Capitulo 1
IInteligencia Emocional
- Espa�ol...Ingl�s
PARTE III
INTELIGENCIA EMOCIONAL APLICADA
9. ENEMIGOS �NTIMOS
En cierta ocasi�n Sigmund Freud le dijo a su disc�pulo Erik Erikson que la capacidad de amar y de trabajar constituyen los indicadores que jalonan el logro de la plena madurez. Pero, de ser cierta esta afirmaci�n, el bajo porcentaje de matrimonios y el alto n�mero de divorcios del mundo actual convertir�a a la madurez en una etapa de la vida en peligro de extinci�n que requerir�a, hoy m�s que nunca, del concurso de la inteligencia emocional.
Si tenemos en cuenta los datos estad�sticos relativos al n�mero de divorcios, comprobaremos que la media anual se mantiene m�s o menos estable pero si, en cambio, calculamos la probabilidad de que una pareja reci�n casada acabe divorci�ndose, nos veremos obligados a reconocer que, en este sentido, se ha producido una peligrosa escalada. As� pues, si bien la proporci�n total de divorcios entre los reci�n casados permanece estable, el �ndice de riesgo de separaci�n, no obstante, ha aumentado considerablemente.
Y este cambio resulta m�s patente cuando se comparan los porcentajes de divorcio de quienes han contra�do matrimonio en un determinado a�o. Por ejemplo, el porcentaje de divorcio de quienes se casaron el a�o 1 890 en los Estados Unidos era del orden del 10%, una cifra que alcanz� el 18% en los matrimonios celebrados en 1920 y el 30% en 1950. Las parejas que iniciaron su relaci�n matrimonial en 1970 ten�an el 50% de probabilidades de separarse o de seguir juntas �mientras que, en 1990, esta probabilidad hab�a alcanzado el 67%! Si esta estimaci�n es v�lida, s�lo tres de cada diez personas reci�n casadas pueden confiar en seguir unidas.
Podr�a aducirse que este incremento se debe, en buena medida, no tanto al declive de la inteligencia emocional como a la constante erosi�n de las presiones sociales que antiguamente manten�an cohesionada a la pareja (el estigma que supon�a el divorcio o la dependencia econ�mica de muchas mujeres con respecto a sus maridos), aun estando sometida a las condiciones m�s calamitosas. Pero el hecho es que, al desaparecer las presiones sociales que manten�an la uni�n del matrimonio, �sta s�lo puede asentarse sobre la base de una relaci�n emocional estable entre los c�nyuges.
En los �ltimos a�os se ha llevado a cabo una serie de investigaciones que se ha ocupado de analizar con una precisi�n desconocida hasta la fecha los v�nculos emocionales que mantienen los esposos y los problemas que pueden llegar a separarlos. Es muy posible que el avance m�s importante en la comprensi�n de los factores que contribuyen a la uni�n o a la separaci�n del matrimonio est� ligado al uso de sutiles instrumentos fisiol�gicos que permiten rastrear minuciosamente, instante tras instante, los intercambios emocionales que tienen lugar en la interacci�n entre los miembros de la pareja. Los cient�ficos se hallan actualmente en condiciones de detectar las m�s m�nimas descargas de adrenalina de un marido que, de otro modo, pasar�an inadvertidas, las modificaciones de la tensi�n arterial y de registrar, asimismo, las fugaces aunque muy reveladoras microemociones que muestra el rostro de una esposa. Estos registros fisiol�gicos demuestran la existencia de un subtexto biol�gico que subyace a las dificultades por las que atraviesa una pareja, un nivel cr�tico de realidad emocional que suele pasar inadvertido y que, en consecuencia, se tiende a soslayarlo completamente. Estos datos ponen de relieve, pues, las aut�nticas fuerzas emocionales que contribuyen a mantener o a destruir una relaci�n. Pero no debemos olvidar, no obstante, que gran parte del fracaso de las relaciones de pareja se asienta en las diferencias existentes entre los mundos emocionales de los hombres y de las mujeres.
LOS ANTECEDENTES INFANTILES DE DOS CONCEPCIONES DIFERENTES DEL MATRIMONIO
No hace mucho, estaba a punto de entrar en un restaurante cuando, de repente, un joven, en cuyo rostro se dibujaba una r�gida mueca de disgusto, sali� del local con paso airado. Tras �l iba desesperadamente una mujer tambi�n joven pis�ndole los talones y golpe�ndole en la espalda al tiempo que le gritaba ��Maldito! �Vuelve aqu� y s� amable conmigo!� Esta conmovedora queja, parad�jicamente contradictoria, dirigida a una espalda en retirada, ejemplifica un modelo muy extendido de relaci�n conyugal en peligro, seg�n el cual la mujer demanda atenci�n mientras el hombre se bate en retirada. Los terapeutas matrimoniales han descubierto que, en el mismo momento en que los miembros de la pareja se ponen de acuerdo para acudir a la consulta, ya est�n atrapados en una pauta de respuesta de compromiso-o-evitaci�n, en la que el marido se queja de las �irracionales� exigencias y ataques de su mujer mientras que ella se lamenta de la indiferencia manifiesta de �l ante sus necesidades.
Este desenlace refleja, de hecho, la existencia de dos realidades emocionales distintas la de la mujer y la del hombre en una misma relaci�n de pareja. Y, si bien el origen de estas diferencias emocionales responde parcialmente a razones biol�gicas, tambi�n tiene que ver con la infancia y con los distintos mundos emocionales en que crecen las ni�as y los ni�os. Existe una amplia investigaci�n al respecto que pone de manifiesto que estas diferencias no s�lo se ven reforzadas por los distintos juegos elegidos por las ni�as y los ni�os sino tambi�n por el temor de unas y otros a que se bromee a su costa por tener un �novio� o una �novia�. Un estudio sobre los compa�eros elegidos por los ni�os demostr� que, a los tres a�os de edad, �stos tienen el mismo n�mero de amigos que de amigas, un porcentaje que va disminuyendo hasta que, a los cinco a�os, s�lo se tiene el 20% de amigos del otro sexo contrario y que casi llega a anularse a la edad de siete a�os. A partir de ese momento, los mundos de los ni�os y de las ni�as discurren de manera paralela hasta volver a confluir al llegar a la edad de las primeras citas de la adolescencia.
Durante todo este periodo, las lecciones emocionales recibidas por los ni�os y las ni�as son muy diferentes. A excepci�n del enfado, los padres hablan m�s de las emociones con sus hijas que con sus hijos y es por esto por lo que las ni�as disponen de m�s informaci�n sobre el mundo emocional. Cuando los padres, por ejemplo, cuentan cuentos a sus hijos peque�os, suelen utilizar palabras m�s cargadas emocionalmente con las ni�as que con los ni�os. Cuando, por su parte, las madres juegan con sus hijos e hijas, expresan un espectro m�s amplio de emociones en el caso de que lo hagan con las ni�as y son tambi�n m�s prolijas con ellas cuando describen un estado emocional, si bien suelen ser, en cambio, m�s minuciosas a la hora de describir a sus hijos varones las causas y las consecuencias de emociones tales como el enojo (probablemente una forma de admonici�n).
Leslie Brody y Judith Hall, que han sintetizado los resultados de varias investigaciones sobre las diferencias emocionales existentes entre ambos sexos, afirman que la mayor prontitud con que las ni�as desarrollan las habilidades verbales las hace m�s diestras en la articulaci�n de sus sentimientos y m�s expertas en el empleo de las palabras, lo cual les permite disponer de un elenco de recursos verbales mucho m�s rico que puede sustituir a reacciones emocionales tales como, por ejemplo, las peleas f�sicas. Seg�n estas investigadoras: �los chicos, que no suelen recibir ninguna educaci�n que les ayude a verbalizar sus afectos, suelen mostrar una total inconsciencia con respecto a los estados emocionales, tanto propios como ajenos�: A la edad de diez a�os, el porcentaje de chicas y chicos que se muestran francamente agresivos y predispuestos a la confrontaci�n abierta cuando se enfadan es aproximadamente el mismo.
Sin embargo, a los trece a�os comienza a aparecer una marcada diferenciaci�n entre ambos sexos y las muchachas muestran entonces una mayor habilidad que los chicos en el uso de t�cticas agresivas de car�cter m�s sutil, como el rechazo, el chismorreo y la venganza indirecta. A esta edad, la gran mayor�a de los muchachos se limita a seguir tratando de resolver sus discrepancias mediante las peleas, ignorando otro tipo de estrategias m�s sutiles. Este es sencillamente uno de los muchos motivos por los que los muchachos y m�s tarde los hombres son menos diestros y que las muchachas para moverse por los vericuetos de la vida emocional.
Las chicas suelen organizar sus juegos en grupos reducidos y cohesionados, poniendo un marcado inter�s en minimizar las discrepancias y maximizar la cooperaci�n, mientras que los chicos, por su parte, tienden a organizarse en grupos m�s numerosos y a incidir en los aspectos m�s competitivos. Veamos, por ejemplo, la distinta respuesta que suelen tener unos y otras cuando el juego se ve interrumpido porque alguno de los participantes se ha hecho da�o. Lo que se espera de un ni�o que se haya lesionado es que se aleje moment�neamente del juego hasta que deje de llorar y se halle nuevamente en condiciones de reintegrarse a �l. Pero cuando tal cosa ocurre en un grupo de chicas, en cambio, el juego se paraliza mientras todas se congregan en torno a la afectada tratando de consolarla. En opini�n de la investigadora de Harvard Carol Gilligan, este marcado contraste entre los juegos de las ni�as y los de los ni�os constituye un ejemplo de una de las diferencias clave existentes entre ambos sexos: los muchachos se sienten orgullosos de su solitaria y tenaz independencia y autonom�a, y las chicas, por su parte, se sienten integrantes de una red interrelacionada. Es por ello por lo que los chicos se sienten amenazados cuando algo parece poner en peligro su independencia, algo que, en el caso de las chicas, ocurre cuando se rompe una de sus relaciones. Como destaca Deborah Tannen en su libro You Just Don t Understand, esta diferencia de perspectiva entre ambos g�neros les lleva a esperar cosas muy distintas de una simple conversaci�n, ya que el hombre suele sentirse satisfecho con hablar sobre �algo� mientras que la mujer busca una conexi�n emocional m�s profunda.
Y esta disparidad en la educaci�n emocional termina desarrollando aptitudes muy diferentes, puesto que las chicas �se aficionan a la lectura de los indicadores emocionales tanto verbales como no-verbales y a la expresi�n y comunicaci�n de sus sentimientos�. Los chicos, en cambio, se especializan en �minimizar las emociones relacionadas con la vulnerabilidad, la culpa, el miedo y el dolor�, una conclusi�n corroborada por abundante documentaci�n cient�fica. Por ejemplo, existen cientos de estudios que han puesto de manifiesto que las mujeres suelen ser m�s emp�ticas que los hombres, al menos en lo que se refiere a su capacidad para captar los sentimientos que se reflejan en el rostro, el tono de voz y Otro tipo de mensajes no verbales. De modo parecido, tambi�n resulta bastante m�s f�cil descifrar los sentimientos en el rostro de una mujer que en el de un hombre. Aunque, en realidad, no existe, de entrada, ninguna diferencia manifiesta en la expresividad facial de las ni�as y la de los ni�os, a lo largo de su desarrollo en la escuela primaria los chicos se van volviendo menos expresivos, todo lo contrario de lo que ocurre en el caso de las chicas, lo cual, a su vez, puede reflejar otra diferencia clave entre ambos g�neros, es decir, que las mujeres suelen ser capaces de experimentar con mayor intensidad y variabilidad que los hombres un amplio espectro de emociones. Por ello, en t�rminos generales, cabe afirmar que las mujeres son m�s �emocionales� que los hombres. Todo esto supone que las mujeres tienden a llegar al matrimonio con un mayor dominio de sus emociones, mientras que los hombres lo hacen con una escasa comprensi�n de lo que esto significa para la estabilidad de la relaci�n. De hecho, un estudio efectuado sobre 264 parejas ha revelado que, para las mujeres, el principal motivo de satisfacci�n de una relaci�n viene dado por la sensaci�n de que existe una �buena comunicaci�n� en la pareja. Ted Huston, psic�logo de la Universidad de Texas que se ha dedicado a estudiar en profundidad las relaciones de pareja, observa que: �desde el punto de vista de la esposa, la intimidad conleva, entre otras muchas cosas, la capacidad de abordar cuestiones muy diferentes y, en especial, de hablar sobre la relaci�n misma. La inmensa mayor�a de los hombres, por el contrario, no aciertan a comprender esta demanda y suelen responder diciendo algo as� como: yo quiero hacer cosas con mi mujer pero ella s�lo quiere hablar�. Huston descubri� asimismo que, durante el noviazgo, los hombres se hallan m�s predispuestos a entablar este tipo de di�logo capaz de colmar el deseo de intimidad de su futura esposa pero que, pasado este periodo, los hombres especialmente en las parejas m�s tradicionales van invirtiendo cada vez menos tiempo en conversar con sus esposas y satisfacen su necesidad de intimidad dedic�ndose a actividades tales como cuidar juntos del jard�n en lugar de tener una buena conversaci�n sobre cualquier tema.
Esta lenta escalada del silencio masculino puede originarse, en parte, en el hecho de que, seg�n parece, los hombres suelen ser muy optimistas sobre la situaci�n real de su matrimonio mientras que las mujeres son m�s sensibles a los aspectos problem�ticos de la relaci�n. Un estudio realizado sobre el matrimonio pone en evidencia que los hombres muestran un punto de vista m�s ingenuo que sus esposas en todo lo concerniente a la relaci�n (hacer el amor, estado de las finanzas, v�nculos familiares, comprensi�n mutua o importancia de los defectos personales). Las esposas, por su parte, suelen mostrarse m�s exigentes a la hora de plantear sus demandas, especialmente en los matrimonios infelices. Si al c�ndido punto de vista de los maridos sobre el matrimonio sumamos su poca predisposici�n a afrontar los conflictos emocionales, nos haremos una idea m�s precisa del motivo de las frecuentes quejas de las mujeres sobre la evasiva actitud de sus maridos para hacer frente a los problemas que aquejan a cualquier relaci�n. (Estamos hablando, claro est�, de la generalizaci�n de una diferencia que no es aplicable a todos los casos particulares. Un amigo psiquiatra, por ejemplo, se lamentaba de que, en su matrimonio, �l fuera el �nico en sacar a relucir este tipo de cuestiones y de que su esposa se mostrara sumamente remisa a hacer frente a los problemas emocionales.)
No cabe duda de que la torpeza de los hombres para percatarse de los problemas de la relaci�n se debe a su relativa falta de capacidad para descifrar el contenido emocional de las expresiones faciales. Las mujeres suelen ser mucho m�s sensibles que los hombres para captar un gesto de tristeza. Es por esto por lo que las mujeres suelen verse obligadas a aparentar una desolaci�n absoluta para que un hombre pueda llegar a darse cuenta de cu�les son sus verdaderos sentimientos y darle luego tambi�n el tiempo suficiente para que se plantee cu�l puede ser la causa de su malestar.
Consideremos ahora las implicaciones de esta brecha emocional entre g�neros en el modo en que los miembros de la pareja abordan las exigencias y discrepancias que inevitablemente comporta toda relaci�n �ntima. De hecho, las cuestiones puntuales como la frecuencia de las relaciones sexuales, la educaci�n de los hijos, el ahorro y las deudas que el matrimonio puede afrontar, no suelen ser el motivo principal de cohesi�n o de separaci�n de la pareja. El factor determinante, por el contrario, suele centrarse en el modo en que la pareja aborda las cuestiones m�s o menos candentes. Y, por as� decirlo, llegar a un acuerdo sobre como estar en desacuerdo suele ser la clave para la supervivencia del matrimonio.
Para sortear los escollos de las emociones tortuosas, las
mujeres y los hombres deben tratar de ir m�s all� de las
diferencias gen�ricas innatas porque, en caso de no lograrlo, la
relaci�n se ver� abocada al naufragio. Como veremos a
continuaci�n, el riesgo de zozobrar ante estos escollos aumenta
considerablemente en el caso de que uno o ambos c�nyuges
presenten carencias manifiestas en el desarrollo de la
inteligencia emocional.
EL FRACASO MATRIMONIAL
Fred:�Has recogido mi ropa limpia? Ingrid:(En tono burlesco) �Has recogido mi ropa limpia�. Rec�gela t�. �Crees que soy tu criada? Fred:Eso dif�cilmente podr�a ser. Si fueras mi criada, al menos sabr�as limpiar la ropa.
Si este di�logo ca�stico e hiriente hubiera sido extra�do de una obra de teatro podr�a resultar hasta c�mico, pero el hecho es que tuvo lugar entre un matrimonio que y esto no resulta sorprendente acab� divorci�ndose a los pocos a�os. El intercambio tuvo lugar en un laboratorio dirigido por John Gottman, psic�logo de la Universidad de Washington, quien posiblemente haya llevado a cabo el an�lisis m�s exhaustivo sobre el aglutinante emocional que mantiene unida a la pareja y sobre los sentimientos corrosivos que contribuyen a destruirla. En el curso de esta investigaci�n se grababan en video las conversaciones que manten�an las parejas y posteriormente eran microanalizadas para tratar de descubrir los m�s m�nimos indicios de las corrientes emocionales subyacentes. Este proceso de cartografiado de las discrepancias que terminan abocando al divorcio constituye un argumento sumamente convincente en favor del papel decisivo que desempe�a la inteligencia emocional en la supervivencia de la pareja.
En las dos �ltimas d�cadas. Gottman ha rastreado los altibajos de m�s de doscientas parejas, algunas de ellas reci�n casadas y otras que llevaban unidas mucho tiempo. La precisi�n del an�lisis realizado por Gottman sobre el ecosistema matrimonial ha sido tal que, en uno de sus estudios, le permiti� predecir con una exactitud del 94% (�una precisi�n ciertamente inaudita en este tipo de estudios!) qu� parejas, de entre todas las que pasaron por su laboratorio, terminar�an separ�ndose en los pr�ximos tres a�os (como ocurri� en el caso de Ingrid y Fred, cuya c�ustica discusi�n pon�amos como ejemplo al comienzo de esta secci�n). La precisi�n del an�lisis de Gottman se deriva de su escrupulosa metodolog�a y de la minuciosidad con que recoge sus datos.
Mientras los miembros de la pareja, por ejemplo, conversan entre si, unos sensores se encargan de registrar los m�s m�nimos cambios fisiol�gicos; asimismo, Gottman realiza tambi�n un an�lisis secuencial de todas las expresiones faciales (utilizando un sistema de lectura de las emociones desarrollado por Paul Ekman) que le permite detectar los matices m�s sutiles y fugaces de los sentimientos. Despu�s de finalizar la sesi�n, cada participante se dirige a un laboratorio separado para mirar la cinta de video y hablar de los sentimientos que experiment� durante los momentos m�s �lgidos de la conversaci�n. El resultado de este tipo de estudios constituye el equivalente a una radiograf�a emocional del matrimonio.
Seg�n Gottman, las cr�ticas destructivas son una incipiente se�al de alarma que indica que el matrimonio se halla en peligro. En un matrimonio emocional mente sano, tanto la esposa como el marido se sienten lo suficientemente libres como para formular abiertamente sus quejas. Pero suele ocurrir que, en medio del fragor del enfado, las quejas se formulen de un modo destructivo, bajo la forma de un ataque en toda regla contra el car�cter del c�nyuge. Pamela y Tom, por ejemplo, quedaron a una hora concreta frente a la estafeta de correos para ir al cine y, seguidamente, Pamela se dirigi� con su hija a una zapater�a mientras su marido iba a echar un vistazo a la librer�a. Pero a la hora convenida Tom todav�a no hab�a aparecido. ��D�nde se habr� metido? La pel�cula empieza dentro de diez minutos se quej� Pamela a su hija. Si alguien sabe c�mo estropear algo, �se es tu padre.� y cuando Tom apareci� diez minutos despu�s, contento por haberse encontrado con un viejo amigo y excus�ndose por el retraso, Pamela le espet� sarc�sticamente: �muy bien; ya tendremos ocasi�n de discutir tu sorprendente habilidad para echar al traste todos los planes. Eres un ego�sta y un desconsiderado�.
Pero este tipo de quejas es algo m�s que una simple protesta, es un verdadero atentado contra la personalidad del otro, una cr�tica dirigida al individuo y no a sus actos. Ante el intento de disculpa de Tom, Pamela le estigmatiz� con los calificativos de �ego�sta y desconsiderado�. No es infrecuente que las parejas atraviesen por momentos similares, momentos en los que una queja sobre algo que el otro ha hecho se convierte en un ataque en toda regla contra la persona y no contra el hecho en cuesti�n.
Estas feroces cr�ticas personales tienen un impacto emocional
mucho m�s corrosivo que una queja razonada y tienden a
producirse quiz� comprensiblemente con mayor
frecuencia cuando la esposa o el marido siente que sus quejas no
son escuchadas ni tenidas en consideraci�n.
La diferencia existente entre una queja y una cr�tica personal
es evidente. En la queja, uno se�ala espec�ficamente aquello
que le molesta del otro miembro de la pareja y critica sus
acciones no su persona expres�ndole c�mo se siente.
Por ejemplo, la frase �cuando olvidaste meter mi ropa en la
lavadora sent� que te preocupabas muy poco de mi� no es
beligerante ni pasiva sino una expresi�n asertiva que ilustra un
grado de inteligencia emocional. Lo que ocurre en el caso de la
cr�tica personal, en cambio, es que un miembro de la pareja se
sirve de una demanda concreta para arremeter contra el otro
(�Siempre eres igual de ego�sta e insensible. Esto me demuestra
que no puedo confiar en que hagas nada bien�). Este tipo de
cr�tica deja a quien la recibe avergonzado, disgustado,
ultrajado y humillado, y es muy probable que termine abocando a
una reacci�n defensiva que no contribuya en nada a mejorar la
situaci�n.
Las cr�ticas cargadas de quejas suelen ser muy destructivas, especialmente en el caso de que no s�lo se transmitan mediante las palabras sino que se expresen de forma airada y recurriendo tambi�n al tono de voz y al gesto. La forma m�s evidente consiste en la ridiculizaci�n o el insulto directo (�idiota�, �puta� o �cabr�n�), pero la verdad es que el lenguaje corporal puede alcanzar el mismo grado de ensa�amiento que el ataque verbal (un gesto despectivo, fruncir el labio la se�al universal del disgusto o poner los ojos en blanco en un gesto de resignaci�n).
La impronta facial de la queja consiste en la contracci�n de los m�sculos que retraen los extremos de la boca hacia los lados (normalmente hacia la izquierda) y en la elevaci�n de los ojos. La presencia t�cita de esa expresi�n emocional en el rostro de uno de los esposos aumenta el ritmo cardiaco del otro en dos o tres latidos por minuto. Esta comunicaci�n soterrada termina provocando un efecto fisiol�gico ya que, seg�n descubri� Gottman, si un marido muestra con frecuencia su desprecio de este modo, la esposa acusar� una clara propensi�n hacia una gama concreta de problemas de salud que van desde el simple resfriado hasta la gripe, las infecciones de vejiga y los des�rdenes gastrointestinales. Y Gottman considera que, cuando el rostro de la esposa expresa contrariedad el pariente pr�ximo del reproche cuatro o m�s veces durante una conversaci�n de quince minutos, es un s�ntoma de que la pareja se separar� en un periodo m�ximo de cuatro a�os.
Pero aunque las protestas o las expresiones ocasionales de disgusto no suelen conducir a la disgregaci�n del matrimonio, constituyen un factor de riesgo equivalente al hecho de fumar o de padecer una elevada tasa de colesterol para terminar desarrollando una enfermedad cardiaca; de modo que, cuanto m�s intensa y prolongada sea la descarga de este tipo de emociones, mayor ser� el peligro. En el camino que conduce hasta el divorcio, cada una de estas situaciones sienta las bases para la siguiente, en una escala de sufrimiento creciente. De este modo, las quejas, las desavenencias y las criticas frecuentes constituyen peligrosos indicadores que evidencian que la mujer o el marido han establecido un veredicto concluyente de culpabilidad sobre el otro. Esta condena inapelable constituye una pauta negativa y hostil de pensamiento que desemboca f�cilmente en agresiones que hacen que el receptor se ponga a la defensiva y se apreste de inmediato al contraataque.
Los dos polos de la pauta de respuesta de lucha -o-huida constituyen las dos modalidades extremas de reacci�n del c�nyuge que se siente atacado. Lo m�s com�n es devolver el ataque con una explosi�n de ira pero esta v�a suele concluir en una est�ril disputa a voz en grito. Por su parte, la huida, la otra respuesta alternativa, puede llegar a ser m�s perniciosa todav�a, especialmente en el caso de que conlleve la retirada a un silencio sepulcral.
La t�ctica del cerrojo constituye la �ltima defensa. La persona que se cierra sobre s� misma se limita a quedarse en blanco, a inhibirse de la conversaci�n respondiendo lac�nicamente o manteniendo un silencio y una expresi�n p�trea, una t�ctica que env�a un poderoso y contundente mensaje que combina el distanciamiento, la superioridad y el rechazo. Esta pauta es f�cilmente observable en los matrimonios con problemas y en el 85% de los casos es el marido quien se encierra en s� mismo como respuesta a una esposa que lo acosa con constantes quejas y cr�ticas. Pero una vez que termina estableci�ndose como respuesta habitual tiene un efecto devastador sobre la salud de la relaci�n porque aborta toda posibilidad de resolver las desavenencias.
PENSAMIENTOS TOXICOS
Los ni�os est�n alborotando m�s de la cuenta y Martin su padre est� cada vez m�s irritado. Entonces se dirige a su esposa Melanie con un agresivo: Querida �no crees que los chicos deber�an estarse quietos? (Pero lo que en realidad est� pensando es: �Melanie es demasiado permisiva con los ni�os�.)
Ante el irritante comentario de su marido, Melanie se enoja. Entonces, su rostro se tensa, frunce el ce�o y replica: S�lo est�n jugando un rato. No tardar�n mucho en acostarse. (Pero su aut�ntico pensamiento es: �ya est� Martin quej�ndose otra vez�.) Ahora es Martin quien se halla ostensiblemente enfadado e, inclin�ndose amenazadoramente hacia delante con los pu�os apretados, exclama: �No podr�as acostarlos ahora mismo, querida? (Su verdadero pensamiento, no obstante, es: �me lleva la contraria en todo lo que digo. Tendr� que hacerlo yo mismo�.) Melanie. asustada por la s�bita muestra de c�lera de Martin responde, en un tono m�s sosegado: No. Ya ir� yo y los acostar�. (Pero lo que realmente piensa es: �esta perdiendo el control y podr�a llegar a pegarles. Ser� mejor que le siga la corriente�.)
Este tipo de conversaciones paralelas la verbal y la mental ha sido puesto de manifiesto por Aaron Beck. el creador de la terapia cognitiva, como ejemplo de los pensamientos que pueden emponzo�ar una relaci�n matrimonial. �El aut�ntico intercambio emocional que tuvo lugar entre Melanie y Martin estaba prefigurado por sus pensamientos y �stos. a su vez, estaban predeterminados por un estrato mental m�s profundo al que Beck denomina pensamientos autom�ticos�, es decir, creencias fugaces sobre las personas con quienes nos relacionamos y sobre nosotros mismos que reflejan nuestras actitudes emocionales m�s profundas. El pensamiento profundo de Melanie era algo as� como �Martin me intimida continuamente con sus enfados�, mientras que el de Martin. por su parte, era �no tiene ning�n derecho a tratarme as�. De este modo Melanie se siente como una v�ctima inocente en su matrimonio mientras que Martin cree que tiene todo el derecho a indignarse por lo que considera un trato injusto por parte de su esposa.
El pensamiento de que uno es una v�ctima inocente o de que tiene derecho a indignarse es t�pico de aquellos matrimonios en crisis que, de un modo u otro, se agreden de continuo. Una vez que este tipo de pensamientos como, por ejemplo, la justa indignaci�n se automatizan, desempe�an un papel autoconfirmante y. de este modo, el miembro de la pareja que se siente v�ctima acecha constantemente todo lo que hace el otro para poder confirmar su propia opini�n de que est� siendo atacado o menospreciado, ignorando, al mismo tiempo, todo acto m�nimamente positivo que pueda cuestionar o contradecir esta visi�n.
Este tipo de pensamientos es muy poderoso y pone en marcha el sistema de alarma neurol�gico. El pensamiento de que uno es una v�ctima desencadena un secuestro emocional que activa la larga serie de ofensas que uno ha recibido del otro, olvidando simult�neamente todo lo positivo que haya aportado que no cuadre con la visi�n de que uno es una v�ctima inocente. De este modo, el otro miembro de la pareja se ve encerrado en una especie de callej�n sin salida ya que todo lo que haga aunque trate de ser deliberadamente amable ser� reinterpretado a trav�s de este prisma de negatividad y rechazado como una t�mida tentativa de negar su culpa.
En situaciones similares, las parejas que se hallan libres de este tipo de procesos mentales suelen adoptar una interpretaci�n m�s positiva, en consecuencia son menos proclives a experimentar un secuestro emocional y, en caso de hacerlo, se recuperan con mayor prontitud. El patr�n general de pensamientos que alimentan o, por el contrario, aligeran la crisis se atiene al modelo de optimismo o pesimismo propuesto en el capitulo 6 por el psic�logo Martin Seligman. La visi�n pesimista ser�a aqu�lla que considera que nuestra pareja tiene un defecto inherente e inmutable que s�lo genera sufrimiento: �es un ego�sta que s�lo piensa en s� mismo. As� lo parieron y jam�s cambiar�. Lo �nico que quiere de m� es que est� completamente a su servicio sin tener en cuenta cu�les son mis sentimientos�. La visi�n optimista contrapuesta podr�a expresarse m�s o menos del siguiente modo: �ahora parece muy exigente pero, en el pasado, ha demostrado ser muy comprensivo. Tal vez est� atravesando una mala racha. Es muy posible que tenga alg�n problema en el trabajo�. Esta �ltima perspectiva no descalifica al otro miembro de la pareja ni considera desesperanzadamente que la relaci�n matrimonial est� da�ada de manera irreversible, sino que piensa, en cambio, que s�lo se trata de un problema circunstancial y pasajero. La primera actitud aboca a la desaz�n mientras que la segunda proporciona, en cambio, una sensaci�n de mayor sosiego.
Las parejas que adoptan una postura pesimista son sumamente proclives a los raptos emocionales y se enfadan, ofenden y molestan por todo lo que hace su compa�ero, creciendo su irritaci�n a medida que avanza la discusi�n. Este estado de inquietud interna, unido a su actitud pesimista, les hace m�s proclives a recurrir a la cr�tica y las quejas desconsideradas en las desavenencias con su pareja, lo cual incrementa, a su vez, la probabilidad de terminar adoptando una actitud defensiva o de clara cerraz�n.
Es muy posible que los pensamientos t�xicos m�s virulentos sean aqu�llos que albergan los hombres que llegan a maltratar f�sicamente a sus esposas. Un estudio sobre la violencia marital llevado a cabo por psic�logos de la Universidad de Indiana demostr� que las pautas de pensamiento de estos hombres son las mismas que las de los ni�os bravucones del patio de recreo. Suele tratarse de hombres que interpretan las acciones neutras de sus esposas como ataques y utilizan este prejuicio para justificar su agresividad hacia ellas (quienes se muestran sexualmente agresivos en sus citas con las mujeres sufren un proceso muy parecido, prejuzg�ndolas con suspicacia y desde�ando sus posibles objeciones)i Como hemos visto en el cap�tulo 7, este tipo de hombres se siente especialmente amenazado por el desd�n, el rechazo o la verg�enza p�blica a que les pueden someterles sus esposas. Una escena t�pica que suele activar la �justificaci�n� de la violencia del marido es la siguiente: �est�s en una fiesta y de repente te das cuenta de que hace media hora que tu mujer est� hablando y riendo con ese hombre tan atractivo que parece estar coqueteando con ella�. La respuesta habitual de este tipo de hombres ante el rechazo o abandono de sus esposas oscila entre la indignaci�n y la humillaci�n. Es muy posible que, en tal caso, pensamientos autom�ticos del tipo �ella va a dejarme� act�en a modo de desencadenante de un secuestro emocional en el que el marido violento reaccione impulsivamente o, como dicen los investigadores, manifieste una �respuesta conductual inapropiada
EL DESBORDAMIENTO: EL NAUFRAGIO DEL MATRIMONIO
Estas actitudes suelen originar un estado de crisis constante que sirve de detonante a frecuentes secuestros emocionales que dificultan la cicatrizaci�n de las heridas provocadas por la ira.
Gottman utiliza el t�rmino desbordamiento para referirse a esta sobrecarga de desaz�n emocional que resulta imposible de controlar y que arrastra consigo a quienes se ven superados por la negatividad de su pareja y por su propia respuesta ante ella. El desbordamiento impide oir sin distorsiones el mensaje recibido, responder con la cabeza despejada, organizar los pensamientos y termina desatando las m�s primitivas de las respuestas. Lo �nico que desean quienes se ven arrastrados por las emociones es que la tempestad amaine, escapar de la situaci�n o. a veces, incluso vengarse. De este modo, el desbordamiento constituye un tipo de secuestro emocional que se autoperpetua.
Hay personas que presentan un elevado umbral de desbordamiento, personas que soportan f�cilmente el enfado y los reproches mientras que otras, en cambio, saltan disparadas en el mismo instante en que su c�nyuge las critica. El correlato fisiol�gico del desbordamiento se mide por el aumento del ritmo del latido cardiaco. En condiciones de reposo, la frecuencia card�aca de la mujer es de unas ochenta y dos pulsaciones por minuto, mientras que la de los hombres es del orden de setenta y dos (aunque hay que precisar que el promedio concreto depende de la altura y el peso de la persona). El desbordamiento comienza con un aumento del ritmo card�aco de unos diez latidos por minuto sobre la frecuencia normal en condiciones de reposo y, cuando esta frecuencia alcanza las cien pulsaciones por minuto (cosa que puede ocurrir f�cilmente en situaciones de enfado o de llanto), se dispara la secreci�n de adrenalina y de otras hormonas que contribuyen a mantener elevado el estado de estr�s durante un buen rato.
De este modo, la frecuencia card�aca constituye un claro indicador del momento en que se produce un secuestro emocional, en cuyo caso el aumento puede llegar ser de diez, veinte o hasta treinta pulsaciones en el corto intervalo que separa un latido del siguiente. En esa situaci�n, los m�sculos se tensan y la respiraci�n se hace dificultosa, se produce una especie de aluvi�n de sentimientos t�xicos, una inc�moda y aparentemente inevitable inundaci�n de miedo e irritaci�n que requiere de �todo el tiempo del mundo�, subjetivamente hablando, para poder ser superada.
En el momento culminante del secuestro, las emociones alcanzan
una intensidad extraordinaria, la perspectiva del sujeto se
estrecha y su pensamiento se vuelve tan confuso que no existe la
menor posibilidad de poder asumir el punto de vista del otro y
tratar de solucionar las cosas de un modo m�s razonable.
Est� claro que, en alguna que otra ocasi�n, todas las parejas
atraviesan por momentos de intensidad similar. El problema
comienza cuando uno u otro c�nyuge se siente continuamente
desbordado. En este caso, el miembro de la pareja que se siente
agobiado por el otro se mantiene constantemente en guardia para
responder a cualquier signo de agresi�n o de injusticia
emocional, y se vuelve tan susceptible a los ataques, las ofensas
y los desaires, que salta ante la menor provocaci�n. En estas
circunstancias, el simple comentario �cari�o �por qu� no
hablamos?� puede activar un pensamiento reactivo del tipo �ya
est� buscando pelea otra vez� que desencadene un desbordamiento
emocional. Por otra parte, tambi�n hay que decir que cada nuevo
desbordamiento dificulta la recuperaci�n de la excitaci�n
fisiol�gica resultante, lo cual provoca, a su vez, que un
comentario inofensivo se interprete desde una �ptica sesgada que
aboca al desbordamiento reiterado.
�ste es posiblemente el punto m�s cr�tico de una relaci�n de pareja, un punto a partir del cual ya no parece haber posible vuelta atr�s. El c�nyuge que se siente desbordado interpreta todo lo que el otro hace desde una �ptica absolutamente negativa. As�, las cuestiones m�s nimias se transforman en aut�nticas batallas campales porque los sentimientos se hallan continuamente heridos. Con el tiempo, el c�nyuge que se siente desbordado comienza a considerar que todos y cada uno de los problemas que aquejan a la relaci�n son imposibles de resolver, ya que su mismo estado emocional obstaculiza cualquier intento de solucionar las cosas. A medida que la situaci�n empeora, comienza a parecer in�til todo intento de hablar de lo que est� ocurriendo, y cada miembro de la pareja trata de resolver por su cuenta los problemas que le aquejan. Es entonces cuando comienzan a llevar vidas paralelas, viviendo en un aislamiento completo que no hace sino fomentar su sensaci�n de soledad dentro del matrimonio. El �ltimo paso, como afirma Gottman, suele ser el divorcio.
Las dram�ticas consecuencias de la falta de competencia emocional resultan bien patentes en el camino que conduce hasta el divorcio. El circuito reverberante de la cr�tica, el desprecio, la actitud defensiva, el encerramiento, la desconfianza y el desbordamiento emocional es un reflejo de la desintegraci�n de la conciencia de uno mismo, de la p�rdida del autocontrol emocional, de la empat�a y de la capacidad para consolarse mutuamente.
LOS HOMBRES. EL SEXO VULNERABLE
Volvamos ahora a las diferencias gen�ricas en la vida emocional que constituyen la espoleta oculta de las desavenencias matrimoniales. La investigaci�n ha descubierto la existencia de una diferencia b�sica en el valor que asignan los hombres y las mujeres (despu�s incluso de treinta y cinco a�os de matrimonio) a la comunicaci�n emocional. Por t�rmino medio, las mujeres afrontan con m�s facilidad que los hombres las molestias que conlleva una disputa matrimonial. �sta es, al menos, la conclusi�n a la que ha llegado Robert Levenson, psic�logo de la Universidad de California, en Berkeley, tras un estudio basado en el testimonio de 151 parejas que llevaban mucho tiempo casadas.
Levenson descubri� que la mayor parte de los maridos ten�an una especial aversi�n a las disputas matrimoniales, algo que para las mujeres, en cambio, no supon�a ning�n tipo de problema. �Pero, si bien los maridos propenden a desbordamientos menos negativos, en cambio, suelen experimentar el desbordamiento emocional con m�s facilidad. Y una vez que �ste tiene lugar, el menor signo de negatividad de la esposa desencadena una mayor secreci�n de adrenalina por parte del marido, lo cual supone que �ste requiera de m�s tiempo para recuperarse fisiol�gicamente del desbordamiento�. Esto puede sugerir, dicho sea de paso, que la t�pica imperturbabilidad masculina tan bien representada por el estoico Clint Eastwood puede no ser m�s que un mecanismo de defensa contra el posible desbordamiento emocional.
Seg�n Gottman, la raz�n de que los hombres est�n tan predispuestos a atrincherarse en s� mismos hay que buscarla en la protecci�n que esta situaci�n les procura contra el desbordamiento emocional. La investigaci�n ha revelado que cuando se produce este encerramiento en uno mismo, el ritmo cardiaco desciende una media de diez latidos por minuto, proporcionando una sensaci�n subjetiva de consuelo. Pero y he aqu� la paradoja cuando los hombres inician este proceso de retirada, el ritmo card�aco de las mujeres asciende a cotas criticas. Esta danza limbica, en la que cada uno de los miembros de la pareja busca sosiego en t�cticas contrapuestas, da lugar a posturas muy distintas ante el enfrentamiento emocional, de modo tal que los hombres tratan de evitarlo con el mismo fervor con el que sus esposas se sienten compelidas a buscarlo.
Por esto es por lo que los maridos tienden a encerrarse en si mismos en la misma proporci�n en que las mujeres tienden a atacarles. Esta asimetr�a es la consecuencia de que las mujeres tiendan a prestar m�s atenci�n a las cuestiones emocionales. Y esta propensi�n a sacar a colaci�n las desavenencias y las protestas para tratar de resolverlas es la que desata la resistencia de los maridos a comprometerse en algo que posiblemente termine abocando a una acalorada discusi�n. En el momento en que la mujer percibe el intento del marido de eludir este compromiso, aumenta el volumen y la intensidad de sus demandas y comienza a criticarle abiertamente. Cuando el marido, como respuesta, se pone a la defensiva y se encierra en si mismo, la mujer se siente frustrada e irritada, a�adiendo as� m�s motivos de queja que no hacen sino incrementar su frustraci�n. Luego, en el momento en que el marido percibe que est� siendo objeto de las cr�ticas y quejas de su esposa, comienza a adoptar un modelo de pensamiento de v�ctima inocente o de justa indignaci�n que f�cilmente desencadena el desbordamiento. Para protegerse de este desbordamiento, el marido se pone cada vez m�s a la defensiva atrincher�ndose en si mismo. Pero recordemos que, en el momento en que el marido recurre a la t�ctica del encerramiento es la esposa quien se siente abocada al callej�n sin salida del desbordamiento. Es as� c�mo el c�rculo vicioso de las peleas matrimoniales termina desencadenando una espiral de agresividad completamente descontrolada.
CONSEJOS PARA EL MATRIMONIO
La distinta forma en que los hombres y las mujeres se relacionan con los sentimientos dolorosos tiene consecuencias tan peligrosas para la vida de relaci�n que tal vez debi�ramos preguntarnos �qu� es lo que pueden hacer las parejas para salvaguardar el amor y el afecto que se profesan mutuamente?, o, dicho de otro modo, �qu� es lo que mantiene a salvo al matrimonio? Las investigaciones realizadas sobre las parejas que perduran a lo largo de los a�os han llevado a los consejeros matrimoniales a esbozar un conjunto de recomendaciones espec�ficas para hombres y para mujeres, y una serie de consejos de car�cter m�s global aplicables tanto a unos como a otros.
Hablando en t�rminos generales, los hombres y las mujeres necesitan remedios emocionales diferentes. En este sentido, nuestra recomendaci�n seria que los hombres no trataran de eludir los conflictos sino que, en cambio, intentaran comprender que las llamadas de atenci�n de una esposa o sus muestras de disgusto, pueden estar motivadas por el amor y por el intento de mantener la fluidez y la salud de la relaci�n (aunque, ciertamente, la hostilidad manifiesta tambi�n puede responder a otros motivos).
La acumulaci�n soterrada de quejas va creciendo en intensidad hasta el momento en que se produce una explosi�n, mientras que su expresi�n abierta, en cambio, libera el exceso de presi�n. Los maridos, por su parte, deben comprender que el enfado y el descontento no son sin�nimos de un ataque personal sino meros indicadores de la intensidad emocional con que sus esposas viven la relaci�n.
Los hombres tambi�n debe permanecer atentos para no tratar de zanjar una discusi�n antes de tiempo proponiendo una soluci�n pragm�tica precipitada porque, para una esposa, es sumamente importante sentir que su marido escucha sus quejas y empatiza con sus sentimientos (lo cual no necesariamente supone que deba coincidir con ella). En tal caso, la esposa podr�a interpretar este consejo como una forma de rechazo, como si sus sentimientos fueran algo absurdo o carente de importancia. Por el contrario, los maridos que, en lugar de subestimar las quejas de su esposa, permanecen junto a ella en medio del fragor de una discusi�n, las hacen sentirse escuchadas y respetadas. Lo que una esposa desea es que sus sentimientos sean tenidos en cuenta, respetados y valorados, aunque el marido se halle en desacuerdo.
No es infrecuente, por tanto, que una esposa se tranquilice cuando sienta que se escucha su punto de vista y se tienen en cuenta sus sentimientos. En lo que respecta a las mujeres, el consejo es muy parecido. Dado que uno de los principales problemas para el hombre es que su esposa suele ser demasiado vehemente al formular sus quejas, �sta deber�a hacer el esfuerzo de no atacarle personalmente. Una cosa es una queja y otra muy distinta una cr�tica o una expresi�n de desprecio personal. Las quejas no son ataques al car�cter sino tan s�lo la clara afirmaci�n de que una determinada acci�n resulta inaceptable. Las agresiones personales suelen provocar la reacci�n defensiva y el atrincheramiento del marido, lo cual s�lo contribuye a aumentar la sensaci�n de frustraci�n y a provocar la escalada de la violencia. Tambi�n puede ser de gran ayuda el que la esposa trate de formular sus quejas en un contexto m�s amplio sin dejar de expresar el amor que pueda sentir hacia su marido.
LAS �BUENAS PELEAS�
El peri�dico de hoy nos brinda una lecci�n objetiva sobre la forma m�s inadecuada de resolver los conflictos que aquejan a los matrimonios. Marlene Lenick se pele� con su esposo Michael porque �l quer�a ver el partido entre los Cowboys de Dallas y los Eagles de Filadelfia, mientras que lo que ella quer�a era ver las noticias. Cuando su marido se sent� en el sof� dispuesto a ver el partido, la se�ora Lenick dijo que �ya hab�a tenido suficiente f�tbol� y, acto seguido, se dirigi� al dormitorio, cogi� un rev�lver del calibre 38 y dispar� dos veces sobre su esposo. Como consecuencia de este incidente, Marlene ha sido acusada de intento de homicidio con premeditaci�n y puesta en libertad bajo fianza de 50.000 d�lares, mientras que el se�or Lenick, por su parte, tuvo suerte y sigue recuper�ndose de las heridas de bala que rozaron su abdomen y le atravesaron el om�plato izquierdo y el cuello. Por suerte son pocas las disputas matrimoniales que alcanzan este grado de virulencia pero nos brindan una oportunidad excelente para revisar aquellas condiciones que pueden infundir un m�nimo de inteligencia emocional a la relaci�n matrimonial. Por ejemplo, las parejas m�s estables expresan abiertamente sus puntos de vista cuando abordan un tema, una actitud que tambi�n pone en juego la capacidad de saber escuchar. Desde un punto de vista emocional, cualquier muestra de empat�a constituye una excelente v�lvula de escape de la tensi�n puesto que lo que generalmente busca un c�nyuge dolido es que se tengan en cuenta sus sentimientos.
Las parejas que acaban divorci�ndose suelen mostrarse incapaces de encontrar argumentos que detengan la escalada de la tensi�n. La diferencia existente entre las parejas que mantienen una relaci�n saludable y aqu�llas otras que terminan divorci�ndose radica en la presencia o ausencia de v�as que ayuden a disolver las desavenencias conyugales. Las v�lvulas de seguridad que impiden que una discusi�n desemboque en una explosi�n de consecuencias irreversibles dependen de acciones tan sencillas como atajar la discusi�n a tiempo antes de que se desproporcione, la empat�a y el control de la tensi�n. Estas acciones constituyen una especie de termostato emocional que impide que la expresi�n de los sentimientos rebase el punto de ebullici�n y nuble la capacidad de los miembros de la pareja para centrarse en el tema que est�n discutiendo.
Una estrategia global que puede contribuir al buen funcionamiento del matrimonio consiste en no tratar de centrarse de entrada en aquellos temas �lgidos concretos que suelen desencadenar las peleas matrimoniales (como, por ejemplo, el cuidado de los ni�os, el sexo, el dinero y el trabajo dom�stico) sino, en cambio, tratar de cultivar juntos la inteligencia emocional y as� aumentar las posibilidades de que las cosas discurran por cauces m�s sosegados. Existe un abanico de competencias emocionales la capacidad de tranquilizarse a uno mismo (y de tranquilizar a la pareja), la empat�a y el saber escuchar que facilitan el que la pareja sea capaz de resolver m�s eficazmente sus desacuerdos. El desarrollo de este tipo de habilidades hace posible la existencia de discusiones sanas, de �buenas peleas� que contribuyen a la maduraci�n del matrimonio y cortan de ra�z las formas negativas de relaci�n que suelen conducir a su disgregaci�n. Pero los h�bitos emocionales no pueden cambiarse de la noche a la ma�ana, se trata de una labor que exige mucha atenci�n y perseverancia. Los cambios fundamentales que puede experimentar una pareja est�n directamente relacionados con la profundidad de su motivaci�n. La mayor parte de las reacciones emocionales que se presentan en el seno del matrimonio comenzaron a modelarse desde nuestra m�s tierna infancia, imbuidas por el aprendizaje que supuso la relaci�n entre nuestros padres y ejercitadas posteriormente en nuestras relaciones m�s �ntimas. Por m�s que tratemos de convencernos de lo contrario, todos llevamos la impronta de los h�bitos emocionales aprendidos en la relaci�n que sostuvimos con nuestros padres (como reaccionar desproporcionadamente ante agravios de poca importancia o encerrarnos en nosotros mismos al menor signo de enfrentamiento).Tranquilizarse a uno mismo
En el n�cleo de toda emoci�n intensa subyace un impulso a la acci�n y por esto resulta fundamental el dominio de los impulsos para el desarrollo de la inteligencia emocional. No obstante, esto puede ser especialmente dif�cil de llevar a la pr�ctica en las relaciones m�s pr�ximas, donde uno se juega tanto. Las reacciones que afloran en este �mbito afectan a nuestras necesidades m�s profundas, como el deseo de sentirse amado y respetado, el miedo a ser abandonado o la sensaci�n de ser rechazado emocionalmente. No deber�amos, pues, asombramos demasiado de que, en una pelea matrimonial, solamos comportarnos como si nuestra vida se hallara en peligro.
Pero es imposible dar con la soluci�n adecuada cuando uno se halla bajo el influjo de un secuestro emocional. Por esto una de las competencias clave consiste en que ambos miembros de la pareja aprendan a calmar sus sentimientos m�s angustiosos, lo cual supone el desarrollo de la capacidad de recuperarse r�pidamente del desbordamiento a que aboca todo secuestro emocional. Durante un secuestro emocional, las capacidades de escuchar, pensar y hablar con claridad se ven claramente mermadas y es por ese mismo motivo por lo que el hecho de tranquilizarse constituye un paso absolutamente necesario sin el cual no puede existir el menor progreso en la resoluci�n del problema en cuesti�n.
Aquellos matrimonios que est�n interesados en este punto pueden tratar de monitorizar su pulso carot�deo est� a unos pocos cent�metros por debajo del l�bulo de la oreja y la mand�bula cada cinco minutos en el transcurso de una discusi�n (algo que quienes practican alg�n tipo de ejercicio aer�bico pueden hacer sin dificultad alguna). El n�mero de latidos que tienen lugar durante quince segundos multiplicado por cuatro nos da el promedio de pulsaciones cardiacas por minuto. Este control del pulso mientras uno trata de calmarse proporciona al sujeto una especie de gr�fico basal, cuyo aumento en unos diez latidos por encima de la media constituye un claro indicador de que est� en peligro de experimentar un desbordamiento emocional. En el caso de que el pulso sea incluso m�s acelerado, la pareja deber�a descansar durante unos veinte minutos antes de reanudar la charla (aunque una pausa de cinco minutos tal vez bastara, el tiempo de recuperaci�n fisiol�gica suele ser m�s prolongado). Como hemos visto en el capitulo 5, los residuos fisiol�gicos del enfado act�an a modo de detonante capaz de generar m�s enfado. Por esto, un descanso prolongado nos proporciona m�s tiempo para que el cuerpo se recupere de la excitaci�n previa.
Aquellos matrimonios que, por la raz�n que fuere, consideren embarazoso el hecho de monitorizar sus pulsaciones card�acas durante una discusi�n, pueden establecer, al menor indicio de desbordamiento emocional por parte del otro, alg�n tipo de acuerdo previo que les proporcione un tiempo muerto. Durante este per�odo de descanso, el enfriamiento puede verse potenciado mediante la pr�ctica de alg�n tipo de relajaci�n o de ejercicio aer�bico (o cualquiera de los otros m�todos que hemos mencionado en el cap�tulo 5) que contribuyan a que el c�nyuge afectado se recupere del secuestro emocional.
Desintoxicarse de la charla interna con uno mismo Si tenemos en cuenta que los pensamientos negativos sobre nuestra pareja constituyen el desencadenante del desbordamiento emocional, no nos resultar� dif�cil comprender el gran alivio que puede suponer que la mujer o el marido afectados por este tipo de cr�ticas las exteriorice. Los pensamientos del tipo �no puedo soportar m�s tiempo esta situaci�n� o �no merezco este trato� constituyen expresiones que responden al modelo de v�ctima inocente o de justa indignaci�n. Como se�ala el terapeuta cognitivo Aaron Beck, cuando el marido o la mujer, en lugar de limitarse a sentirse heridos o enfadados, pueden darse cuenta de estos pensamientos y hacerles frente, comienzan a liberarse de su influjo. Pero, para ello, ser� necesario que primero aprendan a dominar este tipo de pensamientos, a darse cuenta de que no tienen por qu� creer en ellos y a hacer el esfuerzo deliberado de buscar argumentos o perspectivas que permitan cuestionarlos. Una esposa, por ejemplo, que, en medio de una discusi�n, piensa �no tiene en cuenta mis necesidades� o �s�lo piensa en s� mismo�, puede afrontar este tipo de pensamientos recordando las m�ltiples ocasiones en que su marido se ha mostrado amable con ella.
Esto le permitir� reencuadrarlos y relativizarlos: �aunque lo que ha hecho me parece absurdo y me ha molestado, otras veces, en cambio ha demostrado claramente que se preocupa por m�. La primera formulaci�n s�lo aboca a sentirse m�s dolido e irritado mientras que la segunda, en cambio, deja abierta la posibilidad de que se produzca una transformaci�n y una resoluci�n positiva.
Escuchar y hablar de un modo no defensivo �l:�Est�s gritando! Ela: Es cierto, estoy gritando. Pero t� no has o�do ni una sola palabra de lo que he dicho. T� no me escuchas.
El hecho de saber escuchar constituye una habilidad que contribuye a mantener unida a la pareja. Aun en medio de una acalorada discusi�n, cuando tanto la mujer como el marido son presa de un secuestro emocional, �l, ella o, en ocasiones, ambos a la vez, podr�an reconducir la situaci�n tratando de serenarse y respondiendo positivamente a cualquier intento conciliador. No obstante, las parejas que acaban divorci�ndose suelen dejarse arrastrar por la ira, se aferran a los pormenores del problema inmediato y se muestran incapaces de escuchar por no hablar de responder positivamente cualquier oferta de paz impl�cita en las palabras de su pareja. La actitud defensiva se manifiesta en la forma en que el sujeto ignora o rechaza las quejas del otro, reaccionando como si se tratara de un ataque en lugar de un intento de arreglar las cosas. Tambi�n es cierto que, a veces, los argumentos aducidos por el otro miembro de la pareja pueden adoptar la forma de un ataque o expresarse con tal carga de negatividad que dif�cilmente podr�an tomarse de otro modo.
Pero, aun en el peor de los casos, siempre cabe la posibilidad
de que la pareja reconsidere conscientemente lo que se han dicho
el uno al otro, tratando de obviar los contenidos m�s hostiles o
negativos del intercambio el tono, los insultos y las
cr�ticas mordaces, tratando de extraer sus aspectos m�s
relevantes.
Pero, para poder afrontar este reto, cada miembro de la pareja
deber� tener presente que la negatividad manifiesta de su
compa�ero constituye una declaraci�n t�cita de la importancia
que reviste el tema para �l o, dicho de otro modo, constituye
una demanda de atenci�n. As�, en el caso de que ella gritase:
� �no vas a dejar de interrumpirme?�, �l, por ejemplo,
podr�a responder sin reaccionar a su hostilidad diciendo: �muy
bien. Contin�a y di todo lo que tengas que decir�.
La empat�a que consiste en escuchar los sentimientos
reales subyacentes al mensaje verbal es el modo m�s eficaz
de escuchar sin adoptar una actitud defensiva. Como vimos en el
capitulo 7, para que cada miembro de la pareja sea capaz de
empatizar realmente con el otro es imprescindible que aprenda a
sosegar sus reacciones emocionales hasta volverse lo bastante
sensible a sus propias respuestas fisiol�gicas como para poder
captar con fidelidad los sentimientos de su pareja. Sin esta
receptividad fisiol�gica no existir� la menor posibilidad de
captar los sentimientos del otro. La empat�a desaparece en el
mismo momento en que nuestros sentimientos son tan poderosos como
para anular todo lo dem�s y no dejar abierta la menor
posibilidad de sintonizar con el otro.
Existe un m�todo muy eficaz, utilizado con frecuencia en la
terapia matrimonial, que se denomina �reflejar� y que permite
establecer una escucha emocionalmente adecuada. Cuando un miembro
de la pareja expresa una demanda, el otro debe reformularla en
sus propias palabras, tratando de expresar no s�lo los
pensamientos sino tambi�n los sentimientos subyacentes
implicados.
Luego, este reflejo debe ser contrastado para asegurarse de que es adecuado y, en caso contrario, repetirlo de nuevo hasta conseguirlo. No obstante, hay que decir que este ejercicio no es tan sencillo como parece a simple vista. El hecho de sentirse adecuadamente reflejado no s�lo proporciona la sensaci�n de que uno est� siendo comprendido sino que tambi�n conlleva necesariamente una cierta armon�a emocional que a veces basta para desmantelar un ataque inminente y terminar con la escalada de la violencia que puede conducir a un enfrentamiento abierto.
El arte de hablar de forma no defensiva consiste en la capacidad de ce�irse a una queja concreta sin terminar desembocando en un ataque personal. El psic�logo Haim Ginott, el pionero de los programas de comunicaci�n eficaz, afirma que la mejor forma de expresar una demanda responde al modelo �XYZ�, es decir, �cuando dices X me haces sentir Y, pero me habr�a gustado sentirme Z�. Por ejemplo: �cuando no me llamaste por tel�fono y no me avisaste de que legar�as tarde a nuestra cita para cenar me sent� despreciada y enfadada. Me habr�a gustado que me advirtieras de tu retraso�, en lugar del habitual �eres un desconsiderado y un ego�sta�. En resumen, pues, la comunicaci�n abierta no supone un desaf�o, una amenaza ni un insulto, y tampoco deja lugar para ninguna de las innumerables manifestaciones de una actitud defensiva, como las excusas, la evitaci�n de responsabilidades, los contraataques destructivos, etc�tera. En este caso la empat�a vuelve a revelarse como un instrumento sumamente eficaz.
Cabe a�adir, por �ltimo, que el respeto y el amor no s�lo pueden despejar la hostilidad del seno del matrimonio, sino tambi�n de todos los dem�s �mbitos de nuestra vida. Un modo muy eficaz de disminuir la tensi�n que provoca una pelea es permitir que el otro miembro de la pareja sepa que somos capaces de comprender su punto de vista y aceptar su posible validez, aunque no coincida plenamente con el nuestro. Otra posibilidad consiste en tratar de asumir nuestra parte de responsabilidad o incluso disculpamos si reconocemos que nos hemos equivocado. En el peor de los casos, esta confirmaci�n significa que uno comprende lo que se le est� diciendo y tiene en cuenta las emociones implicadas (�me doy cuenta de que est�s alterada�) aunque no est� de acuerdo con su motivaci�n. En cambio, en otras ocasiones, por ejemplo, cuando no hay ninguna pelea en juego la confirmaci�n puede adoptar la forma de un elogio, tratando de destacar y alabar expl�citamente alguna cualidad del otro. Este tipo de comunicaci�n no s�lo contribuye a crear una relaci�n de pareja m�s sosegada, sino que tambi�n permite ir acumulando un capital emocional de sentimientos positivos.
La pr�ctica para que estas estrategias demuestren su utilidad en los momentos emocionalmente m�s cr�ticos, deben estar suficientemente grabadas. El hecho es que nuestro cerebro emocional reacciona de manera autom�tica con aquellas respuestas emocionales que hemos aprendido a lo largo de toda nuestra vida en los repetidos momentos de enfado y de sufrimiento emocional, de tal modo que �stas terminan dominando todo nuestro panorama mental. La memoria y la reactividad est�n muy estrechamente ligadas a las emociones y es por esto por lo que en estos momentos resulta m�s dif�cil evocar respuestas asociadas a las situaciones de calma. As� pues, si no nos familiarizamos y entrenamos en dar respuestas emocionales m�s positivas, nos resultar� sumamente dif�cil poder llegar a evocarlas cuando estemos alterados.
Por el contrario, el adiestramiento en este tipo de respuestas hasta hacerlas autom�ticas nos proporcionar� la oportunidad de recurrir a ellas en medio de una crisis emocional. Por esta raz�n. si queremos que las estrategias reci�n citadas se conviertan en respuestas espont�neas (o al menos en respuestas que no tarden demasiado en producirse) y lleguen a formar parte de nuestro repertorio emocional, deberemos ensayarlas y practicarlas tanto en los momentos m�s tranquilos como en medio de la m�s acalorada discusi�n. Todos �stos son, pues, peque�os remedios que contribuyen a forjar nuestra inteligencia emocional, ant�dotos, en fin, contra la desintegraci�n matrimonial.