Inteligencia Emocional - Espa�ol...Ingl�s Capitulo 1
5. ESCLAVOS DE LA PASI�N
T� has sido...un hombre capaz de aceptar con igual semblante los premios y los reveses de Fortuna...Dame a un hombre que no sea esclavo de sus pasiones y lo colocar� en el centro de mi coraz�n, �ay! en el coraz�n de mi coraz�n.Como hago contigo...Hamlet a su amigo Horacio
El dominio de uno mismo, esa capacidad de afrontar los contratiempos emocionales que nos deparan los avatares del destino y que nos emancipa de la �esclavitud de las pasiones� ha sido una virtud altamente encomiada desde los tiempos de Plat�n. Como se�ala Page DuBois, el notable erudito de la Grecia cl�sica, el antiguo t�rmino griego utilizado para referirse a esta virtud era sofrosyne, �el cuidado y la inteligencia en el gobierno de la propia vida�. Los romanos y la iglesia cristiana primitiva, por su parte, la denominaban temperantia templanza la contenci�n del exceso emocional. Pero el objetivo de la templanza no es la represi�n de las emociones sino el equilibrio, porque cada sentimiento es v�lido y tiene su propio valor y significado. Una vida carente de pasi�n ser�a una tierra yerma indiferente que se hallar�a escindida y aislada de la fecundidad de la vida misma. Como apuntaba Arist�teles, el objetivo consiste en albergar la emoci�n apropiada, un tipo de sentimiento que se halle en consonancia con las circunstancias. El intento de acallar las emociones conduce al embotamiento y la apat�a, mientras que su expresi�n desenfrenada, por el contrario, puede terminar abocando, en situaciones extremas, al campo de lo patol�gico (como ocurre, por ejemplo, en los casos de depresi�n postrante, ansiedad aguda, c�lera desmesurada o autaci�n maniaca).
El hecho de mantener en jaque a las emociones angustiosas constituye la clave de nuestro bienestar emocional. Como acabamos de se�alar, los extremos esto es, las emociones que son desmesuradamente intensas o que se prolongan m�s de lo necesario socavan nuestra estabilidad. Pero ello no significa, en modo alguno, que debamos limitarnos a experimentar un s�lo tipo de emoci�n. El intento de permanecer feliz a toda costa nos recuerda a la ingenuidad de aquellas insignias de rostros sonrientes que estuvieron tan de moda durante la d�cada de los setenta. Habr�a mucho que decir acerca de la aportaci�n constructiva del sufrimiento a la vida espiritual y creativa, porque el sufrimiento puede ayudamos a templar el alma.
La vida est� sembrada de altibajos, pero nosotros debemos aprender a mantener el equilibrio. En �ltima instancia, en las cuestiones del coraz�n es la adecuada proporci�n entre las emociones negativas y las positivas la que determina nuestra sensaci�n de bienestar. Esto es, al menos, lo que nos indican ciertos estudios sobre el estado de �nimo en los que se distribuyeron �avisadores� aparatos que sonaban aleatoriamente a cientos de mujeres y de hombres, con la funci�n de recordarles que deb�an registrar las emociones que estaban experimentando en aquel mismo instante. No se trata, pues, de que, para ser felices, debamos evitar los sentimientos angustiosos, sino tan s�lo que no nos pasen inadvertidos y terminen desplazando a los estados de �nimo m�s positivos. Aun quienes atraviesan episodios de enojo o depresi�n aguda disponen, a pesar de todo, de la posibilidad de disfrutar de cierta sensaci�n de bienestar si cuentan con el adecuado contrapunto que suponen las experiencias alegres y felices. Estos estudios tambi�n confirman la escasa relaci�n existente entre el bienestar emocional de la persona y sus calificaciones acad�micas o su CI, lo cual demuestra la independencia de las emociones con respecto a la inteligencia acad�mica.
De la misma forma que existe un murmullo continuo de pensamientos en el fondo de la mente, tambi�n podemos constatar la existencia de un constante ruido emocional. Despi�rtese a alguien, por ejemplo, a las seis de la ma�ana o a las siete de la tarde y descubrir� que siempre se halla en un determinado estado de �nimo. Por supuesto que, en dos ma�anas diferentes, uno puede hallarse en dos estados de �nimo muy distintos pero, cuando tratamos de determinar el estado de �nimo general de una persona a lo largo de las semanas o los meses, los datos obtenidos tienden a reflejar su sensaci�n global de bienestar. Y tambi�n resulta evidente que los sentimientos muy intensos son relativamente raros y que la mayor parte de las personas vivimos en una especie de t�rmino medio gris, en una suave monta�a rusa emocional apenas salpicada de ligeros sobresaltos.
Llegar a dominar las emociones constituye una tarea tan ardua que requiere una dedicaci�n completa y es por ello por lo que la mayor parte de nosotros s�lo podemos tratar de controlar en nuestro tiempo libre el estado de �nimo que nos embarga. Todo lo que hacemos, desde leer una novela o ver la televisi�n, hasta las actividades y los amigos que elegimos, no son m�s que intentos de llegar a sentirnos mejor. El arte de calmarse a uno mismo constituye una habilidad vital fundamental, y algunos int�rpretes del pensamiento psicoanal�tico, como, por ejemplo, John Bowlby y D.W. Winnicott consideran que se trata del m�s fundamental de los recursos psicol�gicos. En teor�a, los ni�os emocionalmente sanos aprenden a calmarse trat�ndose a s� mismos del modo en que han sido tratados por los dem�s, y es as� como se vuelven menos vulnerables a las erupciones del cerebro emocional.
Como ya hemos visto, el dise�o del cerebro pone de manifiesto que tenemos escaso o ning�n control con respecto al momento en que nos veremos arrastrados por una emoci�n y que tampoco disponemos de mucho margen de maniobra sobre el tipo de emoci�n que nos aquejar�. Lo que tal vez si se halla en nuestra mano es el tiempo que permanecer� una determinada emoci�n. El problema no estriba tanto en la diversidad emocional que reflejan, por ejemplo, la tristeza, la preocupaci�n o el enfado (ya que normalmente estos estados de �nimo desaparecen con el tiempo y paciencia), como en el hecho de que su desmesura y su inadecuaci�n conlleva los m�s sombr�os matices: la ansiedad cr�nica, la furia desbocada y la depresi�n. Tanto es as� que, en sus manifestaciones m�s graves y persistentes, su erradicaci�n puede llegar a requerir medicaci�n, psicoterapia o ambas cosas a la vez.
Uno de los indicadores de la autorregulaci�n emocional es el hecho de saber reconocer en qu� momento la excitaci�n cr�nica del cerebro emocional es tan intensa como para requerir ayuda farmacol�gica. Por ejemplo, dos tercios de las personas que sufren de trastornos man�acodepresivos no han recibido nunca tratamiento m�dico al respecto. Pero el hecho es que el litio u otros f�rmacos m�s vanguardistas pueden llegar a frustrar el ciclo caracter�stico del trastorno man�acodepresivo (en el que se alternan la euforia ca�tica y la grandiosidad con la irritaci�n y la rabia). Uno de los problemas caracter�sticos de los trastornos man�aco�depresivos es que, cuando la persona est� inmersa en plena crisis man�aca, se halla plenamente convencida de que no necesita ning�n tipo de ayuda a pesar de las desastrosas decisiones que pueda estar tomando. As� pues, la medicaci�n psiqui�trica brinda a las personas que est�n atravesando este tipo de episodios un instrumento para manejar m�s adecuadamente sus vidas.
Pero cuando se trata de superar un tipo m�s habitual de estados negativos s�lo contamos con nuestros propios recursos.
Como ha se�alado Diane Tice, psic�loga de la Case Western Reserve University que interrog� a m�s de cuatrocientas personas sobre las diferentes estrategias que utilizaban para superar los estados de �nimo angustiantes y sobre el grado de �xito que �stas les procuraban, estos recursos no siempre se mostraron lo suficientemente eficaces Hay que decir, para comenzar, que no todos los encuestados part�an de la premisa de que fuera necesario cambiar los estados de �nimo negativos. La investigaci�n de Tice puso de manifiesto la existencia de cerca de un 5% de �puristas del estado de �nimo�, es decir, personas que afirmaban que ellos nunca trataban de cambiar un determinado estado de �nimo porque, en su opini�n, todas las emociones son �naturales� y deben experimentarse tal y como se presentan, por m�s desalentadoras que resulten. Asimismo, tambi�n hab�a otros que buscaban promover estados de �nimo negativos por razones pragm�ticas: m�dicos que necesitan mostrarse apesadumbrados para dar una mala noticia a sus pacientes; activistas sociales que alimentan su indignaci�n ante la injusticia para poder ser m�s eficaces a la hora de combatirla; y hubo incluso un joven que admiti� que alimentaba su rabia para poder defender m�s adecuadamente a su hermano menor de las agresiones de que era objeto en el patio de recreo. Otros, por �ltimo, se mostraron abiertamente maquiav�licos en la manipulaci�n de sus estados de �nimo, como atestiguaron varios cobradores que ejercitaban su irritabilidad para poder mantener su inflexibilidad ante los morosos. En cualquiera de los casos, la verdad es que, aparte de estos raros ejemplos de cultivo deliberado de las emociones negativas, la mayor�a admiti� que se hallaba a merced de sus estados de �nimo. Los caminos que emprende la gente para sacudirse de encima los estados de �nimo perturbadores son decididamente muy heterog�neos.
LA ANATOMIA DEL ENFADO
Supongamos que otro conductor se nos acerca peligrosamente mientras estamos circulando por la autopista. Aunque nuestro primer pensamiento reflejo sea, por ejemplo, ��maldito hijo de puta!�, lo que realmente resulta decisivo para el desarrollo de la rabia es que ese pensamiento vaya seguido de otros pensamientos de irritaci�n y venganza, como, por ejemplo: ��ese cabr�n podr�a haber chocado conmigo! �No puedo permit�rselo!�. En tal caso, nuestros nudillos palidecen mientras las manos aprietan firmemente el volante (una especie de sustituci�n del hecho de estrangular al otro conductor), el cuerpo se predispone para la lucha no para la huida y comenzamos a temblar mientras resbalan por nuestra frente gotas de sudor, el coraz�n late con fuerza y tensamos todos los m�sculos del rostro. Es como si quisi�ramos asesinarle. Entonces es cuando o�mos el claxon del coche que nos sigue y nos damos cuenta de que, despu�s de haber evitado por los pelos la colisi�n, hemos aminorado la marcha inadvertidamente y estamos a punto de explotar y proyectar toda nuestra rabia sobre ese otro conductor. Esta es la sustancia misma de la hipertensi�n, de la conducci�n imprudente y hasta de muchos accidentes de autom�vil.
Comparemos ahora esta secuencia del desarrollo de la rabia con otra l�nea de pensamiento m�s amable hacia el conductor que se ha interpuesto en nuestro camino: �es muy posible que no me haya visto o que tenga una buena raz�n para conducir de ese modo, probablemente una urgencia m�dica�. Esta posibilidad atempera nuestro enfado con la compasi�n o, al menos, con cierta apertura mental que permite detener la escalada de la rabia. El problema estriba, como nos recuerda el desaf�o de Arist�teles, en tener el grado de enfado apropiado, ya que, con demasiada frecuencia, la rabia escapa a nuestro control. Benjamin Franklin expres� muy acertadamente este punto cuando dijo: �siempre hay razones para estar enfadados, pero �stas rara vez son buenas�.
Existen, claro est�, diferentes tipos de enfado. Es muy probable que la am�gdala sea el principal asiento del s�bito chispazo de ira que experimentamos hacia el conductor cuya falta de atenci�n ha puesto en peligro nuestra seguridad. Pero, en el otro extremo del circuito emocional, el neoc�rtex tiende a fomentar un tipo de enfados m�s calculados, como la venganza fr�a o las reacciones que suscitan la infidelidad y la injusticia. Estos enfados premeditados suelen ser aqu�llos a los que Franklin se refer�a cuando dec�a que �esconden una buena raz�n� o, por lo menos, que as� nos lo parece.
Como afirma Tice, el enfado parece ser el estado de �nimo m�s persistente y dif�cil de controlar. De hecho, el enfado es la m�s seductora de las emociones negativas porque el mon�logo interno que lo alienta proporciona argumentos convincentes para justificar el hecho de poder descargarlo sobre alguien. A diferencia de lo que ocurre en el caso de la melancol�a, el enfado resulta energetizante e incluso euforizante. Es muy posible que su poder persuasivo y seductor explique el motivo por el cual ciertos puntos de vista sobre el enfado se hallan tan difundidos. La gente, por ejemplo, suele pensar que la ira es ingobernable y que, en todo caso, no debiera ser controlada o que una descarga �cat�rtica� puede ser sumamente liberadora. El punto de vista opuesto que quiz� constituya una reacci�n ante el desolador panorama que nos brindan las actitudes reci�n mencionadas, sostiene, por el contrario, que el enfado puede ser totalmente evitado. Pero una lectura atenta de los descubrimientos realizados por la investigaci�n de Tice nos sugiere que este tipo de actitudes habituales hacia el enfado no s�lo est�n equivocadas sino que son francas supersticiones. Sin embargo, la cadena de pensamientos hostiles que alimenta al enfado nos proporciona una posible clave para poner en pr�ctica uno de los m�todos m�s eficaces de calmarlo. En primer lugar, debemos tratar de socavar las convicciones que alimentan el enfado. Cuantas m�s vueltas demos a los motivos que nos llevan al enojo, m�s �buenas razones� y m�s justificaciones encontraremos para seguir enfadados. Los pensamientos obsesivos son la le�a que alimenta el fuego de la ira, un fuego que s�lo podr� extinguirse contemplando las cosas desde un punto de vista diferente. Como ha puesto de manifiesto la investigaci�n realizada por Tice, uno de los remedios m�s poderosos para acabar con el enfado consiste en volver a encuadrar la situaci�n en un marco m�s positivo.
La �irrupci�n� de la rabia
Este descubrimiento confirma las conclusiones a las que ha llegado Dolf Zillmann, psic�logo de la Universidad de Alabama, quien, a lo largo de una exhaustiva serie de cuidadosos experimentos, ha determinado con detalle la anatom�a de la rabia. Si tenemos en cuenta que la ra�z de la c�lera se asienta en la vertiente beligerante de la respuesta de lucha-o-huida, no es de extra�ar que Zil lman concluya que el detonante universal del enfado sea la sensaci�n de hallarse amenazado. Y no nos referimos solamente a la amenaza f�sica sino tambi�n, como suele ocurrir, a cualquier amenaza simb�lica para nuestra autoestima o nuestro amor propio (como, por ejemplo, sentirse tratado ruda o injustamente, sentirse insultado, menospreciado, frustrado en la consecuci�n de un determinado objetivo, etc�tera), percepciones, todas ellas, que act�an a modo de detonante de una respuesta l�mbica que tiene un efecto doble sobre el cerebro. Por una parte, libera la secreci�n de catecolaminas que cumplen con la funci�n de generar un acceso puntual y r�pido de la energ�a necesaria para �emprender una acci�n decidida como dice Zillman tal como la lucha o la huida�. Esta descarga de energ�a l�mbica perdura varios minutos durante los cuales nuestro cuerpo, en funci�n de la magnitud que nuestro cerebro emocional asigne a la amenaza, se dispone para el combate o para la huida.
Mientras tanto, otra oleada energ�tica activada por la am�gdala perdura m�s tiempo que la descarga catecolam�nica y se desplaza a lo largo de la rama adrenocortical del sistema nervioso, aportando as� el tono general adecuado a la respuesta. Esta excitaci�n adrenocortical generalizada puede perdurar horas e incluso d�as, manteniendo al cerebro emocional predispuesto a la excitaci�n y convirti�ndose en un trampol�n fisiol�gico que provoca que las reacciones subsecuentes se produzcan con especial celeridad. Esta hipersensibilidad difusa provocada por la excitaci�n adrenocortical explica por qu� la mayor�a de las personas parecen m�s predispuestas a enfadarse una vez que ya han sido provocadas o se hallan ligeramente excitadas. Por otra parte, todos los tipos de estr�s provocan una excitaci�n adrenocortical que contribuye a bajar el umbral de la irritabilidad. De este modo, despu�s de un duro d�a del trabajo, una persona se sentir� especialmente predispuesta a enfadarse en casa por las razones m�s insignificantes el ruido o el desorden de los ni�os, por ejemplo, razones que en otras circunstancias no tendr�an el poder suficiente para desencadenar un secuestro emocional.
Zillman ha llegado a estas conclusiones despu�s de una concienzuda experimentaci�n. En uno de sus estudios, por ejemplo, contaba con un c�mplice cuya misi�n era la de provocar a las personas que se hab�an ofrecido voluntarias para el experimento haciendo comentarios sarc�sticos sobre ellos. Seguidamente, los voluntarios ve�an una pel�cula divertida u otra de car�cter m�s perturbador. A continuaci�n se les ofrec�a la ocasi�n de desquitarse de quien les acababa de criticar pidi�ndoles que valorasen lo que, en su opini�n, deb�a pag�rsele. Los resultados demostraron claramente que la intensidad de su venganza era directamente proporcional al grado de excitaci�n que hab�an experimentado durante la contemplaci�n de la pel�cula. As� pues, quienes acababan de ver la pel�cula m�s desagradable se mostraban m�s enfadados y ofrec�an las peores valoraciones.
El enfado se construye sobre el enfado
La investigaci�n realizada por Zillman parece explicar la din�mica inherente a un drama familiar dom�stico del que fui testigo cierto d�a que me hallaba de compras en el supermercado. Al otro extremo del pasillo pod�a o�rse el tono mesurado y amable de una joven madre que se dirig�a a su hijo con un escueto.
Devuelve... eso... a su sitio.
Pero yo lo quiero gimoteaba el peque�o, aferr�ndose con m�s fuerza a la caja de cereales con la imagen de las Tortugas Ninja.
Ponlo en su sitio dijo la madre con un tono de voz que comenzaba a traslucir una cierta irritaci�n.
En aquel momento, una ni�a m�s peque�a, que iba sentada en el asiento del carro, tir� al suelo el tarro de gelatina que estaba mordisqueando y, al derramarse por el suelo, la madre comenz� a vociferar.
�Toma! dijo furiosa mientras le daba un bofet�n.
A continuaci�n arrebat� la caja de manos del ni�o, la arroj� al anaquel m�s cercano y, levantando a su hijo velozmente del suelo por la cintura, lo llev� a rastras pasillo adelante mientras empujaba el carro amenazadoramente. Ahora la ni�a lloraba y el ni�o pataleaba protestando:
�B�jame! �B�jame!
Zil�man ha descubierto que cuando el cuerpo se encuentra en un estado de irritabilidad como ocurr�a, por ejemplo, en el caso de esta madre y algo suscita un secuestro emocional, la emoci�n subsecuente, sea de enfado o ansiedad, revestir� una intensidad especial. Y �sta es la din�mica que invariablemente se pone en funcionamiento cuando alguien se irrita. Zillman considera la escalada del enfado como �una secuencia de provocaciones, cada una de las cuales suscita una reacci�n de excitaci�n que tiende a disiparse muy lentamente�. En esta secuencia, cada uno de los pensamientos o percepciones irritantes se convierte en un minimo detonante de la descarga catecolam�nica de la am�gdala, y cada una de estas descargas se ve fortalecida, a su vez, por el impulso hormonal precedente. De este modo, una segunda descarga tiene lugar antes de que la primera se haya disipado, una tercera se suma a las dos precedentes y as� sucesivamente. Es como si cada nueva descarga cabalgara a lomos de las anteriores, aumentando as� vertiginosamente la escalada del nivel de excitaci�n fisiol�gica. Cualquier pensamiento que tenga lugar durante este proceso provocar� una irritaci�n mucho m�s intensa que la que tendr�a lugar al comienzo de la secuencia. De este modo, el enfado se construye sobre el enfado al tiempo que la temperatura de nuestro cerebro emocional va aumentando. Para ese entonces, la ira, ante la que nuestra raz�n se muestra impotente, desembocar� f�cilmente en un estallido de violencia.
En este momento, la persona se siente incapaz de perdonar y se cierra a todo razonamiento. Todos sus pensamientos gravitan en torno a la venganza y la represalia, sin detenerse a considerar las posibles consecuencias de sus actos. Este alto nivel de excitaci�n, afirma Zillman, �alimenta una ilusi�n de poder e invulnerabilidad que promueve y fomenta la agresividad�, ya que, �a falta de toda gu�a cognitiva adecuada�, la persona enfadada se retrotrae a la m�s primitiva de las respuestas. Es as� c�mo las descargas l�mbicas prosiguen su curso ascendente y las lecciones m�s rudimentarias de la brutalidad terminan convirti�ndose en gu�as para la acci�n.
Un b�lsamo para el enfado
A la vista de este an�lisis sobre la anatom�a del enfado, Zillman considera que existen dos posibilidades de intervenci�n en el proceso. El primer modo de restar fuerza al enfado consiste en prestar la m�xima atenci�n y darnos cuenta de los pensamientos que desencadenan la primera descarga de enojo (esta evaluaci�n original confirma y alienta la primera explosi�n mientras que las siguientes s�lo sirven para avivar las llamas ya encendidas). El momento del ciclo del enfado en el que intervengamos resulta sumamente importante porque, cuanto antes lo hagamos, mejores resultados obtendremos. De hecho, el enfado puede verse completamente cortocircuitado si, antes de darle expresi�n, damos con alguna informaci�n que pueda mitigarlo.
El poder de la comprensi�n para desactivar la irritaci�n resulta bien patente en otro de los experimentos realizados por Zillman, en el que un ayudante especialmente grosero (c�mplice, en realidad, del experimentador) se dedicaba a insultar y provocar a los sujetos que en aquel momento realizaban un ejercicio f�sico.
Cuando se les brind� la posibilidad de desquitarse de su desagradable compa�ero d�ndoles la oportunidad de estimar sus aptitudes para un posible trabajo, acometieron la tarea con una mezcla de enojo y complacencia. En cambio, en otra versi�n del mismo experimento, una mujer entraba en la sala, despu�s de que los voluntarios hubiesen sido provocados e inmediatamente antes de que se les diera la oportunidad de desquitarse, y hac�a salir al c�mplice del lugar con la excusa de que acababa de recibir una llamada telef�nica urgente. Cuando �ste sal�a, se desped�a despectivamente de la mujer quien, sin embargo, parec�a tomarse el comentario con muy buen humor, explicando a los dem�s que su compa�ero se hallaba sometido a terribles presiones porque estaba muy nervioso ante la inminencia de un examen oral. En este caso, la explicaci�n ofrecida pareci� despertar la compasi�n de los sujetos del experimento quienes, cuando tuvieron la oportunidad de desquitarse, rehusaron hacerlo. Este tipo de informaci�n atemperante parece, pues, permitir la reconsideraci�n del incidente que desencadena el enfado.
Sin embargo, como dec�amos anteriormente, tambi�n existe otra posibilidad para desarticular el enfado que, seg�n Zil�man, s�lo resulta posible en casos de irritaci�n moderada y, por el contrario, no funciona en niveles m�s intensos, debido a lo que el mismo Zillman denomina �incapacidad cognitiva�, que impide a las personas razonar adecuadamente. Cuando la gente se halla sometida a un nivel de irritabilidad muy intenso, tiende a infravalorar los posibles mensajes de informaci�n mitigante con frases tales como � �esto es intolerable!� o -como afirma Zillmann con suma delicadeza con �las m�s burdas procacidades que nos brinda nuestro idioma�.
El enfriamiento
En cierta ocasi�n, cuando s�lo ten�a trece anos, me enzarc� en una agria discusi�n en casa y sal� de ella jurando que jam�s regresar�a. Era un hermoso d�a de verano y estuve paseando por el campo hasta que la paz y la belleza circundantes me invadieron y gradualmente fui tranquiliz�ndome. Al cabo de unas horas regres� a casa sereno y completamente arrepentido. A partir de aquel momento, cada vez que me enfado busco una oportunidad para hacer lo mismo, lo que considero el mejor de los remedios.
Este relato forma parte de uno de los primeros estudios cient�ficos sobre el enfado llevado a cabo en 1899, un estudio que a�n sigue siendo todo un modelo de la segunda forma de aplacar el enfado que cit�bamos anteriormente, tratar de aplacar la excitaci�n fisiol�gica ligada a la descarga adrenal�nica en un entorno en el que no haya peligro de que se produzcan m�s situaciones irritantes. Eso supone, por ejemplo, que, en el caso de una discusi�n, la persona agraviada deber�a alejarse durante un tiempo de la persona causante del enojo y frenar la escalada de pensamientos hostiles tratando de distraerse. Como ha descubierto Zillmann, las distracciones son un recurso sumamente eficaz para modificar nuestro estado de �nimo por la sencilla raz�n de que es dif�cil seguir enfadado cuando uno se lo est� pasando bien. El truco, pues, consiste en darnos permiso para que el enfado vaya enfri�ndose mientras tratamos de disfrutar de un rato agradable.
El an�lisis realizado por Zillmann sobre los mecanismos que contribuyen a incrementar o disminuir la irritaci�n nos brinda una explicaci�n a buena parte de los descubrimientos realizados por Diane Tice acerca de las estrategias que la gente suele emplear para aliviar el enfado. Una de tales estrategias claramente eficaz consiste en retirarse y quedarse a solas mientras tiene lugar el proceso de enfriamiento. Para la gran mayor�a de los varones esto se traduce en dar un paseo en autom�vil, una actividad que concede una tregua mientras uno conduce (y, que seg�n me confes� Tice, la hace conducir ahora con mayor precauci�n).
Quiz�s una alternativa m�s sal udable sea la de dar una larga caminata. El ejercicio activo contribuye a dominar el enfado y lo mismo puede decirse de los m�todos de relajaci�n, como, por ejemplo, la respiraci�n profunda y la distensi�n muscular porque estos ejercicios permiten aliviar la elevada excitaci�n fisiol�gica provocada por el enfado y propiciar un estado de menor excitaci�n y tambi�n obviamente porque as� uno se distrae del est�mulo que suscit� el enfado. El ejercicio activo puede servir adem�s para disminuir el enfado por una raz�n similar ya que, despu�s del alto nivel de activaci�n fisiol�gica suscitado por el ejercicio, el cuerpo vuelve naturalmente a un nivel de menor excitaci�n.
Pero el per�odo de enfriamiento no ser� de ninguna utilidad si lo empleamos en seguir alimentando la cadena de pensamientos irritantes, ya que cada uno de �stos constituye, por s� mismo, un peque�o detonante que hace posibles nuevos brotes de c�lera. El poder sedante de la distracci�n reside precisamente en poner fin a la cadena de pensamientos irritantes. En su revisi�n de las estrategias utilizadas por la mayor�a de las personas para controlar el enfado, Tice descubri� que las distracciones m�s utilizadas para tratar de calmarse ver la televisi�n, ir al cine, leer y actividades similares ponen coto eficazmente a la cadena de pensamientos hostiles que alimentan el enfado. No obstante, tambi�n tenemos que matizar, no obstante, como ha explicado Tice, que actividades tales como comer e ir de compras no tienen el mismo efecto, ya que resulta sumamente sencillo proseguir con nuestros pensamientos de indignaci�n mientras recorremos los pasillos de un centro comercial o damos buena cuenta de un pastel de chocolate.
A estas estrategias debemos a�adir las propuestas por Redford Williams, psiquiatra de la Universidad de Duke, quien trata de ayudar a controlar su c�lera a las personas muy irritables que presentan un elevado riesgo de enfermedad card�aca. Una de sus recomendaciones consiste en que la persona aprenda a utilizar la conciencia de si mismo para darse cuenta de los pensamientos irritantes o c�nicos en el mismo momento en que aparecen y, seguidamente, registrarlos por escrito. Cuando los pensamientos irritantes se han detectado de este modo, pueden afrontarse y considerarse desde una perspectiva m�s adecuada; aunque, como Zillmann descubriera, esta aproximaci�n es m�s provechosa cuando la irritabilidad no ha alcanzado todav�a la cota de la c�lera.
La falacia de la catarsis
Apenas sub� a un taxi de la ciudad de Nueva York, un joven que quer�a cruzar la calle se detuvo ante el veh�culo a esperar que el tr�fico disminuyera. El taxista, impaciente por arrancar, toc� entonces el claxon y comenz� a mover el veh�culo lentamente a fin de que el joven se apartara de su camino. La r�plica de �ste fue un adem�n obsceno y grosero.
Eh. t�. hijo de puta! le espet�, entonce, el taxista. pisando el acelerador y el freno al mismo tiempo amenazando con embestirle.
Ante aquella intimidaci�n, el joven se hizo a un lado bruscamente y descarg� un pu�etazo sobre la carrocer�a del taxi mientras �ste trataba de abrirse paso a trav�s del tr�fico. El taxista solt� entonces una burda letan�a de exclamaciones dirigidas al joven.
No puedes cargar con la mierda del primer imb�cil que se te cruce en el camino. Tienes que devolv�rsela a gritos. Por lo menos, eso te hace sentir mejor me dijo luego el conductor, a guisa de conclusi�n, todav�a visiblemente afectado.
La catarsis el hecho de dar rienda suelta a nuestro enfado se ensalza a veces como un modo adecuado de manejar la irritaci�n.
La opini�n popular sostiene que �eso te hace sentir mejor� pero, tal como nos sugieren los descubrimientos realizados por Zillmann, existe un poderoso argumento en contra de la catarsis, un argumento que comenz� a elaborarse a partir de la d�cada de los cincuenta cuando los psic�logos comprobaron experimentalmente los efectos de la catarsis y descubrieron que el hecho de airear el enfado de poco o nada sirve para mitigarlo (aunque, dada su seductora naturaleza, pueda proporcionarnos cierta satisfacci�n). No obstante, existen ciertas condiciones concretas en las que el hecho de expresar abiertamente el enfado puede resultar apropiado como, por ejemplo, cuando se trata de comunicar algo directamente a la persona causante de nuestro enojo; cuando sirve para restaurar la autoridad, el derecho o la justicia; o cuando con ello se inflige �un da�o proporcional� a la otra persona que la obliga, m�s all� de todo sentimiento de venganza por nuestra parte, a cambiar la situaci�n que nos agobia. Hay que decir tambi�n que, debido a la naturaleza altamente inflamable de la ira, esto es m�s f�cil de decir que de llevar a la pr�ctica.
Tice descubri�, asimismo, que el hecho de expresar abiertamente el enfado constituye una de las peores maneras de tratar de aplacarlo, porque los arranques de ira incrementan necesariamente la excitaci�n emocional del cerebro y hacen que la persona se sienta todav�a m�s irritada. En este sentido, las respuestas ofrecidas por la gente confirmaron a Tice que el efecto de expresar abiertamente la c�lera ante la persona que la provocaba hab�a sido el de prolongar su mal humor en lugar de acabar con �l. Parece mucho m�s eficaz, en suma, que la persona comience tratando de calmarse y que posteriormente, de un modo m�s asertivo y constructivo, entable un di�logo para tratar de resolver el problema. Como escuch� en cierta ocasi�n, al maestro tibetano Chogyam Trungpa cuando se le pregunt� por el mejor modo de relacionarse con el enfado:�Ni lo reprimas ni te dejes arrastrar por �l�.
APLACAR LA ANSIEDAD: �QU� ES LO QUE ME PREOCUPA?
�Oh no! Parece que se ha estropeado el silenciador del tubo de escape... Tendr� que llevarlo a reparar... Pero ahora no tengo dinero... Tal vez pueda coger el dinero de la matr�cula de Jamie...Pero �qu� pasar� si luego no puedo pagar su matr�cula?... Bueno, el �ltimo informe del instituto ha sido francamente desalentador... Es muy probable que sus notas sigan siendo malas y finalmente no pueda matricularse en la universidad. El silenciador sigue haciendo ruido...
As� es como la mente obsesionada da vueltas y m�s vueltas, una y otra vez, a un culebr�n aparentemente interminable de preocupaciones concatenadas. El ejemplo anterior nos los proporcionan Lizabeth Roemer y Thomas Borkovec, psic�logos de la Pennsylvania University State, cuya investigaci�n sobre la preocupaci�n el n�cleo fundamental de la ansiedad ha llamado la atenci�n sobre el tema de los artistas y de los cient�ficos neur�ticos. � Seg�n parece, una vez iniciado, no hay modo alguno de detener el ciclo de la preocupaci�n. En el extremo opuesto, la reflexi�n constructiva acerca de un problema una actividad s�lo en apariencia similar a la preocupaci�n puede permitirnos dar con la soluci�n adecuada�.
En realidad, toda preocupaci�n se asienta en el estado de alerta ante un peligro potencial que, sin duda alguna, ha sido esencial para la supervivencia en alg�n momento de nuestro proceso evolutivo. Cuando el miedo activa nuestro cerebro emocional, una parte de la ansiedad centra nuestra atenci�n en la amenaza, obligando a al mente a buscar obsesivamente una salida y a ignorar todo lo dem�s. La preocupaci�n constituye, pues, en cierto modo, una especie de ensayo en el que consideramos las distintas alternativas de respuesta posibles. En este sentido, la funci�n de la preocupaci�n consiste, por consiguiente, en una anticipaci�n de los peligros que pueda presentamos la vida y en la b�squeda de soluciones positivas ante ellos.
El problema surge cuando la preocupaci�n se hace cr�nica y reiterativa, cuando se repite continuamente sin procuramos nunca una soluci�n positiva. Un an�lisis m�s detenido de la preocupaci�n cr�nica evidencia que �sta presenta todos los rasgos caracter�sticos propios de un secuestro emocional moderado: parece no proceder de ninguna parte, es incontrolable, genera un ruido constante de ansiedad, se muestra impermeable a todo razonamiento y encierra a la persona preocupada en una actitud unilateral y r�gida sobre el asunto que la preocupa. Cuando el ciclo de la preocupaci�n se intensifica y persiste, ensombrece el hilo argumental hasta desembocar en arrebatos nerviosos, fobias, obsesiones, compulsiones y aut�nticos ataques de p�nico. En cada uno de estos des�rdenes la preocupaci�n se centra en un contenido diferente: en el caso de la fobia, la ansiedad se fija en la situaci�n temida; en las obsesiones, se ocupa en impedir alg�n posible desastre; por �ltimo, en los ataques de p�nico suele gravitar en torno a la muerte o a la misma posibilidad de sufrir un ataque de p�nico.
El denominador com�n de todas estas condiciones es una falta de control sobre el ciclo de la preocupaci�n. Por ejemplo, una mujer aquejada de un trastorno obsesivo-compulsivo se ve�a obligada a ejecutar una serie de ceremonias rituales que le ocupaban la mayor parte del tiempo que pasaba despierta, como ducharse durante cuarenta y cinco minutos varias veces o lavarse las manos cinco minutos seguidos veinte o m�s veces al d�a. No se sentaba a menos que antes hubiera limpiado el asiento con alcohol para esterilizarlo. Tampoco pod�a tocar a ni�o o a animal alguno porque, seg�n dec�a, estaban �demasiado sucios�. En realidad, todos estos comportamientos compulsivos estaban motivados por un miedo m�rbido a los g�rmenes, puesto que albergaba el temor constante de que, si no se lavaba y esterilizaba, terminar�a enfermando y morir�a.
Otra mujer que estaba siendo tratada de un �trastorno de ansiedad generalizada� la etiqueta psicol�gica utilizada para referirse a una persona excesivamente aprensiva respondi� del siguiente modo a la petici�n de que durante un minuto expresara en voz alta sus preocupaciones:�Podr�a no hacerlo bien. Sonar�a tan artificial que no nos permitir�a hacernos una idea correcta de la realidad de mi problema y lo que necesitamos es comprender esa realidad... Porque si no vemos la realidad jam�s me pondr� bien y, si no me pongo bien, jam�s podr� llegar a ser feliz. �
En este despliegue de preocupaci�n sobre preocupaci�n, el mismo hecho de pedirle al sujeto que expresara en voz alta sus preocupaciones durante un minuto provoc� una escalada que termin� desembocando, poco despu�s, en una conclusi�n aut�nticamente catastr�fica: �jam�s llegar� a ser feliz�. El ciclo de la preocupaci�n suele comenzar con un relato interno que salta de un tema a otro y que no suele incluir la representaci�n imaginaria del infortunio en cuesti�n. En efecto, las preocupaciones son de car�cter m�s auditivo que visual -es decir, se expresan en palabras y no en im�genes, un hecho muy importante a la hora de intentar controlarlas.
Borkovec y sus colegas comenzaron a estudiar la preocupaci�n en si misma cuando estaban tratando de encontrar un tratamiento para el insomnio. La ansiedad, como han observado otros investigadores, tiene una manifestaci�n cognitiva los pensamientos preocupantes y otra som�tica, evidenciada por los s�ntomas fisiol�gicos t�picos de la ansiedad (como el sudor, la aceleraci�n del ritmo card�aco o la tensi�n muscular). Sin embargo, l�o como descubri� Borkovec, el problema principal de la gente que padece insomnio no es la excitaci�n som�tica sino los pensamientos intrusivos. Se trata de aprensivos cr�nicos que no pueden dejar de estar preocupados, por m�s cansados que se encuentren. Lo �nico que parece ayudarles a conciliar el sue�o es el hecho de alejar su mente de las preocupaciones, focaliz�ndola, en su lugar, en las sensaciones producidas por el ejercicio de alg�n tipo de relajaci�n. Resumiendo: se puede cortar el c�rculo vicioso de la preocupaci�n cambiando el foco de la atenci�n.
Sin embargo, la mayor�a de las personas aprensivas no parecen responder a este m�todo, y seg�n Borkovec, esto se debe a que el ciclo de la preocupaci�n proporciona una recompensa parcial que refuerza el h�bito. El aspecto positivo, por as� decirlo, de la preocupaci�n, es que constituye una forma de afrontar las amenazas potenciales y los peligros que puedan cruzarse en nuestro camino. Como ya hemos dicho, la verdadera funci�n de la preocupaci�n es la de constituir una especie de ensayo frente a esas amenazas que nos ayuda a encontrar posibles soluciones.
Pero el hecho es que este aspecto de la preocupaci�n no siempre resulta adecuado. Las soluciones originales y las formas creativas de encarar un problema no suelen estar ligadas a la preocupaci�n, especialmente en el caso de la preocupaci�n cr�nica. En lugar de buscar una posible soluci�n a los problemas potenciales, los aprensivos se limitan simplemente a dar vueltas y m�s vueltas en torno al peligro, profundizando as� el surco del pensamiento que les atemoriza. Los aprensivos cr�nicos pueden albergar miedos frente a un amplio abanico de situaciones la mayor�a de ellas con escasas probabilidades de ocurrir y advierten peligros en el viaje de la vida que los dem�s no llegamos siquiera a barruntar.
Sin embargo, seg�n confirmaron a Borkovec algunas de estas personas, aunque la preocupaci�n pueda ayudarles, lo cierto es que tiende a autoperpetuarse y a girar incesantemente en tomo a un mismo y angustioso pensamiento. Pero �por qu� la preocupaci�n puede terminar convirti�ndose en una especie de adicci�n mental? Posiblemente porque, como se�ala Borkovec, el h�bito de la preocupaci�n tiene una funci�n similar al de la superstici�n.
La gente suele preocuparse por cosas que tienen muy pocas probabilidades de ocurrir como la muerte de un ser querido en un accidente de aviaci�n, la bancarrota y similares, y todo este proceso, al menos en lo que se refiere al cerebro l�mbico, tiene algo de m�gico. As�, del mismo modo que un amuleto nos protege de alg�n da�o anticipado, la preocupaci�n proporciona la confianza psicol�gica necesaria para hacer frente a los peligros que nos obsesionan.
Una forma de trabajo con la preocupaci�n
Ella se hab�a trasladado desde el Medio Oeste hasta Los Angeles porque un editor le hab�a ofrecido trabajo pero, una vez ah�, se enter� de que la editorial hab�a sido comprada por otra empresa y se qued� sin �l. Entonces empez� a trabajar como escritora independiente, una profesi�n muy inestable que lo mismo la sobrecargaba de trabajo que la colocaba en una precaria situaci�n econ�mica. No era infrecuente que tuviera que racionar las llamadas telef�nicas y por vez primera carec�a de seguro de enfermedad. Aquella inestabilidad la hac�a sentirse tan angustiada que no tard� en descubrirse teniendo pensamientos sombr�os sobre su salud, convencida de que su dolor de cabeza era el s�ntoma de un tumor cerebral e imaginando que iba a sufrir un accidente cada vez que tomaba el coche. Muchas veces se descubr�a completamente perdida en una interminable secuencia de preocupaciones que la envolv�an como una especie de neblina. Como ella misma dec�a, sus obsesiones hab�an acabado convirti�ndose en una especie de adicci�n.
Borkovec tambi�n menciona otra ventaja adicional de la preocupaci�n, ya que, mientras la persona se halla inmersa en sus pensamientos obsesivos, no parece reparar en las sensaciones subjetivas de ansiedad (el aumento del ritmo card�aco, la sudoraci�n, los temblores, etc�tera) suscitadas por esos mismos pensamientos. As� pues, la persistencia de la preocupaci�n parece silenciar esa ansiedad, al menos en lo que respecta al ritmo card�aco. Al parecer, la secuencia de la preocupaci�n es la siguiente: la persona comienza adviniendo algo que suscita la idea de alguna amenaza o un peligro potencial, una cat�strofe imaginaria que, a su vez, desencadena un ataque moderado de ansiedad: luego el aprensivo se sumerge en una serie de pensamientos de angustia, cada uno de los cuales desata nuevas preocupaciones. Mientras la atenci�n permanezca circunscrita a este �mbito obsesivo y se mantenga focalizada en este tipo de pensamientos, conseguir� apartar de su mente la imagen original catastr�fica que dispar� la ansiedad. Como descubri� Borkovec, las im�genes son m�s poderosas que los pensamientos a la hora de activar la ansiedad fisiol�gica. Es por esto por lo que la inmersi�n en los pensamientos y la exclusi�n de las im�genes catastr�ficas es capaz de aliviar parcialmente la angustia. Y. en ese sentido, la preocupaci�n se ve reforzada porque constituye una suerte de ant�doto parcial de la angustia.
Pero la preocupaci�n cr�nica tambi�n resulta frustrante porque se constituye una secuencia de ideas obsesivas y estereotipadas que no aportan ninguna soluci�n creativa que contribuya realmente a resolver el problema. Esta rigidez no s�lo se manifiesta en el contenido mismo del pensamiento obsesivo que simplemente se limita a repetir la misma idea una y otra vez sino tambi�n a nivel neurol�gico, en donde parece presentarse una cierta inflexibilidad cortical y una incapacidad del cerebro emocional para adaptarse a las circunstancias cambiantes. En resumen, pues, aunque la preocupaci�n cr�nica funcione en ciertos sentidos, no lo hace en otros aspectos mucho m�s importantes. Tal vez pueda disipar parcialmente la ansiedad, pero jam�s contribuir� a aportar la soluci�n a un determinado problema.
En cualquier caso, no hay nada m�s dif�cil para un aprensivo cr�nico que seguir el consejo que m�s frecuentemente se le brinda: �deja de preocuparte� (o peor todav�a: �no te preocupes; se feliz�). No olvidemos el papel que desempe�a la am�gdala en el desarrollo de las preocupaciones cr�nicas, un papel que justifica su irrupci�n inesperada y su persistencia una vez que han hecho su aparici�n en escena. Sin embargo, la investigaci�n realizada por Borkovec le ha permitido elaborar un m�todo sencillo que puede ayudar a los aprensivos cr�nicos a controlar su h�bito.
El primer paso consiste en tomar conciencia de uno mismo y registrar el primer acceso de preocupaci�n tan pronto como sea posible. En circunstancias ideales, este registro deber�a tener lugar inmediatamente, en el mismo instante en que una fugaz imagen catastr�fica pone en marcha el ciclo de la preocupaci�n y la ansiedad. En este sentido, el adiestramiento propuesto por Borkovec consiste en comenzar ense��ndoles a darse cuenta de los signos de la ansiedad y, en especial, adiestr�ndoles a identificar las situaciones, las im�genes y los pensamientos ocasionales que desencadenan el ciclo de la preocupaci�n y las sensaciones corporales de ansiedad que las acompa�an. Con el debido entrenamiento, la persona puede llegar a captar el surgimiento de la preocupaci�n en un momento cada vez m�s cercano al inicio de la espiral de la ansiedad. Tambi�n es posible recurrir al aprendizaje de alguna t�cnica de relajaci�n que la persona pueda aplicar apenas advierta el inicio del ciclo y ejercitarse en ella hasta ser capaz de utilizarla adecuadamente en el momento preciso.
Sin embargo, la relajaci�n no basta por s� sola. Las personas aprensivas tambi�n deben afrontar m�s activamente los pensamientos perturbadores porque, de lo contrario, la espiral de la preocupaci�n volver� a iniciarse una y otra vez. El siguiente paso consiste en adoptar una postura cr�tica ante las creencias que sustentan la preocupaci�n. �Cabe ciertamente la posibilidad de que ocurra el acontecimiento temido? �Es algo absolutamente necesario y no existe m�s alternativa que aceptarlo? �Hay algo positivo que pueda hacerse al respecto? �Realmente me sirve de algo dar vueltas y m�s vueltas a los mismos pensamientos?
Esta combinaci�n de atenci�n y sano escepticismo puede servir para frenar la activaci�n neurol�gica que subyace a la ansiedad moderada. La inducci�n activa de este tipo de pensamientos puede terminar inhibiendo el impulso l�mbico que alimenta la preocupaci�n. Paralelamente, la inducci�n activa de un estado de relajaci�n contrarresta las se�ales de ansiedad que el cerebro emocional env�a a todo el cuerpo.
De hecho, como se�ala Borkovec, estas estrategias determinan un curso de actividad mental que es incompatible con la preocupaci�n. La reiterada persistencia de un determinado pensamiento obsesivo aumenta su poder persuasivo pero, en el caso de que logremos desviar la atenci�n hacia un abanico de alternativas igualmente plausibles, evitaremos tomar ingenuamente como verdaderos los pensamientos que nos obsesionan. Este m�todo se ha mostrado eficaz para aliviar este contumaz h�bito hasta con aquellas personas cuyas preocupaciones son tan serias como para merecer un diagn�stico psiqui�trico.
Por otra parte, ser�a tambi�n recomendable e incluso dir�amos que ser�a una se�al de autoconciencia que las personas cuyas preocupaciones son tan graves como para desembocar en fobias, trastornos obsesivocompulsivos o ataques de p�nico, recurrieran a la medicaci�n para tratar de interrumpir este c�rculo vicioso. No obstante, una reeducaci�n emocional a trav�s de la terapia sigue siendo imprescindible para disminuir la probabilidad de que los trastornos de ansiedad vuelvan a presentarse una vez que se haya dejado la medicaci�n.
EL CONTROL DE LA TRISTEZA
La tristeza es el estado de �nimo del que la gente m�s quiere despojarse y Diane Tice descubri� que las estrategias para conseguirlo son muy variadas. Sin embargo, no deber�a evitarse toda tristeza porque, al igual que ocurre con cualquier otro estado de �nimo, tiene sus facetas positivas. La tristeza que provoca una p�rdida irreparable, por ejemplo, suele ir acompa�ada de ciertas consecuencias: disminuye el inter�s por los placeres y diversiones, fija la atenci�n en aquello que se ha perdido e impone una pausa moment�nea que renueva nuestra energ�a para permitirnos acometer nuevas empresas. La tristeza, en suma, proporciona una especie de refugio reflexivo frente a los afanes y ocupaciones de la vida cotidiana, que nos sume en un periodo de retiro y de duelo necesario para asimilar nuestra p�rdida, un per�odo en el que podemos ponderar su significado, llevar a cabo los ajustes psicol�gicos pertinentes y, por �ltimo, establecer nuevos planes que permitan que nuestra vida siga adelante.
Pero, si bien la tristeza es �til, la depresi�n, en cambio, no lo es. William Styron nos brinda una elocuente descripci�n de �las m�ltiples manifestaciones de la postraci�n�, entre las que se cuentan el �odio hacia uno mismo� , �la falta de autoestima�, �la pesadumbre enfermiza� que va acompa�ada de una �sombr�a constricci�n, cierta sensaci�n de sobrecogimiento y alienaci�n y, por encima de todo, de una ansiedad abrumadora�. Tambi�n podemos enumerar las secuelas intelectuales que acompa�an a ese estado: �confusi�n, imposibilidad de concentrarse y p�rdida de memoria� y, en un nivel m�s intenso, la mente se ve �ca�ticamente distorsionada� y �los procesos mentales se ven arrastrados por una marea t�xica y abyecta que impide cualquier posible respuesta satisfactoria al mundo en que uno vive�. Adem�s, este estado tambi�n tiene sus correlatos f�sicos: el insomnio, la apat�a, �una sensaci�n de embotamiento, nerviosismo y, m�s concretamente, una extra�a fragilidad� que van acompa�ados de �un inquietante desasosiego�. A todo ello debemos a�adir tambi�n la disminuci�n de la capacidad de gozar de las situaciones: �todas las facetas de la sensibilidad se vuelven difusas y hasta la comida parece completamente ins�pida�. Se�alemos, por �ltimo, que toda esperanza se disipa dejando el residuo de una �gris llovizna de congoja� que genera una desesperaci�n tan palpable como el dolor f�sico, un dolor tan insoportable que la �nica soluci�n posible parece ser el suicidio.
En el caso de una depresi�n mayor como la descrita, la vida se paraliza y parece que no exista la menor alternativa para salir de la situaci�n. Los mismos s�ntomas de la depresi�n indican que el flujo de la vida ha quedado estancado. En el caso de Styron, la medicaci�n y la terapia no sirvieron de gran cosa sino que fue el paso del tiempo y el internamiento en un hospital lo que finalmente despej� su abatimiento. Pero, en lo que se refiere a la mayor�a de las personas, especialmente a aqu�llas aquejadas de depresiones m�s benignas, la psicoterapia y la medicaci�n pueden ser de gran ayuda. El Prozac es el tratamiento de moda, pero existe m�s de una docena de f�rmacos que pueden ser �tiles para tratar la depresi�n.
Sin embargo, mi principal centro de inter�s es la tristeza com�n, o la simple melancol�a que, en sus manifestaciones m�s extremas, puede llegar a convertirse, t�cnicamente hablando, en una �depresi�n subcl�nica�. Las personas con suficientes recursos internos pueden manejar por s� solas este tipo de melancol�a pero, por desgracia, algunas de las estrategias m�s frecuentemente empleadas resultan francamente perjudiciales y no hacen m�s que empeorar la situaci�n. Una de estas estrategias consiste en aislarse, lo cual, si bien puede resultar atractivo cuando nos sentimos abatidos, tambi�n contribuye a aumentar nuestra sensaci�n de soledad y desamparo. Esto puede explicar, en parte, por qu� Tice constat� que la t�ctica m�s extendida para combatir la depresi�n son las actividades sociales, es decir, salir a comer, ir a ver un acontecimiento deportivo o al cine; en resumen, compartir alg�n tipo de actividad con los amigos o con la familia. Este tipo de actividades puede ser muy eficaz siempre que quede claro que el objetivo que se pretende lograr es que la mente se olvide de su tristeza porque, en caso contrario, s�lo conseguir� perpetuar su estado de �nimo.
En realidad, uno de los principales determinantes de la duraci�n y la intensidad de un estado depresivo es el grado de obsesi�n de la persona. Preocuparse por aquello que nos deprime s�lo contribuye a que la depresi�n se agudice y se prolongue m�s todav�a. En la depresi�n, la preocupaci�n puede adoptar diferentes formas, aunque, sin embargo, todas ellas se focalizan en alg�n aspecto de la depresi�n misma como, por ejemplo, el agotamiento, la escasa motivaci�n, la faltade energ�a o el poco rendimiento.
Pero, por regla general, ninguno de estos pensamientos va acompa�ado de una acci�n decidida a subsanar el problema. Seg�n la psic�loga de Stanford Susan NolenHoeksma, que se ha ocupado de estudiar a fondo el pensamiento obsesivo en las personas deprimidas, otras estrategias habituales son las de �aislarse, dar vueltas a lo mal que nos sentimos, temer que nuestra pareja se aburra de nosotros y pueda legar a abandonarnos o no dejar de preguntarnos si vamos a padecer otra noche de insomnio�. La persona deprimida puede tratar de justificar este tipo de comportamiento aduciendo que �s�lo intenta conocerse mejor a s� misma�. Pero el hecho es que, en la mayor�a de los casos, el deprimido s�lo se dedica a alimentar el sentimiento de tristeza sin ocuparse de hacer nada que pueda sacarle realmente de su estado de �nimo. La terapia puede resultar muy �til a la hora de reflexionar sobre las causas profundas de la depresi�n, siempre que no se trate de una mera inmersi�n pasiva que s�lo contribuye a empeorar la situaci�n y nos permita acceder a visiones o a acciones tendentes a cambiar las condiciones que la motivaron.
Asimismo, el pensamiento obsesivo puede agudizar la depresi�n en cuanto que establece condiciones m�s depresivas, si cabe. NolenHoeksma nos habla, por ejemplo, del caso de una vendedora aquejada de depresi�n que estaba tan preocupada que no realizaba las llamadas telef�nicas tan necesarias para su trabajo. Entonces las ventas disminuyeron, lo cual reforz� su sensaci�n de fracaso y consolid� su depresi�n. La distracci�n, por el contrario, le habr�a permitido acopiar la energ�a necesaria para hacer aquellas llamadas y tambi�n le habr�a servido para escapar de las atenazadoras garras de la tristeza. Con ello, las ventas se habr�an incrementado y habr�a fortalecido la confianza en si misma, contribuyendo as�, en consecuencia, a reducir su depresi�n.
Seg�n NolenHoeksma, las mujeres son m�s proclives que los hombres a obsesionarse cuando est�n deprimidas, lo cual podr�a explicar el hecho de que la cifra de mujeres diagnosticadas de depresi�n duplique a la de hombres. Obviamente, �ste no es el �nico factor que tener en cuenta, porque las mujeres tambi�n son m�s proclives a expresar abiertamente su angustia y tienen m�s motivos para deprimirse. Los hombres, por su parte, como muestran las estad�sticas, doblan a las mujeres en su predisposici�n a ahogar sus penas en alcohol.
Ciertas investigaciones han puesto de manifiesto que la terapia cognitiva orientada a modificar estas pautas de pensamiento resulta tan eficaz como la medicaci�n a la hora de tratar la depresi�n leve, y es superior a ella en cuanto a prevenir su retorno. Dos estrategias, en concreto, se han mostrado especialmente eficaces en esta lucha: una de ellas consiste en aprender a afrontar los pensamientos que se esconden en el mismo n�cleo de la obsesi�n, cuestionar su validez y considerar alternativas m�s positivas. La otra consiste en establecer deliberadamente un programa de actividades agradables que procure alguna clase de distracci�n.
Una de las razones por las cuales la distracci�n puede ser un remedio eficaz es que los pensamientos depresivos tienen un car�cter autom�tico y se introducen de manera inesperada en la mente. Aun en el caso de que la persona deprimida trate de eliminar los pensamientos obsesivos, no resulta f�cil conseguirlo.
Una vez que el tren de los pensamientos depresivos se ha puesto en marcha resulta muy dif�cil detener el continuo proceso de asociaciones mentales que desencadena. Un estudio realizado con personas deprimidas a quienes se pidi� que ordenaran frases con palabras desordenadas al azar, tuvieron mucho m�s �xito con los mensajes negativos (�el futuro me parece sombr�o�) que con los m�s optimistas (�el futuro me parece espl�ndido�). La depresi�n es un estado de �nimo que tiende a perpetuarse y a eclipsar incluso las distracciones elegidas por el sujeto. Cuando Richard Wenzlaff, psic�logo de la Universidad de Texas, llev� a cabo una investigaci�n en la que proporcion� a varias personas deprimidas una lista de actividades para apartar de sus mentes un hecho triste como, por ejemplo, la muerte de un amigo, casi todos ellos eligieron las alternativas menos risue�as. En su opini�n, las personas deprimidas deben hacer el sobreesfuerzo de prestar atenci�n a algo que pueda animarles y poner un cuidado especial en no elegir inconscientemente todo aquello que les hunda nuevamente (como, por ejemplo, una pel�cula o una novela muy triste).
Los elevadores del estado de �nimo.
Imagine que est� conduciendo en medio de la niebla por una carretera desconocida, empinada y tortuosa, y que, de pronto, un coche sale bruscamente de una v�a lateral pocos metros delante de usted sin darle tiempo siquiera a detenerse. Lo �nico que puede hacer es pisar a fondo el pedal del freno, con lo cual su veh�culo derrapa de un lado a otro de la calzada. Un instante antes de o�r el ruido del impacto met�lico y de los cristales rotos, se da cuenta de que el otro coche est� lleno de ni�os y de que es un transporte escolar que va camino de la escuela. Luego, tras el breve silencio que sucede a la colisi�n, oye un coro de llantos y se las arregla como puede para correr hasta el otro coche. Entonces descubre consternado que uno de los ni�os est� tendido en el suelo completamente inerte y se siente invadido por el sentimiento de culpa de haber sido el causante de una tragedia...Escenas tan estremecedoras como la que acabamos de describir se utilizaron en uno de los experimentos realizados por Wenzlaff para impresionar a los sujetos que participaban en �l. La tarea que deb�an llevar a cabo era la de apartar la escena de sus mentes y registrar, durante un periodo de nueve minutos, el n�mero de pensamientos ligados a la escena. Este experimento puso de relieve que, a medida que iba pasando el tiempo, la mayor�a de los participantes tend�an a pensar cada vez menos en las escenas perturbadoras, pero los deprimidos, por el contrario, mostraban un marcado incremento en el n�mero de pensamientos intrusivos, llegando incluso a pensar tangencialmente en la escena mientras se hallaban inmersos en actividades distractivas.
Y, lo que es todav�a m�s significativo, los voluntarios deprimidos sol�an distraerse recurriendo a otro tipo de pensamientos aflictivos para tratar de apartar de su mente la escena en cuesti�n.
Como me dijo Wenzlaff: �las asociaciones de pensamientos no s�lo se basan en su contenido sino tambi�n seg�n el propio estado de �nimo. Las personas contamos con un repertorio de pensamientos negativos que acuden a nuestra mente con mayor facilidad cuando estamos alica�dos. Quienes son m�s proclives a la depresi�n tienden a establecer fuertes lazos asociativos entre es tos pensamientos, de modo que, una vez que se ha evocado un determinado estado de �nimo negativo, resulta mucho m�s dif�cil suprimirlo. Por m�s ir�nico que pueda parecer, las personas deprimidas tienden a distraerse recurriendo a otros pensamientos depresivos, con lo cual lo �nico que consiguen es profundizar todav�a m�s su depresi�n�.
Seg�n afirma una teor�a, el llanto puede constituir un m�todo natural para reducir los niveles de neurotransmisores cerebrales que alimentan la angustia. Pero, aunque el hecho de llorar puede romper a veces el maleficio de la tristeza, tambi�n puede obsesionar a la persona con la causa de su aflicci�n. La idea de que �el llanto es bueno� resulta un tanto equ�voca porque, cuando refuerza el ciclo de pensamientos obsesivos, s�lo sirve para prolongar el sufrimiento. La distracci�n, en cambio, es capaz de romper la cadena de pensamientos sombr�os que sostiene a la depresi�n. Una de las teor�as imperantes que explica el �xito de la terapia electroconvulsiva en el tratamiento de la mayor parte de las depresiones graves se basa en el hecho de que provoca una p�rdida de memoria a corto plazo y, en consecuencia, los pacientes mejoran simplemente porque no pueden recordar el motivo de su tristeza. Como descubri� Diane Tice, muchas personas se sacuden las flores mustias de la tristeza con entretenimientos tales como la lectura, la televisi�n, el cine, los videojuegos, los rompecabezas, el sue�o y las enso�aciones diurnas como, por ejemplo, divagar acerca de unas fant�sticas vacaciones. Wenzlaff a�ade que las distracciones m�s eficaces son aqu�llas que pueden cambiar nuestro estado de �nimo como, por ejemplo, un apasionante acontecimiento deportivo, una pel�cula divertida o un libro interesante. (Advirtamos tambi�n, en este punto, que algunas distracciones pueden contribuir a perpetuar la depresi�n, como lo demuestran los estudios llevados a cabo con telespectadores empedernidos. que han puesto de relieve que, despu�s de una sesi�n de televisi�n, suelen hallarse todav�a m�s deprimidos que antes de ella.)
Seg�n Tice, el aerobic es una de las t�cticas m�s eficaces para sacudirse de encima tanto la depresi�n leve como otros estados de �nimo negativos. Pero el caso es que los beneficios derivados de este elevador del estado de �nimo resultan m�s palpables en las personas perezosas, es decir, en aqu�llas que no suelen practicar este tipo de ejercicios. Quienes se atienen a una rutina diaria de ejercicio f�sico obtienen, por el contrario, m�s beneficios de este tipo antes de llegar a consolidar el h�bito. De hecho, quienes practican habitualmente un deporte obtienen el efecto inverso sobre el estado de �nimo y se sienten peor en aquellos d�as en los que se saltan su rutina. La eficacia del ejercicio parece radicar en su poder para cambiar la condici�n fisiol�gica provocada por el estado de �nimo: la depresi�n constituye un estado de baja activaci�n mientras que el aerobic, en cambio, eleva el tono corporal. Por el mismo motivo, las t�cnicas de relajaci�n - que reducen el nivel general de activaci�n f�sica funcionan adecuadamente para tratar la ansiedad (que es un estado de alta activaci�n fisiol�gica) pero resultan inadecuadas para el tratamiento de la depresi�n. En todo caso, cada uno de estos enfoques parece romper el ciclo de la depresi�n y de la ansiedad, porque pone al cerebro en un nivel de actividad incompatible con el estado emocional que lo embarga .
Tratar de infundirse �nimo a si mismo mediante regalos y placeres sensoriales constituye otro ant�doto muy difundido para combatir la tristeza. Entre los m�todos m�s utilizados por las personas para aliviar su depresi�n podemos enumerar el tomar un ba�o caliente, disfrutar de las comidas favoritas, escuchar m�sica o hacer el amor. Hacerse un regalo o invitarse a uno mismo para tratar de desprenderse de un estado de �nimo negativo es una estrategia muy com�n entre las mujeres, como tambi�n lo es, en general, ir de compras. Tice descubri� asimismo que el hecho de comer es una estrategia bastante generalizada entre las estudiantes universitarias una media tres veces superior a los hombres para calmar la depresi�n. Los hombres, por su parte, parecen mostrar una inclinaci�n cinco veces superior a las mujeres hacia el consumo de drogas y alcohol. Pero el hecho de recurrir al alcohol o a la comida como ant�dotos para la depresi�n constituye una estrategia que tiene sus obvias contraindicaciones. La sobrealimentaci�n suele provocar remordimientos mientras que el alcohol, por su parte, es un depresor del sistema nervioso central cuyas secuelas se suman a las de la misma depresi�n.
Seg�n Tice, una aproximaci�n m�s constructiva para elevar el estado de �nimo consiste en proyectar una actividad que pueda proporcionarnos un peque�o triunfo o un �xito f�cil como, por ejemplo, acometer alguna tarea dom�stica que hayamos pospuesto (como cercar el jard�n, por ejemplo) o concluir alguna actividad pendiente que hayamos estado evitando. Por el mismo motivo, los cambios de imagen, aunque s�lo sea en la forma de vestirnos o de arreglarnos, tambi�n pueden resultar beneficiosos.
Uno de los ant�dotos
m�s eficaces contra la depresi�n muy poco utilizado, por
cierto, fuera del contexto de la terapia es la llamada
reestructuraci�n cognitiva o, dicho de otro modo, tratar de ver
las cosas desde una �ptica diferente. Es natural lamentarse por
el fin de una relaci�n o sumergirse en pensamientos
autocompasivos como, por ejemplo, �esto significa que siempre
estar� solo�, pensamientos que no hacen m�s que fortalecer la
sensaci�n de desesperaci�n. Sin embargo, el hecho de
recapacitar y reconsiderar los aspectos negativos de la relaci�n
o de ver que esa relaci�n de pareja no era la adecuada en
otras palabras, reconsiderar la p�rdida desde una perspectiva
diferente, bajo una luz m�s positiva puede servir de
adecuado ant�doto a la tristeza.
Por esta misma raz�n, los pacientes aquejados de c�ncer, sea
cual sea la gravedad de su estado, se encuentran de mejor humor
cuando pueden pensar en otro paciente cuyo estado es todav�a
peor (�a fin de cuentas yo no estoy tan mal.; por lo menos puedo
andar�), mientras que, por el contrario, quienes se comparan con
personas sanas solo consiguen deprimirse m�s. Este tipo de
comparaciones resulta sorprendentemente estimulante porque lo que
parec�a desesperanzador pierde s�bitamente sus connotaciones
negativas.
Otro eficaz elevador del estado de �nimo consiste en ayudar a quienes lo necesitan. Puesto que la depresi�n se alimenta de obsesiones y preocupaciones que giran en torno a uno mismo, el hecho de ayudar a quien se halla afligido puede contribuir a que nos desembaracemos de este tipo de preocupaciones. De este modo, entregarse a una actividad de voluntariado hacerse entrenador de la liga infantil, convertirse en una especie de hermano mayor o ayudar a los indigentes constituye, seg�n Tice, uno de las estrategias m�s adecuadas, pero tambi�n menos frecuentes, para elevar el estado de �nimo.
Debemos se�alar, por �ltimo, que existen tambi�n personas que pueden encontrar cierto alivio a su tristeza orient�ndose hacia un poder trascendente. Seg�n me dijo Tice: �la oraci�n constituye una actividad especialmente indicada para elevar el estado de �nimo de las personas con una orientaci�n religiosa�.
LOS REPRESORES DE LA EMOCI�NLA NEGACI�N OPTIMISTA
La frase comenzaba diciendo �aunque pis� a su compa�ero de habitaci�n en el est�mago�... y finalizaba... �s�lo quer�a encender la luz�.
Esa transformaci�n de un acto agresivo en una inocente aunque poco plausible confusi�n refleja vivamente la represi�n emocional y fue escrita por un estudiante universitario que se hab�a ofrecido como sujeto voluntario en una investigaci�n realizada sobre los represores, es decir, aquellas personas que parecen borrar sistem�ticamente todo rastro de angustia emocional de su campo de conciencia. Una de las pruebas consist�a en completar una frase que comenzaba diciendo: �pis� a su compa�ero de habitaci�n en el est�mago...�. Otros tests demostraron que este peque�o acto de evitaci�n mental forma parte de un patr�n general que oblitera la pr�ctica totalidad de los trastornos emocionales.
A diferencia de las conclusiones extra�das por las primeras investigaciones realizadas en este sentido, que apuntaban que los individuos represores constitu�an un caso manifiesto de incapacidad para experimentar las emociones lo que les convert�a en parientes cercanos de los alexitimicos, la tendencia actual los considera personas suficientemente aptas como para regular sus emociones. Se dir�a, pues, que estas personas est�n tan acostumbradas a protegerse de los sentimientos problem�ticos que ni siquiera son conscientes de sus aspectos negativos. A la vista de lo anterior tal vez fuera m�s adecuado no llamarles represores como resulta habitual entre los investigadores sino impasibles.
La mayor parte de esta investigaci�n, llevada a cabo por Daniel Weinberger, psic�logo de la Case Western Reserve University, demuestra que, aunque estas personas puedan parecer completamente tranquilas e inalterables, a veces se encuentran sometidas a una serie de alteraciones fisiol�gicas de las que no son conscientes. Durante la prueba de formar frases que hemos mencionado anteriormente, los voluntarios tambi�n fueron monitorizados con el fin de controlar su nivel de activaci�n fisiol�gica.
De este modo, el barniz de calma que aparentan los represores se ve desmentido por el elevado grado de agitaci�n corporal que evidencian los s�ntomas manifiestos de ansiedad (aceleraci�n del ritmo card�aco, sudoraci�n y aumento de la tensi�n arterial) cuando deben enfrentarse a la tarea de completar la frase sobre un compa�ero de habitaci�n violento u otras similares. Sin embargo, cuando se les pregunta al respecto afirman rotundamente que se sienten perfectamente tranquilos.
Esta continua falta de sinton�a con respecto a emociones tales como el enfado y la ansiedad es bastante habitual y. seg�n Weinberger, afecta a una de cada seis personas. Las causas te�ricas que explican los motivos por los cuales un ni�o desarrolla este patr�n de relaci�n con sus emociones son muy distintas.
Una de ellas, por ejemplo, afirma que se trata de una estrategia de supervivencia ante una situaci�n problem�tica tal como un padre alcoh�lico en una familia que ni siquiera admite la existencia del problema. Otra posibilidad consiste en tener unos padres que son ellos mismos represores emocionales y que de este modo transmiten el continuo ejemplo de una despreocupaci�n o de una rigidez muscular que se refleja en la elevaci�n del labio superior ante cualquier sentimiento angustioso. O tal vez se trate simplemente de un rasgo heredado. En cualquier caso, todav�a no estamos en condiciones de determinar c�mo y a qu� altura de la vida se origina esta pauta de conducta: sin embargo, en el momento en que las personas represoras alcanzan la madurez, ya se muestran fr�os e indiferentes cuando se sienten coaccionados.
Lo que todav�a nos queda por determinar, de hecho, es cu�n calmos y fr�os se mantienen en realidad. �Es posible que realmente no sean conscientes de los s�ntomas f�sicos que provocan las emociones perturbadoras y que simplemente est�n fingiendo una tranquilidad aparente? La respuesta a esta pregunta nos la brinda la h�bil investigaci�n llevada a cabo por Richard Davidson, psic�logo de la Universidad de Wisconsin y anterior colaborador de Weinberger. Davidson pidi� a varias personas que presentaban esta pauta de impasibilidad, que efectuaran una serie de asociaciones libres sobre una lista de palabras, muchas de ellas neutrales, aunque algunas poseedoras de connotaciones sexuales o violentas capaces de suscitar ansiedad en la mayor�a de las personas. La investigaci�n puso de manifiesto que las asociaciones realizadas con las palabras m�s perturbadoras aqu�llas cuyos s�ntomas fisiol�gicos revelaban una evidente respuesta de angustia tambi�n demostraban un claro intento de eliminar las connotaciones m�s negativas. Por esto si, por ejemplo, la primera palabra era �odio�, la respuesta ofrecida por ese tipo de sujetos sol�a ser �amor�.
El estudio de Davidson se benefici� considerablemente del hecho de que (en las personas diestras) la mitad derecha del cerebro constituye el centro clave del procesamiento de las emociones negativas, mientras que el centro del habla se halla en el hemisferio izquierdo. Cuando el hemisferio derecho reconoce una palabra perturbadora, transmite esta informaci�n al centro del habla a trav�s del cuerpo calloso, que conecta ambos hemisferios cerebrales, y es entonces cuando aparece una palabra como respuesta. Sirvi�ndose de un elaborado dispositivo �ptico, Davidson mostraba cada palabra de modo que �sta ocupara s�lo la mitad del campo visual y, por la peculiar disposici�n neurol�gica de la visi�n, si la palabra se presentaba de modo que incidiera en el lado izquierdo del campo visual, primero era reconocida por el hemisferio cerebral derecho, con su acusada sensibilidad para las perturbaciones. Si, por el contrario, incid�a en el lado derecho del campo visual, la se�al era captada por el hemisferio cerebral izquierdo sin experimentar ninguna alteraci�n.
Asimismo, cuando las palabras problem�ticas se presentaban de tal modo que eran captadas fundamentalmente por el hemisferio cerebral derecho, se produc�a una demora en la respuesta de las personas impasibles. En cambio, no hab�a ning�n intervalo apreciable en la velocidad de asociaci�n frente a las palabras neutras, y el retraso s�lo aparec�a cuando las palabras se presentaban ante el hemisferio derecho, pero no ante el izquierdo. Dicho de otro modo, la impasibilidad parece originarse en un mecanismo neural que lentifica o interfiere con el flujo de informaci�n perturbadora. Ello significar�a que tales personas no est�n fingiendo una falta de conciencia ante la angustia que puedan sentir, sino que es su mismo cerebro el que les mantiene alejados de esta clase de informaci�n. Para ser m�s exactos, el barniz de sentimientos positivos que encubre las percepciones amenazantes bien podr�a originarse en la actividad del l�bulo prefrontal izquierdo. Para mayor sorpresa, cuando Davidson cuantific� los niveles de actividad de los l�bulos prefrontales, qued� patente un marcado predominio de la actividad del l�bulo izquierdo (el centro del bienestar) y un descenso en la actividad del l�bulo derecho (el centro del malestar).
Seg�n me comentaba Davidson, estas personas �se ven a s� mismas desde una perspectiva positiva, con un estado de �nimo te�ido de optimismo, niegan que el estr�s les cause ning�n trastorno y muestran una pauta de activaci�n frontal del l�bulo izquierdo cuando est�n descansando, lo que suele estar ligado a la aparici�n de sentimientos positivos. Este tipo de actividad cerebral podr�a ser la clave que explicara su pretendido optimismo a pesar de la existencia de una excitaci�n fisiol�gica subyacente muy semejante a la angustia�. Davidson sostiene que, en t�rminos de actividad cerebral, el intento de experimentar continuamente los acontecimientos perturbadores bajo una luz positiva exige un gasto enorme de energ�a. As� pues, el aumento de la activaci�n fisiol�gica podr�a estar originado en el sostenido intento por parte del circuito neurol�gico, tanto de mantener los sentimientos positivos a cualquier precio como de suprimir o inhibir cualquier clase de sentimientos negativos.
La impasibilidad, en suma, constituye un intento de negaci�n optimista, una especie de disociaci�n positiva y, muy posiblemente, la clave que explicar�a el mecanismo neurol�gico que interviene en estados disociativos m�s graves, como los que suelen existir en los des�rdenes de estr�s postraum�tico. Pero, seg�n Davidson, cuando se trata simplemente de conseguir una cierta estabilidad, �parece una estrategia positiva para la autorregulaci�n emocional�, el coste adicional para la conciencia de uno mismo resulta todav�a desconocido.