos infaustos. Mi insistencia en la importancia de las deficiencias emocionales y sociales no pretende subestimar el papel que desempe�an otros factores de riesgo como, por ejemplo, el hecho de haber nacido en una familia ca�tica, fragmentada o violenta, o crecido en un barrio infestado por la delincuencia, la pobreza y las drogas.
La pobreza, por s� sola, ya constituye suficiente azote emocional para los ni�os y, en este sentido, a la edad de cinco a�os los ni�os m�s pobres se sienten ya m�s temerosos, ansiosos y tristes, presentan m�s problemas de conducta y rabietas m�s frecuentes, y se muestran m�s destructivos que sus compa�eros mejor situados econ�micamente, una tendencia que se mantendr� durante los diez a�os siguientes. La presi�n de la pobreza tambi�n corroe los cimientos mismos de la vida familiar disminuyendo la expresi�n del afecto, aumentando la depresi�n de las madres (que frecuentemente se hallan solas y sin trabajo) y aumentando tambi�n la incidencia de castigos duros como los gritos, los golpes y las amenazas f�sicas. Pero tambi�n hay que decir que las habilidades emocionales desempe�an un papel m�s decisivo que los factores econ�micos y familiares a la hora de determinar s� un ni�o o un adolescente concreto llegar� a arruinar su vida por estas dificultades o si, por el contrario, podr�a sobreponerse a ellas. Los estudios a largo plazo realizados sobre centenares de ni�os que han crecido en condiciones de extrema pobreza, en el seno de familias agresivas o con padres que padec�an serios trastornos psicol�gicos, demuestran que quienes son capaces de afrontar las dificultades m�s adversas comparten las mismas habilidades emocionales fundamentales, entre las que podemos destacar la simpat�a, la sociabilidad, la confianza en uno mismo, el optimismo frente a las dificultades y frustraciones, la capacidad para recuperarse r�pidamente de los fracasos y la flexibilidad.
Pero la inmensa mayor�a de estos ni�os deben afrontar las dificultades sin contar con estas ventajas. Claro est� que muchas de estas capacidades son innatas la loter�a gen�tica de la que hemos hablado en otro momento pero, tal como vimos en el cap�tulo 14, hasta cualidades como el temperamento pueden ser transformadas. Evidentemente, uno de los niveles de intervenci�n debe ser pol�tico y econ�mico, tratando de aliviar tanto la pobreza como el resto de las condiciones sociales que engendran estos problemas. Pero, adem�s de estas intervenciones (que, por cierto, parecen ocupar un lugar secundario en los programas sociales), existen otras posibles alternativas para ayudar a los ni�os a superar estos problemas acuciantes.
Tomemos el caso de los trastornos emocionales que afectan a uno de cada dos norteamericanos. Un estudio demostr� que el 48% de los de 8.098 individuos encuestados hab�a sufrido alg�n tipo de problema psiqui�trico a lo largo de su vida. El 14% de ellos estaba afectado m�s seriamente y hab�a tenido tres o m�s problemas psiqui�tricos al mismo tiempo. Este �ltimo grupo era el m�s problem�tico, dando cuenta del 60% del total de problemas psiqui�tricos que ocurr�an en un determinado momento y del 90% de los problemas de incapacitaci�n m�s graves. Es evidente que estas personas necesitan una atenci�n inmediata pero, como ya hemos se�alado, el tratamiento �ptimo ser�a el preventivo.
163
Habr�a que a�adir, sin embargo, que no todos los problemas psiqui�tricos pueden preverse, opini�n de Ronald Kessler, el soci�logo de la Universidad de Michigan que realiz� el estudio del que estamos hablando: �debemos intervenir en una fase muy temprana de la vida. Consideremos, por ejemplo, a una ni�a de sexto curso que padezca de fobia social y comience a beber en el instituto como una forma de superar sus problemas de relaci�n. A la edad de veinte a�os, cuando la descubre nuestro estudio, todav�a sigue teniendo los mismos miedos, se ha convertido en una politoxic�mana y est� deprimida porque su vida es un caos completo. �Qu� podr�amos haber hecho nosotros durante su infancia para invertir el curso de los acontecimientos?� Esto mismo es aplicable, obviamente, a la disminuci�n de la violencia o a los muchos peligros que acechan a la juventud contempor�nea Los programas educativos concebidos para la preveneci�n de un problema concreto como, por ejemplo, el abuso de drogas, los embarazos juveniles o la violencia han proliferado en la �ltima d�cada, creando una m�niindustr�a dentro del mercado educativo. Pero la mayor parte de estos programas~ incluyendo los m�s h�bilmente promocionados y difundidos, han demostrado ser completamente ineficaces, e incluso hay algunos de ellos que, para desaz�n de los educadores, parecen agravar los mismos problemas para los que fueron destinados.
La informaci�n no es suficiente En este sentido, un caso sumamente ilustrativo es el abuso sexual de los menores. Hasta el a�o 1993 se registraron anualmente cerca de doscientos mil casos probados en los Estados Unidos, con un incremento anual de aproximadamente el 10%. Pero, si bien las estimaciones var�an considerablemente, la mayor parte de los expertos coinciden en afirmar que entre el 20 y el 30% de las chicas y cerca de la mitad de esa cifra de los chicos (porque las cifras varian en funci�n, entre otros factores. de la definici�n que se d� del abuso sexual) han sufrido alg�n tipo de abuso sexual antes de los diecisiete a�os . No existe un perfil claro que permita definir al ni�o vulnerable al abuso sexual, pero la mayor�a de ellos se sienten desproteg�dos, incapaces de resistir por s� solos y aislados por lo que les ha sucedido. A la vista de estos peligros son muchas las escuelas que han comenzado a ofrecer programas de prevenci�n de los abusos sexuales. Casi todos estos programas se limitan a ofrecer una escueta informaci�n sobre el abuso sexual, ense�ando a los muchachos, por ejemplo, a apreciar la diferencia entre las caricias y los tocamientos, alert�ndoles de los peligros implicados y anim�ndoles a contar los hechos a un adulto si algo les ocurre. Pero una investigaci�n realizada a nivel nacional con dos mil ni�os descubri� que este adiestramiento no serv�a pr�cticamente de nada o incluso empeoraba la situaci�n a la hora de ayudar a que los ni�os hicieran algo para impedir convertirse en victimas, ya fuera a manos de un gamberro escolar o de un posible pederasta. Mucho m�s grave resulta el hecho de que los ni�os que hab�an pasado por estos programas y hab�an sufrido alg�n tipo de abuso sexual se mostraban la mitad de motivados para denunciarlo posteriormente que quienes no hab�an pasado por ning�n programa.
Por el contrario, los ni�os que se hab�an beneficiado de un programa m�s global un programa que inclu�a el entrenamiento en habilidades emocionales y sociales estaban en mejores condiciones para protegerse y respond�an de una manera mucho m�s decidida, exigiendo que se les dejara en paz, gritando, peleando, amenazando con contarlo o, en �ltimo extremo, llegando a denunciar el caso si algo malo les ocurr�a. Este �ltimo recurso denunciar el abuso suele ser francamente preventivo ya que muchos de quienes perpetran este tipo de acciones agreden a centenares de ni�os. Una investigaci�n realizada entre personas de este tipo que ten�an unos cuarenta a�os de edad descubri� que, por t�rmino medio, forzaban a una v�ctima al menos una vez al mes desde la adolescencia. El expediente de un conductor de autob�s escolar y de un profesor de inform�tica revela que, entre ambos, agredieron sexualmente a m�s de trescientos ni�os al a�o. Sin embargo, ninguno de los ni�os lleg� a denunciar los hechos. El caso sali� a la luz cuando uno de los ni�os que hab�a sido agredido por el profesor comenz� a abusar, a su vez, de su propia hermana. Los ni�os que hab�an asistido a estos programas m�s globales mostraron una tendencia tres veces superior a denunciar los hechos que los ni�os a los que s�lo se les brind� un programa m�nimo. Pero �por qu� este tipo de programas funcionan mientras que los otros no lo hacen? Hay que decir que estos programas no tienen lugar de manera aislada, sino que se imparten en distintos niveles y en diferentes ocasiones a lo largo del desarrollo escolar, como parte de la educaci�n sexual o de la educaci�n para la salud. Adem�s, son programas que tambi�n alientan a los padres a transmitir paralelamente el mismo mensaje que se est� ense�ando en la escuela (y los ni�os cuyos padres siguieron este consejo son los que m�s probabilidades tienen de superar el riesgo de un abuso sexual).
Pero m�s all� de este punto, las diferencias dependen de las habilidades emocionales. A los ni�os no les basta con saber la diferencia existente entre las caricias y los tocamientos sino que deben tener, adem�s, la suficiente conciencia de s� mismos como para reconocer cu�ndo una situaci�n les hace sentir mal o resulta angustiosa, mucho antes de que se produzca ning�n contacto f�sico. Pero esto no s�lo implica tener conciencia de si mismo, sino tambi�n la suficiente confianza y seguridad para fiarse de su propio criterio y actuar sobre los sentimientos que les angustian, aunque se hallen frente a un adulto que trate de convencerles de que �todo est� bien�. Por �ltimo, el ni�o tambi�n necesita disponer de un amplio abanico de posibles respuestas para evitar lo que est� a punto de suceder, desde salir corriendo hasta amenazar con cont�rselo a alguien. Por todas estas razones el mejor de los programas debe ense�ar a los ni�os a afirmar lo que quieren, a establecer sus l�mites y a defender sus derechos, en lugar de mostrarse pasivos.
En consecuencia con todo lo dicho hasta ahora, los programas m�s eficaces complementan la informaci�n b�sica sobre los abusos sexuales con el adiestramiento en las habilidades emocionales y sociales fundamentales. Estos programas ense�an a los ni�os a resolver de un modo m�s positivo los conflictos interpersonales, a tener m�s confianza en si mismos, a no desprec�arse s� algo malo llegara a ocurrir y a sentir que cuentan con la red de apoyo de los maestros y los familiares, a quienes pueden pedir ayuda. Y, por �ltimo, si algo no deseado llegara a sucederles, estar�an mucho m�s dispuestos a denunciarlo.
Los elementos fundamentales
Estos descubrimientos nos han obligado a revisar los elementos �ptimos que debe contener un programa de prevenci�n eficaz, un programa que se base tan s�lo en aquellos ingredientes que, tras una evaluaci�n objetiva, hayan demostrado ser verdaderamente eficaces. En un proyecto de cinco a�os de duraci�n patrocinado por la Fundaci�n W. T. Grant, un grupo de investigadores estudi� a fondo este panorama y extrajo los componentes activos que parecen esenciales para el �xito de los programas m�s eficaces. Este grupo de investigadores lleg� a la conclusi�n de que, independientemente del problema concreto que se pretenda solucionar, las competencias clave que deben cubrir estos programas se asemejan bastante a los elementos de la inteligencia emocional que apuntamos en el presente volumen (v�ase la lista completa en el ap�ndice D). Entre estas habilidades emocionales se incluyen la conciencia de uno mismo; la capacidad para identificar, expresar y controlar los sentimientos; la habilidad de controlar los impulsos y posponer la gratificaci�n, y la capacidad de manejar las sensaciones de tensi�n y de ansiedad. Una aptitud clave para dominar los impulsos consiste en conocer la diferencia entre los sentimientos y las acciones y en aprender a adoptar mejores decisiones emocionales, controlando el impulso de actuar e identificando las distintas alternativas de acci�n y sus posibles consecuencias. Muchas de estas habilidades son marcadamente interpersonales: la capacidad de interpretar adecuadamente los signos emocionales y sociales, la de escuchar, de resistirse a las influencias negativas, de asumir la perspectiva de los dem�s y de comprender la conducta que resulte m�s apropiada a una determinada situaci�n.
Y estas habilidades emocionales y sociales indispensables para la vida pueden ayudamos tambi�n a solucionar la mayor�a si no todos de los problemas que acabamos de revisar en el presente cap�tulo. Bien podr�amos afirmar que se trata de una vacuna universal para afrontar todo tipo de problemas (incluido el embarazo no deseado de las j�venes y el suicidio infantil).
Pero tambi�n hemos de admitir, en honor a la verdad, que las causas subyacentes a estos problemas son muy complejas y se hallan entrelazadas con factores como la dotaci�n biol�gica, la din�mica familiar, la pol�tica social y la subcultura urbana. No existe un �nico tipo de intervenci�n incluyendo a la intervenci�n emocional que sea capaz resolver todos estos problemas.
Pero, en la medida en que las deficiencias emocionales constituyen un riesgo a�adido para los ni�os y ya hemos podido comprobar hasta qu� punto es as�, debemos prestar una especial atenci�n al desarrollo emocional, sin excluir otro tipo de acciones. �En qu� consiste, pues, la educaci�n emocional?