Inteligencia Emocional - Espa�ol...Ingl�s Capitulo 1
7. LAS RA�CES DE LA EMPAT�A
Volvamos ahora a Gary, el brillante cirujano alexit�mico que tanto sufrimiento causara a su prometida Ellen haciendo gala de una ignorancia absoluta con respecto al mundo de los sentimientos. Como ocurre con la mayor�a de los alexit�micos, Gary carec�a de empat�a y de intuici�n. Si ella le comentaba que se sent�a abatida, Gary no acertaba a comprenderla, y si le dirig�a palabras cari�osas, �l cambiaba de tema. Gary no cesaba de formular cr�ticas ��tiles� sobre las cosas que hacia Ellen, sin percatarse de que tales cr�ticas no la ayudaban en lo m�s m�nimo sino que s�lo la hac�an sentirse atacada.
La conciencia de uno mismo es la facultad sobre la que se erige la empat�a, puesto que, cuanto m�s abiertos nos hallemos a nuestras propias emociones, mayor ser� nuestra destreza en la comprensi�n de los sentimientos de los dem�s. Los alexitimicos como Gary no tienen la menor idea de lo que sienten y por lo mismo tambi�n se encuentran completamente desorientados con respecto a los sentimientos de quienes les rodean. Son, por as� decirlo, sordos a las emociones y carecen de la sensibilidad necesaria para percatarse de las notas y los acordes emocionales que transmiten las palabras y las acciones de sus semejantes. En este sentido, los tonos, los temblores de voz, los cambios de postura y los elocuentes silencios les pasan totalmente inadvertidos.
Confundidos, pues, acerca de sus propios sentimientos, los alexit�micos son igualmente incapaces de percibir los sentimientos ajenos. Y esta incapacidad no s�lo supone una importante carencia en el �mbito de la inteligencia emocional sino que tambi�n implica un grave menoscabo de su humanidad, porque la ra�z del afecto sobre el que se asienta toda relaci�n dimana de la empat�a, de la capacidad para sintonizar emocionalmente con los dem�s.
Esa capacidad, que nos permite saber lo que sienten los dem�s, afecta a un amplio espectro de actividades (desde las ventas hasta la direcci�n de empresas, pasando por la compasi�n, la pol�tica, las relaciones amorosas y la educaci�n de nuestros hijos) y su ausencia, que resulta sumamente reveladora, podemos encontrarla en los psic�patas, los violadores y los pederastas.
No es frecuente que las personas formulen verbalmente sus emociones y �stas, en consecuencia, suelen expresarse a trav�s de otros medios. La clave, pues, que nos permite acceder a las emociones de los dem�s radica en la capacidad para captar los mensajes no verbales (el tono de voz, los gestos, la expresi�n facial, etc�tera). Es muy probable que la investigaci�n m�s exhaustiva llevada a cabo sobre la facultad de interpretar los mensajes no verbales sea la efectuada por Robert Rosenthal, psic�logo de la Universidad de Harvard, y sus alumnos. Rosenthal elabor� un test para determinar el grado de empat�a al que denomin� PSNV (perfil de sensibilidad no verbal). Este test consiste en una serie de videos en los que una mujer joven expresa una amplia gama de sentimientos que van desde el odio hasta el amor maternal, pasando por los celos, el perd�n, la gratitud y la seducci�n. El v�deo ha sido editado de modo que oculta sistem�ticamente uno o varios canales de comunicaci�n no verbal. As�, en algunas de las escenas no s�lo se ha silenciado el mensaje verbal sino que tambi�n se ha ocultado toda clave excepto la expresi�n facial que pueda ofrecer pistas acerca del estado emocional; en otras secuencias, en cambio, s�lo se muestran los movimientos corporales, recorriendo as�, sucesivamente, los principales canales de comunicaci�n no verbal. El objetivo, en cualquier caso, consiste en que las personas que miran los v�deos detecten las emociones implicadas recurriendo a pistas espec�ficamente no verbales.
La investigaci�n, llevada a cabo sobre unas siete mil personas de los Estados Unidos y de otros dieciocho pa�ses, puso de manifiesto las ventajas que conlleva la capacidad de leer los sentimientos ajenos a partir de mensajes no verbales (el ajuste emocional, la popularidad, la sociabilidad y tambi�n no deber�amos sorprendernos por ello la sensibilidad). Hay que decir que, en este sentido, las mujeres suelen superar a los hombres. Por otra parte. aquellas personas cuya destreza va perfeccion�ndose a lo largo de los cuarenta y cinco minutos que dura el test un indicador de que se hallan especialmente dotadas para desarrollar la empat�a suelen mantener buenas relaciones con el sexo opuesto, una habilidad obviamente inestimable para la vida amorosa.
Esta prueba tambi�n demostr� la relaci�n puramente circunstancial existente entre la empat�a y las calificaciones obtenidas en el SAT, el CI y otros tests de rendimiento acad�mico. La independencia de la empat�a con respecto a la inteligencia acad�mica ha quedado sobradamente demostrada en una investigaci�n realizada con una versi�n del PSNV adaptada para ni�os. Una encuesta realizada sobre 1.011 ni�os demostr� que quienes eran mas capaces de leer los mensajes emocionales no verbales no s�lo gozaban de mayor popularidad entre sus compa�eros sino que tambi�n presentaban una mayor estabilidad emocional. Estos ni�os, por otra parte, tambi�n mostraban un mayor rendimiento acad�mico superior incluso a la media pero, en cambio, su CI no era superior al de los menos dotados para descifrar los mensajes emocionales no verbales, un dato que parece sugerirnos que la empat�a favorece el rendimiento escolar (o, tal vez, simplemente les haga m�s atractivos a los ojos de sus profesores).
A diferencia de la mente racional, que se comunica a trav�s de las palabras, las emociones lo hacen de un modo no verbal. De hecho, cuando las palabras de una persona no coinciden con el mensaje que nos transmite su tono de voz, sus gestos u otros canales de comunicaci�n no verbal, la realidad emocional no debe buscarse tanto en el contenido de las palabras como en la forma en que nos est� transmitiendo el mensaje. Una regla general utilizada en las investigaciones sobre la comunicaci�n afirma que m�s del 90% de los mensajes emocionales es de naturaleza no verbal (la inflexi�n de la voz, la brusquedad de un gesto, etc�tera) y que este tipo de mensaje suele captarse de manera inconsciente, sin que el interlocutor repare, por cierto, en la naturaleza de lo que se est� comunicando y se limite tan s�lo a registrarlo y responder impl�citamente. En la mayor�a de los casos, las habilidades que nos permiten desempe�ar adecuadamente esta tarea tambi�n se aprenden de forma t�cita.
EL DESARROLLO DE LA EMPATIA
Cuando Hope, una ni�a de apenas nueve meses de edad, vio caer a otro ni�o, las l�grimas afloraron a sus ojos y se refugi� en el regazo de su madre buscando consuelo como si fuera ella misma quien se hubiera ca�do. Michael, un ni�o de quince meses, le dio su osito de peluche a su apesadumbrado amigo Paul pero, al ver que �ste no dejaba de llorar, le arrop� con una manta. Estas peque�as muestras de simpat�a y cari�o fueron registradas por madres que hab�an sido espec�ficamente adiestradas para recoger in situ esta clase de manifestaciones emp�ticas. Los resultados de este estudio parecen sugerirnos que las ra�ces de la empat�a se retrotraen a la m�s temprana infancia. Pr�cticamente desde el mismo momento del nacimiento, los beb�s se muestran afectados cuando oyen el llanto de otro ni�o, una reacci�n que algunos han considerado como el primer antecedente de la empat�a. La psicolog�a evolutiva ha descubierto que los beb�s son capaces de experimentar este tipo de angustia emp�tica antes incluso de llegar a ser plenamente conscientes de su existencia separada. A los pocos meses del nacimiento, los beb�s reaccionan ante cualquier perturbaci�n de las personas cercanas como si fuera propia, y rompen a llorar cuando oyen el llanto de otro ni�o.
En una investigaci�n llevada a cabo por Martin L. Hoffman, de la Universidad de Nueva York, un ni�o de un a�o llev� a su madre ante un amigo suyo que se encontraba llorando para que intentara consolarlo, a pesar de que la madre de �ste �ltimo tambi�n se hallara en la misma habitaci�n. Este tipo de confusi�n tambi�n puede encontrarse en aquellos ni�os de un a�o de edad que imitan la angustia de los dem�s, una forma, posiblemente, de poder llegar a comprender mejor los sentimientos ajenos. No es tampoco infrecuente que, si un ni�o se lastima los dedos, otro se lleve la mano a la boca para comprobar si tambi�n se ha hecho da�o o que, al contemplar el llanto de su madre, se frote los ojos aunque �l no est� llorando.
Esta imitaci�n motriz, como se la denomina, constituye, en realidad, el aut�ntico significado t�cnico del t�rmino etopaha , tal como lo defini� por vez primera el psic�logo norteamericano E.B. Titehener en la d�cada de los veinte, una acepci�n ligeramente diferente del significado original del t�rmino griego empatheia, �sentir dentro�, la expresi�n utilizada por los te�ricos de la est�tica para referirse a la capacidad de percibir la experiencia subjetiva de otra persona. Titchener sosten�a que la empat�a se deriva de una suerte de imitaci�n f�sica del sufrimiento ajeno con el fin de evocar id�nticas sensaciones en uno mismo y es por ello por lo que se ocup� de buscar una palabra distinta a simpat�a, ya que podemos sentir simpat�a por la situaci�n general en que se halla una persona sin necesidad, en cambio, de compartir sus sentimientos
bLa imitaci�n motriz de los ni�os desaparece alrededor de los dos a�os y medio de edad, a partir del momento mismo en que aprenden a diferenciar el dolor de los dem�s del suyo propio y, en consecuencia, se hallan m�s capacitados para consolarles. He aqu� un episodio t�pico extra�do del diario de una madre: �El beb� de la vecina est� llorando ... y Jenny se acerca a darle una galleta. Entonces lo sigue y tambi�n empieza a quejarse. A continuaci�n, trata de acariciarle el pelo, pero �l la aparta. Finalmente, el beb� se tranquiliza pero Jenny sigue preocupada y contin�a d�ndole juguetes y suaves palmaditas en la cabeza y los hombros�
En este punto de su desarrollo, los ni�os peque�os comienzan a manifestar ciertas diferencias en su capacidad de experimentar los trastornos emocionales ajenos. As� pues, mientras que algunos como Jenny se muestran agudamente conscientes de las emociones, otros, por el contrario, parecen ignorarlas por completo. Una serie de estudios llevados a cabo por Manan Radke Yarrow y Carolyn Zahn-Waxler en el National Institute of Mental Health demostr� que buena parte de las diferencias existentes en el grado de empat�a se hallan directamente relacionadas con la educaci�n que los padres proporcionan a sus hijos. Seg�n ha puesto de relieve esta investigaci�n, los ni�os se muestran m�s emp�ticos cuando su educaci�n incluye, por ejemplo, la toma de conciencia del da�o que su conducta puede causar a otras personas (decirles, por ejemplo, �mira qu� triste la has puesto�, en lugar de �eso ha sido una travesura�). La investigaci�n tambi�n ha puesto de manifiesto que el aprendizaje infantil de la empat�a se halla mediatizado por la forma en que las otras personas reaccionan ante el sufrimiento ajeno. As� pues, la imitaci�n permite que los ni�os desarrollen un amplio repertorio de respuestas emp�ticas, especialmente a la hora de brindar ayuda a alguien que lo necesite.
EL NI�O BIEN SINTONIZADO
Sarah ten�a veinticinco a�os cuando dio a luz a sus gemelos, Mark y Fred. Seg�n afirmaba, Mark era muy parecido a ella mientras que Fred se parec�a m�s a su padre. Esta percepci�n pudo haber sido el germen de una sutil pero palpable diferencia en el trato que dio a cada uno de sus hijos. A los tres meses de edad, Sarah trataba de captar la mirada de Fred y, cada vez que �ste apartaba la vista, ella insist�a en atrapar su atenci�n, a lo que Fred respond�a desviando nuevamente la mirada. Luego, cuando Sarah miraba hacia otro lado, Fred se volv�a a mirarla y el ciclo de atracci�n-rechazo empezaba de nuevo, un ciclo que sol�a terminar despertando el llanto de Fred. En el caso de Mark, no obstante, Sarah jam�s trat� de imponerle el contacto visual y pod�a romperlo cuando quisiera sin que la madre le obligara a mantenerlo.
Este acto m�nimo resulta, no obstante, sumamente decisivo ya que, al cabo de un a�o, Fred se mostraba ostensiblemente m�s temeroso y dependiente que Mark. Y una de las formas en que expresaba su temor era apartando el rostro, mirando hacia el suelo y evitando el contacto visual con los dem�s, tal y como hab�a aprendido a hacer con su propia madre. Mark, por el contrario, miraba a la gente directamente a los ojos y, cuando quer�a romper el contacto visual, desviaba ligeramente su cabeza hacia arriba con una sonrisa de satisfacci�n.
Los gemelos y su madre fueron sometidos a una observaci�n minuciosa cuando participaban en una investigaci�n llevada a cabo por Daniel Stern, psiquiatra, por aquel entonces, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Cornell. Stern, que est� fascinado por los min�sculos y repetidos intercambios que tienen lugar entre padres e hijos, es de la opini�n de que el aprendizaje fundamental de la vida emocional tiene lugar en estos momentos de intimidad. Y los m�s cr�ticos de todos estos momentos tal vez sean aqu�llos en los que el ni�o constata que sus emociones son captadas, aceptadas y correspondidas con empat�a, un proceso que Stem denomina sintonizaci�n. En este sentido, Sarah se hallaba emocionalmente sintonizada con Mark pero completamente desintonizada de Fred. Seg�n Stern, es muy posible que la continua exposici�n a momentos de armon�a o de disarmon�a entre padres e hijos determine en mayor medida, posiblemente, que otros acontecimientos aparentemente m�s espectaculares de la infancia las expectativas emocionales que tendr�n, ya de adultos, en sus relaciones �ntimas.
La sintonizaci�n constituye un proceso t�cito que marca el ritmo de toda relaci�n. Stern, que estudi� este fen�meno con precisi�n microsc�pica grabando en v�deo horas enteras de la relaci�n entre las madres y sus hijos, descubri� que, por medio de dicho proceso, la madre transmite al ni�o la sensaci�n de que sabe c�mo se siente. Cuando un beb� emite, por ejemplo, suaves chillidos, la madre confirma su alegr�a d�ndole una cari�osa palmadita, arrull�ndole o imitando sus sonidos. En otra ocasi�n, el beb� puede menear el sonajero y la madre agitar r�pidamente la mano a modo de respuesta. Este tipo de interaccionesen los que el mensaje de la madre se ajusta al nivel de excitaci�n del ni�o tiene lugar, seg�n Stern, a un ritmo aproximado de una vez por minuto, proporcionando as� al ni�o la reconfortante sensaci�n de hallarse emocionalmente conectado con su madre.
La sintonizaci�n es algo muy distinto a la mera imitaci�n. �Si te limitas a imitar al beb� me comentaba Stern tal vez logres saber lo que hace pero jam�s averiguar�s qu� es lo que siente. Para hacerle llegar que sabes c�mo se siente debes tratar de reproducir sus sensaciones internas. Es entonces cuando el beb� se sentir� comprendido.� Hacer el amor tal vez sea el acto adulto m�s parecido a la estrecha sintonizaci�n que tiene lugar entre la madre y el hijo. Seg�n Stern, la relaci�n sexual �implica la capacidad de experimentar el estado subjetivo del otro: compartir su deseo, sintonizar con sus intenciones y gozar de un estado mutuo y simult�neo de excitaci�n cambiante�; una experiencia, en suma, en la que los amantes responden con una sincron�a que les proporciona una sensaci�n t�cita de profunda compenetraci�n. Pero, si bien la relaci�n sexual constituye, en el mejor de los casos, la m�xima expresi�n de la empat�a mutua, en el peor de ellos, sin embargo, manifiesta la ausencia de toda reciprocidad emocional.
EL COSTE DE LA FALTA DE SINTON�A
Stern sostiene que, gracias a la repetici�n de estos momentos de sinton�a emocional, el ni�o desarrolla la sensaci�n de que los dem�s pueden y quieren compartir sus sentimientos. Esta sensaci�n parece emerger alrededor de los ocho meses de edad una �poca en la que el beb� comienza a comprender que se halla separado de los dem�s y sigue model�ndose en funci�n del tipo de relaciones pr�ximas que mantenga a lo largo de toda su vida.
Cuando los padres est�n desintonizados emocionalmente de sus hijos, esta situaci�n puede llegar a ser especialmente abrumadora. En uno de sus experimentos, Stern utiliz� a madres que, en lugar de establecer una comunicaci�n arm�nica con sus hijos, reaccionaban deliberadamente por encima o por debajo de lo normal a sus demandas, algo a lo que los ni�os respond�an siempre con una muestra inmediata de consternaci�n o malestar.
El coste de la falta de sinton�a emocional entre padres e hijos es extraordinario. Cuando los padres fracasan reiteradamente en mostrar empat�a hacia una determinada gama de emociones de su hijo ya sea la risa, el llanto o la necesidad de ser abrazado, por ejemplo el ni�o dejar� de expresar e incluso dejar� de sentir ese tipo de emociones. Es muy posible que, de este modo, muchas emociones comiencen a desvanecerse del repertorio de sus relaciones �ntimas, especialmente en el caso de que estos sentimientos fueran desalentados de forma m�s o menos expl�cita durante la infancia.
Por el mismo motivo, los ni�os pueden alimentar tambi�n una serie de emociones negativas, dependiendo de los estados de �nimo que hayan sido reforzados por sus padres. Los ni�os son tan capaces de �captar� los estados de �nimo que hasta los beb�s de tres meses, hijos de madres depresivas, por ejemplo, reflejan el estado an�mico de �stas mientras juegan con ellas, mostrando m�s sentimientos de enfado y tristeza que de curiosidad e inter�s espont�neo, en comparaci�n con aquellos otros beb�s cuyas madres no mostraban ning�n s�ntoma depresivo.
Por ejemplo, una de las madres que particip� en la investigaci�n realizada por Stern apenas s� reaccionaba a las demandas de actividad de su beb� y �ste, finalmente, aprendi� a ser pasivo.
�Un ni�o que es tratado as� afirma Stern aprende que, cuando est� excitado, no puede conseguir que su madre se excite tambi�n, de modo que tal vez ser�a mejor que ni siquiera lo intente.�Sin embargo. existe todav�a cierta esperanza en lo que se ha dado en llamar relaciones �compensatorias�, �las relaciones mantenidas a lo largo de toda la vidacon los amigos, los familiares o incluso dentro del campo de la psicoterapia que remodelan de continuo la pauta de nuestras relaciones. De este modo, �cualquier posible desequilibrio puede corregirse despu�s o se trata de un proceso que perdura a lo largo de toda la vida?
De hecho, varias teor�as psicoanal�ticas consideran que la relaci�n terap�utica constituye un adecuado correctivo emocional que puede proporcionar una experiencia satisfactoria de sintonizaci�n. Algunos pensadores psicoanal�ticos utilizan el t�rmino espejo para referirse a la t�cnica mediante la cual el psicoanalista devuelve al cliente de modo muy similar a la madre que se halla en armon�a emocional con su hijo un reflejo que le permite alcanzar una comprensi�n de su propio estado interno. La sincron�a emocional pasa inadvertida y queda fuera del conocimiento consciente, aunque el paciente puede sentirse reconfortado y con la profunda sensaci�n de ser respetado y comprendido.
El coste emocional de la falta de sintonizaci�n en la infancia puede ser alto... y no s�lo para el ni�o. Un estudio efectuado con convictos de delitos violentos puso de manifiesto que todos ellos hab�an padecido una situaci�n infantil que los diferenciaba tambi�n de otros delincuentes muy parecida, que consist�a en haber cambiado constantemente de familia adoptiva o haber crecido en orfanatos, es decir, haber experimentado una seria orfandad emocional o haber gozado de muy pocas oportunidades de experimentar la sinton�a emocional. El descuido emocional ocasiona una torpe empat�a pero el abuso emocional intenso y sostenido es decir, el trato cruel, las amenazas, las humillaciones y las mezquindades provoca un resultado parad�jico. En tal caso, los ni�os que han experimentado estos abusos pueden llegar a mostrarse extraordinariamente atentos a las emociones de quienes les rodean, un estado de al erta postraum�tica ante los signos que impliquen alg�n tipo de amenaza. Esta preocupaci�n obsesiva por los sentimientos ajenos es t�pica de aquellos ni�os que han padecido abusos psicol�gicos, ni�os que, al llegar a la edad adulta, mostrar�n una volubilidad emocional que puede llegar a ser diagnosticada como �trastorno borderline de la personalidad�. Muchas de estas personas est�n especialmente dotadas para percatarse de lo que sienten quienes les rodean y es bastante com�n comprobar que, durante la infancia, han sido objeto de alg�n tipo de abuso emocional.
LA NEUROLOG�A DE LA EMPAT�A
Como suele suceder en el campo de la neurolog�a, los informes sobre casos extra�os o poco frecuentes proporcionan claves muy importantes para asentar los fundamentos cerebral es de la empat�a. Un informe de 1975, por ejemplo, revisaba varios casos de pacientes que hab�an sufrido lesiones en la regi�n derecha del l�bulo frontal y que presentaban la curiosa deficiencia de ser incapaces de captar el mensaje emocional contenido en los tonos de voz, aunque s� que eran capaces de comprender perfectamente el significado de las palabras. Para ellos, no exist�a ninguna diferencia entre un �gracias� sarc�stico, neutral o sincero. Otro informe publicado en 1979, por el contrario, hablaba de pacientes con lesiones en regiones distintas del hemisferio cerebral derecho que manifestaban otro tipo de deficiencias en la percepci�n de las emociones. En este caso se trataba de pacientes incapaces de expresar sus propias emociones a trav�s del tono de voz o del gesto. Sab�an lo que sent�an pero eran simplemente incapaces de comunicarlo. Seg�n apuntan los investigadores, estas regiones corticales del cerebro est�n estrechamente ligadas al funcionamiento del sistema l�mbico.
Estos estudios sirvieron de base para un art�culo pionero escrito por Leslie Brothers, psiquiatra del Instituto Tecnol�gico de California, que versaba sobre la biolog�a de la empatia. Su revisi�n de los diferentes hallazgos neurol�gicos y los estudios comparativos realizados sobre animales le llev� a sugerir que la am�gdala y sus conexiones con el �rea visual del c�rtex constituyen el asiento cerebral de la empat�a.
La mayor parte de la investigaci�n neurol�gica llevada a cabo en este sentido ha sido realizada con animales, especialmente primates. El hecho de que los primates sean capaces de experimentar la empat�a o, como prefiere llamarla Brothers, la �comunicaci�n emociona l� resulta evidente no s�lo a partir de estudios m�s o menos anecd�ticos sino tambi�n seg�n investigaciones como la que rese�amos a continuaci�n. En este experimento se adiestr� a varios monos rhesus a emitir una respuesta anticipada de temor ante un determinado sonido someti�ndoles a una descarga el�ctrica inmediatamente despu�s de escucharlo. Los monos ten�an que aprender a evitar la descarga empujando una palanca cada vez que o�an el sonido. Luego se dispuso a los simios por parejas en jaulas separadas cuya �nica comunicaci�n posible era a trav�s de un circuito cerrado de televisi�n que s�lo les permit�a ver una imagen del rostro de su compa�ero. De este modo, cada vez que uno de los monos escuchaba el sonido que anticipaba la descarga, su cara reflejaba el miedo y, en el momento en que el otro mono ve�a ese semblante, evitaba la descarga empujando la palanca. Todo un acto de empat�a... por no decir de altruismo.
Una vez que se comprob� que los
primates son capaces de leer las emociones en el rostro de sus
semejantes, los investigadores introdujeron largos y finos
electrodos en sus cerebros para detectar el menor indicio de
actividad de determinadas neuronas.
Los electrodos insertados en las neuronas del c�rtex visual y de
la am�gdala mostraban que, cuando un mono ve�a el rostro del
otro, la informaci�n afectaba, en primer lugar, a las neuronas
del c�rtex visual y posteriormente a las de la am�gdala. Este
es el camino normal que sigue la informaci�n emocionalmente m�s
relevante. Pero el descubrimiento m�s sorprendente de esta
investigaci�n fue la identificaci�n de determinadas neuronas
del c�rtex visual que cl�nicamente parecen activarse en
respuesta a expresiones faciales o gestos concretos, como una
boca amenazadoramente abierta, una mueca de miedo o una
inclinaci�n de sumisi�n. Y estas neuronas son distintas a
aquellas otras situadas en la misma zona que permiten el
reconocimiento de los rostros familiares.
Esto podr�a significar que el cerebro es un instrumento dise�ado para reaccionar ante expresiones emocionales concretas o. dicho de otro modo, que la empat�a es un imponderable biol�gico.
Seg�n Brothers, otra investigaci�n en la que se someti� a observaci�n a un grupo de monos en estado salvaje a los que se hab�an seccionado las conexiones existentes entre la am�gdala y el c�rtex, demuestra el importante papel que desempe�a la v�a amigdalocortical en la percepci�n y respuesta ante las emociones.
Cuando fueron devueltos a su manada, estos monos segu�an siendo capaces de desempe�ar tareas ordinarias como alimentarse o subirse a los �rboles pero hab�an perdido la capacidad de dar una respuesta emocional adecuada a los otros miembros de la manada.
La situaci�n era tal que llegaban incluso a huir cuando otro mono se les acercaba amistosamente, y terminaban viviendo aislados y evitando todo contacto con el grupo.
Seg�n Brothers, las zonas del c�rtex en las que se concentran las neuronas especializadas en la emoci�n est�n directamente ligadas a la am�gdala. De este modo, el circuito amigdalocortical resulta fundamental para identificar las emociones y desempe�a un papel crucial en la elaboraci�n de una respuesta apropiada.
�El valor de este sistema para la supervivencia afirma Brothers resulta manifiesto en el caso de los primates. La percepci�n de que otro individuo se aproxima pone r�pidamente en funcionamiento una pauta concreta de respuesta fisiol�gica, adecuado al prop�sito del otro, seg�n sea propinar un mordisco, desparasitar o copular�.
La investigaci�n realizada por Robert Levenson, psic�logo de la Universidad de Berkeley, sugiere la existencia de un fundamento similar de la empat�a en el caso de los seres humanos. El estudio de Levenson se realiz� con parejas casadas que deb�an tratar de identificar qu� era lo que estaba sintiendo su c�nyuge en el transcurso de una acalorada discusi�n. El m�todo era muy sencillo ya que, mientras los miembros de la pareja discut�an alguna cuesti�n problem�tica que afectara al matrimonio la educaci�n de los hijos, los gastos, etc�tera, eran grabados en v�deo y sus respuestas fisiol�gicas eran tambi�n monitorizadas. Posteriormente, cada miembro de la pareja ve�a el v�deo y narraba lo que ella o �l sent�an en cada uno de los momentos de la interacci�n y luego volv�a a mirar la filmaci�n pero tratando, esta vez, de identificar los sentimientos del otro.
El mayor grado de empat� a ten�a lugar en aquellos matrimonios cuya respuesta fisiol�gica coincid�a, es decir, en aqu�llos en los que el aumento de sudoraci�n de uno de los c�nyuges iba acompa�ado del aumento de sudoraci�n del otro y en los que el descenso de la frecuencia cardiaca del uno iba seguido del descenso de la frecuencia del otro. En suma, era como si el cuerpo de uno imitara, instante tras instante, las reacciones sutiles del otro miembro de la pareja. Pero, cuando estaban contemplando la grabaci�n, no podr�a decirse que tuvieran una gran empat�a para determinar lo que su pareja estaba sintiendo. Es como si s�lo hubiera empat�a entre ellos cuando sus reacciones fisiol�gicas se hallaban sincronizadas.
Esto nos sugiere que cuando el cerebro emocional imprime al cuerpo una reacci�n violenta como la tensi�n de un enfado, por ejemplo casi no es posible la empat�a. La empat�a exige la calma y la receptividad suficientes para que las se�ales sutiles manifestadas por los sentimientos de la otra persona puedan ser captadas y reproducidas por nuestro propio cerebro emocional.
LA EMPAT�A Y LA �TICA: LAS RA�CES DEL ALTRUISMO
La frase �nunca preguntes por qui�n doblan las campanas porque est�n doblando por ti� es una de las m�s c�lebres de la literatura inglesa. Las palabras de John Donne se dirigen al n�cleo del v�nculo existente entre la empat�a y el afecto, ya que el dolor ajeno es nuestro propio dolor. Sentir con otro es cuidar de �l y. en este sentido, lo contrario de la empa�a seria la antipat�a. La actitud emp�tica est� inextricablemente ligada a los juicios morales porque �stos tienen que ver con v�ctimas potenciales. �Mentiremos para no herir los sentimientos de un amigo? �Visitaremos a un conocido enfermo o, por el contrario, aceptaremos una inesperada invitaci�n a cenar? �Durante cu�nto tiempo deber�amos seguir utilizando un sistema de reanimaci�n para mantener con vida a una persona que, de otro modo, morir�a?
Estos dilemas �ticos han sido planteados por Martin Hoffman, un investigador de la empat�a que sostiene que en ella se asientan las ra�ces de la moral. En opini�n de Hoffman, �es la empat�a hacia las posibles victimas, el hecho de compartir la angustia de quienes sufren, de quienes est�n en peligro o de quienes se halan desvalidos, lo que nos impulsa a ayudarlas�. Y, m�s all� de esta relaci�n evidente entre empat�a y altruismo en los encuentros interpersonales, Hoffman propone que la empat�a la capacidad de ponernos en el lugar del otro es, en �ltima instancia, el fundamento de la comunicaci�n.
Seg�n Hoffman, el desarrollo de la empat�a comienza ya en la temprana infancia. Como hemos visto, una ni�a de un a�o de edad se alter� cuando vio a otro ni�o caerse y comenzar a llorar; su compenetraci�n con �l era tan �ntima que inmediatamente se puso el pulgar en la boca y sumergi� la cabeza en el regazo de su madre como si fuera ella misma quien se hubiera hecho da�o.
Despu�s del primer a�o, cuando los ni�os comienzan a tomar conciencia de que son una entidad separada de los dem�s, tratan de calmar de un modo m�s activo el desconsuelo de otro ni�o ofreci�ndole, por ejemplo, su osito de peluche. A la edad de dos a�os, los ni�os comienzan a comprender que los sentimientos ajenos son diferentes a los propios y as� se vuelven m�s sensibles a las pistas que les permiten conocer cu�les son realmente los sentimientos de los dem�s. Es en este momento, por ejemplo, cuando pueden reconocer que la mejor forma de ayudar a un ni�o que llora es dejarle llorar a solas, sin prestarle atenci�n para no herir su orgullo.
En la �ltima fase de la infancia aparece un nivel m�s avanzado de la empat�a, y los ni�os pueden percibir el malestar m�s all� de la situaci�n inmediata y comprender que determinadas situaciones personales o vitales pueden llegar a constituir una fuente de sufrimiento cr�nico. Es entonces cuando suelen comenzar a preocuparse por la suerte de todo un colectivo, como, por ejemplo, los pobres, los oprimidos o los marginados, una preocupaci�n que en la adolescencia puede verse reforzada por convicciones morales centradas en el deseo de aliviar la injusticia y el infortunio ajeno.
Sea como fuere, lo cierto es que la empat�a es una habilidad que subyace a muchas facetas del juicio y de la acci�n �tica. Una de estas facetas es la �indignaci�n emp�tica� que John Stuart Mill describiera como �el sentimiento natural de venganza alimentado por la raz�n, la simpat�a y el da�o que nos causan los agravios de que otras personas son objeto� y que calificara como �el custodio de la justicia�. Otro ejemplo en el que resulta evi dente que la empat�a puede sustentar la acci�n �tica es el caso del testigo que se ve obligado a intervenir para defender a una posible v�ctima. Seg�n ha demostrado la investigaci�n, cuanta m�s empat�a sienta el testigo por la v�ctima, m�s posibilidades habr� de que se comprometa en su favor. Existe cierta evidencia de que el grado de empat�a experimentado por la gente condiciona sus juicios morales. Por ejemplo, estudios realizados en Alemania y Estados Unidos demuestran que cuanto m�s emp�tica es la persona, m�s a favor se halla del principio moral que afirma que los recursos deben distribuirse en funci�n de las necesidades.
UNA VIDA CARENTE DE EMPAT�A: LA MENTALIDAD DEL AGRESOR.
LA MORAL DEL SOCIOPATA
Eric Eckardt se vio involucrado en un miserable delito. Cuando era guardaespaldas de la patinadora Tonya Harding prepar� un brutal atentado contra su eterna rival, Nancy Kerrigan, medalla de oro en las olimpiadas de invierno de 1994, a consecuencia del cual qued� seriamente maltrecha y tuvo que dejar su entrenamiento durante varios meses. Pero cuando Eckardt vio la imagen de la sollozante Kerrigan en televisi�n, tuvo un s�bito arrepentimiento y entonces llam� a un amigo para contarle su secreto, iniciando as� la secuencia de acontecimientos que termin� abocando a su detenci�n. Tal es el poder de la empat�a.
Pero, por desgracia, las personas que cometen los delitos m�s execrables suelen carecer de toda empat�a. Los violadores, los pederastas y las personas que maltratan a sus familias comparten la misma carencia psicol�gica, son incapaces de experimentar la empat�a, y esa incapacidad de percibir el sufrimiento de los dem�s les permite contarse las mentiras que les infunden el valor necesario para perpetrar sus delitos. En el caso de los violadores, estas mentiras tal vez adopten la forma de pensamientos como �a todas las mujeres les gustar�a ser violadas� o �el hecho de que se resista s�lo quiere decir que no le gusta poner las cosas f�ciles�.
En este mismo sentido, la persona que abusa sexualmente de un ni�o quiz�s se diga algo as� como �yo no quiero hacerle da�o, s�lo estoy mostr�ndole mi afecto�, o bien ��sta es simplemente otra forma de cari�o�. Por su parte, el padre que pega a sus hijos posiblemente piense ��sta es la mejor de las disciplinas�. Todas estas justificaciones, expresadas por personas que han recibido tratamiento por las conductas que acabamos de rese�ar, son las excusas que se repiten cuando violentan a sus victimas o se preparan para hacerlo.
La notable falta de empat�a que presentan estas personas cuando agreden a sus v�ctimas suele formar parte de un ciclo emocional que termina precipitando su crueldad. Veamos, por ejemplo, la secuencia emocional t�pica que conduce a un delito como el abuso sexual de un ni�o. El ciclo se inicia cuando la persona comienza a sentirse alterada: inquieta, deprimida o aislada. Estos sentimientos pueden ser activados por la contemplaci�n de una pareja feliz en la televisi�n, lo que le lleva a sentirse inmediatamente deprimido por su propia soledad. Es entonces cuando busca consuelo en su fantas�a favorita, que suele ser la afectuosa amistad con un ni�o, una fantas�a que paulatinamente va adquiriendo un cariz cada vez m�s sexual y suele terminar en la masturbaci�n. Tal vez entonces el agresor experimente un alivio moment�neo pero la tregua es muy breve y la depresi�n y la sensaci�n de soledad retornan con m�s virulencia que antes. Entonces es cuando el agresor comienza a pensar en la posibilidad de llevar a la pr�ctica su fantas�a repiti�ndose justificaciones del tipo �si el ni�o no sufre ninguna violencia f�sica, no le estoy haciendo ning�n da�o� o �si no quisiera hacer el amor conmigo tratara de evitarlo�.
A estas alturas, el agresor ve al ni�o a trav�s de la lente de sus perversas fantas�as, sin la menor muestra de empat�a por sus sentimientos. Esta indiferencia emocional es la que determina la escalada de los hechos subsiguientes, desde la elaboraci�n del plan para encontrar a un ni�o solo, pasando por la minuciosa consideraci�n de los pasos a seguir, hasta llegar a la ejecuci�n del plan.
Y todo esto se realiza como si la v�ctima careciera de sentimientos; muy al contrario, el agresor no percibe sus verdaderos sentimientos (asco, miedo y rechazo) porque, en caso de hacerlo, podr�a llegar a arruinar sus planes y, en cambio, proyecta la actitud cooperante de la v�ctima.
La falta de empat�a es precisamente uno de los focos principales en los que se centran los nuevos tratamientos dise�ados para la rehabilitaci�n de esta clase de delincuentes. En uno de los programas m�s prometedores los agresores deben leer los desgarradores relatos de este tipo de delitos contados desde la perspectiva de la v�ctima y contemplar videos en los que las v�ctimas narran desconsoladamente lo que experimentaron cuando sufrieron la agresi�n. Luego, el agresor tiene que escribir acerca de su propio delito pero poni�ndose, esta vez, en el lugar de la v�ctima y, por �ltimo, debe representar el episodio en cuesti�n desempe�ando ahora el papel de v�ctima.
En opini�n de William Pithers, psic�logo de la prisi�n de Vermont que ha desarrollado esta terapia de cambio de perspectiva: �la empat�a hacia la v�ctima transforma la percepci�n hasta el punto de impedir la negaci�n del sufrimiento, incluso a nivel de las propias fantas�as�, fortaleciendo as� la motivaci�n de los hombres para combatir sus perversas urgencias sexuales. La proporci�n de agresores sexuales que, despu�s de pasar por este programa en prisi�n, reincid�an, era la mitad que la de quienes no se sometieron al programa. Si falta esta motivaci�n emp�tica, las otras fases del tratamiento no funcionar�n adecuadamente.
Pero si son pocas las esperanzas de infundir una m�nima sensaci�n de empat�a en los agresores sexuales de los ni�os, menos todav�a lo son en el caso de otro tipo de criminales, como los psic�patas (a los que los recientes diagn�sticos psiqui�tricos denominan soci6patas). El psic�pata no s�lo es una persona aparentemente encantadora sino que tambi�n carece de todo remordimiento ante los actos m�s crueles y despiadados. La psicopat�a, la incapacidad de experimentar empat� a o cualquier tipo de compasi�n o, cuanto menos, remordimientos de conciencia, es una de las deficiencias emocionales m�s desconcertantes. La explicaci�n de la frialdad del psic�pata parece residir en su comleta incapacidad para establecer una conexi�n emocional profunda. Los criminales m�s despiadados, los asesinos s�dicos m�ltiples que se deleitan con el sufrimiento de sus victimas antes de quitarles la vida, constituyen el epitome de la psicopat�a. Los psic�patas tambi�n suelen ser mentirosos impenitentes dispuestos a manipular c�nicamente las emociones de sus victimas y a decir lo que sea necesario con tal de conseguir sus objetivos. Consideremos el caso de Faro, un adolescente de diecisiete a�os, integrante de una banda de Los Angeles, que caus� la muerte de una mujer y de su hijo en un atropello que �l mismo describ�a con m�s orgullo que pesar. Mientras se hallaba conduciendo un coche junto a Leon Bing, quien estaba escribiendo un libro sobre las pandillas de los Crips y los Bloods de la ciudad de Los Angeles, Faro quiso hacer una demostraci�n para Bing. Seg�n relata �ste, Faro �pareci� enloquecer� cuando vio al �par de tipos� que conduc�an el autom�vil que iba detr�s del suyo. Esto es lo que dice Bing acerca del incidente: �El conductor, al percatarse de que alguien estaba mir�ndole, ech� entonces una mirada a nuestro coche y, cuando sus ojos tropezaron con los de Faro, se abrieron completamente durante un instante. Entonces rompi� el contacto visual y baj� los ojos hacia un lado. No cab�a duda de que su mirada reflejaba miedo.
Entonces Faro hizo una demostraci�n a Bing de la fiera mirada que hab�a lanzado a los ocupantes del otro coche: Me mir� directamente y toda su cara se transform�, como si alg�n truco fotogr�fico lo hubiera convertido en un aterrador fantasma que te aconseja que no aguantes la mirada desafiante de este chico, una mirada que dice que nada le preocupa, ni tu vida ni la suya.�
Es evidente que hay muchas explicaciones plausibles de una conducta tan compleja como �sta. Una de ellas podr�a ser que la capacidad de intimidar a los dem�s tiene cierto valor de supervivencia cuando uno debe vivir en entornos violentos en los que la delincuencia es algo habitual. En tales casos, el exceso de empat�a podr�a ser contraproducente. As� pues, en ciertos aspectos de la vida, una oportuna falta de empat� a puede ser una �virtud� (desde el �polic�a malo� de los interrogatorios hasta el soldado entrenado para matar). En este mismo sentido, las personas que han practicado torturas en estados totalitarios refieren c�mo aprend�an a disociarse de los sentimientos de sus victimas para poder llevar a cabo mejor su �trabajo�.
Una de las formas m�s detestables de falta de empat�a ha sido puesta de manifiesto accidentalmente por una investigaci�n que revel� que los maridos que agreden f�sicamente o incluso llegan a amenazar con cuchillos o pistolas a sus esposas, se hallan aquejados de una grave anomal�a psicol�gica, ya que, en contra de lo que pudiera suponerse, estos hombres no act�an cegados por un arrebato de ira sino en un estado fr�o y calculado. Y, lo que es m�s, esta anomal�a era m�s patente a medida que su c�lera aumentaba y la frecuencia de sus latidos cardiacos disminu�a en lugar de aumentar (como suele ocurrir en los accesos de furia), lo cual significa que cuanto m�s beligerantes y agresivos se sienten, mayor es su tranquilidad fisiol�gica. Su violencia, pues, parece ser un acto de terror calculado, una forma de controlar a sus esposas someti�ndolas a un r�gimen de terror.
Los maridos que muestran una crueldad brutal constituyen un caso aparte entre los hombres que maltratan a sus esposas. Como norma general, tambi�n suelen mostrarse muy violentos fuera del matrimonio, suelen buscar pelea en los bares o est�n continuamente discutiendo con sus compa�eros de trabajo y sus familiares. As� pues, aunque la mayor parte de los hombres que maltratan a sus esposas act�an de manera impulsiva bien sea movidos por el enfado que les produce sentirse rechazados o celosos, o debido al miedo a ser abandonados los agresores fr�os y calculadores golpean a sus esposas sin ninguna raz�n aparente y. una vez que han empezado, no hay nada que �stas puedan hacer ni siquiera el intento de abandonarles para aplacar su violencia.
Algunos estudiosos de los psic�patas criminales sospechan que esta capacidad de manipular fr�amente a los dem�s, esta total ausencia de empat�a y de afecto, puede originarse en un defecto neurol�gico.* Existen dos pruebas que apuntan a la existencia de un posible fundamento fisiol�gico de las psicopat�as m�s crueles, pruebas que sugieren la implicaci�n de v�as neurol�gicas ligadas al sistema l�mbico. En un determinado experimento se midieron las ondas cerebrales del sujeto mientras �ste trataba de descifrar una serie de palabras entremezcladas, proyectadas a una velocidad aproximada de diez palabras por segundo. La mayor parte de las personas reaccionan de un modo diferente ante las palabras que conllevan una poderosa carga emocional, como matar, que ante las palabras neutras, como silla, por ejemplo. Dicho de otro modo, la mayor�a de las personas son capaces de reconocer r�pidamente las palabras cargadas emocionalmente y sus cerebros muestran patrones de onda caracter�sticamente diferentes en respuesta a las palabras cargadas emocionalmente y a las palabras neutras. Los psic�patas, por el contrario, adolecen de este tipo de reacci�n y sus cerebros no muestran ning�n patr�n distintivo que les permita discernir las palabras emocionalmente cargadas y tampoco responden m�s r�pidamente a ellas, lo cual parece sugerir alg�n tipo de disfunci�n en el circuito que conecta la regi�n cortical en donde se reconocen las palabras con el sistema l�mbico, el �rea del cerebro que asocia un determinado sentimiento a cada palabra.
En opini�n de Robert Hare, el psic�logo de la Universidad de la Columbia Brit�nica que ha llevado a cabo esta investigaci�n, los psic�patas tienen una comprensi�n muy superficial del contenido emocional de las palabras, un reflejo de la falta de profundidad de su mundo afectivo. Seg�n Hare, la indiferencia de los psic�patas se asienta en una pauta fisiol�gi ca ligada a ciertas irregularidades funcionales de la am�gdala y de los circuitos neurol�gicos relacionados con ella. En este sentido, los psic�patas que reciben una descarga el�ctrica no muestran los s�ntomas de miedo que son normales en las personas cuando sufren dolor. Es precisamente el hecho de que la expectativa del dolor no suscita en ellos ninguna reacci�n de ansiedad lo que, en opini�n de Hare, justifica que los psic�patas no se preocupen por las posibles consecuencias de sus actos. Y su incapacidad de experimentar el miedo es la que da cuenta de su ausencia de toda empat�a o compasi�n hacia el dolor y el miedo de sus victimas.
* Una breve nota de advertencia: si bien puede hablarse de la existencia de ciertas pautas biol�gicas que intervengan en algunos tipos de delito como, por ejemplo, alg�n defecto neurol�gico que impida la empat�a, ello no nos permite inferir que todos los delincuentes sufran alg�n deterioro biol�gico o que exista un determinante biol�gico de la delincuencia. Este tema ha suscitado enormes controversias aunque, por el momento, s�lo se ha logrado cierto consenso de que no existe nig�n determinante biol�gico de que tampoco puede hablarse de �genes criminales�. As� pues, aunque, con determinados casos pueda hablarse de un fundamento fisiol�gico de la falta de empat�a, ello no supone, en modo alguno, que esa disfunci�n aboque inexorablemente al delito. La falta de empat�a debe ser considerada como uno m�s de los factores psicol�gicos, econ�micos y sociales que pueden abocar a la delincuencia.