Inteligencia Emocional - Espa�ol...Ingl�s Capitulo 1
8. LAS ARTES SOCIALES
Como sucede con tanta frecuencia entre hermanos, Len, de cinco a�os de edad, perdi� la paciencia con Jay, de dos a�os y medio, porque hab�a desordenado las piezas del Lego con las que estaban jugando y en un ataque de rabia le mordi�. Su madre, al escuchar los gritos de dolor de Jay, se apresur� entonces a rega�ar a Len, orden�ndole que recogiera en seguida el objeto de la disputa. Y ante aquello, que debi� de parecerle una gran injusticia, Len rompi� a llorar, pero su madre, enojada, se neg� a consolarle.
Fue entonces cuando el agraviado Jay, preocupado con las
l�grimas de su hermano mayor, se aprest� a consolarle. Y esto
fue, m�s o menos, lo que ocurri�:
�No llores m�s, Len! implor� Jay �Deja de llorar,
hermano, deja de llorar! Pero, a pesar de sus s�plicas, Len
continuaba llorando. Entonces Jay se dirigi� a su madre
dici�ndole:�Len est� llorando, mam�! �Len est� llorando!
�Mira, mira. Len est� llorando!Luego, dirigi�ndose al
desconsolado Len, Jay adopt� un tono materno, susurr�ndole:�No
llores, Len! No obstante, Len segu�a llorando. As� que Jay
intent� otra t�ctica, ayud�ndole a guardar en su bolsa las
piezas del Lego con un amistoso. �Mira! �Yo las meto en la
bolsa para Lenny!
Pero como aquello tampoco funcion�, el ingenioso Jay ensay�
una nueva estrategia, la distracci�n. Entonces cogi� un coche
de juguete y trat� de llamar con �l la atenci�n de Len: Mira
qui�n est� dentro del coche, Len. �Qui�n es? Pero Len segu�a
sin mostrar el menor inter�s. Estaba realmente consternado y sus
l�grimas parec�an no tener fin. Entonces su madre, perdiendo la
paciencia, recurri� a una cl�sica amenaza: �Quieres que te
pegue? � No! balbuci� entonces Len.
�Pues deja ya de llorar! concluy� la madre, exasperada,
con firmeza.�Lo estoy intentando! farfull� Len, en un
tono pat�tico y jadeante, a trav�s de sus l�grimas. Y eso fue
lo que despert� la estrategia final de Jay que, imitando el tono
autoritario y amenazante de su madre, orden�: �Deja de
llorar, Len! �Acaba ya de una vez!
Este peque�o drama dom�stico evidencia muy claramente la sutileza emocional que puede desplegar un mocoso de poco m�s de dos a�os para influir sobre las emociones de otra persona. En su apremiante intento de consolar a su hermano, Jay despleg� un amplio abanico de t�cticas que iban desde la s�plica hasta la ayuda, pasando por la distracci�n, la exigencia e incluso la amenaza, un aut�ntico repertorio que hab�a aprendido de lo que otros hab�an intentado con �l. Pero, en cualquiera de los casos, lo que ahora nos importa es subrayar que, incluso a una edad tan temprana, los ni�os disponen de un aut�ntico arsenal de t�cticas dispuestas para ser utilizadas.
Como sabe cualquier padre, el despliegue de empat�a y compasi�n demostrado por Jay no es, en modo alguno, universal. Es igual de probable que un ni�o de esta edad considere la angustia de su hermano como una oportunidad para vengarse de �l y hostigarle m�s a�n. Las mismas habilidades mostradas por Jay podr�an haber sido utilizadas para fastidiar o atormentar a su hermano. No obstante, ello no har�a sino confirmar la presencia de una aptitud emocional fundamental, la capacidad de conocer los sentimientos de los dem�s y de hacer algo para transformarlos, una capacidad que constituye el fundamento mismo del sutil arte de manejar las relaciones.
Pero para llegar a dominar esta capacidad, los ni�os deben poder dominarse previamente a si mismos, deben poder manejar sus angustias y sus tensiones, sus impulsos y su excitaci�n, aunque sea de un modo vacilante, puesto que para poder conectar con los dem�s es necesario un m�nimo de sosiego interno. Es precisamente en este per�odo cuando, en lugar de recurrir a la fuerza bruta, aparecen los primeros rasgos distintivos de la capacidad de controlar las propias emociones, de esperar sin gimotear, de razonar o de persuadir (aunque no siempre elijan estas opciones).
La paciencia constituye una alternativa a las rabietas al menos de vez en cuando y los primeros signos de la empat�a comienzan a aparecer alrededor de los dos a�os de edad (fue precisamente la empat�a la ra�z de la compasi�n la que impuls� a Jay a intentar algo tan dif�cil como tranquilizar a su desconsolado hermano).
As� pues, el requisito para llegar a controlar las emociones de los dem�s para llegar a dominar el arte de las relaciones consiste en el desarrollo de dos habilidades emocionales fundamentales: el autocontrol y la empat�a.
Es precisamente sobre la base del autocontrol y la empat�a sobre la que se desarrollan las �habilidades interpersonales�. Estas son las aptitudes sociales que garantizan la eficacia en el trato con los dem�s y cuya falta conduce a la ineptitud social o al fracaso interpersonal reiterado. Y tambi�n es precisamente la carencia de estas habilidades la causante de que hasta las personas intelectualmente m�s brillantes fracasen en sus relaciones y resulten arrogantes, insensibles y hasta odiosas. Estas habilidades sociales son las que nos permiten relacionarnos con los dem�s, movilizarles, inspirarles, persuadirles, influirles y tranquilizarles profundizar, en suma, en el mundo de las relaciones.
LA EXPRESI�N DE LAS EMOCIONES
La capacidad de expresar los propios sentimientos constituye una habilidad social fundamental. Paul Ekman utiliza el t�rmino despliegue de roles para referirse al consenso social en el que resulta adecuado expresar los sentimientos, un dominio en el que existe una enorme variabilidad intercultural. Ekman y sus colegas estudiaron las reacciones faciales de los estudiantes japoneses ante una pel�cula que mostraba escenas de una circuncisi�n ritual de los adolescentes abor�genes descubriendo que, cuando los estudiantes contemplaban la pel�cula en presencia de alguna figura de autoridad, sus rostros apenas si reaccionaban, pero cuando cre�an que estaban solos (aunque, en realidad, estaban siendo filmados por tina c�mara oculta), sus rostros mostraban un amplio abanico de emociones que iban desde la tensi�n hasta el miedo y la repugnancia.
Existen varios tipos fundamentales de despliegue de roles. Uno de ellos consiste en minimizar las emociones (la norma japonesa para expresar los sentimientos en presencia de una figura de autoridad que consiste en esconder el disgusto tras una cara de p�ker). Otro consiste en exagerar lo que uno siente magnificando la expresi�n emocional (una estrategia utilizada con mucha frecuencia por los ni�os peque�os que consiste en fruncir pat�ticamente el ce�o y estremecer los labios mientras se quejan a su madre de que sus hermanos mayores les toman el pelo). Un tercero consiste en sustituir un sentimiento por otro (algo que suele tener lugar, por ejemplo, en aquellas culturas orientales en las que decir �no� se considera de mala educaci�n y. en su lugar, se expresan emociones positivas aunque falsas). El conocimiento de estas estrategias y del momento en que pueden manifestarse constituye un factor esencial de la inteligencia emocional.
El aprendizaje del despliegue de los roles tiene lugar a una
edad muy temprana. Se trata de un aprendizaje que s�lo es
parcialmente expl�cito (el aprendizaje, por ejemplo, que tiene
lugar cuando ense�amos a un ni�o a ocultar su desenga�o ante
el espantoso regalo de cumplea�os que acaba de entregarle su
bienintencionado abuelo) y que suele conseguir mediante un
proceso de modelado, con el que los ni�os aprenden lo que tienen
que hacer viendo lo que hacen los dem�s. En la educaci�n
sentimental las emociones son, al mismo tiempo, el medio y el
mensaje. Si el padre, por ejemplo, le dice a su hijo que
�sonr�a y le d� las gracias al abuelo� con un tono enfadado,
severo y fr�o que desaprueba el mensaje en lugar de aprobarlo
cordialmente, es muy probable que el ni�o aprenda una lecci�n
muy diferente y que responda a su abuelo con un desaprobador y
seco �gracias�. Y, del mismo modo, el efecto sobre el abuelo
ser� muy diferente en ambos casos: en el primero estar�
contento (aunque enga�ado), mientras que en el segundo estar�
dolido por la confusi�n impl�cita del mismo mensaje.
La consecuencia inmediata del despliegue emocional es el impacto
que provoca en el receptor. En el caso que estamos considerando,
el rol que aprende el ni�o es algo as� como �esconde tus
verdaderos sentimientos cuando puedan herir a alguien a quien
quieras y sustit�yelos por otros que, aunque sean falsos,
resulten menos dolorosos�. Las reglas que rigen la expresi�n de
las emociones no s�lo forman parte del l�xico de la educaci�n
social sino que tambi�n dictan la forma en que nuestros
sentimientos afectan a los dem�s. El conocimiento y el uso
adecuado de estas reglas nos lleva a causar el impacto �ptimo
mientras que su ignorancia, por el contrario, fomenta el desastre
emocional.
Los actores son verdaderos maestros en el despliegue de las emociones y su expresividad despierta la respuesta de su audiencia. Y no cabe duda de que hay personas que son verdaderos actores natos. Pero subrayemos que, en cualquiera de los casos, el aprendizaje del despliegue de los roles varia en funci�n de los modelos de que dispongamos y que, en este sentido, existe una extraordinaria variabilidad entre los diversos individuos.
LA EXPRESIVIDAD Y EL CONTAGIO EMOCIONAL
Al comienzo de la guerra del Vietnam, un pelot�n norteamericano se hallaba agazapado en un arrozal luchando con el Vietcong cuando, de repente, una fila de seis monjes comenz� a caminar por el sendero elevado que separaba un arrozal de otro.Completamente serenos y ecu�nimes, los monjes se dirig�an directamente hacia la l�nea de fuego.
�Caminaban perfectamente en l�nea recta recuerda David Bush, uno de los soldados integrantes de aquel pelot�n sin desviarse a la derecha ni a la izquierda. Fue muy extra�o pero nadie les dispar� un solo tiro y, despu�s de que hubieran atravesado el sendero, la lucha concluy�. Nadie pareci� querer seguir combatiendo, al menos no aquel d�a. Y lo mismo debi� de haber ocurrido en el bando contrario porque todos dejamos de disparar, simplemente dejamos de disparar�.
El poder del valiente y silencioso desfile de los monjes que apacigu� a los soldados en pleno campo de batalla ilustra uno de los principios fundamentales de la vida social: el hecho de que las emociones son contagiosas. A decir verdad, este ejemplo constituye un caso extremo, puesto que la mayor parte del contagio emocional tiene lugar de forma mucho m�s sutil y es parte del intercambio t�cito que se da en todo encuentro interpersonal.
En cada relaci�n subyace un intercambio subterr�neo de estados de �nimo que nos lleva a percibir algunos encuentros como t�xicos y otros, en cambio, como nutritivos. Este intercambio emocional suele discurrir a un nivel tan sutil e imperceptible que la forma en que un vendedor le d� las gracias puede hacerle sentir ignorado, resentido o aut�nticamente bienvenido y valorado. Nosotros percibimos los sentimientos de los dem�s como si se tratase de una especie de virus social.
En cada encuentro que sostenemos emitimos se�ales emocionales y esas se�ales afectan a las personas que nos rodean. Cuanto m�s diestros somos socialmente, m�s control tenemos sobre las se�ales que emitimos; a fin de cuentas, las reglas de urbanidad son una forma de asegurarnos de que ninguna emoci�n desbocada dificultar� nuestra relaci�n (una regla social que, cuando afecta a las relaciones intimas, resulta sofocante). La inteligencia emocional incluye el dominio de este intercambio; �popular� y �encantador� son t�rminos con los que solemos referirnos a las personas con quienes nos agrada estar porque sus habilidades emocionales nos hacen sentir bien. Las personas que son capaces de ayudar a los dem�s constituyen una mercanc�a social especialmente valiosa, son las personas a quienes nos dirigimos cuando tenemos una gran necesidad emocional puesto que, lo queramos o no, cada uno de nosotros forma parte del equipo de herramientas de transformaci�n emocional con que cuentan los dem�s.
Veamos ahora otro claro ejemplo de la sutileza con que las emociones se transmiten de una persona a otra. En un determinado experimento, dos voluntarios, tras rellenar un formulario en el que se describ�a su estado de �nimo, se sentaban simplemente en parejas (compuestas por una persona muy comunicativa y otra completamente inexpresiva) a esperar que el experimentador regresara a la habitaci�n. Un par de minutos m�s tarde, el experimentador volv�a y les ped�a que rellenaran otro formulario. El resultado del experimento en cuesti�n demostr� que el estado de �nimo del individuo m�s expresivo se transmit�a invariablemente al m�s pasivo. �C�mo tiene lugar esta m�gica transformaci�n? La respuesta m�s probable es que el inconsciente reproduzca las emociones que ve desplegadas por otra persona a trav�s de un proceso no consciente de imitaci�n de los movimientos que reproduce su expresi�n facial, sus gestos, su tono de voz y otros indicadores no verbales de la emoci�n. Mediante este proceso, el sujeto recrea en s� mismo el estado de �nimo de la otra persona en una especie de versi�n libre del m�todo Stanislavsky (un m�todo en el que el actor recurre al recuerdo de las posturas, los movimientos y otras expresiones de alguna emoci�n intensa que haya experimentado en el pasado para evocar la actualizaci�n de esos mismos sentimientos).
La imitaci�n cotidiana de los sentimientos suele ser algo muy sutil. Ulf Dimberg, un investigador sueco de la Universidad de Uppsala, descubri� que, cuando las personas ven un rostro sonriente o un rostro enojado, la musculatura de su propio rostro tiende a experimentar una transformaci�n sutil en el mismo sentido, una transformaci�n que, si bien no resulta evidente, si que puede manifestarse mediante el uso de sensores electr�nicos.
El sentido de la transferencia de estados de �nimo entre dos personas va desde la m�s expresiva hasta la m�s pasiva. No obstante, existen personas especialmente proclives al contagio emocional, ya que su sensibilidad innata hace que su sistema nervioso aut�nomo (un indicador de la actividad emocional) se active con m�s facilidad. Esta habilidad parece hacerlos tan impresionables que un mero anuncio puede hacerles llorar mientras que un comentario banal con alguien alegre puede llegar a animarles (lo cual, por cierto, les convierte en personas muy emp�ticas porque se ven f�cilmente conmovidas por los sentimientos de los dem�s).
John Cacioppo, el psic�logo social de la Universidad de Ohio que ha estudiado este tipo de intercambio emocional sutil, se�ala que �comprendamos o no la m�mica de la expresi�n facial, basta con ver a alguien expresar una emoci�n para evocar ese mismo estado de �nimo. Esto es algo que nos sucede de continuo, una especie de danza, una sincron�a, una transmisi�n de emociones.�Y es esta sincronizaci�n de estados de �nimo la que determina el que usted se sienta bien o mal en una determinada relaci�n�.
El grado de armon�a emocional que experimenta una persona en un determinado encuentro se refleja en la forma en que adapta sus movimientos f�sicos a los de su interlocutor (un indicador de proximidad que suele tener lugar fuera del alcance de la conciencia). Una persona se mueve en el mismo momento en que la otra deja de hablar, ambas cambian de postura simult�neamente o una se acerca al mismo tiempo que la otra retrocede. Esta especie de coreograf�a puede llegar a ser tan sutil que ambas personas se muevan en sus sillas al mismo ritmo. As�, la reciprocidad que articula los movimientos de la gente que se encuentra emocionalmente vinculada presenta la misma sincron�a que Daniel Stern descubri� en aquellas madres que se encuentran sintonizadas con sus hijos.
La sincron�a parece facilitar la emisi�n y recepci�n de estados de �nimo, aunque se trate de estados de �nimo negativos. Por ejemplo, en una determinada investigaci�n sobre la sincron�a f�sica se estudi� en situaci�n de laboratorio la forma en que las mujeres deprimidas discut�an con su pareja descubriendo que, cuanto mayor era el grado de sincron�a no verbal en las parejas, peor se sent�an los compa�eros de las mujeres deprimidas al finalizar la discusi�n, como si hubieran quedado atrapados en el estado de �nimo negativo de su pareja. En resumen, pues, parece que cuanto mayor es el grado de sinton�a f�sica existente entre dos personas, mayor es la semejanza entre sus estados de �nimo, sin importar tanto el que �ste sea optimista o pesimista.
La sincron�a entre maestros y disc�pulos constituye tambi�n un indicador del grado de relaci�n existente entre ellos, y los estudios realizados en el aula se�alan que cuanto mayor es el grado de coordinaci�n de movimientos entre maestro y disc�pulo, mayor es tambi�n la amabilidad, satisfacci�n, entusiasmo, inter�s y tranquilidad con que interact�an. Hablando en t�rminos generales, podr�amos decir que el alto nivel de sincron�a de una determinada interacci�n es un indicador del grado de relaci�n existente entre las personas implicadas. Frank Bernieri, el psic�logo de la Universidad del Estado de Oreg�n que llev� a cabo este estudio me contaba que �la comodidad o incomodidad que experimentamos con los dem�s es, en cierto modo, f�sica. Para que dos personas se sientan a gusto y coordinen sus movimientos, deben tener ritmos compatibles. La sincron�a refleja la profundidad de la relaci�n existente entre los implicados y, cuanto mayor es el grado de compromiso, m�s interrelacionados se halan sus estados de �nimo, sean �stos positivos o negativos �.
En resumen, la coordinaci�n de los estados de �nimo constituye la esencia del rapport, la versi�n adulta de la sinton�a que la madre experimenta con su hijo. Cacioppo propone que uno de los factores determinantes de la eficacia interpersonal consiste en la destreza con que la gente mantiene la sincron�a emocional.
Quienes son m�s diestros en sintonizar con los estados de �nimo de los dem�s o en imponer a los dem�s sus propios estados de �nimo son tambi�n emocionalmente m�s amables. El rasgo distintivo de un aut�ntico l�der consiste precisamente en su capacidad para conectar con una audiencia de miles de personas. Y, por esta misma raz�n, Cacioppo afirma tambi�n que las personas que tienen dificultades para captar y transmitir las emociones suelen tener problemas de relaci�n, puesto que despiertan la incomodidad de los dem�s sin que �stos puedan explicar claramente el motivo.
Ajustar el tono emocional de una determinada interacci�n constituye, en cierto modo, un signo de control profundo e intimo que condiciona el estado de �nimo de los dem�s. Es muy probable que este poder para inducir emociones se asemeje a lo que en biolog�a se denomina zeitgeber, un �temporizador�, un proceso que, al igual que ocurre con el ciclo d�a-noche o con las fases mensuales de la luna, impone un determinado ritmo biol�gico (en el caso del baile, por ejemplo, la m�sica constituye un zeitgeber corporal). En lo que se refiere a las relaciones interpersonales, la persona m�s expresiva la persona m�s poderosa suele ser aqu�lla cuas emociones arrastran a la otra. En este sentido, tambi�n hay que decir que el elemento dominante de la pareja es el que habla m�s, mientras que el elemento subordinado es quien m�s observa el rostro del otro, una forma tambi�n de manifestar el afecto. Y, por ese mismo motivo, el poder de un buen orador un pol�tico o un evangelista, pongamos por caso se mide por su capacidad para movilizar las emociones de su audiencia.6 Esto es precisamente lo que queremos decir cuando afirmamos que �los tiene en la palma de la mano�. La movilizaci�n emocional constituye la esencia misma de la capacidad de influir en los dem�s.
LOS RUDIMENTOS DE LA INTELIGENCIA SOCIAL
Es hora del recreo en la guarder�a y un grupo de ni�os est� corriendo por la hierba. Reggie tropieza, se lastima la rodilla y comienza a llorar mientras todos los dem�s siguen con sus juegos, excepto Roger, que se detiene junto a �l. Cuando los sollozos de Reggie se acallan, Roger se agacha y se frota la rodilla diciendo: ��yo tambi�n me he lastimado!�
Thomas Hatch, colega de Howard Gardner en Spectrum, una escuela basada en el concepto de la inteligencia m�ltiple, cita a Roger como un modelo de inteligencia interpersonal. Al parecer, Roger tiene una rara habilidad en reconocer los sentimientos de sus compa�eros y en establecer un contacto r�pido y amable con ellos. �l fue el �nico que se dio cuenta del estado y del sufrimiento de Reggie, y tambi�n fue el �nico que trat� de consolarle aunque s�lo pudiera ofrecerle su propio dolor, un gesto que denota una habilidad especial para la conservaci�n de las relaciones pr�ximas sea en el matrimonio, la amistad o el mundo laboral, una habilidad que, en el caso de un preescolar, augura la presencia de un ramillete de talentos que ir�n floreciendo a lo largo de toda la vida.
El talento de Roger representa una de las cuatro habilidades identificadas por Hatch y Gardner como los elementos que componen la inteligencia emocional:
Organizaci�n de grupos. La habilidad esencial de un l�der consiste en movilizar y coordinar los esfuerzos de un grupo de personas. �sta es la capacidad que podemos advertir en los directores y productores de teatro, en los oficiales del ej�rcito y en los dirigentes eficaces de todo tipo de organizaciones y grupos. En el patio de recreo se trata del ni�o que decide a qu� jugar�n, el ni�o que termina convirti�ndose en el capit�n del equipo.
Negociar soluciones. El talento del mediador consiste en impedir la aparici�n de conflictos o en solucionar aqu�llos que se declaren. Las personas que presentan esta habilidad suelen descollar en el mundo de los negocios, en el arbitrio y la mediaci�n de conflictos y tambi�n pueden hacer carrera en el cuerpo diplom�tico, en el mundo del derecho, como intermediarios o como consejeros de empresa. Son los ni�os, en nuestro caso, que resuelven las disputas que se presentan en el patio de recreo.
Conexiones personales. Esta es la habilidad que acabamos de rese�ar en Roger, una habilidad que se asienta en la empat�a, favorece el contacto con los dem�s, facilita el reconocimiento y el respeto por sus sentimientos y sus intereses y permite, en suma, el dominio del sutil arte de las relaciones. Estas personas saben �trabajar en equipo� y suelen ser consortes responsables y buenos amigos o compa�eros de trabajo; en el mundo de los negocios son buenos vendedores o ejecutivos y tambi�n pueden ser excelentes maestros. Los ni�os como Roger suelen llevarse bien con casi todo el mundo, no tienen dificultades para jugar con otros ni�os y disfrutan haci�ndolo. Estos ni�os tienden a ser muy buenos leyendo las emociones de las expresiones faciales y tambi�n son muy queridos por sus compa�eros.
An�lisis social. Esta habilidad consiste en ser capaces de detectar e intuir los sentimientos, los motivos y los intereses de las personas, un conocimiento que suele fomentar el establecimiento de relaciones con los dem�s y su profundizaci�n. En el mejor de los casos, esta capacidad les convierte en competentes terapeutas o consejeros psicol�gicos y, en el caso de combinarse con el talento literario, produce novelistas y dramaturgos muy dotados.
El conjunto de todas estas habilidades constituye la materia prima de la inteligencia interpersonal, el ingrediente fundamental del encanto, del �xito social e incluso del carisma. Las personas socialmente inteligentes pueden conectar f�cilmente con los dem�s, son diestros en leer sus reacciones y sus sentimientos y tambi�n pueden conducir, organizar y resolver los conflictos que aparecen en cualquier interacci�n humana. Ellos son los l�deres naturales, las personas que saben expresar los sentimientos colectivos latentes y articularlos para guiar al grupo hacia sus objetivos. Son el tipo de personas con quienes a los dem�s les gusta estar porque son emocionalmente nutricios, dejan a los dem�s de buen humor y despiertan el comentario de que �es un placer estar con alguien as� �.
Estas habilidades interpersonales propician el desarrollo de otras facetas de la inteligencia emocional. Las personas que causan una excelente impresi�n social, por ejemplo, son expertas en controlar la expresi�n de sus emociones, son especialmente diestras en captar la forma en que reaccionan los dem�s y son capaces de mantenerse continuamente en contacto con su actividad social y de ajustarla para conseguir el efecto deseado. En este sentido, son actores especialmente habilidosos.
No obstante, si estas habilidades interpersonales no tienen el adecuado contrapeso de una clara sensaci�n de los propios sentimientos y necesidades y del modo de satisfacerlas, pueden terminar abocando a un �xito social hueco, a una popularidad, en fin, conseguida pasando por encima de uno mismo. Esta es, al menos, la hip�tesis sostenida por Mark Snyder, un psic�logo de la Universidad de Minnesota que ha estudiado a las personas cuyas habilidades sociales las convierten en verdaderos camaleones sociales, campeones en causar buena impresi�n, el tipo de persona cuyo credo psicol�gico podr�a resumirse en aquella cita de W.H. Auden, en la que dec�a que la imagen que ten�a de si mismo �es muy distinta de la imagen que trato de crear en la mente de los dem�s para que puedan quererme�. Esta especie de mercantilismo emocional suele ocurrir cuando las habilidades sociales sobrepasan a la capacidad de conocer y admitir los propios sentimientos ya que, para ser querido o, por lo menos, para gustar, el camale�n social parece transformarse en lo que quieren aqu�llos con quienes est�. En opini�n de Snyder, el rasgo distintivo de quienes caen en esta pauta es que causan una impresi�n excelente pero mantienen relaciones muy inestables y muy poco gratificantes. La pauta realmente saludable consiste, por el contrario, en utilizar las habilidades sociales equilibradamente sin olvidarse de uno mismo.
Pero los camaleones sociales no dudan lo m�s m�nimo en decir una cosa y hacer otra diferente, malviviendo as� con la contradicci�n entre su rostro p�blico y su realidad privada, si ello les reporta un m�nimo de aprobaci�n social. La psicoanalista Helena Deutsch llamaba a esas personas �personalidades como si�, personalidades que manifiestan una extraordinaria plasticidad para adaptarse a las se�ales que reciben de quienes les rodean. �En la mayor parte de los casos me dijo Snyder la persona p�blica y la persona privada se entremezclan adecuadamente, pero en otros casos, sin embargo, parecen constituir una especie de calidoscopio de apariencias sumamente tornadizas. Son como Zelig, el personaje de Woody Allen que trataba desesperadamente de camuflarse en funci�n de las personas con quienes se encontraba�.
Estas personas, en lugar de decir lo que verdaderamente sienten, tratan antes de buscar pistas sobre lo que los dem�s quieren de ellos. Para llevarse bien y ser queridos por los dem�s, est�n dispuestos a ser exageradamente amables hasta con las personas que les desagradan, y suelen utilizar sus habilidades sociales para actuar en funci�n de lo que exijan las diferentes situaciones sociales, de modo que pueden representar personajes muy distintos en funci�n de las personas con quienes se encuentran, cambiando de la sociabilidad m�s efusiva, pongamos por caso, a la circunspecci�n m�s reservada. A decir verdad, estos rasgos son muy apreciados en ciertas profesiones que requieren un control eficaz de la impresi�n que se causa, como ocurre en el mundo del teatro, el derecho, las ventas, la diplomacia y la pol�tica.
Existe, no obstante, otro tipo de control de las emociones m�s decisivo, que permite diferenciar entre los camaleones sociales carentes de centro de gravedad que tratan de impresionar a todo el mundo y aquellos otros que utilizan su destreza social m�s en consonancia con sus verdaderos sentimientos. Estamos hablando de la integridad, de la capacidad que nos permite actuar seg�n nuestros sentimientos y valores m�s profundos sin importar las consecuencias sociales, una actitud emocional que puede conducir a provocar una confrontaci�n deliberada para trascender la falsedad y la negaci�n, una forma de clarificaci�n que los camaleones sociales jam�s podr�n llevar a cabo.
LA G�NESIS DE LA INCOMPETENCIA SOCIAL
No cab�a la menor duda de que Cecil era brillante; era un universitario experto en varios idiomas extranjeros y un soberbio traductor pero, en lo que respecta a las habilidades sociales m�s sencillas, se mostraba completamente in�til. No sab�a ni siquiera tener una conversaci�n intrascendente sobre el tiempo, y parec�a absolutamente incapaz de la m�s rutinaria interacci�n social. Su falta de talento social resultaba m�s patente cuando se hallaba con una mujer. Es por ello por lo que se pregunt� si todo aquello no se deber�a a alg�n tipo de �tendencias homosexuales latentes� a pesar de no tener ning�n tipo de fantas�as en ese sentido y se decidi� a emprender una terapia.
Como confi� a su terapeuta, el problema real radicaba en su temor a que nada de lo que pudiera decir interesara a nadie. Pero aquel miedo se asentaba en una profunda carencia de habilidades sociales. Su nerviosismo durante los encuentros le llevaba a re�r en los momentos m�s inoportunos aunque no lo consegu�a, sin embargo, por m�s que lo intentara, cuando alguien dec�a algo realmente divertido. Y esta inadecuaci�n se remontaba a la infancia porque durante toda su vida s�lo se hab�a sentido socialmente c�modo cuando estaba con su hermano mayor quien, de alg�n modo, le facilitaba las cosas, pero apenas sal�a de casa, su incompetencia era abrumadora y se sent�a completamente in�til.
Lakin Phillips, un psic�logo de la Universidad George Washington, concluy� que las dificultades de Cecil se originaban en su fracaso infantil para aprender las lecciones m�s elementales de la interacci�n social: Qu� podr�a hab�rsele ense�ado a Cecil? Hablar directamente a los dem�s, entablar contacto, no esperar siempre que ellos dieran el primer paso, mantener una conversaci�n m�s all� de los �s�'s �, los �no's� o los meros monos�labos, expresar gratitud, ceder el paso a los dem�s antes de cruzar una puerta, esperar a servirse hasta que el otro se hubiera servido, dar las gracias, pedir �por favor�, compartir y el resto de habilidades sociales que comenzamos a ense�ar a los ni�os a partir de los dos a�os de edad.
No queda claro si la deficiencia de Cecil se debe al fracaso de los dem�s en ense�arle estos rudimentos de civismo o a su propia incapacidad para aprenderlos. Pero sea cual fuere su origen, la historia de Cecil resulta instructiva porque subraya la naturaleza esencial de las m�ltiples lecciones que el ni�o aprende en la interacci�n sincr�nica y en las reglas no escritas de la armon�a social.
Y la consecuencia de un fracaso en el aprendizaje de estas reglas llega a incomodar a quienes nos rodean. Es evidente que la funci�n de estas reglas consiste en favorecer el intercambio social y que la inadecuaci�n genera ansiedad. As� pues, las personas que carecen de estas habilidades no s�lo son ineptas para las sutilezas de la vida social sino que tambi�n tienen dificultades para manejar las emociones de la gente que les rodea e inevitablemente terminan generando perturbaciones a su alrededor.
Todos conocemos a personas como Cecil, personas con una enojosa falta de desenvoltura social, personas que no parecen saber cu�ndo poner fin a una conversaci�n o a una llamada telef�nica y que siguen hablando sin darse cuenta de todos los indicadores de despedida, personas cuya conversaci�n gira exclusivamente en torno a si mismos, personas que no muestran el menor inter�s en los dem�s y que ignoran todo intento de cambiar de tema, entrometidos que siempre parecen tener a punto alguna pregunta �indiscreta�. Y todas estas desviaciones de la trayectoria social afable denotan una clara ignorancia de los rudimentos de la interacci�n social.
Los psic�logos han acu�ado el t�rmino disemia (del griego dys, que significa �dificultad� y semes, que significa �se�al �) para referirse a la incapacidad para captar los mensajes no verbales, un punto en el que un ni�o de cada diez suele tener problemas. Este problema puede radicar en ignorar la existencia de un espacio personal (y permanecer, en consecuencia, demasiado cerca de las personas con quienes est� hablando e invadir su territorio), en interpretar o utilizar pobremente el lenguaje corporal, en interpretar o utilizar inadecuadamente la expresividad facial (por ejemplo, no mirar a quien se habla) o una prosodia (la cualidad emocional del habla) ciertamente deficiente que les lleva a hablar en un tono demasiado estridente o demasiado mon�tono. En este sentido se ha investigado mucho sobre ni�os que muestran signos de deficiencia social, ni�os cuya inadecuaci�n les hace ser menospreciados o rechazados por sus compa�eros.
Si dejamos de lado a los fanfarrones, los ni�os suelen evitar a aqu�llos otros que ignoran los rudimentos de la interacci�n cara a cara, especialmente de las reglas impl�citas que gobiernan el encuentro interpersonal. Si un ni�o tiene dificultades en el lenguaje, las personas asumen que no es muy brillante o que est� poco educado, pero si tiene dificultades en lo que respecta a las reglas no verbales de la interacci�n, se les suele considerar especialmente sus compa�eros como �ni�os raros�, ni�os a los que hay que evitar. Estos son los ni�os que no saben jugar, que incomodan a los dem�s, que est�n, en suma, �fuera de juego�.
Son ni�os que no han llegado a dominar el lenguaje silencioso de las emociones y que inconscientemente emiten mensajes que causan incomodidad.
Como dijo Stephen Nowicky, un psic�logo de la Universidad Emory que se ha dedicado al estudio de las habilidades no verbales de los ni�os, �los ni�os que no pueden expresar sus emociones o leer adecuadamente las de los dem�s se sienten continuamente frustrados. Son ni�os que no comprenden lo que est� ocurriendo porque no llegan a acceder al subtexto constante que encuadra todo tipo de comunicaci�n. Recordemos que es imposible dejar de mostrar nuestra expresi�n facial o nuestra postura, y que tampoco hay modo de ocultar nuestro tono de voz. Si usted comete errores en los mensajes emocionales que emite de continuo, sentir� que las personas reaccionan de manera extra�a y se sentir� desairado sin saber por qu�. Si usted cree que est� expresando felicidad pero, en cambio, lo que muestra es enojo, descubrir� que los dem�s est�n enojados y no comprender� el motivo.
�Estos ni�os terminan careciendo de toda sensaci�n de control sobre la forma en que les tratan los dem�s y sobre la forma en que sus acciones afectan a quienes les rodean, una situaci�n que les hace sentirse incapaces, deprimidos y ap�ticos�.
Pero adem�s de convertirse en individuos socialmente aislados, estos ni�os tambi�n suelen tener problemas acad�micos. El aula es simult�neamente una situaci�n social y una situaci�n acad�mica, de modo que es muy probable que el ni�o socialmente incompetente comprenda y responda tan inadecuadamente a un maestro como a otro ni�o. Y la ansiedad y confusi�n resultantes pueden, a su vez, entorpecer la capacidad de aprendizaje. De hecho, los tests de sensibilidad no verbal infantil han demostrado que el rendimiento acad�mico de los ni�os que no tienen en cuenta los indicadores emocionales es inferior al que seria de esperar en funci�n de su Cl.
�TE ODIAMOS�: EL MOMENTO CRITICO
Uno de los momentos en los que la ineptitud social resulta m�s dolorosa y expl�cita es cuando el ni�o trata de acercarse a un grupo de ni�os para jugar. Y se trata de un momento especialmente cr�tico porque entonces es cuando se hace patente p�blicamente el hecho de ser querido o de no serlo, de ser aceptado o no. Es por este motivo por lo que los estudiosos del desarrollo infantil se han ocupado de investigar estos momentos cruciales y han llegado a la conclusi�n de que existe un marcado contraste entre las estrategias de aproximaci�n utilizadas por los ni�os populares y las que usan quienes podr�amos llamar proscritos sociales. Los descubrimientos realizados en este sentido destacan la importancia extraordinaria de las habilidades sociales para registrar, interpretar y responder a los datos emocional e interpersonalmente relevantes. Es conmovedor ver a un ni�o dar vueltas en torno a un grupo de ni�os que est�n jugando y descubrir que no se lo permiten. Como demostr� un estudio realizado con ni�os de segundo y tercer grado, el 26% de las veces, hasta los ni�os m�s populares y queridos son rechazados cuando tratan de aproximarse a jugar con otros ni�os.
Los ni�os peque�os son cruelmente sinceros en los juicios emocionales impl�citos en tales rechazos. Veamos, por ejemplo, el siguiente di�logo que tuvo lugar en una guarder�a entre ni�os de cuatro a�os de edad.
Linda queda jugar con Barbara, Nancy y Bill que estaban
jugando con animales de juguete y bloques de construcci�n.
Durante un minuto estuvo observando lo que ocurr�a y luego se
aproxim� a Barbara y comenz� a jugar con los animales.
Barbara entonces se dirigi� a ella dici�ndole.
�No puedes jugar!�S� que puedo! replic� Linda �Yo tambi�n puedo jugar! �No, no puedes! respondi� Barbara, con brusquedad �Hoy no te queremos! Entonces Bill protest� en nombre de Linda, pero Nancy se uni� al ataque agregando: Hoy te odiamos!
Es precisamente el riesgo de sentirse odiado, impl�cita o
expl�citamente, el que hace que los ni�os sean especialmente
cautos a la hora de aproximarse a un grupo. Y es muy probable que
esta ansiedad no sea muy distinta de la que siente el adolescente
que se encuentra aislado en medio de una charla que sostienen en
una fiesta quienes parecen ser amigos �ntimos. Y tambi�n es por
esto por lo que este momento resulta, como dijo un investigador,
�sumamente diagn�stico [...] porque revela claramente las
diferencias en las habilidades sociales�. Lo normal es que los
reci�n llegados comiencen observando lo que ocurre durante un
tiempo y que luego pongan en marcha sus estrategias de
aproximaci�n, mostrando su asertividad de manera muy discreta.
Lo m�s importante a la hora de determinar si un ni�o ser�
aceptado o no es su capacidad para comprender el marco de
referencia del grupo y para saber qu� cosas son aceptables y
cu�les se hallan fuera de lugar.
Los dos pecados capitales que suelen despertar el rechazo de los
dem�s son el intento de asumir el mando demasiado pronto y no
sintonizar con el marco de referencia. Pero esto es precisamente
lo que tienden a hacer los ni�os impopulares, tratar de cambiar
de tema demasiado bruscamente o demasiado pronto, o dar sus
opiniones y estar en desacuerdo inmediato con los dem�s,
intentos manifiestos, todos ellos, de llamar la atenci�n y que,
parad�jicamente, les lleva a ser ignorados o rechazados. En
contraste, los ni�os populares, antes de aproximarse a un grupo
suelen dedicarse a observarlo para comprender lo que est�
ocurriendo y luego hacen algo para ratificar su aceptaci�n,
esperando a confirmar su estatus en el grupo antes de tomar la
iniciativa de sugerir lo que todos deber�an hacer.
Volvamos ahora a Roger, el ni�o de cuatro a�os a quien Thomas Hatch pon�a como ejemplo de ni�o con un elevado grado de inteligencia interpersonal. La t�ctica que Roger utilizaba para aproximarse a un grupo era la de comenzar observando, luego imitaba lo que otro ni�o estaba haciendo y finalmente hablaba y se pon�a a jugar con �l, una estrategia ciertamente ganadora. La habilidad de Roger era evidente: por ejemplo, cuando �l y Warren estaban jugando a lanzar �bombas� (en realidad, piedras) desde sus calcetines. Warren le pregunt� a Roger si quer�a estar en un helic�ptero o en un avi�n y antes de responder. Roger inquiri�: � �A ti qu� te gusta m�s?� Esta interacci�n aparentemente inocua revela una gran sensibilidad ante los intereses de los dem�s y una gran capacidad para utilizar este conocimiento para mantener el contacto con ellos.
Hatch coment� con respecto a Roger: �tuvo en cuenta los deseos de su compa�ero para no perder la conexi�n con �l. He visto a muchos ni�os que simplemente cogen su helic�ptero o su avi�n y que, literal y figurativamente hablando, se alejan volando de los dem�s�.
EL RESPLANDOR EMOCIONAL: INFORME DE UN CASO
Si la capacidad de sosegar la inquietud de los dem�s es una prueba de la destreza social, el hecho de hacerlo en pleno ataque de rabia constituye una aut�ntica demostraci�n de maestr�a. Los datos sobre autorregulaci�n de la angustia y contagio emocional sugieren que una estrategia eficaz puede ser la de distraer a la persona airada, empatizar con sus sentimientos y con su perspectiva y luego dirigir su atenci�n a un foco alternativo, uno que le conecte con un campo de sentimientos m�s positivos, algo que bien pudiera calificarse como una especie de judo emocional.
El mejor ejemplo que recuerdo de esta habilidad sutil en el arte de la influencia emocional me lo cont� mi difunto amigo Terry Dobson quien, en la d�cada de los cincuenta, fue uno de los primeros norteamericanos que viaj� a Jap�n a estudiar aikido.
Una noche mi amigo volv�a a casa en el metro de Tokio cuando entr� en el vag�n un enorme, belicoso, ebrio y sucio trabajador. El hombre, tambale�ndose, comenz� a asustar a los pasajeros gritando todo tipo de imprecaciones y empuj� a una mujer que llevaba consigo un beb�, lanz�ndola hacia donde se encontraba una anciana pareja, que entonces se levant� de golpe y huy� precipitadamente al otro extremo del vag�n. El borracho dio unos cuantos golpes m�s y. en su rabia, cogi� la barra de metal que se hallaba en medio del vag�n y. con un rugido, trat� de arrancarla.
En aquel momento Terry. que se hallaba en plenas condiciones f�sicas debido a su entrenamiento diario de ocho horas de a�kido, se sinti� llamado a intervenir antes de que alguien quedara seriamente da�ado. Entonces record� las palabras de su maestro: �el aikido es el arte de la reconciliaci�n y quien lo considere como una lucha romper� su conexi�n con el universo. En el mismo momento en que tratas de dominar a los dem�s est�s derrotado. Nosotros estudiamos la forma de resolver los conflictos, no de iniciarlos�.
Ciertamente, cuando Terry emprendi� su aprendizaje se comprometi� con su maestro a no iniciar nunca una pelea y a utilizar este arte marcial s�lo como una forma de defensa. Ahora acababa de descubrir una oportunidad para poner a prueba su pr�ctica del aikido en la vida real, en lo que era un caso claro de leg�tima defensa. Es por ello que, mientras los dem�s pasajeros permanec�an paralizados en sus asientos, Terry se levant� lenta y deliberadamente.
Al verle, el borracho bram�: �Ah, un extranjero! �Lo que
t� necesitas es una lecci�n sobre modales japoneses! y se
dispuso a lanzarse sobre Terry.
Pero cuando estaba a punto de hacerlo alguien grit� en voz muy
alta y divertida: �Eh! El grito mostraba el tono jovial de
alguien que hab�a reconocido s�bitamente a un querido amigo. El
borracho, sorprendido, se dio la vuelta y vio a un diminuto
japon�s de unos setenta a�os ataviado con un kimono que
permanec�a sentado. El anciano sonri� con alegr�a al borracho
y le salud� con un leve movimiento de la mano y un animoso:
�Venga aqu�! El borracho se acerco dando zancadas a �l
preguntando, con un agresivo: �Y por qu� diablos deber�a
hablar contigo?
Mientras tanto, Terry estaba dispuesto a reducir al borracho apenas hiciera el menor movimiento violento. �Qu� has estado bebiendo? pregunt� el anciano con sus ojos chispeantes. He bebido sake y �se no es asunto tuyo vocifer� el borracho.
�Oh, muy bien, muy bien! replic� el anciano �Sabes? A mi tambi�n me gusta el sake. Cada noche, mi esposa y yo (ella tiene setenta y seis a�os) nos bebemos una botella peque�a de sake en el jard�n, donde nos sentamos en un viejo banco de madera... Y luego sigui� hablando de un caqui que hab�a en su jard�n y de las excelencias de beber sake en mitad de la noche.
A medida que iba escuchando al anciano, el rostro del borracho
comenz� a dulcificarse y sus pu�os se relajaron: S�... a m�
tambi�n me gusta el caqui... dijo con la voz apagada. S�
replic� el anciano en�rgicamente. Y estoy seguro de
que tienes una esposa maravillosa. �No! respondi� el
obrero. Mi esposa muri�...
Y entonces, sollozando, se lanz� a contar el triste relato de la
p�rdida de su esposa, de su hogar y de su trabajo, y se mostr�
avergonzado de s� mismo.
Cuando el metro lleg� a su parada y Terry estaba saliendo del
vag�n alcanz� a escuchar c�mo el anciano invitaba al borracho
a ir a su casa para contarle m�s detalladamente todo aquello y
a�n pudo vislumbrar c�mo se arrellanaba en el asiento y apoyaba
su cabeza en el regazo del anciano.
Esto es resplandor emocional.