Inteligencia Emocional - Espa�ol...Ingl�s Capitulo 1
4. CON�CETE A TI MISMO
Seg�n cuenta un viejo relato japon�s, en cierta ocasi�n, un belicoso samurai desafi� a un anciano maestro zen a que le explicara los conceptos de cielo e infierno. Pero el monje replic� con desprecio:
�No eres m�s que un pat�n y no puedo malgastar mi tiempo con tus tonter�as! El samurai, herido en su honor, mont� en c�lera y, desenvainando la espada, exclam�:
Tu impertinencia te costar� la vida.
�Eso replic� entonces el maestro es el infierno!
Conmovido por la exactitud de las palabras del maestro sobre la c�lera que le estaba atenazando, el samurai se calm�, envain� la espada y se postr� ante �l, agradecido.
�Y eso concluy� entonces el maestro, eso es el cielo!
La s�bita ca�da en cuenta del samurai de su propio desasosiego ilustra a la perfecci�n la diferencia crucial existente entre permanecer atrapado por un sentimiento y darse cuenta de que uno est� siendo arrastrado por �l. La ense�anza de S�crates �con�cete a ti mismo� darse cuenta de los propios sentimientos en el mismo momento en que �stos tienen lugar constituye la piedra angular de la inteligencia emocional
A primera vista tal vez pensemos que nuestros sentimientos son
evidentes, pero una reflexi�n m�s cuidadosa nos recordar� las
muchas ocasiones en las que realmente no hemos reparado o
hemos reparado demasiado tarde en lo que sent�amos con
respecto a algo. Los psic�logos utilizan el engorroso t�rmino
metaf�rico cognici�n para hablar de la conciencia de los
procesos del pensamiento y el de metaestado para referirse a la
conciencia de las propias emociones. Yo, por mi parte, prefiero
la expresi�n conciencia de uno mismo, la atenci�n continua a
los propios estados internos. Esa conciencia autorreflexiva en la
que la mente se ocupa de observar e investigar la experiencia
misma, incluidas las emociones: Esta cualidad en la que la
atenci�n admite de manera imparcial y no reactiva todo cuanto
discurre por la conciencia, como si se tratara de un testigo, se
asemeja al tipo de atenci�n que Freud recomendaba a quienes
quer�an dedicarse al psicoan�lisis, la llamada �atenci�n
neutra flotante�. Algunos psicoanalistas denominan �ego
observador� a esta capacidad que permite al analista percibir lo
que el proceso de la asociaci�n libre despierta en el paciente y
sus propias reacciones ante los comentarios del paciente.
Este tipo de conciencia de uno mismo parece requerir una activaci�n del neoc�rtex, especialmente de las �reas del lenguaje destinadas a identificar y nombrar las emociones. La conciencia de uno mismo no es un tipo de atenci�n que se vea f�cilmente arrastrada por las emociones, que reaccione en demas�a o que amplifique lo que se perciba sino que, por el contrario, constituye una actividad neutra que mantiene la atenci�n sobre uno mismo aun en medio de la m�s turbulenta agitaci�n emocional. William Styron parece describir esta facultad cuando, al hablar de su profunda depresi�n, menciona la sensaci�n de �estar acompa�ado por una especie de segundo yo, un observador espectral que, sin compartir la demencia de su doble, es capaz de darse cuenta, con desapasionada curiosidad, de sus profundos desasosiegos�. En el mejor de los casos, la observaci�n de uno mismo permite la toma de conciencia ecu�nime de los sentimientos apasionados o turbulentos. En el peor, constituye una especie de paso atr�s que permite distanciarse de la experiencia y ubicarse en una corriente paralela de conciencia que es �meta�, que flota por encima, o que est� junto a la corriente principal y, en consecuencia, impide sumergirse por completo en lo que est� ocurriendo y perderse en ello, y, en cambio, favorece la toma de conciencia. Esta, por ejemplo, es la diferencia que existe entre estar violentamente enojado con alguien y tener, aun en medio del enojo, la conciencia autorreflexiva de que �estoy enojado�. En t�rminos de la mec�nica neural de la conciencia, es muy posible que este cambio sutil en la actividad mental constituya una se�al evidente de que el neoc�rtex est� controlando activamente la emoci�n, un primer paso en el camino hacia el control. La toma de conciencia de las emociones constituye la habilidad emocional fundamental, el cimiento sobre el que se edifican otras habilidades de este tipo, como el autocontrol emocional, por ejemplo.
En palabras de John Mayer, un psic�logo de Universidad of New Hampshire que, junto a Peter Salovey, de Yale, ha formulado la teor�a de la inteligencia emocional, ser consciente de uno mismo significa �ser consciente de nuestros estados de �nimo y de los pensamientos que tenemos acerca de esos estados de �nimo�.> Ser consciente de uno mismo, en suma, es estar atento a los estados internos sin reaccionar ante ellos y sin juzgarlos. Pero Mayer tambi�n descubri� que esta sensibilidad puede no ser tan ecu�nime, como ocurre, por ejemplo, en el caso de los t�picos pensamientos en los que uno, d�ndose cuenta de sus propias emociones, dice �no deber�a sentir esto�, �estoy pensando en cosas positivas para animarme� o, en el caso de una conciencia m�s restringida de uno mismo, el pensamiento fugaz de que �no deber�a pensar en estas cosas�.
Aunque haya una diferencia l�gica entre ser consciente de los sentimientos e intentar transformarlos, Mayer ha descubierto que, para todo prop�sito pr�ctico, ambas cuestiones van de la mano y que tomar conciencia de un estado de �nimo negativo conlleva tambi�n el intento de desembarazamos de �l. Pero el hecho es que la toma de conciencia de los sentimientos no tiene nada que ver con tratar de desembarazamos de los impulsos emocionales. Cuando gritamos ��basta!� a un ni�o cuya ira le ha llevado a golpear a un compa�ero, tal vez podamos detener la pelea pero con ello no anularemos la ira, porque el pensamiento del ni�o sigue todav�a fijado al desencadenante de su enfado (��pero �l me ha quitado mi juguete!�) y, de ese modo, jam�s lograremos erradicar la c�lera. En cualquier caso, la comprensi�n que acompa�a a la conciencia de uno mismo tiene un poderoso efecto sobre los sentimientos negativos intensos y no s�lo nos brinda la posibilidad de no quedar sometidos a su influjo sino que tambi�n nos proporciona la oportunidad de liberamos de ellos, de conseguir, en suma, un mayor grado de libertad.
En opini�n de Mayer, existen varios estilos diferentes de personas en cuanto a la forma de atender o tratar con sus emociones:
La persona consciente de si misma. Como es comprensible, la persona que es consciente de sus estados de �nimo mientras los est� experimentando goza de una vida emocional m�s desarrollada. Son personas cuya claridad emocional impregna todas las facetas de su personalidad; personas aut�nomas y seguras de sus propias fronteras; personas psicol�gicamente sanas que tienden a tener una visi�n positiva de la vida; personas que, cuando caen en un estado de �nimo negativo, no le dan vueltas obsesivamente y, en consecuencia, no tardan en salir de �l. Su atenci�n, en suma, les ayuda a controlar sus emociones.
Las personas atrapadas en sus emociones. Son personas que suelen sentirse desbordadas por sus emociones y que son incapaces de escapar de ellas, como si fueran esclavos de sus estados de �nimo. Son personas muy volubles y no muy conscientes de sus sentimientos, y esa misma falta de perspectiva les hace sentirse abrumados y perdidos en las emociones y, en consecuencia, sienten que no pueden controlar su vida emocional y no tratan de escapar de los estados de �nimo negativos.
Las personas que aceptan resignadamente sus emociones. Son personas que, si bien suelen percibir con claridad lo que est�n sintiendo, tambi�n tienden a aceptar pasivamente sus estados de �nimo y, por ello mismo, no suelen tratar de cambiarlos. Parece haber dos tipos de aceptadores, los que suelen estar de buen humor y se hallan poco motivados para cambiar su estado de �nimo y los que, a pesar de su claridad, son proclives a los estados de �nimo negativos y los aceptan con una actitud de laissez-faire que les lleva a no tratar de cambiarlos a pesar de la molestia que suponen (una pauta que suele encontrarse entre aquellas personas deprimidas que est�n resignadas con la situaci�n en que se encuentran).
EL APASIONADO Y EL INDIFERENTE
Imagine, por un momento, que est� volando entre Nueva York y San Francisco. El vuelo ha sido muy tranquilo pero, al aproximarse a las monta�as Rocky, se escucha la voz del piloto advirtiendo: �Se�oras y caballeros, estamos a punto de atravesar una zona de turbulencia atmosf�rica. Les rogamos que regresen a sus asientos y se abrochen los cinturones �. Luego el avi�n entra en la turbulencia y se ve sacudido de arriba a abajo y de un lado al otro como una pelota de playa a merced de las olas.
�Qu� es lo que usted har�a en esa situaci�n? �Es el tipo de persona que se desconectar�a de todo y seguir�a ensimismado en un libro, una revista o la pel�cula que en aquel momento estuviera proyect�ndose, o acaso echar�a mano r�pidamente a la hoja de instrucciones a seguir en caso de emergencia, escudri�ar�a el rostro de las azafatas y los auxiliares de vuelo en busca de alg�n signo de p�nico o prestar�a atenci�n al sonido de los motores tratando de advertir en ellos alg�n sonido alarmante?
El tipo de respuesta natural que tengamos ante esta situaci�n refleja la actitud de nuestra atenci�n ante el estr�s. En realidad, esta misma escena forma parte de una de las pruebas de un test desarrollado por Suzanne Miller, una psic�loga de la Temple University, para determinar si, en una situaci�n angustiante, la persona tiende a centrar minuciosamente su atenci�n en todos los detalles de la situaci�n o si, por el contrario, afronta esos momentos de ansiedad tratando de distraerse. Porque el hecho es que estas dos actitudes atencionales hacia el peligro tienen consecuencias muy diferentes en al forma en que la gente experimenta sus propias reacciones emocionales. Quienes atienden a los detalles, por este mismo motivo tienden a amplificar inconscientemente la magnitud de sus propias reacciones (especialmente en el caso de que su atenci�n est� despojada de la ecuanimidad que proporciona la conciencia de uno mismo) con el resultado de que sus emociones parecen m�s intensas. Quienes, por el contrario, se desconectan y se distraen, perciben menos sus propias reacciones, y as� no s�lo minimizan sino que tambi�n disminuyen la intensidad de su respuesta emocional.
Y esto significa que, en los casos extremos, la
conciencia emocional de algunas personas es abrumadora mientras
que la de otras es casi inexistente. Considere, si no, el caso de
aquel estudiante interno que, cierta noche, al descubrir un fuego
en su dormitorio, cogi� un extintor y lo apag�. No hay nada
especialmente extra�o en su conducta, a excepci�n del hecho de
que, en lugar de correr a apagar el fuego, nuestro estudiante lo
hizo caminando tranquilamente porque, para �l, no exist�a
ninguna situaci�n de peligro.
Esta an�cdota me fue contada por Edward Diener, un psic�logo de
la Universidad de Illinois, en Urbana, que se ha dedicado a
estudiar la intensidad con la que la gente experimenta sus
emociones. El estudiante del que habl�bamos destacaba entre
todos los casos estudiados por Diener como uno de los menos
intensos con los que se hab�a encontrado, una persona
completamente desapasionada, alguien que atravesaba la vida
sintiendo poco o nada, aun en medio de una situaci�n de peligro
de incendio como la descrita.
Consideremos ahora, en el otro extremo del espectro de Diener, el caso de una mujer que qued� muy consternada durante varios d�as por haber perdido su pluma estilogr�fica favorita. En otra ocasi�n, esta misma mujer se emocion� tanto al ver un anuncio de rebajas de zapatos que dej� todo lo que estaba haciendo, mont� a toda prisa en su coche y condujo sin parar durante tres horas hasta llegar a Chicago, donde se hallaba la zapater�a en cuesti�n.
Seg�n Diener, las mujeres suelen experimentar las emociones en general, tanto positivas como negativas, con m�s intensidad que los hombres. En cualquier caso, y dejando de lado las diferencias de sexo, la vida emocional es m�s rica para quienes perciben m�s. Por otra parte, el exceso de sensibilidad emocional supone una verdadera tormenta emocional ya sea celestial o infernal para las personas situadas en uno de los extremos del continuo de Diener, mientras que quienes se hallan en el otro polo apenas si experimentan sentimiento alguno aun en las circunstancias m�s extremas.
EL HOMBRE SIN SENTIMIENTOS
Gary era un cirujano de �xito, inteligente y sol�cito, pero su
novia, Ellen, estaba exasperada porque, en el terreno emocional,
Gary era una persona chata y sumamente reservada. Pod�a hablar
brillantemente de cuestiones cient�ficas y art�sticas pero, en
lo tocante a sus sentimientos, era aun con Ellen
absolutamente inexpresivo. Y, por m�s que ella tratara de mover
sus emociones, Gary permanec�a indiferente e impasible y no
cesaba de repetir: �yo no expreso mis sentimientos� al
terapeuta a quien visit� a instancias de Ellen y, cuando lleg�
el momento de hablar de su vida emocional, Gary concluy�: �no
s� de qu� hablar. No tengo sentimientos intensos, ni positivos
ni negativos�.
Pero Ellen no era la �nica en estar frustrada con el mutismo emocional de Gary porque, como le confi� a su terapeuta, era completamente incapaz de hablar abiertamente con nadie de sus sentimientos. Y el motivo fundamental de aquella incapacidad era, en primer lugar, que ni siquiera sab�a lo que sent�a, lo �nico que sab�a era que �l no se enfadaba; era alguien sin tristezas pero tambi�n sin alegr�as. Como observ� su terapeuta, la impasibilidad emocional convierte a la gente como Gary en personas sosas y blandas, personas que �aburren a cualquiera. Es por ello por lo que sus esposas suelen aconsejarles que emprendan un tratamiento psicol�gico�.
La monoton�a emocional de Gary es un ejemplo de lo que los psiquiatras denominan alexitimia, del griego a, un prefijo que indica negaci�n, lexis , que significa �palabra� y thymos, que significa �emoci�n�, la incapacidad para expresar con palabras sus propios sentimientos. En realidad, los alexit�micos parecen carecer de todo tipo de sentimientos aunque el hecho es que, m�s que hablar de una ausencia de sentimientos, habr�a que hablar de una incapacidad de expresar las emociones. Los psicoanalistas fueron quienes primero advirtieron la existencia de este tipo de personas refractarias al tratamiento porque no proporcionaban sentimientos, fantas�as ni sue�os de ning�n tipo, porque no aportaban, en suma, ninguna vida emocional interna acerca de la cual hablar. Los rasgos cl�nicos m�s sobresalientes de los alexit�micos son la dificultad para describir los sentimientos tanto los propios como los ajenos y un vocabulario emocional sumamente restringido. Es m�s, se trata de personas que hasta tienen dificultades para discriminar las emociones de las sensaciones corporales, as� que tal vez puedan decir que tienen mariposas en el est�mago, palpitaciones, sudores y v�rtigos, pero son ciertamente incapaces de reconocer que lo que sienten es ansiedad.
El t�rmino alexitimia , fue acu�ado en 1972 por el doctor Peter Sifneos, un psiquiatra de Harvard, para referirse a un tipo de pacientes que �dan la impresi�n de ser diferentes, seres extra�os que provienen de un mundo completamente distinto al nuestro, seres que viven en medio de una sociedad gobernada por los sentimientos�. Los alexit�micos, por ejemplo, rara vez lloran pero, cuando lo hacen, sus l�grimas son copiosas y se quedan desconcertados si se les pregunta por el motivo de su llanto. Una paciente alexit�mica, por ejemplo, qued� tan apesadumbrada despu�s de haber visto una pel�cula de una mujer con ocho hijos que estaba muriendo de c�ncer, que aquella misma noche se despert� llorando. Cuando el terapeuta le sugiri� que tal vez estuviera preocupada porque la pel�cula le recordara a su propia madre que, por cierto, tambi�n se hallaba a punto de morir de c�ncer, la mujer se sent� inm�vil, desconcertada y en silencio. Luego, cuando el terapeuta le pregunt� qu� era lo que sent�a, lo �nico que pudo articular fue que se sent�a �muy mal� y agreg� que, a pesar de las ganas de llorar que experimentaba, ignoraba cu�l era el verdadero motivo de su llanto. �se es precisamente el nudo del problema. No es que los alexitimicos no sientan, sino que son incapaces de saber y especialmente incapaces de poner en palabras lo que sienten. Se trata de personas que carecen de la habilidad fundamental de la inteligencia emocional, la conciencia de uno mismo, el conocimiento de lo que est�n sintiendo en el mismo momento en que las emociones bullen en su interior. Los alexit�micos ni siquiera tienen una idea de lo que est�n sintiendo y, en este sentido, son un ejemplo que refuta claramente la creencia de que todos sabemos cu�les son nuestros sentimientos. Cuando algo o, m�s exactamente, alguien les hace sentir, se quedan tan conmovidos y perplejos, que tratan de evitar esta situaci�n a toda costa. Los sentimientos llegan a ellos, cuando lo hacen, como un desconcertante manojo de tensiones y, como ocurr�a en el caso de la paciente que acabamos de mencionar, se sienten �muy mal� pero no pueden decir exactamente qu� tipo de mal es el que sienten.
Esta confusi�n b�sica de sentimientos suele llevarles a quejarse de problemas cl�nicos difusos, a confundir el sufrimiento emocional con el dolor f�sico, una condici�n conocida en psiquiatr�a con el nombre de somatizaci�n (algo, por cierto, muy distinto a la enfermedad psicosom�tica. en la que los problemas emocionales terminan originando aut�nticas complicaciones m�dicas). De hecho, gran parte del inter�s psiqui�trico en los alexit�micos consiste en el reconocimiento de los pacientes que acuden al m�dico en busca de ayuda porque son sumamente proclives a la b�squeda infructuosa de un diagn�stico y de un tratamiento m�dico para lo que, en realidad, es un problema emocional.
Aunque la causa de la alexitimia todav�a no est� claramente establecida, el doctor Sifneos apunta la posibilidad de que radique en una desconexi�n entre el sistema l�mbico y el neoc�rtex (especialmente los centros verbales), lo cual parece coincidir perfectamente con lo que hemos visto con respecto al cerebro emocional. Seg�n Sifneos, aquellos pacientes a quienes, para aliviarles de alg�n tipo de ataques graves, se ha seccionado esa conexi�n, terminan liber�ndose de sus s�ntomas pero se convierten en personas parecidas a los alexit�micos, personas emocionalmente chatas, incapaces de poner sus sentimientos en palabras y s�bitamente despojados de toda imaginaci�n. En resumen, pues, aunque los circuitos emocionales del cerebro puedan reaccionar a los sentimientos, el neoc�rtex de los alexitimicos no parece capaz de clasificar esos sentimientos y hablar sobre ellos. Y, como dice Henry Roth en su novela Call It Sleep sobre el poder del lenguaje:
�Cuando puedas poner palabras a lo que sientes te apropiar�s de ello�.
Ese, precisamente, es el dilema en el que se encuentra atrapado el alexit�mico, porque carecer de palabras para referirse a los sentimientos significa no poder apropiarse de ellos.
ELOGIO DE LAS SENSACIONES VISCERALES
Una operaci�n quir�rgica extirp� por completo el tumor que Elliot ten�a inmediatamente detr�s de la frente, un tumor del tama�o de una naranja peque�a. Pero, aunque la operaci�n hab�a sido todo un �xito, los conocidos advirtieron un cambio tal de personalidad que les resultaba dif�cil reconocer que se trataba de la misma persona. Antes hab�a sido un abogado de �xito pero ahora ya no pod�a mantener su trabajo, su esposa termin� por abandonarle, dilapid� todos sus ahorros en inversiones improductivas y se vio obligado a vivir recluido en la habitaci�n de hu�spedes de casa de su hermano.
Algo en Elliot resultaba desconcertante porque, si bien intelectualmente segu�a siendo tan brillante como siempre, malgastaba in�tilmente el tiempo perdi�ndose en los detalles m�s insignificantes, como s� hubiera perdido toda sensaci�n de prioridad. Y los consejos no ten�an el menor efecto sobre �l y le desped�an sistem�ticamente de todos los trabajos. Los tests intelectuales no parec�an encontrar nada extra�o en sus facultades mentales, pero Elliot decidi� visitar a un neurobi�logo con la esperanza de descubrir la existencia de alg�n problema neurol�gico que justificara su incapacidad porque, de no ser as�, deb�a concluir l�gicamente que su enfermedad era meramente inexistente.
Antonio Damasio, el neur�logo al que consult�, se qued� completamente at�nito ante el hecho de que, aunque la capacidad l�gica, la memoria, la atenci�n y otras habilidades cognitivas se hallaran intactas, Elliot no parec�a darse cuenta de sus sentimientos con respecto a lo que le estaba ocurriendo. Pod�a hablar de los acontecimientos m�s tr�gicos de su vida con una ausencia completa de emociones, como s� fuera un mero espectador de las p�rdidas y los fracasos de su pasado, sin mostrar la menor desaz�n, tristeza, frustraci�n o enojo por la injusticia de la vida. Su propia tragedia parec�a causarle tan poco sufrimiento que hasta el mismo Damasio parec�a m�s preocupado que �l.
Damasio lleg� a la conclusi�n de que la causa de aquella ignorancia emocional hab�a que buscarla en la intervenci�n quir�rgica, ya que la extirpaci�n del tumor cerebral deber�a haber afectado parcialmente a los l�bulos prefrontales. Efectivamente, la operaci�n hab�a seccionado algunas de las conexiones nerviosas existentes entre los centros inferiores del cerebro emocional, (en panicular, la am�gdala y otras regiones adyacentes) y las regiones pensantes del neoc�rtex. De este modo, su pensamiento se hab�a convertido en una especie de ordenador, completamente capaz de dar los pasos necesarios para tomar una decisi�n, pero absolutamente incapaz de asignar valores a cada una de las posibles alternativas. Todas las posibilidades que le ofrec�a su mente resultaban, as�, igualmente neutras. Ese razonamiento francamente desapasionado era, en opini�n de Damasio, el n�cleo de los problemas de Elliot, ya que la falta de conciencia de sus propios sentimientos sobre las cosas era precisamente lo que hac�a defectuoso su proceso de razonamiento.
Las dificultades de Elliot se presentaban incluso en las decisiones m�s nimias. Cuando Damasio trat� de concertar un d�a y una hora para la pr�xima cita, Elliot se convirti� en un amasijo de dudas porque encontraba pros y contras para cada uno de los d�as y de las horas que le propon�a Damasio y no acertaba a elegir entre ninguna de ellas. Los motivos que aduc�a para aceptar u objetar cualquiera de las alternativas eran sumamente razonables, pero era incapaz de darse cuenta de c�mo se sent�a con cualquiera de ellas. Y aquella falta de conciencia de sus propios sentimientos era precisamente lo que le convert�a en alguien completamente ap�tico.
Los sentimientos desempe�an un papel fundamental para navegar a trav�s de la incesante corriente de las decisiones personales que la vida nos obliga a tomar. Es cierto que los sentimientos muy intensos pueden crear estragos en el razonamiento, pero tambi�n lo es que la falta de conciencia de los sentimientos puede ser absolutamente desastrosa, especialmente en aquellos casos en los que tenemos que sopesar cuidadosamente decisiones de las que, en gran medida, depende nuestro futuro (como la carrera que estudiaremos, la necesidad de mantener un trabajo estable o de arriesgarnos a cambiarlo por otro m�s interesante, con qui�n casamos, d�nde vivir, qu� apartamento alquilar, qu� casa comprar, etc�tera). Estas son decisiones que no pueden tomarse exclusivamente con la raz�n sino que tambi�n requieren del concurso de las sensaciones viscerales y de la sabidur�a emocional acumulada por la experiencia pasada. La l�gica formal por s� sola no sirve para decidir con qui�n casamos, en qui�n confiar o qu� trabajo desempe�ar porque, en esos dominios, la raz�n carente de sentimientos es ciega.
Las se�ales intuitivas que nos gu�an en esos momentos llegan en forma de impulsos l�mbicos que Damasio denomina �indicadores som�ticos�, sensaciones viscerales, un tipo de alarma autom�tica que llama la atenci�n sobre el posible peligro de un determinado curso de acci�n. Estos indicadores suelen orientarnos en contra de determinadas decisiones y tambi�n pueden alertamos de la presencia de alguna oportunidad interesante. En esos momentos no solemos recordar la experiencia concreta que determina esa sensaci�n negativa, aunque en realidad lo �nico que nos interesa es la se�al de que un determinado curso de acci�n puede conducimos al desastre. De este modo, la presencia de esta sensaci�n visceral confiere una seguridad que nos permite renunciar o proseguir con un determinado curso de acci�n, reduciendo as� la gama de posibles alternativas a una lista mucho m�s manejable. La llave que favorece la toma de decisiones personales consiste, en suma, en permanecer en contacto con nuestras propias sensaciones.
SONDEANDO EL INCONSCIENTE
La vacuidad emocional de Elliot patentiza la existencia de todo
un abanico de capacidades personales para darse cuenta de las
emociones en el mismo momento en que se est�n experimentando.
Seg�n la l�gica de la neurociencia, si la ausencia de un
determinado circuito neuronal conduce a una deficiencia en una
capacidad concreta, la fortaleza o debilidad relativa de ese
mismo circuito en personas cuyos cerebros se hallan intactos
deber�a conducir a niveles comparables de competencia en esa
misma capacidad. Esto significa que existen motivos neurol�gicos
ligados al papel que desempe�an los circuitos prefrontales
en la toma de conciencia de las emociones que justifican
que determinadas personas puedan detectar con m�s facilidad que
otras la excitaci�n propia del miedo o la alegr�a y as� ser
m�s conscientes de sus emociones.
Tal vez la capacidad para la introspecci�n psicol�gica est� relacionada con estos circuitos neuronales. Hay personas que naturalmente se hallan m�s sintonizadas con las modalidades simb�licas propias de la mente emocional, como, por ejemplo, la met�fora, la analog�a, la poes�a, la canci�n y la f�bula escritos todos ellos en el lenguaje del coraz�n. Y lo mismo ocurre en el caso de los sue�os y los mitos, en los que el flujo narrativo est� determinado por asociaciones difusas que siguen la l�gica de la mente emocional. Quienes sintonizan naturalmente con la voz de su propio coraz�n -con el lenguaje de la emoci�n son m�s proclives a escuchar sus mensajes, ya sea como novelistas, compositores o psicoterapeutas. Esta sinton�a interna les hace m�s aptos para escuchar la voz de �la sabidur�a del inconsciente� y captar as� el significado que sienten sobre sus sue�os y sus fantas�as, los s�mbolos que encaman nuestros deseos m�s profundos.
La conciencia de uno mismo la facultad que trata de fortalecer la psicoterapia es fundamental para la introspecci�n psicol�gica. De hecho, el modelo de la inteligencia intraps�quica que sigue Howard Gardner es el propuesto por Sigmund Freud, el gran cart�grafo de la din�mica oculta del psiquismo. Como se�al� claramente Fre�d, gran parte de nuestra vida emocional es inconsciente, y nuestros sentimientos no siempre logran cruzar el umbral de la conciencia. La verificaci�n emp�rica de este axioma psicol�gico procede, por ejemplo, de los experimentos sobre las emociones inconscientes, como el descubrimiento de que las personas relacionan concretamente cosas que ni siquiera saben que han visto anteriormente. Cualquier emoci�n puede ser y normalmente es inconsciente.
El correlato fisiol�gico de la emoci�n suele tener lugar antes de que la persona sea consciente del sentimiento que le corresponde. Cuando, por ejemplo, a las personas que temen a las serpientes se les muestra la imagen de una serpiente, sensores convenientemente colocados en su piel detectan el sudor un signo de ansiedad antes de que los sujetos afirmen experimentar miedo. Y esta respuesta tiene lugar aun en el caso de que el sujeto se vea expuesto a la imagen una fracci�n tan corta de tiempo que no tenga la menor idea consciente de lo que ha visto y que s�lo sepa que est� comenzando a sentirse ansioso. Sin embargo, en la medida en que esa emoci�n preconsciente sigue intensific�ndose, llega un momento en el que logra atravesar el umbral y emerge en la conciencia. Existen, pues, dos niveles de la emoci�n, un nivel consciente y otro inconsciente, y el momento en que llega a la conciencia constituye el jal�n que indica su registro por el c�rtex frontal.
Pero. aunque no tengamos la menor idea de ellas, el hecho es que las emociones que bullen bajo el umbral de la conciencia pueden tener un poderoso impacto en nuestra forma de percibir y de reaccionar. Tornemos, por ejemplo, el caso de alguien que haya tenido un encuentro desagradable y que luego permanezca irritable durante muchas horas, sinti�ndose insultado por el menor motivo y respondiendo mal a la menor insinuaci�n. El sujeto puede ser completamente inconsciente de su susceptibilidad y sorprenderse mucho si alguien le llama la atenci�n a este respecto, aunque no cabe la menor duda de que las emociones est�n bullendo en su interior y son las que dictan sus ariscas respuestas.
Pero una vez que el sujeto toma conciencia de
este hecho una vez que su c�rtex lo registra, puede
evaluar las cosas de un modo nuevo, decidir dejar a un lado los
sentimientos que experimento aquel d�a y transformar as� su
visi�n y su estado de �nimo.
As� es como la conciencia emocional de uno mismo conduce al
siguiente elemento constitutivo esencial de la inteligencia
emocional: la capacidad de desembarazarse de los estados de
�nimo negativos.