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Inteligencia Emocional - Espa�ol...Ingl�s Capitulo 1

2. ANATOM�A DE UN SECUESTRO EMOCIONAL

La vida es una comedia para quienes piensan y una tragedia para quienes sienten.
Horace Walpole

Era una calurosa tarde de agosto del a�o 1963, la misma en que el reverendo Martin Luther King, jr. pronunciara en Washington aquella famosa conferencia que comenz� con la frase �Hoy tuve un sue�o� ante los manifestantes de la marcha en pro de los derechos civiles. Aquella tarde, Richard Robles, un delincuente habitual condenado a tres a�os de prisi�n por los m�s de cien robos que hab�a llevado a cabo para mantener su adicci�n a la hero�na y que, por aquel entonces, se hallaba en libertad condicional, decidi� robar por �ltima vez. Seg�n declar� posteriormente, hab�a tomado la decisi�n de dejar de robar pero necesitaba desesperadamente dinero para su amiga y para su hija de tres a�os de edad.

El lujoso apartamento del Upper East Side de Nueva York que Robles eligi� para aquella ocasi�n pertenec�a a dos j�venes mujeres, Janice Wylie, investigadora de la revista Newsweek, de veinti�n a�os, y Emily Hoffert, de veintitr�s a�os de edad y maestra en una escuela primaria. Robles cre�a que no hab�a nadie en casa pero se equivoc� y. una vez dentro, se encontr� con Wylie y se vio obligado a amenazarla con un cuchillo y amordazar�a, y lo mismo tuvo que hacer cuando, a punto de salir, tropez� con Hoffert.

Seg�n cont� a�os m�s tarde, mientras estaba amordazando a Hoffert, Janice Wylie le asegur� que nunca lograr�a escapar porque ella recordar�a su rostro y no cejar�a hasta que la polic�a diera con �l. Robles, que se hab�a jurado que aqu�l ser�a su �ltimo robo, entr� entonces en p�nico y perdi� completamente el control de s� mismo. Luego, en pleno ataque de locura, golpe� a las dos mujeres con una botella hasta dejarlas inconscientes y, dominado por la rabia y el miedo, las apu�al� una y otra vez con un cuchillo de cocina. Veinticinco a�os m�s tarde, recordando el incidente, se lamentaba diciendo: �estaba como loco. Mi cabeza simplemente estall�.

Durante todo este tiempo Robles no ha dejado de arrepentirse de aquel arrebato de violencia. Hoy en d�a, treinta a�os m�s tarde, sigue todav�a en prisi�n por lo que ha terminado conoci�ndose como �el asesinato de las universitarias�.

Este tipo de explosiones emocionales constituye una especie de secuestro neuronal. Seg�n sugiere la evidencia, en tales momentos un centro del sistema limbico declara el estado de urgencia y recluta todos los recursos del cerebro para llevar a cabo su impostergable tarea. Este secuestro tiene lugar en un instante y desencadena una reacci�n decisiva antes incluso de que el neoc�rtex —el cerebro pensante— tenga siquiera la posibilidad de darse cuenta plenamente de lo que est� ocurriendo, y mucho menos todav�a de decidir si se trata de una respuesta adecuada. El rasgo distintivo de este tipo de secuestros es que, pasado el momento cr�tico, el sujeto no sabe bien lo que acaba de ocurrir.

Hay que decir tambi�n que estos secuestros no son, en modo alguno, incidentes aislados y que tampoco suelen conducir a cr�menes tan detestables como �el asesinato de las universitarias�.

En forma menos dr�stica, aunque no, por ello, menos intensa, se trata de algo que nos sucede a todos con cierta frecuencia. Recuerde, sin ir m�s lejos, la �ltima ocasi�n en la que usted mismo �perdi� el control de la situaci�n� y explot� ante alguien —tal vez su esposa. su hijo o el conductor de otro veh�culo— con una intensidad que retrospectivamente considerada, le pareci� completamente desproporcionada. Es muy probable que aqu�l tambi�n fuera un secuestro, un golpe de estado neural que, como veremos, se origina en la am�gdala, uno de los centros del cerebro l�mbico.

Pero no todos los secuestros l�mbicos son tan peligrosos porque cuando por ejemplo, alguien sufre un ataque de risa, tambi�n se halla dominado por una reacci�n l�mbica, y lo mismo ocurre en los momentos de intensa alegr�a. Cuando Dan Jansen, tras varios intentos infructuosos de conseguir una medalla de oro ol�mpica en la modalidad de patinaje sobre hielo (que, por cierto, hab�a prometido alcanzar, en su lecho de muerte, a su moribunda hermana) logr� finalmente alcanzar su objetivo en la carrera de mil metros de la Olimpiada de Invierno de 1994 en Noruega, la excitaci�n y la euforia que experiment� su esposa fue tal, que tuvo que ser asistida de urgencia por el equipo m�dico junto a la misma pista de patinaje.

LA SEDE DE TODAS LAS PASIONES

La am�gdala del ser humano es una estructura relativamente grande en comparaci�n con la de nuestros parientes evolutivos, los primates. Existen, en realidad, dos am�gdalas que constituyen un conglomerado de estructuras interconectadas en forma de almendra (de ah� su nombre, un t�rmino que se deriva del vocablo griego que significa �almendra�), y se hallan encima del tallo encef�lico, cerca de la base del anillo limbico, ligeramente desplazadas hacia delante.

El hipocampo y la am�gdala fueron dos piezas clave del primitivo �cerebro olfativo� que, a lo largo del proceso evolutivo, termin� dando origen al c�rtex y posteriormente al neoc�rtex. La am�gdala est� especializada en las cuestiones emocionales y en la actualidad se considera como una estructura limbica muy ligada a los procesos del aprendizaje y la memoria. La interrupci�n de las conexiones existentes entre la am�gdala y el resto del cerebro provoca una asombrosa ineptitud para calibrar el significado emocional de los acontecimientos, una condici�n que a veces se llama �ceguera afectiva�.

A falta de toda carga emocional, los encuentros interpersonales pierden todo su sentido. Un joven cuya am�gdala se extirp� quir�rgicamente para evitar que sufriera ataques graves perdi� todo inter�s en las personas y prefer�a sentarse a solas, ajeno a todo contacto humano. Segu�a siendo perfectamente capaz de mantener una conversaci�n, pero ya no pod�a reconocer a sus amigos �ntimos, a sus parientes ni siquiera a su misma madre, y permanec�a completamente impasible ante la angustia que les produc�a su indiferencia. La ausencia funcional de la am�gdala parec�a impedirle todo reconocimiento de los sentimientos y todo sentimiento sobre sus propios sentimientos. La am�gdala constituye, pues, una especie de dep�sito de la memoria emocional y, en consecuencia, tambi�n se la puede considerar como un dep�sito de significado. Es por ello por lo que una vida sin am�gdala es una vida despojada de todo significado personal.

Pero la am�gdala no s�lo est� ligada a los afectos sino que tambi�n est� relacionada con las pasiones. Aquellos animales a los que se les ha seccionado o extirpado quir�rgicamente la am�gdala carecen de sentimientos de miedo y de rabia, renuncian a la necesidad de competir y de cooperar, pierden toda sensaci�n del lugar que ocupan dentro del orden social y su emoci�n se halla embotada y ausente. El llanto, un rasgo emocional t�picamente humano, es activado por la am�gdala y por una estructura pr�xima a ella, el gyrus cingulatus. Cuando uno se siente apoyado, consolado y confortado, esas mismas regiones cerebrales se ocupan de mitigar los sollozos pero, sin am�gdala, ni siquiera es posible el desahogo que proporcionan las l�grimas.

Joseph LeDoux, un neurocient�fico del Center for Neural Science de la Universidad de Nueva York, fue el primero en des cubrir el Importante papel desempe�ado por la am�gdala en el cerebro emocional. LeDoux forma parte de una nueva hornada de neurocient�ficos que, utilizando m�todos y tecnolog�as innovadoras, se han dedicado a cartografiar el funcionamiento del cerebro con un nivel de precisi�n anteriormente desconocido que pone al descubierto misterios de la mente inaccesibles para las generaciones anteriores. Sus descubrimientos sobre los circuitos nerviosos del cerebro emocional han llegado a desarticular las antiguas nociones existentes sobre el sistema l�mbico, asignando a la am�gdala un papel central y otorgando a otras estructuras l�mbicas funciones muy diversas. La investigaci�n llevada a cabo por LeDoux explica la forma en que la am�gdala asume el control cuando el cerebro pensante, el neoc�rtex, todav�a no ha llegado a tomar ninguna decisi�n.

Como veremos, el funcionamiento de la am�gdala y su interrelaci�n con el neoc�rtex constituyen el n�cleo mismo de la inteligencia emocional.

EL REPETIDOR NEURONAL

Los momentos m�s interesantes para comprender el poder de las emociones en nuestra vida mental son aqu�llos en los que nos vemos inmersos en acciones pasionales de las que m�s tarde, una vez que las aguas han vuelto a su cauce, nos arrepentimos.

�C�mo podemos volvemos irracionales con tanta facilidad? Tomemos, por ejemplo, el caso de una joven que condujo durante un par de horas para ir a Boston y almorzar y pasar el d�a con su novio. Durante la comida �l le regal� un cartel espa�ol muy dif�cil de encontrar y por el que hab�a estado suspirando desde hacia meses. Pero todo pareci� desvanecerse cuando ella le sugiri� que fueran al cine y �l respondi� que no pod�an pasar el d�a juntos porque ten�a entrenamiento de b�isbol. Dolida y recelosa, nuestra amiga rompi� entonces a llorar, sali� del caf� y arroj� el cartel a un cubo de la basura. Meses m�s tarde, recordando el incidente, estaba m�s arrepentida por la p�rdida del cartel que por haberse marchado con cajas destempladas.

No hace mucho tiempo que la ciencia ha descubierto el papel esencial desempe�ado por la am�gdala cuando los sentimientos impulsivos desbordan la raz�n. Una de las funciones de la am�gdala consiste en escudri�ar las percepciones en busca de alguna clase de amenaza. De este modo, la am�gdala se convierte en un importante vig�a de la vida mental, una especie de centinela psicol�gico que afronta toda situaci�n, toda percepci�n, considerando una sola cuesti�n, la m�s primitiva de todas: ��Es algo que odio? �Que me pueda herir? �A lo que temo?� En el caso de que la respuesta a esta pregunta sea afirmativa, la am�gdala reaccionar� al momento poniendo en funcionamiento todos sus recursos neurales y cablegrafiando un mensaje urgente a todas las regiones del cerebro.

En la arquitectura cerebral, la am�gdala constituye una especie de servicio de vigilancia dispuesto a alertar a los bomberos, la polic�a y los vecinos ante cualquier se�al de alarma. En el caso de que, por ejemplo, suene la alarma de miedo, la am�gdala env�a mensajes urgentes a cada uno de los centros fundamentales del cerebro, disparando la secreci�n de las hormonas corporales que predisponen a la lucha o a la huida, activando los centros del movimiento y estimulando el sistema cardiovascular, los m�sculos y las v�sceras: La am�gdala tambi�n es la encargada de activar la secreci�n de dosis masivas de noradrenalina, la hormona que aumenta la reactividad de ciertas regiones cerebrales clave, entre las que destacan aqu�llas que estimulan los sentidos y ponen el cerebro en estado de alerta. Otras se�ales adicionales procedentes de la am�gdala tambi�n se encargan de que el tallo encef�lico inmovilice el rostro en una expresi�n de miedo, paralizando al mismo tiempo aquellos m�sculos que no tengan que ver con la situaci�n, aumentando la frecuencia cardiaca y la tensi�n sangu�nea y enlenteciendo la respiraci�n. Otras se�ales de la am�gdala dirigen la atenci�n hacia la fuente del miedo y predisponen a los m�sculos para reaccionar en consecuencia. Simult�neamente los sistemas de la memoria cortical se imponen sobre cualquier otra faceta de pensamiento en un intento de recuperar todo conocimiento que resulte relevante para la emergencia presente.

Estos son algunos de los cambios cuidadosamente coordinados y orquestados por la am�gdala en su funci�n rectora del cerebro (v�ase el ap�ndice C para tener una visi�n m�s detallada a este respecto). De este modo, la extensa red de conexiones neuronales de la am�gdala permite, durante una crisis emocional, reclutar y dirigir una gran parte del cerebro, incluida la mente racional.

 

EL CENTINELA EMOCIONAL

Un amigo me cont� que, hace unos a�os, se hallaba de vacaciones en Inglaterra almorzando en la terraza de un caf� ubicado junto a un canal. Luego dio un paseo por la orilla del canal cuando de pronto, vio a una ni�a que miraba aterrada el agua. Antes de poder formarse una idea clara y darse cuenta de lo que pasaba, ya hab�a saltado al canal, sin quitarse la chaqueta ni los zapatos. S�lo una vez en el agua comprendi� que la chica miraba a un ni�o que estaba ahog�ndose y a quien finalmente pudo terminar rescatando. �Qu� fue lo que le hizo saltar al agua antes incluso de darse cuenta del motivo de su reacci�n? La respuesta, en mi opini�n, hay que buscarla en la am�gdala.

En uno de los descubrimientos m�s interesantes realizados en la �ltima d�cada sobre la emoci�n, LeDoux descubri� el papel privilegiado que desempe�a la am�gdala en la din�mica cerebral como una especie de centinela emocional capaz de secuestrar al cerebro. Esta investigaci�n ha demostrado que la primera estaci�n cerebral por la que pasan las se�ales sensoriales procedentes de los ojos o de los o�dos es el t�lamo y, a partir de ah� y a trav�s de una sola sinapsis, la am�gdala. Otra v�a procedente del t�lamo lleva la se�al hasta el neoc�rtex, el cerebro pensante. Esa ramificaci�n permite que la am�gdala comience a responder antes de que el neoc�rtex haya ponderado la informaci�n a trav�s de diferentes niveles de circuitos cerebrales, se aperciba plenamente de lo que ocurre y finalmente emita una respuesta m�s adaptada a la situaci�n.

La investigaci�n realizada por LeDoux constituye una aut�ntica revoluci�n en nuestra comprensi�n de la vida emocional que revela por vez primera la existencia de v�as nerviosas para los sentimientos que eluden el neoc�rtex. Este circuito explicar�a el gran poder de las emociones para desbordar a la raz�n porque los sentimientos que siguen este camino directo a la am�gdala son los m�s intensos y primitivos.

Hasta hace poco, la visi�n convencional de la neurociencia ha sido que el ojo, el o�do y otros �rganos sensoriales transmiten se�ales al t�lamo y. desde ah�, a las regiones del neoc�rtex encargadas de procesar las impresiones sensoriales y organizarlas tal y como las percibimos. En el neoc�rtex, las se�ales se


Comentario: Falta texto

interpretan para reconocer lo que es cada objeto y lo que significa su presencia. Desde el neoc�rtex — sostiene la vieja teor�a— las se�ales se env�an al sistema l�mbico y, desde ah�, las v�as eferentes irradian las respuestas apropiadas al resto del cuerpo. �sta es la forma en la que funciona la mayor parte del tiempo, pero LeDoux descubri�, junto a la larga v�a neuronal que va al c�rtex, la existencia de una peque�a estructura neuronal que comunica directamente el t�lamo con la am�gdala. Esta v�a secundaria y m�s corta —una especie de atajo— permite que la am�gdala reciba algunas se�ales directamente de los sentidos y emita una respuesta antes de que sean registradas por el neoc�rtex.

Este descubrimiento ha dejado obsoleta la antigua noci�n de que la am�gdala depende de las se�ales procedentes del neoc�rtex para formular su respuesta emocional a causa de la existencia de esta v�a de emergencia capaz de desencadenar una respuesta emocional gracias un circuito reverberante paralelo que conecta la am�gdala con el neoc�rtex. Por ello la am�gdala puede llevarnos a actuar antes incluso de que el m�s lento —aunque ciertamente m�s informado— neoc�rtex despliegue sus tambi�n m�s refinados planes de acci�n.

El hallazgo de LeDoux ha transformado la noci�n prevalente sobre los caminos seguidos por las emociones a trav�s de su investigaci�n del miedo en los animales. En un experimento concluyente, LeDoux destruy� el c�rtex auditivo de las ratas y luego las expuso a un sonido que iba acompa�ado de una descarga el�ctrica. Las ratas no tardaron en aprender a temer el sonido, aun cuando su neoc�rtex no llegara a registrarlo. En este caso, el sonido segu�a la ruta directa del o�do al t�lamo y, desde all�, a la am�gdala, salt�ndose todos los circuitos principales. Las ratas, en suma, hab�an aprendido una reacci�n emocional sin la menor implicaci�n de las estructuras corticales superiores. En tal caso, la am�gdala percib�a, recordaba y orquestaba el miedo de una manera completamente independiente de toda participaci�n cortical. Seg�n me dijo LeDoux: �anat�micamente hablando, el sistema emocional puede actuar independientemente del neoc�rtex. Existen ciertas reacciones y recuerdos emocionales que tienen lugar sin la menor participaci�n cognitiva consciente�.

La am�gdala puede albergar y activar repertorios de recuerdos y de respuestas que llevamos a cabo sin que nos demos cuenta del motivo por el que lo hacemos, porque el atajo que va del t�lamo a la am�gdala deja completamente de lado al neoc�rtex. Este atajo permite que la am�gdala sea una especie de almac�n de las impresiones y los recuerdos emocionales de los que nunca hemos sido plena. Una se�al visual va de la retina al t�lamo, en donde se traduce al lenguaje del cerebro. La mayor parte de este mensaje va despu�s al cortex visual, en donde se analiza y eval�a en busca de su significado para emitir la respuesta apropiada. Si esta respuesta es emocional, una se�al se dirige a la am�gdala para activar los centros emocionales, pero una peque�a porci�n de la se�al original va directamente desde el t�lamo a la am�gdala por una v�a m�s corta, permitiendo una respuesta m�s r�pida (aunque ciertamente tambi�n m�s imprecisa).

De este modo la am�gdala puede desencadenar una respuesta antes de que los centros corticales hayan comprendido completamente lo que est� ocurriendo.

 

RESPUESTA DE LUCHA O HUIDA

Aumento de la frecuencia cardiaca y de la tensi�n arterial. La musculatura larga se prepara para responder r�pidamente.
mente conscientes. �Y LeDoux afirma que es precisamente el papel subterr�neo desempe�ado por la am�gdala en la memoria el que explica, por ejemplo, un sorprendente experimento en el que las personas adquirieron una preferencia por figuras geom�tricas extra�as cuyas im�genes hab�an visto previamente a tal velocidad que ni siquiera les hab�a permitido ser conscientes de ellas!. Otra investigaci�n ha demostrado que, durante los primeros milisegundos de cualquier percepci�n, no s�lo sabemos inconscientemente de qu� se trata sino que tambi�n decidimos si nos gusta o nos desagrada. De este modo, nuestro �inconsciente cognitivo� no s�lo presenta a nuestra conciencia la identidad de lo que vemos sino que tambi�n le ofrece nuestra propia opini�n al respecto. Nuestras emociones tienen una mente propia, una mente cuyas conclusiones pueden ser completamente distintas a las sostenidas por nuestra mente racional.

EL ESPECIALISTA EN LA MEMORIA EMOCIONAL

Las opiniones inconscientes son recuerdos emocionales que se almacenan en la am�gdala. La investigaci�n llevada a cabo por LeDoux y otros neurocient�ficos parece sugerir que el hipocampo —que durante mucho tiempo se hab�a considerado como la estructura clave del sistema l�mbico— no tiene tanto que ver con la emisi�n de respuestas emocionales como con el hecho de registrar y dar sentido a las pautas perceptivas. La principal actividad del hipocampo consiste en proporcionar una aguda memoria del contexto, algo que es vital para el significado emocional. Es el hipocampo el que reconoce el diferente significado de, pongamos por caso, un oso en el zool�gico y un oso en el jard�n de su casa.

Y si el hipocampo es el que registra los hechos puros, la am�gdala, por su parte, es la encargada de registrar el clima emocional que acompa�a a estos hechos. Si, por ejemplo, al tratar de adelantar a un coche en una v�a de dos carriles estimamos mal las distancias y tenemos una colisi�n frontal, el hipocampo registra los detalles concretos del accidente, qu� anchura ten�a la calzada, qui�n se hallaba con nosotros y qu� aspecto ten�a el otro veh�culo. Pero es la am�gdala la que, a partir de ese momento, desencadenar� en nosotros un impulso de ansiedad cada vez que nos dispongamos a adelantar en circunstancias similares. Como me dijo LeDoux: �el hipocampo es una estructura fundamental para reconocer un rostro como el de su prima, pero es la am�gdala la que le agrega el clima emocional de que no parece tenerla en mucha estima�.

El cerebro utiliza un m�todo simple pero muy ingenioso para registrar con especial intensidad los recuerdos emocionales, ya que los mismos sistemas de alerta neuroquimicos que preparan al cuerpo para reaccionar ante cualquier amenaza —luchando o escapando— tambi�n se encargan de grabar v�vidamente este momento en la memoria. En caso de estr�s o de ansiedad, o incluso en el caso de una intensa alegr�a, un nervio que conecta el cerebro con las gl�ndulas suprarrenales (situadas encima de los ri�ones), estimulando la secreci�n de las hormonas adrenalina y noradrenalina, disponiendo as� al cuerpo para responder ante una urgencia. Estas hormonas activan determinados receptores del nervio vago, encargado, entre otras muchas cosas, de transmitir los mensajes procedentes del cerebro que regulan la actividad cardiaca y, a su vez, devuelve se�ales al cerebro, activado tambi�n por estas mismas hormonas. Y el principal receptor de este tipo de se�ales son las neuronas de la am�gdala que, una vez activadas, se ocupan de que otras regiones cerebrales fortalezcan el recuerdo de lo que est� ocurriendo.

Esta activaci�n de la am�gdala parece provocar una intensificaci�n emocional que tambi�n profundiza la grabaci�n de esas situaciones. Este es el motivo por el cual, por ejemplo, recordamos a d�nde fuimos en nuestra primera cita o qu� est�bamos haciendo cuando o�mos la noticia de la explosi�n de la lanzadera espacial Challenger. Cuanto m�s intensa es la activaci�n de la am�gdala, m�s profunda es la impronta y m�s indeleble la huella que dejan en nosotros las experiencias que nos han asustado o nos han emocionado. Esto significa, en efecto, que el cerebro dispone de dos sistemas de registro, uno para los hechos ordinarios y otro para los recuerdos con una intensa carga emocional, algo que tiene un gran inter�s desde el punto de vista evolutivo porque garantiza que los animales tengan recuerdos particularmente v�vidos de lo que les amenaza y de lo que les agrada. Pero, adem�s de todo lo que acabamos de ver, los recuerdos emocionales pueden llegar a convenirse en falsas gu�as de acci�n para el momento presente.

UN SISTEMADE ALARMA NEURONAL ANTICUADO

Uno de los inconvenientes de este sistema de alarma neuronal es que, con m�s frecuencia de la deseable, el mensaje de urgencia mandado por la am�gdala suele ser obsoleto, especialmente en el cambiante mundo social en el que nos movemos los seres humanos. Como almac�n de la memoria emocional, la am�gdala escruta la experiencia presente y la compara con lo que sucedi� en el pasado. Su m�todo de comparaci�n es asociativo, es decir que equipara cualquier situaci�n presente a otra pasada por el mero hecho de compartir unos pocos rasgos caracter�sticos similares. En este sentido se trata de un sistema rudimentario que no se detiene a verificar la adecuaci�n o no de sus conclusiones y act�a antes de confirmar la gravedad de la situaci�n. Por esto que nos hace reaccionar al presente con respuestas que fueron grabadas hace ya mucho tiempo, con pensamientos, emociones y reacciones aprendidas en respuesta a acontecimientos vagamente similares, lo suficientemente similares como para llegar a activar la am�gdala.

No es de extra�ar que una antigua enfermera de la marina, traumatizada por las espantosas heridas que una vez tuvo que atender en tiempo de guerra, se viera s�bitamente desbordada por una mezcla de miedo, repugnancia y p�nico cuando, a�os m�s tarde, abri� la puerta de un armario en el que su hijo peque�o hab�a escondido un hediondo pa�al. Bast� con que la am�gdala reconociera unos pocos elementos similares a un peligro pasado para que terminara decretando el estado de alarma. El problema es que, junto a esos recuerdos cargados emocionalmente, que tienen el poder de desencadenar una respuesta en un momento cr�tico, coexisten tambi�n formas de respuesta obsoletas.

En tales momentos la imprecisi�n del cerebro emocional, se ve acentuada por el hecho de que muchos de los recuerdos emocionales m�s intensos proceden de los primeros a�os de la vida y de las relaciones que el ni�o mantuvo con las personas que le criaron (especialmente de las situaciones traum�ticas, como palizas o abandonos). Durante ese temprano per�odo de la vida, otras estructuras cerebrales, especialmente el hipocampo (esencial para el recuerdo emocional) y el neoc�rtex (sede del pensamiento racional) todav�a no se encuentran plenamente maduros. En el caso del recuerdo, la am�gdala y el hipocampo trabajan conjuntamente y cada una de estas estructuras se ocupa de almacenar y recuperar independientemente un determinado tipo de informaci�n. As�, mientras que el hipocampo recupera datos puros, la am�gdala determina si esa informaci�n posee una carga emocional. Pero la am�gdala del ni�o suele madurar mucho m�s r�pidamente.

LeDoux ha estudiado el papel desempe�ado por la am�gdala en la infancia y ha llegado a una conclusi�n que parece respaldar uno de los principios fundamentales del pensamiento psicoanal�tico, es decir, que la interacci�n —los encuentros y desencuentros— entre el ni�o y sus cuidadores durante los primeros a�os de vida constituye un aut�ntico aprendizaje emocional. En opini�n de LeDoux, este aprendizaje emocional es tan poderoso y resulta tan dif�cil de comprender para el adulto porque est� grabado en la am�gdala con la impronta tosca y no verbal propia de la vida emocional. Estas primeras lecciones emocionales se impartieron en un tiempo en el que el ni�o todav�a carec�a de palabras y, en consecuencia, cuando se reactiva el correspondiente recuerdo emocional en la vida adulta, no existen pensamientos articulados sobre la respuesta que debemos tomar. El motivo que explica el desconcierto ante nuestros propios estallidos emocionales es que suelen datar de un per�odo tan temprano que las cosas nos desconcertaban y ni siquiera dispon�amos de palabras para comprender lo que suced�a. Nuestros sentimientos tal vez sean ca�ticos, pero las palabras con las que nos referimos a esos recuerdos no lo son.

CUANDO LAS EMOCIONES SON R�PIDAS Y TOSCAS

Ser�an las tres de la ma�ana cuando un ruido estrepitoso procedente de un rinc�n de mi dormitorio me despert� bruscamente, como si el techo se estuviera desmoronando y todo el contenido de la buhardilla cayera al suelo. Inmediatamente salt� de la cama y sal� de la habitaci�n, pero despu�s de mirar cuidadosamente descubr� que lo �nico que se hab�a ca�do era la pila de cajas que mi esposa hab�a amontonado en la esquina el d�a anterior para ordenar el armario. Nada hab�a ca�do de la buhardilla; de hecho, ni siquiera hab�a buhardilla. El techo estaba intacto.., y yo tambi�n lo estaba.

Ese salto de la cama medio dormido —que realmente podr�a haberme salvado la vida en el caso de que el techo ciertamente se hubiera desplomado— ilustra a la perfecci�n el poder de la am�gdala para impulsamos a la acci�n en caso de peligro antes de que el neoc�rtex tenga tiempo para registrar siquiera lo que ha ocurrido. En circunstancias as�, el atajo que va desde el ojo —o el o�do— hasta el t�lamo y la am�gdala resulta crucial porque nos proporciona un tiempo precioso cuando la proximidad del peligro exige de nosotros una respuesta inmediata. Pero el circuito que conecta el t�lamo con la am�gdala s�lo se encarga de transmitir una peque�a fracci�n de los mensajes sensoriales y la mayor parte de la informaci�n circula por la v�a principal hasta el neoc�rtex. Por esto, lo que la am�gdala registra a trav�s de esta v�a r�pida es, en el mejor de los casos, una se�al muy tosca, la estrictamente necesaria para activar la se�al de alarma. Como dice LeDoux: �Basta con saber que algo puede resultar peligroso�. Esa v�a directa supone un ahorro valios�simo en t�rminos de tiempo cerebral (que, record�moslo, se mide en mil�simas de segundo). La am�gdala de una rata, por ejemplo, puede responder a una determinada percepci�n en apenas doce milisegundos mientras que el camino que conduce desde el t�lamo hasta el neoc�rtex y la am�gdala requiere el doble de tiempo. (En los seres humanos todav�a no se ha llevado a cabo esta medici�n pero, en cualquiera de los casos, la proporci�n existente entre ambas v�as ser�a aproximadamente la misma.)

La importancia evolutiva de esta ruta directa debe haber sido extraordinaria, al ofrecer una respuesta r�pida que permiti� ganar unos milisegundos cr�ticos ante las situaciones peligrosas. Y es muy probable que esos milisegundos salvaran literalmente la vida de muchos de nuestros antepasados porque esa configuraci�n ha terminado quedando impresa en el cerebro de todo protomamifero, incluyendo el de usted y el m�o propio. De hecho, aunque ese circuito desempe�e un papel limitado en la vida mental del ser humano —restringido casi exclusivamente a las crisis emocionales— la mayor parte de la vida mental de los p�jaros, de los peces y de los reptiles gira en tomo a �l, dado que su misma supervivencia depende de escrutar constantemente el entorno en busca de predadores y de presas. Seg�n LeDoux: �El rudimentario cerebro menor de los mam�feros es el principal cerebro de los no mam�feros, un cerebro que permite una respuesta emocional muy veloz. Pero, aunque veloz, se trata tambi�n, al mismo tiempo, de una respuesta muy tosca, porque las c�lulas implicadas s�lo permiten un procesamiento r�pido, pero tambi�n impreciso�.

Tal vez esta imprecisi�n resulte adecuada, por ejemplo, en el caso de una ardilla, porque en tal situaci�n se halla al servicio de la supervivencia y le permite escapar ante el menor asomo de peligro o correr detr�s de cualquier indicio de algo comestible, pero en la vida emocional del ser humano esa vaguedad puede llegar a tener consecuencias desastrosas para nuestras relaciones, porque implica, figurativamente hablando, que podemos escapar o lanzarnos irracionalmente sobre alguna persona o sobre alguna cosa. (Consideremos en este sentido, por ejemplo, el caso de aquella camarera que derram� una bandeja con seis platos en cuanto vislumbr� la figura de una mujer con una enorme cabellera pelirroja y rizada exactamente igual a la de la mujer por la que la hab�a abandonado su ex-marido.)

Estas rudimentarias confusiones emocionales, basadas en sentir antes que en el pensar, son calificadas por LeDoux como �emociones precognitivas�, reacciones basadas en impulsos neuronales fragmentarios, en bits de informaci�n sensorial que no han terminado de organizarse para configurar un objeto reconocible. Se trata de una forma elemental de informaci�n sensorial, una especie de �adivina la canci�n� neuronal —ese juego que consiste en adivinar el nombre de una melod�a tras haber escuchado tan s�lo unas pocas notas—, de intuir una percepci�n global apenas percibidos unos pocos rasgos. De este modo, cuando la am�gdala experimenta una determinada pauta sensorial como algo urgente, no busca en modo alguno confirmar esa percepci�n, sino que simplemente extrae una conclusi�n apresurada y dispara una respuesta.

No deber�amos sorprendemos de que el lado oscuro de nuestras emociones m�s intensas nos resulte incomprensible, especialmente en el caso de que estemos atrapados en ellas. La am�gdala puede reaccionar con un arrebato de rabia o de miedo antes de que el c�rtex sepa lo que est� ocurriendo, porque la emoci�n se pone en marcha antes que el pensamiento y de un modo completamente independiente de �l.

EL GESTOR DE LAS EMOCIONES

El d�a en que Jessica, la hija de seis a�os de una amiga, pas� su primera noche en casa de una compa�era, mi amiga se hallaba tan nerviosa como ella. Durante todo el d�a hab�a tratado de que Jessica no se diera cuenta de su ansiedad pero, cuando estaba a punto de acostarse, son� el timbre del tel�fono y mi amiga solt� de inmediato el cepillo de dientes y corri� hacia el tel�fono, con el coraz�n en un pu�o, mientras por su mente desfilaba todo tipo de im�genes de Jessica en peligro.

��Jessica!� —dijo mi amiga, descolgando bruscamente el tel�fono. Y entonces escuch� la voz de una mujer disculp�ndose por haberse equivocado de n�mero. Ante aquello, la madre de Jessica, recuperando de golpe la compostura, replic� mesuradamente: � �Con qu� n�mero desea hablar?� El hecho es que, mientras la am�gdala prepara una reacci�n ansiosa e impulsiva, otra parte del cerebro emocional se encarga de elaborar una respuesta m�s adecuada. El regulador cerebral que desconecta los impulsos de la am�gdala parece encontrarse en el otro extremo de una de las principales v�as nerviosas que van al neoc�rtex, en el l�bulo prefrontal, que se halla inmediatamente detr�s de la frente. El c�rtex prefrontal parece ponerse en funcionamiento cuando alguien tiene miedo o est� enojado pero sofoca o controla el sentimiento para afrontar de un modo m�s eficaz la situaci�n presente o cuando una evaluaci�n posterior exige una respuesta completamente diferente, como ocurri� en el caso de mi amiga. De este modo, el �rea prefrontal constituye una especie de modulador de las respuestas proporcionadas por la am�gdala y otras regiones del sistema l�mbico, permitiendo la emisi�n de una respuesta m�s anal�tica y proporcionada.

Habitualmente, las �reas prefrontales gobiernan nuestras reacciones emocionales. Recordemos que el camino nervioso m�s largo de los que sigue la informaci�n sensorial procedente del t�lamo, no va a la am�gdala sino al neoc�rtex y a sus muchos centros para asumir y dar sentido a lo que se percibe. Y esa informaci�n y nuestra respuesta correspondiente las coordinan los lobulos prefrontales, la sede de la planificaci�n y de la organizaci�n de acciones tendentes a un objetivo determinado, incluyendo las acciones emocionales. En el neoc�rtex, una serie de circuitos registra y analiza esta informaci�n, la comprende y organiza gracias a los l�bulos prefrontales, y si, a lo largo de ese proceso, se requiere una respuesta emocional, es el l�bulo prefrontal quien la dicta, trabajando en equipo con la am�gdala y otros circuitos del cerebro emocional.

Este suele ser el proceso normal de elaboraci�n de una respuesta, un proceso que —con la sola excepci�n de las urgencias emocionales— tiene en cuenta el discernimiento. As� pues, cuando una emoci�n se dispara, los l�bulos prefrontales ponderan los riesgos y los beneficios de las diversas acciones posibles y apuestan por la que consideran m�s adecuada. Cu�ndo atacar y cu�ndo huir, en el caso de los animales, y cu�ndo atacar, cu�ndo huir, y tambi�n cu�ndo tranquilizar, cu�ndo disuadir, cu�ndo buscar la simpat�a de los dem�s, cu�ndo permanecer a la defensiva, cu�ndo despertar el sentimiento de culpa, cu�ndo quejarse, cu�ndo alardear, cu�ndo despreciar, etc�tera —mediante todo nuestro amplio repertorio de artificios emocionales— en el caso de los seres humanos.

El tiempo cerebral invertido en la respuesta neocortical es mayor que el que requiere el mecanismo del secuestro emocional porque las v�as nerviosas implicadas son m�s largas... pero no debemos olvidar que tambi�n se trata de una respuesta m�s juiciosa y m�s considerada porque, en este caso, el pensamiento precede al sentimiento. El neoc�rtex es el responsable de que nos entristezcamos cuando experimentamos una p�rdida, de que nos alegremos despu�s de haber conseguido algo que consider�bamos importante o de que nos sintamos dolidos o encolerizados por lo que alguien nos ha dicho o nos ha hecho.

Del mismo modo que sucede con la am�gdala, sin el concurso de los l�bulos prefrontales gran parte de nuestra vida emocional desaparecer�a porque sin comprensi�n de que algo merece una respuesta emocional, no hay respuesta emocional alguna. Desde la aparici�n (en la d�cada de los cuarenta) de la tristemente famosa �cura� quir�rgica de la enfermedad mental —la lobotom�a prefrontal, una operaci�n que consist�a en seccionar las conexiones existentes entre el c�rtex prefrontal y el cerebro inferior o en extirpar parcialmente (con frecuencia de un modo bastante torpe) una parte de los l�bulos prefrontales— los neur�logos han sospechado que �stos desempe�an un importante papel en la vida emocional. En aquella �poca, anterior a la aparici�n de una medicaci�n eficaz para el tratamiento de la enfermedad mental, la lobotom�a era aclamada como el tratamiento para resolver los problemas mentales m�s graves: �corta los v�nculos entre los l�bulos prefrontales y el resto del cerebro y �liberar�s� al paciente de su trastorno!... sin embargo, la eliminaci�n de conexiones nerviosas clave terminaba tambi�n, por desgracia, �liberando� al paciente de su vida emocional, porque se hab�a destruido su circuito maestro.

El secuestro emocional parece implicar dos din�micas distintas: la activaci�n de la am�gdala y el fracaso en activar los procesos neocorticales que suelen mantener equilibradas nuestras respuestas emocionales. En esos momentos, la mente racional se ve desbordada por la mente emocional y lo mismo ocurre con la funci�n del c�rtex prefrontal como un gestor eficaz de las emociones sopesando las reacciones antes de actuar y amortiguando las se�ales de activaci�n enviadas por la am�gdala y otros centros l�mbicos, como un padre que impide que su hijo se comporte arrebatando todo lo que quiere y le ense�a a pedirlo (o a esperar).’ El interruptor que �apaga� la emoci�n perturbadora parece hallarse en el l�bulo prefrontal izquierdo. Los neurofisi�logos que han estudiado los estados de �nimo de pacientes con lesiones en el l�bulo prefrontal han llegado a la conclusi�n de que una de las funciones del l�bulo prefrontal izquierdo consiste en actuar como una especie de termostato neural que regula las emociones desagradables. As� pues, el l�bulo prefrontal derecho es la sede de sentimientos negativos como el miedo y la agresividad. mientras que el l�bulo prefrontal izquierdo los tiene a raya. muy probablemente inhibiendo el l�bulo derecho. En un determinado estudio, por ejemplo, los pacientes con lesiones en el c�rtex prefrontal izquierdo eran proclives a experimentar miedos y preocupaciones catastrofistas mientras que aqu�llos otros con lesiones en el c�rtex prefrontal derecho eran �desproporcionadamente joviales�, bromeaban continuamente durante las pruebas neurol�gicas y estaban tan despreocupados que no pon�an el menor cuidado en lo que estaban haciendo.

�ste fue precisamente el caso de un marido feliz, un hombre al que se le hab�a extirpado parcialmente el l�bulo prefrontal derecho para eliminar una malformaci�n cerebral, una operaci�n despu�s de la cual hab�a experimentado un aut�ntico cambio de personalidad que le convirti� en una persona m�s amable y —seg�n dijo la mar de contenta su esposa a los m�dicos— m�s afectiva. El l�bulo prefrontal izquierdo, en suma, parece formar parte de un circuito que se encarga de desconectar—O, al menos, de atenuar parcialmente— los impulsos emocionales m�s negativos. As� pues, si la am�gdala constituye una especie de se�al de alarma, el l�bulo prefrontal izquierdo, por su parte, parece ser el interruptor que �desconecta� las emociones m�s perturbadoras, como si la am�gdala propusiera y el l�bulo prefrontal dispusiera. De este modo, las conexiones nerviosas existentes entre el c�rtex prefrontal y el sistema l�mbico no s�lo resultan esenciales para llevar a cabo un ajuste fino de las emociones sino que tambi�n lo son para ayudamos a navegar a trav�s de las decisiones vitales m�s importantes.

 

ARMONIZANDO LA EMOCI�N Y EL PENSAMIENTO

Las conexiones existentes entre la am�gdala (y las estructuras l�mbicas relacionadas con ella) y el neoc�rtex constituyen el centro de gravedad de las luchas y de los tratados de cooperaci�n existentes entre el coraz�n y la cabeza, entre los pensamientos y los sentimientos. Esta v�a nerviosa, en suma, explicar�a el motivo por el cual la emoci�n es algo tan fundamental para pensar eficazmente, tanto para tomar decisiones inteligentes como para permitimos simplemente pensar con claridad.

Consideremos el poder de las emociones para obstaculizar el pensamiento mismo. Los neurocient�ficos utilizan el t�rmino �memoria de trabajo� para referirse a la capacidad de la atenci�n para mantener en la mente los datos esenciales para el desempe�o de una determinada tarea o problema (ya sea para descubrir los rasgos ideales que uno busca en una casa mientras hojea folletos de inmobiliarias como para considerar los elementos que intervienen en una de las pruebas de un test de razonamiento). La corteza prefrontal es la regi�n del cerebro que se encarga de la memoria de trabajo. Pero, como acabamos de ver, existe una importante v�a nerviosa que conecta los l�bulos prefrontales con el sistema l�mbico, lo cual significa que las se�ales de las emociones intensas —ansiedad, c�lera y similares— pueden ocasionar par�sitos neurales que saboteen la capacidad del l�bulo prefrontal para mantener la memoria de trabajo. �ste es el motivo por el cual, cuando estamos emocionalmente perturbados, solemos decir que �no puedo pensar bien� y tambi�n permite explicar por qu� la tensi�n emocional prolongada puede obstaculizar las facultades intelectuales del ni�o y dificultar as� su capacidad de aprendizaje.

Estos d�ficit no los registra siempre los tests que miden el CI, aunque pueden ser determinados por an�lisis neuropsicol�gicos m�s precisos y colegidos de la continua agitaci�n e impulsividad del ni�o. En un estudio llevado a cabo con alumnos de escuelas primarias que, a pesar de tener un CI por encima de la media, mostraban un pobre rendimiento acad�mico, las pruebas neuropsicol�gicas determinaron claramente la presencia de un desequilibrio en el funcionamiento de la corteza frontal. Se trataba de ni�os impulsivos y ansiosos, a menudo desorganizados y problem�ticos, que parec�an tener un escaso control prefrontal sobre sus impulsos l�mbicos. Este tipo de ni�os presenta un elevado riesgo de problemas de fracaso escolar, alcoholismo y delincuencia, pero no tanto porque su potencial intelectual sea bajo sino porque su control sobre su vida emocional se halla severamente restringido. El cerebro emocional, completamente separado de aquellas regiones del cerebro cuantificadas por las pruebas corrientes del Cl, controla igualmente la rabia y la compasi�n. Se trata de circuitos emocionales que son esculpidos por la experiencia a lo largo de toda la infancia y que no deber�amos dejar completamente en manos del azar.

Tambi�n hay que tener en cuenta el papel que desempe�an las emociones hasta en las decisiones m�s �racionales�. En su intento de comprensi�n de la vida mental, el doctor Antonio Damasio, un neur�logo de la Facultad de Medicina de la Universidad de Iowa, ha llevado a cabo un meticuloso estudio de los da�os que presentan aquellos pacientes que tienen lesionadas las conexiones existentes entre la am�gdala y el l�bulo prefrontal. En tales pacientes, el proceso de toma de decisiones se encuentra muy deteriorado aunque no presenten el menor menoscabo de su CI o de cualquier otro tipo de habilidades cognitivas. Pero, a pesar de que sus capacidades intelectuales permanezcan intactas, sus decisiones laborales y personales son desastrosas e incluso pueden obsesionarse con algo tan nimio como concertar una cita.

Seg�n el doctor Damasio, el proceso de toma de decisiones de estas personas se halla deteriorado porque han perdido el acceso a su aprendizaje emocional. En este sentido. el circuito de la am�gdala prefrontal constituye una encrucijada entre el pensamiento y la emoci�n, una puerta de acceso a los gustos y disgustos que el sujeto ha adquirido en el curso de la vida. Separadas de la memoria emocional de la am�gdala, las valoraciones realizadas por el neoc�rtex dejan de desencadenar las reacciones emocionales que se le asociaron en el pasado y todo asume una gris neutralidad. En tal caso, cualquier est�mulo, ya se trate de un animal favorito o de una persona detestable, deja de despertar atracci�n o rechazo; esos pacientes han �olvidado� todo aprendizaje emocional porque han perdido el acceso al lugar en el que �ste se asienta, la am�gdala.

Estas averiguaciones condujeron al doctor Damasio a la conclusi�n contraintuitiva de que los sentimientos son indispensables para la toma racional de decisiones, porque nos orientan en la direcci�n adecuada para sacar el mejor provecho a las posibilidades que nos ofrece la fr�a l�gica. Mientras que el mundo suele presentarnos un desbordante despliegue de posibilidades (�En qu� deber�a invertir los ahorros de mi jubilaci�n? �Con qui�n deber�a casarme?), el aprendizaje emocional que la vida nos ha proporcionado nos ayuda a eliminar ciertas opciones y a destacar otras. Es as� c�mo —arguye el doctor Damasio— el cerebro emocional se halla tan implicado en el razonamiento como lo est� el cerebro pensante.

Las emociones, pues, son importantes para el ejercicio de la raz�n. En la danza entre el sentir y el pensar, la emoci�n gu�a nuestras decisiones instante tras instante, trabajando mano a mano con la mente racional y capacitando —o incapacitando— al pensamiento mismo. Y del mismo modo, el cerebro pensante desempe�a un papel fundamental en nuestras emociones, exceptuando aquellos momentos en los que las emociones se desbordan y el cerebro emocional asume por completo el control de la situaci�n.

En cierto modo, tenemos dos cerebros y dos clases diferentes de inteligencia: la inteligencia racional y la inteligencia emocional y nuestro funcionamiento en la vida est� determinado por ambos. Por ello no es el CI lo �nico que debemos tener en cuenta, sino que tambi�n deberemos considerar la inteligencia emocional. De hecho, el intelecto no puede funcionar adecuadamente sin el concurso de la inteligencia emocional, y la adecuada complementaci�n entre el sistema l�mbico y el neoc�rtex, entre la am�gdala y los l�bulos prefrontales, exige la participaci�n arm�nica entre ambos. S�lo entonces podremos hablar con propiedad de inteligencia emocional y de capacidad intelectual.

Esto vuelve a poner sobre el tapete el viejo problema de la contradicci�n existente entre la raz�n y el sentimiento. No es que nosotros pretendamos eliminar la emoci�n y poner la raz�n en su lugar —como quer�a Erasmo-, sino que nuestra intenci�n es la de descubrir el modo inteligente de armonizar ambas funciones. El viejo paradigma propon�a un ideal de raz�n liberada de los impulsos de la emoci�n, El nuevo paradigma, por su parte, propone armonizar la cabeza y el coraz�n. Pero, para llevar a cabo adecuadamente esta tarea, deberemos comprender con m�s claridad lo que significa utilizar inteligentemente las emociones.


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